Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 19 de julio de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3838, del 5 de agosto de 1853. Traducido del original inglés: las secciones sobre la cuestión de Oriente y sobre el Parlamento según The Eastern Question (Londres, 1897, edición de Eleanor Marx Aveling y Edward Aveling), y la sección sobre la India según la transcripción del texto del Tribune en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org); cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 212-219), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, martes 19 de julio de 1853
El zar no solo ha empezado la guerra: ha terminado ya su primera campaña. La línea de operaciones ya no está detrás del Prut, sino a lo largo del Danubio.1 Entretanto, ¿qué hacen las potencias occidentales? Aconsejan, es decir, obligan al sultán a considerar la guerra como paz. Sus respuestas a los actos del autócrata no son cañones, sino notas. Al emperador no lo asaltan las dos flotas, sino nada menos que cuatro proyectos de negociación: uno que emana del gabinete inglés, otro del francés, el tercero presentado por Austria y el cuarto improvisado por el «cuñado» de Potsdam.2 Se espera que el zar consienta en escoger de este embarras de richesses3 lo que más convenga a sus fines. La (segunda) respuesta del señor Drouyn de Lhuys4 a la (segunda) nota del conde Nesselrode se toma infinitas molestias para probar que «no fueron Inglaterra y Francia las que hicieron la primera demostración». Rusia no hace sino arrojar tantas notas a los diplomáticos occidentales, como huesos a los perros, para entretenerlos con una diversión inocente mientras ella saca la ventaja de seguir ganando tiempo. Inglaterra y Francia, naturalmente, muerden el anzuelo. Como si recibir semejante nota no fuera degradación suficiente, la nota recibió un comentario de lo más pacífico en el Journal de l'Empire, en un artículo firmado por el señor de La Guéronnière,5 pero escrito sobre apuntes dados por el emperador y revisado por él. Ese artículo «permitiría a Rusia elegir negociar en la orilla derecha del Prut en lugar de en la orilla izquierda». Convierte en efecto la segunda nota del conde Nesselrode en un «intento de reconciliación». Y lo hace en este estilo:
«El conde Nesselrode solo habla ahora de una garantía moral, y anuncia que, en su lugar, se sustituye provisionalmente una garantía material, con lo que apela directamente a la negociación. Así las cosas, es imposible considerar agotada la acción de los diplomáticos.»
La Assemblée Nationale, el Moniteur ruso de París,6 felicita irónicamente al Journal de l'Empire por su descubrimiento, por tardío que haya sido, y solo lamenta que se haya hecho tanto ruido para nada.
La prensa inglesa ha perdido por completo la compostura. «El zar no puede comprender la cortesía que le han mostrado las potencias occidentales... Es incapaz de un comportamiento cortés en sus tratos con otras potencias.» Así dice The Morning Advertiser. The Morning Post está exasperado porque el zar hace tan poco caso de los apuros internos de sus adversarios:
«Haber planteado, por puro capricho de insolencia, una reclamación que no tenía ningún carácter de urgencia inmediata, y haberlo hecho sin tener en cuenta en absoluto el estado inflamable de Europa, fue una indiscreción casi increíble.»
El autor del artículo sobre el mercado de dinero de The Economist averigua «que los hombres descubren ahora a su costa lo incómodo que es que todos los intereses más secretos del mundo [es decir, los de la Bolsa] dependan de los caprichos de un solo hombre».
Y, sin embargo, en 1848 y 1849 se podía ver el busto del emperador de Rusia junto al mismísimo becerro de oro.
Entretanto, la posición del sultán se vuelve cada hora más difícil y complicada. Sus apuros financieros aumentan tanto más cuanto que soporta todas las cargas de la guerra sin recoger ninguna de sus buenas oportunidades. El entusiasmo popular se vuelve contra él a falta de dirigirse contra el zar. El fanatismo del musulmán lo amenaza con revoluciones de palacio, mientras el fanatismo del griego lo amenaza con insurrecciones populares. Los periódicos de hoy traen noticias de una conspiración contra la vida del sultán tramada por estudiantes musulmanes del viejo partido turco, que querían poner en el trono a Abdülaziz.7
En la Cámara de los Lores, ayer, los lores Beaumont y Malmesbury8 pidieron a lord Clarendon que declarara sus intenciones, ahora que el emperador de Francia no había vacilado en pronunciar las suyas. Lord Clarendon, sin embargo, aparte de reconocer brevemente que Inglaterra había suscrito la nota del señor Drouyn de Lhuys, se escondió tras su atrincheramiento de promesas de que sin duda daría muy pronto a la Cámara información completa. A la pregunta de si era cierto que los rusos se habían apoderado también del gobierno civil y de las oficinas de correos de los Principados que habían ocupado militarmente, lord Clarendon permaneció «callado», ¡naturalmente! «No quería creerlo después de la proclama del príncipe Gorchakov.»9 Lord Beaumont respondió que parecía ser muy optimista, desde luego.
A una pregunta sobre el reciente tumulto de Esmirna que hizo sir J. Walmsley en la Cámara de los Comunes,10 lord John Russell respondió que, en efecto, había oído hablar del rapto de un refugiado húngaro por el cónsul de Austria; pero que, en cuanto a que Austria hubiera exigido la extradición de todos los refugiados húngaros e italianos, no había oído nada, desde luego. Lord John despacha las interpelaciones de un modo de lo más ameno y no sin comodidad para sí mismo. Información oficial no la recibe nunca, y en los periódicos nunca lee nada de lo que uno quiere o espera que haya leído.
La Kölnische Zeitung, en una carta fechada en Viena el 11 de julio, trae el siguiente informe sobre el asunto de Esmirna:
«Shekib Efendi ha sido enviado a Esmirna para instruir causa contra los autores del motín en el que pereció el barón Hackelberg. Shekib ha recibido también órdenes de entregar a Austria a los refugiados de origen austríaco o toscano. El señor Brown, encargado de negocios de los Estados Unidos, ha tenido conversaciones sobre este asunto con Reshid Bajá,11 cuyo resultado aún no se conoce. Me entero en este momento de que el asesino del barón Hackelberg ha recibido del cónsul americano en Esmirna un pasaporte que lo pone fuera del alcance de las autoridades turcas. Este hecho prueba que los Estados Unidos se proponen intervenir en los asuntos europeos. También es seguro que hay tres buques de guerra americanos con la flota turca en el Bósforo y, además, que la fragata americana Cumberland ha traído 80.000.000 de piastras al gobierno turco.»
Sea cual sea la verdad de estas y otras noticias semejantes, prueban una cosa, a saber: que en todas partes se espera la intervención americana, y que incluso parte del público inglés la mira con buenos ojos. La conducta del capitán y del cónsul americanos se elogia ruidosamente en las asambleas populares, y un «inglés» pedía ayer en The Advertiser a la bandera de las barras y estrellas que apareciera en el Mediterráneo y avergonzara a la «vieja y embarrada Union Jack» hasta sacarla de su inacción.
Para resumir en pocas palabras la cuestión de Oriente: el zar, irritado e insatisfecho al ver su inmenso imperio confinado a un único puerto de exportación, situado además en un mar innavegable durante la mitad del año y expuesto a los ataques de los ingleses durante la otra mitad, prosigue el designio de sus antepasados de lograr acceso al Mediterráneo; separa uno tras otro los miembros más alejados del Imperio otomano de su cuerpo principal, hasta que al final Constantinopla, el corazón, tenga que dejar de latir. Repite sus invasiones periódicas cada vez que cree en peligro sus designios sobre Turquía por la aparente consolidación del gobierno turco o por los síntomas, más peligrosos, de autoemancipación que se manifiestan entre los eslavos. Contando con la cobardía y los temores de las potencias occidentales, intimida a Europa y lleva sus exigencias tan lejos como puede, para parecer después magnánimo contentándose con lo que inmediatamente quería.
Las potencias occidentales, por su parte, inconsecuentes, pusilánimes, recelosas unas de otras, empiezan animando al sultán a resistir al zar, por miedo a las usurpaciones de Rusia, y terminan obligándolo a ceder, por miedo a una guerra general que dé lugar a una revolución general. Demasiado impotentes y demasiado tímidas para emprender la reconstrucción del Imperio otomano mediante la creación de un imperio griego o de una república federal de Estados eslavos, a lo único que aspiran es a mantener el statu quo, es decir, el estado de putrefacción que prohíbe al sultán emanciparse del zar y a los eslavos emanciparse del sultán.
El partido revolucionario no puede sino felicitarse de este estado de cosas. La humillación de los gobiernos occidentales reaccionarios y su manifiesta impotencia para defender los intereses de la civilización europea contra las usurpaciones rusas no pueden dejar de producir una saludable indignación en los pueblos, que desde 1849 se han dejado someter al dominio de la contrarrevolución. También la crisis industrial que se aproxima se ve afectada y acelerada tanto por esta complicación semioriental como por la complicación completamente oriental de China.12 Mientras los precios del grano suben, los negocios en general se paralizan, al mismo tiempo que el cambio se vuelve contra Inglaterra y el oro empieza a afluir al continente. La reserva de metálico del Banco de Francia ha disminuido entre el 9 de junio y el 14 de julio en 2.220.000 libras, más que todo el aumento que había tenido lugar durante los tres meses anteriores.13
El paso de la ley sobre la India por la comisión tiene poco interés. Es significativo que todas las enmiendas las rechace ahora la coalición coaligándose con los tories contra sus propios aliados de la escuela de Manchester.
El estado actual de la India puede ilustrarse con unos pocos hechos. La administración metropolitana absorbe el 3 por ciento de la renta neta, y el interés anual de la deuda metropolitana y los dividendos, el 14 por ciento: juntos, el 17 por ciento.14 Si deducimos estas remesas anuales de la India a Inglaterra, los gastos militares ascienden a cerca de dos tercios de todo el gasto disponible para la India, o sea, al 66 por ciento, mientras que los gastos de obras públicas no pasan del 2 ¾ por ciento de la renta general, o, para Bengala, del 1 por ciento; para Agra, del 7 ¾; para el Punyab, de ⅛; para Madrás, de ½, y para Bombay, del 1 por ciento de sus rentas respectivas. Estas cifras son las oficiales de la propia Compañía.
Por otro lado, casi tres quintos de toda la renta neta proceden de la tierra, cerca de un séptimo del opio y algo más de un noveno de la sal. Estas fuentes juntas rinden el 85 por ciento de todos los ingresos.
En cuanto a las partidas menores de ingresos y gastos, bastará decir que el impuesto moturpha, mantenido en la presidencia de Madrás y que grava tiendas, telares, ovejas, ganado, diversas profesiones, etc., rinde unas 50.000 libras, mientras que las comidas anuales de la East India House cuestan aproximadamente la misma suma.15
El grueso de la renta procede de la tierra. Como las diversas formas de tenencia de la tierra en la India se han descrito recientemente en tantos lugares, y además en estilo popular, me propongo limitar mis observaciones sobre el tema a unas cuantas consideraciones generales sobre los sistemas zamindari y ryotwari.
El zamindari y el ryotwari fueron ambos revoluciones agrarias llevadas a cabo por ucases británicos, y opuestas entre sí: la una aristocrática, la otra democrática; la una caricatura del landlordism inglés, la otra de la propiedad campesina francesa; pero perniciosas las dos, pues combinaban el carácter más contradictorio: ambas hechas no para el pueblo que cultiva el suelo, ni para el tenedor que lo posee, sino para el gobierno que lo grava.
Por el sistema zamindari, el pueblo de la presidencia de Bengala fue desposeído de golpe de sus derechos hereditarios sobre el suelo en favor de los recaudadores nativos de impuestos llamados zamindares. Por el sistema ryotwari, introducido en las presidencias de Madrás y Bombay, la nobleza nativa, con sus derechos territoriales, mirasis, jagires, etc., quedó reducida, junto con el pueblo común, a la tenencia de campos diminutos, cultivados por ellos mismos en favor del recaudador (Collector) de la Compañía de las Indias Orientales.16 Pero ¡curiosa especie de landlord inglés era el zamindar, que solo recibía una décima parte de la renta y tenía que entregar las nueve décimas partes al gobierno! ¡Curiosa especie de campesino francés era el ryot, sin ningún título permanente sobre el suelo y con un impuesto que cambiaba cada año en proporción a su cosecha! La clase original de los zamindares, pese a su rapacidad desenfrenada y sin control contra la masa desposeída de los antiguos tenedores hereditarios, se fundió pronto bajo la presión de la Compañía, para ser sustituida por especuladores mercantiles que hoy poseen toda la tierra de Bengala, con excepción de las fincas devueltas a la administración directa del gobierno. Estos especuladores han introducido una variedad de la tenencia zamindari llamada patni. No contentos con estar colocados, respecto del gobierno británico, en la situación de intermediarios, han creado a su vez una clase de intermediarios «hereditarios» llamados patnidares, que crearon a su vez a sus subpatnidares, etc., de modo que ha surgido una escala perfecta de jerarquía de intermediarios que pesa con todo su peso sobre el desdichado cultivador. En cuanto a los ryots de Madrás y Bombay, el sistema degeneró pronto en uno de cultivo forzoso, y la tierra perdió todo su valor.
«La tierra», dice el señor Campbell, «la vendería el recaudador por atrasos, como en Bengala, pero por lo general no lo hace, por una razón muy buena, a saber: que nadie la compraría.»
Así pues, en Bengala tenemos una combinación del landlordism inglés, del sistema irlandés de intermediarios, del sistema austríaco, que transforma al terrateniente en recaudador de impuestos, y del sistema asiático, que hace del Estado el verdadero terrateniente. En Madrás y Bombay tenemos un campesino propietario francés que es al mismo tiempo un siervo y un métayer17 del Estado. Los inconvenientes de todos estos diversos sistemas se acumulan sobre él sin que goce de ninguno de sus rasgos compensatorios. El ryot está sometido, como el campesino francés, a la extorsión del usurero privado; pero no tiene, como el campesino francés, ningún título hereditario ni permanente sobre su tierra. Como el siervo, está obligado a cultivar, pero no está asegurado contra la necesidad como el siervo. Como el métayer, tiene que repartir su producto con el Estado, pero el Estado no está obligado, respecto de él, a adelantarle los fondos y los aperos, como está obligado a hacerlo respecto del métayer. En Bengala, como en Madrás y Bombay, bajo el zamindari como bajo el ryotwari, los ryots, y son las once doceavas partes de toda la población india, han quedado miserablemente pauperizados; y si moralmente no han caído tan bajo como los cottiers irlandeses,18 se lo deben a su clima, pues los hombres del Sur tienen menos necesidades y más imaginación que los del Norte.
Junto con el impuesto sobre la tierra tenemos que considerar el impuesto sobre la sal. Es notorio que la Compañía conserva el monopolio de ese artículo, que vende al triple de su valor comercial, y esto en un país donde lo suministran el mar, los lagos, las montañas y la tierra misma. El funcionamiento práctico de este monopolio lo describió el conde de Albemarle19 con estas palabras:
«Gran parte de la sal para el consumo interior de todo el país la compran a la Compañía grandes mayoristas a menos de 4 rupias el maund;20 estos mezclan una proporción fija de arena, que se saca sobre todo a pocas millas al sudeste de Dacca, y envían la mezcla a un segundo monopolista, o a un tercero si se cuenta al gobierno como el primero, a unas 5 o 6 rupias. Este comerciante añade más tierra o ceniza, y pasando así por más manos, de las grandes ciudades a las aldeas, el precio sube todavía de 8 a 10 rupias, y la proporción de adulteración, del 25 al 40 por ciento. Resulta, pues, que el pueblo paga por su sal de 21 libras, 17 chelines y 2 peniques a 27 libras, 6 chelines y 2 peniques, o, en otras palabras, de 30 a 36 veces más que la gente acomodada de Gran Bretaña.»
Como muestra de la moral burguesa inglesa puedo alegar que el señor Campbell defiende el monopolio del opio porque impide a los chinos consumir demasiada droga, y que defiende el monopolio del aguardiente (licencias para la venta de licores en la India) porque ha aumentado maravillosamente el consumo de aguardiente en la India.
La tenencia zamindari, el ryotwari y el impuesto de la sal, combinados con el clima indio, fueron los semilleros del cólera, los estragos de la India sobre el mundo occidental: un ejemplo sorprendente y severo de la solidaridad de los males y agravios humanos.
Karl Marx
Las tropas rusas habían cruzado el Prut a comienzos de julio de 1853 y ocupado Moldavia y Valaquia. ↩
Federico Guillermo IV de Prusia, cuya hermana Carlota era la esposa del zar Nicolás I. ↩
«Embarazo de riquezas»: no saber qué escoger entre tanto. ↩
Édouard Drouyn de Lhuys (1805-1881), ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón III. ↩
Louis-Étienne-Arthur de La Guéronnière (1816-1875), publicista bonapartista. ↩
L'Assemblée nationale, diario monárquico de París; Le Moniteur universel era el diario oficial del gobierno francés. ↩
Abdülaziz (1830-1876), hermano del sultán Abdülmecid, al que sucedió en 1861. ↩
Miles Stapleton, lord Beaumont (1805-1854), y James Howard Harris, conde de Malmesbury (1807-1889), ministro de Asuntos Exteriores en 1852. ↩
El príncipe Mijaíl Gorchakov (1793-1861), comandante de las tropas rusas que ocuparon los Principados. ↩
Sir Joshua Walmsley (1794-1871), diputado radical. Sobre el asunto de Esmirna, el rapto del refugiado húngaro Martin Koszta y la intervención del comandante de una corbeta estadounidense, véase la crónica del 12 de julio, «Dificultades ruso-turcas». ↩
Mustafá Reshid Bajá (1800-1858), ministro de Asuntos Exteriores de la Puerta. ↩
La rebelión de los Taiping, que desde 1851 se extendía por el sur de China. ↩
La MEW dice «Banco de Inglaterra». ↩
La Home Establishment era la administración de la Compañía en Londres; la Home Debt, la deuda contraída en Inglaterra. ↩
La East India House, en Leadenhall Street, sede de la Compañía en Londres. ↩
Mirasi: derecho hereditario sobre la tierra en el sur de la India; jagir: concesión de tierras o de sus rentas a cambio de servicios. El inglés Collector designaba al funcionario de la Compañía que recaudaba el impuesto territorial y administraba el distrito. ↩
Aparcero. ↩
Pequeños arrendatarios irlandeses que arrendaban su parcela año a año, en subasta, al mejor postor. ↩
George Thomas Keppel, conde de Albemarle (1799-1891), militar y político whig, que había servido en la India. ↩
Medida de peso de la India, de valor variable según la región. ↩