Escrito en inglés en Londres el 12 de julio de 1853, firmado por Karl Marx (la edición alemana de sus obras lo atribuye a Marx y Engels), y publicado en el New-York Daily Tribune del 25 de julio de 1853. Traducido del original inglés: las secciones sobre el conflicto ruso-turco según The Eastern Question (Londres, 1897, edición de Eleanor Marx Aveling y Edward Aveling), y la sección sobre la India según la transcripción del texto del Tribune en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org); cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 195-203), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Londres, martes 12 de julio de 1853

La farsa parlamentaria del jueves pasado continuó y llegó a su fin en la sesión del viernes 8 del corriente. Lord Palmerston pidió al señor Layard no solo que aplazara su moción hasta el lunes, sino que no volviera a mencionarla nunca más. «El lunes había de seguir ahora el camino del viernes.» El señor Bright aprovechó la ocasión para felicitar a lord Aberdeen por su política prudente y, en general, asegurarle su entera confianza.1

«Aunque la Sociedad de la Paz fuera el gabinete en persona», dice The Morning Advertiser, «no habría podido hacer más para animar a Rusia, desanimar a Francia, poner en peligro a Turquía y desacreditar a Inglaterra que el bonísimo Aberdeen. El discurso del señor Bright pretendía ser una especie de manifiesto de Manchester en favor de los temblorosos del gabinete.»

Los esfuerzos ministeriales por sofocar la pregunta que se proponía hacer el señor Layard nacieron del temor, bien fundado, de que las disensiones internas del gabinete no pudieran seguir ocultándose al público. Turquía ha de caer en pedazos para que la coalición se mantenga unida. Después de lord Aberdeen, los ministros más favorables a las mañas de Rusia son los siguientes: el duque de Argyll, lord Clarendon, lord Granville, el señor Sidney Herbert, el señor Cardwell y el «radical» sir William Molesworth. Se dice que lord Aberdeen llegó a amenazar en un momento dado con presentar su dimisión. El partido «enérgico» de Palmerston (civis Romanus sum)2 no esperaba, naturalmente, más que un pretexto así para ceder. Se resolvió dirigir a las cortes de San Petersburgo y de Constantinopla una representación común en la que se recomendara que «los privilegios exigidos por el zar para los cristianos griegos se aseguraran a los cristianos de todas las confesiones en los dominios turcos, mediante un tratado de garantía del que fueran partes las grandes potencias». Esta misma propuesta, sin embargo, se le hizo ya al príncipe Ménshikov en vísperas de su partida de Constantinopla, y se hizo, como todo el mundo sabe, en vano.3 Es, pues, completamente ridículo esperar resultado alguno de su repetición, tanto más cuanto que está fuera de toda duda que lo que Rusia exige es justamente un tratado al que las grandes potencias, es decir, Austria y Prusia, ya no se oponen. El conde Buol, el primer ministro austríaco, es cuñado del conde Pouilly Mensdorff, el ministro ruso,4 y actúa en perfecto acuerdo con Rusia. El mismo día en que los dos partidos de la coalición, el adormecido y el «enérgico», tomaron la resolución mencionada, la Patrie publicaba lo siguiente:

«El nuevo internuncio de Austria en Constantinopla, el señor de Bruck,5 empezó exigiendo a la Puerta el pago de 5.000.000 de piastras en concepto de indemnización y su consentimiento a la entrega de los puertos de Klek y Sutorina.6 Esta exigencia se consideró un apoyo prestado a Rusia.»

No es este el único apoyo que Austria presta a los intereses rusos en Constantinopla. Se recordará que en 1848, siempre que los príncipes querían fusilar a su pueblo, se procuraban un «malentendido». La misma estratagema se emplea ahora contra Turquía. El cónsul austríaco en Esmirna hace raptar a un húngaro en un café inglés y llevarlo a bordo de un buque austríaco, y después de que los refugiados hayan respondido a este atentado matando a un oficial austríaco e hiriendo a otro, el señor de Bruck exige satisfacción a la Puerta en un plazo de veinticuatro horas.7 Al mismo tiempo que esta noticia, The Morning Post del sábado recoge el rumor de que los austríacos habían entrado en Bosnia. La coalición, interrogada sobre la autenticidad de este rumor en la sesión de ayer de las dos cámaras del Parlamento, no había recibido, naturalmente, «ninguna información»; solo Russell se aventuró a sugerir que el rumor no tenía probablemente más fundamento que el hecho de que los austríacos habían concentrado tropas en Petrovaradin. Así se cumple la predicción del señor de Tatíshchev en 1828:8 que Austria, cuando las cosas llegaran a un giro decisivo, se aprestaría con avidez a tomar parte en el botín.

Un despacho de Constantinopla fechado el 26 del mes pasado dice:

«El sultán, a consecuencia de los rumores de que toda la flota rusa ha salido de Sebastopol y se dirige al Bósforo, ha preguntado a los embajadores de Inglaterra y de Francia si, en caso de que los rusos hicieran una demostración ante el Bósforo, las flotas combinadas están dispuestas a cruzar los Dardanelos. Ambos respondieron afirmativamente. Un vapor turco, con oficiales franceses e ingleses a bordo, acaba de ser enviado del Bósforo al mar Negro para hacer un reconocimiento.»

Lo primero que hicieron los rusos tras su entrada en los Principados fue prohibir la publicación del firmán del sultán que confirmaba los privilegios de los cristianos de todas clases y suprimir un periódico alemán editado en Bucarest que se había atrevido a publicar un artículo sobre la cuestión de Oriente. Al mismo tiempo arrancaron al gobierno turco la primera anualidad estipulada con motivo de su anterior ocupación de Moldavia y Valaquia en 1848-1849. Desde 1828, el protectorado de Rusia ha costado a los Principados 150.000.000 de piastras, sin contar las inmensas pérdidas causadas por el pillaje y la devastación. Inglaterra pagó los gastos de las guerras de Rusia contra Francia; Francia, los de su guerra contra Persia; Persia, los de su guerra contra Turquía; Turquía e Inglaterra, los de su guerra contra Polonia; Hungría y los Principados tienen que pagar ahora su guerra contra Turquía.

El acontecimiento más importante del día es la nueva nota circular del conde Nesselrode, fechada en San Petersburgo el 20 de junio de 1853. Declara que los ejércitos rusos no evacuarán los Principados mientras el sultán no haya cedido a todas las exigencias del zar y las flotas francesa e inglesa no hayan abandonado las aguas turcas. La nota en cuestión parece una burla directa de Inglaterra y Francia. Dice así:

«La posición adoptada por las dos potencias marítimas es una ocupación marítima que nos da motivo para restablecer el equilibrio de las situaciones recíprocas tomando una posición militar.»

Repárese en que la bahía de Besika está a 150 millas de Constantinopla.9 El zar reclama para sí el derecho de ocupar territorio turco, mientras desafía a Inglaterra y Francia a ocupar aguas neutrales sin su permiso especial. Ensalza su propia magnánima paciencia por haber dejado a la Puerta plena libertad de elegir bajo qué forma abdicará de su soberanía: ya sea «convenio, sened u otro acto sinalagmático, o incluso bajo la forma de la firma de una simple nota».10 Está persuadido de que la «Europa imparcial» ha de comprender que el tratado de Kainardji,11 que da a Rusia el derecho de proteger una sola capilla griega en Estambul, la proclama eo ipso12 la Roma de Oriente. Lamenta que Occidente ignore el carácter inofensivo de un protectorado religioso ruso en países extranjeros. Prueba su solicitud por la integridad del Imperio turco con hechos históricos: «el uso tan moderado que hizo en 1829 de su victoria en Adrianópolis», cuando solo le impidieron ser inmoderado el miserable estado de su ejército y la amenaza del almirante inglés de bombardear, con autorización o sin ella, todas las plazas de la costa del mar Negro; cuando todo lo que obtuvo se debió a la «paciencia» de los gabinetes occidentales y a la pérfida destrucción de la flota turca en Navarino. «En 1833 fue el único en Europa que salvó a Turquía de un desmembramiento inevitable.» En 1833 el zar concluyó con Turquía, por el famoso tratado de Unkiar Skelessi, una alianza defensiva por la que se prohibía a las flotas extranjeras acercarse a Constantinopla, y por la que Turquía se salvaba del desmembramiento solo para salvarse entera para Rusia.13 «En 1839 tomó la iniciativa, con las demás potencias, de las propuestas que, ejecutadas en común, impidieron que el sultán viera su trono ceder el puesto a un nuevo imperio árabe.» Es decir, en 1839 hizo que las demás potencias tomaran la iniciativa de destruir la flota egipcia y de reducir a la impotencia al único hombre que podía haber convertido a Turquía en un peligro vital para Rusia y haber sustituido un «turbante de parada» por una cabeza verdadera.14 «El principio fundamental de la política de nuestro augusto señor ha sido siempre mantener, todo el tiempo posible, el statu quo de Oriente.» Exactamente. Ha conservado con todo cuidado la descomposición del Estado turco bajo la tutela exclusiva de Rusia.

Hay que reconocer que Oriente no se había atrevido nunca a arrojar a la cara de Occidente un documento más irónico. Pero su autor es Nesselrode: una ortiga y una vara a la vez.15 Es, en efecto, un documento de la degradación de Europa bajo la vara de la contrarrevolución. Los revolucionarios pueden felicitar al zar por esta obra maestra. Si Europa se retira, no se retira con una simple derrota, sino que pasa, por así decirlo, bajo las furcae Caudinae.16

Mientras la reina inglesa agasaja en este momento a princesas rusas, mientras una ilustrada aristocracia y una ilustrada burguesía inglesas yacen postradas ante el autócrata bárbaro, solo el proletariado inglés protesta contra la impotencia y la degradación de las clases dominantes. El 7 de julio, la escuela de Manchester celebró una gran asamblea por la paz en el Odd Fellows' Hall de Halifax. Crossley, diputado por Halifax,17 y todos los demás «grandes hombres» de la escuela habían acudido expresamente a la asamblea desde «la ciudad». La sala estaba abarrotada y muchos miles no pudieron entrar. Ernest Jones (cuya agitación en los distritos fabriles progresa gloriosamente, como puede usted deducir del número de peticiones por la Carta presentadas al Parlamento y de los ataques de la prensa provincial de la clase media) estaba entonces en Durham. Los cartistas de Halifax, la ciudad en la que ya ha sido propuesto dos veces y proclamado, por votación a mano alzada, candidato a la Cámara de los Comunes, lo llamaron por telégrafo eléctrico, y llegó justo a tiempo para la asamblea. Ya creían los caballeros de la escuela de Manchester que sacarían adelante su resolución y que podrían llevar a su buen Aberdeen el apoyo de los distritos manufactureros, cuando Ernest Jones se levantó y presentó una enmienda que comprometía al pueblo con la guerra y declaraba que, mientras no se hubiera establecido la libertad, la paz era un crimen. Siguió una discusión violentísima, pero la enmienda de Ernest Jones se aprobó por una mayoría inmensa.

Los artículos de la ley sobre la India se van aprobando uno tras otro, sin que el debate ofrezca apenas rasgos notables, salvo la inconsecuencia de los llamados reformadores de la India. Ahí está, por ejemplo, milord Jocelyn, diputado, que se ha hecho una especie de medio de vida político con sus denuncias periódicas de los agravios hechos a la India y de la mala administración de la Compañía de las Indias Orientales. ¿Qué cree usted que proponía su enmienda? Dar a la Compañía de las Indias Orientales un arriendo por diez años. Afortunadamente, no comprometió a nadie más que a sí mismo. Ahí está otro «reformador» profesional, el señor Jos. Hume, que en su larga vida parlamentaria ha conseguido transformar la oposición misma en una manera particular de apoyar al ministerio. Propuso que no se redujera de 24 a 18 el número de directores de las Indias Orientales. La única enmienda sensata aprobada hasta ahora ha sido la del señor Bright, que exime a los directores nombrados por el gobierno del requisito de poseer acciones de las Indias Orientales que imponían los directores elegidos por la Junta de Propietarios.18 Recorra usted los folletos publicados por la Asociación para la Reforma de la India, y sentirá algo parecido a lo que se siente al oír hablar de una gran acta de acusación contra Bonaparte urdida en común por legitimistas, orleanistas, republicanos azules y rojos, y hasta bonapartistas decepcionados.19 Su único mérito hasta ahora ha sido llamar la atención del público sobre los asuntos de la India en general, y más allá no pueden ir en su forma actual de oposición ecléctica. Por ejemplo, mientras atacan lo que hace la aristocracia inglesa en la India, protestan contra la destrucción de la aristocracia india de los príncipes nativos.

Una vez que los intrusos británicos pusieron el pie en la India y decidieron quedarse con ella, no les quedó otra alternativa que quebrar el poder de los príncipes nativos por la fuerza o por la intriga. Colocados respecto de ellos en circunstancias parecidas a las de los antiguos romanos respecto de sus aliados, siguieron las huellas de la política romana. «Era», dice un escritor inglés, «un sistema de engordar aliados, como engordamos bueyes, hasta que valía la pena devorarlos.» Después de haberse ganado a sus aliados a la manera de la antigua Roma, la Compañía de las Indias Orientales los ejecutó a la manera moderna de Change Alley.20 Para cumplir los compromisos que habían contraído con la Compañía, los príncipes nativos se vieron obligados a tomar prestadas sumas enormes de ingleses a intereses usurarios. Cuando sus apuros habían llegado al colmo, el acreedor se volvía inexorable, «se apretaba la tuerca», y los príncipes se veían obligados o bien a ceder amistosamente sus territorios a la Compañía, o bien a empezar una guerra: a convertirse en pensionistas de sus usurpadores en un caso, o a ser depuestos como traidores en el otro. En este momento los Estados nativos ocupan una superficie de 699.961 millas cuadradas, con una población de 52.941.263 almas; pero ya no son aliados, sino solo dependientes del gobierno británico, en condiciones múltiples y bajo las diversas formas del sistema subsidiario y del sistema protector. Estos sistemas tienen en común la renuncia de los Estados nativos al derecho de defenderse, de mantener relaciones diplomáticas y de arreglar sus disputas entre sí sin la intervención del gobernador general. Todos tienen que pagar un tributo, bien en dinero contante, bien en un contingente de fuerzas armadas mandadas por oficiales británicos. La absorción o anexión final de estos Estados nativos se discute hoy con ardor entre los reformadores, que la denuncian como un crimen, y los hombres de negocios, que la disculpan como una necesidad.

A mi juicio, la cuestión misma está planteada de forma completamente equivocada. En cuanto a los Estados nativos, dejaron de existir virtualmente desde el momento en que se convirtieron en subsidiarios o protegidos de la Compañía. Si se divide la renta de un país entre dos gobiernos, se está seguro de mutilar los recursos del uno y la administración de ambos. Con el sistema actual, los Estados nativos sucumben bajo la doble pesadilla de su administración nativa y de los tributos y los desmesurados establecimientos militares que les impone la Compañía. Las condiciones con las que se les permite conservar su independencia aparente son al mismo tiempo las condiciones de una decadencia permanente y de una incapacidad absoluta de mejora. La debilidad orgánica es la ley constitutiva de su existencia, como la de toda existencia que vive por tolerancia ajena. No son, por tanto, los Estados nativos, sino los príncipes nativos y sus cortes aquello en torno a cuya conservación gira la cuestión. Ahora bien, ¿no es cosa extraña que los mismos hombres que denuncian «los esplendores bárbaros de la Corona y la aristocracia de Inglaterra» derramen lágrimas por la caída de los nababs, rajás y jagirdares indios,21 cuya gran mayoría no posee siquiera el prestigio de la antigüedad, pues son en general usurpadores de fecha muy reciente, encumbrados por la intriga inglesa? No existe en todo el mundo despotismo más ridículo, absurdo y pueril que el de esos Shahzamanes y Shahriyares de Las mil y una noches.22 El duque de Wellington, sir J. Malcolm, sir Henry Russell, lord Ellenborough, el general Briggs y otras autoridades se han pronunciado en favor del statu quo; pero ¿por qué razones? Porque las tropas nativas bajo dominio inglés necesitan ocupación en las pequeñas guerras con sus propios compatriotas, para impedir que vuelvan su fuerza contra sus propios amos europeos. Porque la existencia de Estados independientes da ocupación de vez en cuando a las tropas inglesas. Porque los príncipes hereditarios son los instrumentos más serviles del despotismo inglés y frenan el ascenso de esos audaces aventureros militares en que la India ha abundado y abundará siempre. Porque los territorios independientes ofrecen refugio a todos los espíritus nativos descontentos y emprendedores. Dejando aparte todos estos argumentos, que dicen con todas las letras que los príncipes nativos son los baluartes del abominable sistema inglés actual y los mayores obstáculos para el progreso de la India, paso a sir Thomas Munro y a lord Elphinstone, que eran al menos hombres de genio superior y de verdadera simpatía por el pueblo indio. Piensan que sin una aristocracia nativa no puede haber energía en ninguna otra clase de la comunidad, y que la subversión de esa aristocracia no elevará, sino que degradará a todo un pueblo. Pueden tener razón mientras los nativos sometidos al dominio inglés directo estén excluidos sistemáticamente de todos los cargos superiores, militares y civiles. Donde no puede haber grandes hombres por su propio esfuerzo, ha de haber grandes hombres por nacimiento, para dejar a un pueblo conquistado alguna grandeza propia. Pero esa exclusión del pueblo nativo en el territorio inglés solo se ha podido llevar a cabo manteniendo a los príncipes hereditarios en los territorios llamados independientes. Y una de estas dos concesiones había que hacérsela al ejército nativo, en cuya fuerza descansa todo el dominio británico en la India. Creo que podemos fiarnos de la afirmación del señor Campbell23 de que la aristocracia nativa india es la menos capaz de desempeñar cargos superiores; de que para todas las necesidades nuevas es preciso crear una clase nueva, y de que,

«por la agudeza y la facilidad para aprender de las clases inferiores, esto puede hacerse en la India como no puede hacerse en ningún otro país».

Los propios príncipes nativos desaparecen deprisa por la extinción de sus casas; pero desde el comienzo de este siglo el gobierno británico ha seguido la política de permitirles nombrar herederos por adopción o de ocupar sus tronos vacantes con títeres de creación inglesa. El gran gobernador general lord Dalhousie fue el primero en protestar abiertamente contra este sistema.24 Si no se opusiera una resistencia artificial al curso natural de las cosas, no harían falta ni guerras ni gastos para acabar con los príncipes nativos.

En cuanto a los príncipes pensionados, las 2.468.969 libras que les asigna el gobierno británico sobre la renta de la India son una carga gravísima para un pueblo que vive de arroz y carece de lo más necesario para la vida. Si sirven para algo, es para exhibir la realeza en su grado más bajo de degradación y de ridículo. Tomemos, por ejemplo, al Gran Mogol, el descendiente de Timur Tamerlán.25 Se le conceden 120.000 libras al año. Su autoridad no se extiende más allá de los muros de su palacio, dentro de los cuales la idiota estirpe real, abandonada a sí misma, se propaga tan libremente como los conejos. Hasta la policía de Delhi la ejercen ingleses, fuera de su control. Allí está sentado en su trono, un viejecillo amarillo y arrugado, ataviado con un traje teatral bordado en oro, muy parecido al de las bailarinas del Indostán. En ciertas ocasiones solemnes, el muñeco cubierto de oropel sale a alegrar los corazones de los leales. En sus días de recepción los extranjeros han de pagar unos derechos, en forma de guineas, como a cualquier otro saltimbanqui que se exhibe en público; él, a su vez, les regala turbantes, diamantes, etc. Mirándolos más de cerca, descubren que los diamantes reales son como otros tantos pedazos de vidrio corriente, toscamente pintados e imitando las piedras preciosas lo más burdamente posible, y tan mal engastados que se rompen en la mano como el pan de jengibre.

Los prestamistas ingleses, aliados con la aristocracia inglesa, entienden, hay que reconocerlo, el arte de degradar la realeza, reduciéndola a la nulidad del constitucionalismo en casa y al encierro de la etiqueta fuera. ¡Y ahora vienen los radicales, exasperados ante este espectáculo!

Karl Marx

  1. Austen Henry Layard (1817-1894), arqueólogo que excavó Nínive, diputado liberal; había anunciado una moción para que se presentaran al Parlamento los documentos sobre la cuestión turca. John Bright (1811-1889), fabricante de Rochdale y, con Cobden, dirigente de la escuela de Manchester librecambista y pacifista. Lord Aberdeen era el primer ministro del gabinete de coalición de whigs y peelitas; Palmerston, su ministro del Interior. ↩

  2. «Soy ciudadano romano»: palabras con que Palmerston, en el debate sobre el asunto Don Pacifico (1850), reclamó para todo súbdito británico en el extranjero la protección de su gobierno. ↩

  3. El príncipe Alexandr Ménshikov (1787-1869) fue enviado en misión extraordinaria a Constantinopla en febrero de 1853 para exigir el protectorado ruso sobre los súbditos ortodoxos del sultán; rompió las relaciones y partió el 21 de mayo. ↩

  4. Así en el texto inglés. La MEW da «barón de Meyendorff, el embajador ruso»: Peter von Meyendorff, embajador de Rusia en Viena, era cuñado de Karl Ferdinand von Buol-Schauenstein, ministro de Asuntos Exteriores y presidente del consejo de ministros de Austria. ↩

  5. Karl Ludwig von Bruck (1798-1860), internuncio austríaco en Constantinopla de 1853 a 1855. ↩

  6. Dos enclaves otomanos en la costa de Dalmacia. ↩

  7. El refugiado húngaro Martin Koszta fue capturado en Esmirna en junio de 1853 y llevado a bordo de un barco austríaco; en el tumulto que siguió murió el oficial austríaco Hackelberg. El comandante de una corbeta estadounidense, Duncan Ingraham, exigió su liberación bajo amenaza de abrir fuego y consiguió que quedara bajo la custodia del cónsul francés. ↩

  8. Dmitri Tatíshchev (1767-1845), embajador de Rusia en Viena. ↩

  9. La bahía de Besika, a la entrada de los Dardanelos, donde fondeaban desde junio de 1853 las flotas británica y francesa. ↩

  10. Sened: en turco, documento, título, acta. Un acto sinalagmático es el que obliga a las dos partes. ↩

  11. El tratado de Kuchuk Kainardji (1774), que puso fin a la guerra ruso-turca de 1768-1774. ↩

  12. «Por eso mismo». ↩

  13. El tratado de Unkiar Skelessi (Hünkâr İskelesi), firmado el 8 de julio de 1833, por el que Turquía se comprometía a cerrar los Dardanelos a los buques de guerra extranjeros a petición de Rusia. ↩

  14. Mehmet Alí (1769-1849), bajá de Egipto, cuyo ejército derrotó al del sultán en 1839; el convenio de Londres de 1840 entre Gran Bretaña, Rusia, Austria y Prusia lo obligó a renunciar a Siria. ↩

  15. Juego de palabras con el nombre de Nesselrode: Nessel, en alemán, es «ortiga», y rod, en inglés, «vara». ↩

  16. Las Horcas Caudinas, el desfiladero donde los samnitas obligaron en el 321 a. C. a un ejército romano vencido a pasar bajo el yugo. ↩

  17. Francis Crossley (1817-1872), fabricante de alfombras de Halifax, diputado liberal. ↩

  18. La ley sobre el gobierno de la India de 1853, presentada por sir Charles Wood, presidente de la Junta de Control, renovaba sin plazo fijo los poderes de la Compañía de las Indias Orientales y reducía su Junta de Directores de 24 a 18 miembros, seis de ellos nombrados por la Corona. Robert Jocelyn, vizconde Jocelyn (1816-1854), y Joseph Hume (1777-1855), diputados. ↩

  19. Las fracciones de la oposición francesa a Luis Bonaparte: partidarios de los Borbones y de los Orleans, republicanos moderados («azules») y demócratas y socialistas («rojos»). ↩

  20. Callejón de la City de Londres, centro tradicional de la especulación con acciones. ↩

  21. Titulares de jagir, concesión de tierras o de sus rentas a cambio de servicios. ↩

  22. Shahzamán y Shahriyar, los reyes hermanos de la historia que enmarca Las mil y una noches. ↩

  23. George Campbell, Modern India (Londres, 1852). ↩

  24. James Andrew Broun-Ramsay, marqués de Dalhousie (1812-1860), gobernador general de la India de 1848 a 1856, que anexionó varios Estados aplicando la «doctrina de la caducidad» (doctrine of lapse) a los príncipes sin heredero natural. ↩

  25. Bahadur Shah II (1775-1862), último emperador mogol, reducido a pensionista de la Compañía. ↩