Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 2 de diciembre de 1853 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 3952, del 16 de diciembre de 1853. Traducido del original inglés según The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 163-170), que lo atribuye a Marx, cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 527-533), que da la autoría, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la edición de 1897. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
La retirada de los turcos de Oltenița parece indicar el final de la primera época de la guerra ruso-turca;1 con ella, al menos, parece concluida una primera y bien definida serie de operaciones, que empezó con el paso en Kalafat, para dejar sitio o a la tranquilidad de los cuarteles de invierno o a la ejecución de nuevos planes todavía no desarrollados. El momento parece oportuno para pasar revista a la campaña hasta esa época, tanto más cuanto que acaban de llegarnos los partes oficiales y no oficiales de la única acción de importancia librada en el Danubio, el ataque ruso a la cabeza de puente turca de Oltenița.
El 28 de octubre los turcos pasaron de Vidin a Kalafat.2 Apenas se les molestó en la ocupación de este punto, salvo con escaramuzas de reconocimiento; porque cuando los rusos estaban a punto de concentrar en Craiova una fuerza eficaz para atacar Kalafat, los perturbó la noticia de un segundo avance de los turcos, más peligroso, que el 2 de noviembre habían cruzado el Danubio en Oltenița, desde donde amenazaban seriamente las comunicaciones rusas. Al mismo tiempo, los turcos hicieron ataques simulados y secundarios en toda la línea del Danubio, desde Vidin hasta Oltenița, pero estos, o bien encontraron a los rusos bien preparados, o bien no se emprendieron con fuerza suficiente para engañar al enemigo y llevarlo a algún error serio.
El cuerpo de Kalafat, por tanto, permaneció tranquilo y fue recibiendo refuerzos que, según se dice, lo han hecho crecer hasta unos 24.000 hombres. Pero como este cuerpo ni ha avanzado ni ha sufrido un rechazo, podemos dejarlo de momento fuera de consideración.
El paso en Oltenița se produjo, según el parte de Omer Bajá,3 de la siguiente manera. Oltenița es una aldea situada cerca de la confluencia del río Argeș con el Danubio. Frente a la desembocadura del Argeș hay una isla en el Danubio; en la orilla sur de este río están la aldea y el fuerte de Tutrakan, sobre una orilla escarpada que se eleva a unos 600 o 700 pies, en lo alto de la cual está construido el fuerte de Tutrakan. Los cañones de Tutrakan constituyen, por tanto, un apoyo muy eficaz para cualquier cuerpo que cruce el río por este punto. El 1 de noviembre los turcos pasaron a la isla y levantaron allí durante la noche sólidos atrincheramientos. El 2 pasaron de esta isla a la orilla valaca, al este del Argeș. Dos batallones, con 100 jinetes y dos cañones, pasaron en barcas al lado valaco; unos cuantos cañonazos desde Tutrakan expulsaron a los puestos avanzados rusos de un edificio de lazareto situado cerca de la orilla, y este edificio, del que los turcos tomaron posesión inmediatamente, resultó para ellos una gran ventaja. Era de construcción maciza, con estancias abovedadas, y ofrecía así, casi sin trabajo adicional, todas las ventajas de ese gran desiderátum de la fortificación de campaña que es un reducto. En consecuencia, los turcos empezaron enseguida a levantar atrincheramientos desde el Argeș hasta el Danubio; cuatrocientos hombres trabajaban en ello sin descanso, pues se habían preparado de antemano cestones y fajinas. De todos los partes que recibimos solo podemos concluir que estos atrincheramientos eran líneas continuas que cortaban por completo toda comunicación de las posiciones rusas con los puntos de desembarco turcos. La fortificación con líneas atrincheradas continuas está condenada en general desde hace mucho y se ha comprobado ineficaz; pero el destino particular de este atrincheramiento como cabeza de puente, el hecho de que se encontrara ya hecho un reducto excelente, la falta de ingenieros entre los turcos y otras circunstancias propias del ejército turco pueden haber hecho, después de todo, más aconsejable emplear este sistema anticuado. En el Argeș encontraron los turcos un número de barcas que emplearon enseguida, junto con las que ya tenían, en la construcción de un puente sobre el Danubio. Todas estas obras estaban casi terminadas en la mañana del 4 de noviembre.
En Oltenița, pues, los turcos tenían una simple cabeza de puente en la orilla izquierda del Danubio; el ejército turco no había cruzado el río, ni lo ha hecho desde entonces; pero tenía en la orilla izquierda una salida segura, que podía aprovecharse en el momento mismo en que se hubiera concentrado en Tutrakan una fuerza suficiente. Tenían además el medio de tomar la orilla derecha o la izquierda del Argeș; y, por último, todas sus operaciones en las proximidades del río estaban protegidas por diez cañones pesados en el fuerte de las alturas de Tutrakan, cuyo alcance, gracias a esa posición elevada y a la estrechez del río en ese punto, se extendía por lo menos media milla más allá de la cabeza de puente.
La cabeza de puente estaba ocupada por tres batallones de línea (2.400 hombres), dos compañías de la guardia (100 hombres),4 dos de tiradores (200 hombres), 100 jinetes y algo de artillería, que servía los doce cañones pesados emplazados en el lazareto. El ala derecha del atrincheramiento estaba enfilada y flanqueada por los cañones de Tutrakan, que además podían barrer toda la llanura situada delante del centro de la cabeza de puente. El ala izquierda, apoyada en el río Argeș, estaba flanqueada por la batería de la isla; pero parte de este terreno estaba cubierta de espesos matorrales, que ofrecían a los rusos un abrigo considerable al acercarse.
Cuando, el 4 de noviembre, los rusos atacaron las líneas turcas, tenían, según Omer Bajá, 20 batallones, 4 regimientos de caballería y 32 cañones, en total unos 24.000 hombres. Parece que se formaron en el orden siguiente: doce batallones y catorce cañones frente al centro de la cabeza de puente; dos batallones y dos cañones en el bosque a la izquierda (derecha rusa), junto al río Argeș; seis batallones, escalonados, con cuatro cañones contra la derecha turca, hacia el Danubio, con su línea prolongada y desbordada por la caballería. El centro formó primero una columna de ataque, después de que el fuego de los cañones rusos se mantuviera durante un tiempo; siguieron las dos alas; luego la artillería, que había disparado primero a una distancia de unas 1.200 yardas de los parapetos, avanzó hasta el alcance eficaz de la metralla (600 a 700 yardas), y las columnas de ataque fueron lanzadas adelante. Como era de prever, la columna de la izquierda rusa (la más cercana al Danubio) quedó destrozada por el fuego de los cañones de Tutrakan; la del centro corrió muy pronto la misma suerte; la de la derecha (en el Argeș) fue aplastada por el fuego desde la isla y parece haber sido demasiado débil para hacer nada útil. El ataque se repitió una o dos veces, pero sin el ensemble5 del primer asalto, y entonces los rusos tuvieron bastante. Habían avanzado resueltamente hasta el borde del foso (lo que no debe entenderse demasiado al pie de la letra), pero el fuego turco resultó abrumador antes de que llegaran a la lucha cuerpo a cuerpo.
Durante el combate, Omer Bajá envió al otro lado del río un batallón de tropas regulares como reserva. Así pues, los turcos que intervinieron pueden calcularse en 3.600 infantes con 44 cañones pesados.
Las fuerzas de los rusos son más difíciles de determinar. Mientras Omer Bajá habla de veinte batallones, dos oficiales británicos que estaban en su campamento coinciden en reducir la fuerza que entró realmente en combate a unos 8.000 hombres. Estas dos afirmaciones no son exactamente contradictorias. Los rusos podían tener unos veinte batallones en orden de batalla y, sin embargo, por la naturaleza del terreno o por desprecio de sus adversarios, la masa real de las columnas de ataque podía no pasar de ocho batallones cada vez; y una circunstancia que los oficiales británicos no mencionan, pero de la que informa Omer Bajá, demuestra que los rusos tenían reservas abundantes. Es esta: cada nuevo ataque iba encabezado por un batallón de refresco sacado de las reservas a tal efecto. Además, los partes de los dos «oficiales de la Guardia de Su Majestad» llevan en cada línea el sello de esa suficiencia ignorante e inexperta que es propia de los subalternos de los cuerpos privilegiados de todos los ejércitos.
En conjunto, por tanto, creemos que el parte de Omer Bajá merece crédito. Puede que estuvieran presentes durante la acción dieciocho o veinte batallones rusos, de los que diez o doce pueden haber entrado sucesivamente en acción, aunque el número de los que en un momento dado avanzaban a la vez e inútilmente sobre los atrincheramientos turcos fuera de seis a ocho mil. Las pérdidas de los rusos, que debieron de ascender por lo menos a 1.500 o 2.000, prueban también qué número debieron de llevar al campo. Fueron finalmente rechazados, dejando en manos de los turcos 500 fusiles, abundante bagaje y munición y 800 muertos y heridos, y se retiraron en parte en desorden.
Si consideramos la táctica de este combate por ambas partes, nos sorprende encontrar un grave error cometido por los rusos, que expiaron merecidamente con su señalada derrota. Mostraron un desprecio de sus adversarios pocas veces igualado. Tenían que atacar unas líneas bastante fuertes, con un reducto excelente flanqueado por diez cañones pesados en la isla y dominado por veintidós cañones en Tutrakan, que dominaban también el terreno situado delante de las líneas; en total, cuarenta y cuatro cañones, o por lo menos treinta y ocho, todos o la mayoría de grueso calibre. Ahora bien, todo oficial sabe que, al atacar una fortificación de campaña, hay que silenciar primero con la artillería propia sus cañones y las baterías que puedan apoyarla; luego destruir en lo posible los parapetos, empalizadas y demás defensas; después, acercando todavía más las baterías a las obras atacadas, barrer los parapetos con una granizada continua de metralla, hasta que por fin pueda arriesgarse el lanzamiento de las columnas de ataque contra la obra medio demolida y sus defensores desmoralizados. Para hacer todo esto hay que tener una superioridad decidida en número y calibre de artillería. Pero ¿qué vemos intentar a los rusos? ¡Asaltar una cabeza de puente defendida por una artillería superior a la suya en número, superior en calibre y todavía más superior en práctica, después de un breve cañoneo de doce piezas de 12 libras y veinte de 6 libras! Este cañoneo ruso solo puede considerarse una mera formalidad, una especie de cortesía ofrecida a los turcos, pues no podía tener ningún propósito serio; y si, como coinciden todos los partes, las baterías rusas avanzaron hasta 650 yardas de la cabeza de puente, es un milagro que no oigamos hablar de una serie de cañones desmontados. Al mismo tiempo debemos reconocer la bravura de las tropas rusas, que, expuestas muy probablemente por primera vez al fuego, y en circunstancias tan adversas, avanzaron sin embargo hasta cincuenta yardas de las líneas turcas antes de quedar aplastadas por el fuego superior que se les echó encima.
En cuanto a los turcos, tampoco podemos decir mucho en favor de su táctica. Estuvo muy bien que Omer Bajá, durante los asaltos, no amontonara en la cabeza de puente más tropas que las necesarias para su defensa. Pero ¿cómo es que no concentró una reserva, sobre todo de caballería, en el extremo del puente del lado de Tutrakan y en la isla? ¿Que, en cuanto se hizo patente el rechazo de los rusos, no lanzara su caballería contra el enemigo batido? ¿Y que, después de todo, se contentara con el efecto moral de la victoria y descuidara recoger todos sus frutos, con los que podría haber decidido la campaña? Solo podemos encontrar dos excusas: primera, que el sistema de líneas continuas en la fortificación de campaña no se presta fácilmente a ninguna acción ofensiva vigorosa tras el rechazo del enemigo, porque las líneas ininterrumpidas no ofrecen espacio amplio para salidas repentinas y enérgicas de masas de tropas; y segunda, o bien que Omer Bajá desconfiaba de la capacidad de sus tropas para combatir en campo abierto, o bien que no tenía a mano tropas suficientes para explotar la victoria.
Esto nos lleva a las cuestiones estratégicas relacionadas con esta acción. Si Omer Bajá hubiera tenido en Oltenița las tropas que holgazaneaban sin nada que hacer en Kalafat, ¿no habría obrado con más decisión? ¿Cómo fue que un cuerpo de 12.000 hombres, con una reserva de igual fuerza, se dirigiera contra Kalafat para amenazar el punto de la posición rusa en el que, de todos, los rusos debían de desear más ser atacados? ¿Cómo fue que, en el punto donde los turcos podían obtener ventajas decisivas, no estuvieran presentes esos 24.000 hombres?
Pero este es solo un punto. Ahora se sabe sin lugar a dudas que los rusos no podían reunir más de 50.000 o 55.000 combatientes en Valaquia a finales de octubre. Teniendo en cuenta la falta de caminos, la naturaleza accidentada del país, los destacamentos inevitables y el desgaste normal de un ejército en activo, es seguro que los rusos no podían reunir en ningún punto más de 30.000 hombres en una sola masa. Cuarenta mil turcos reunidos en cualquier punto de Valaquia los habrían batido con seguridad, y no hay duda de que los turcos, si se lo hubieran propuesto y hubieran tomado las medidas adecuadas en el momento adecuado, habrían podido reunir ese contingente, o incluso el doble, con relativa facilidad. Pero la injerencia de la diplomacia europea, la irresolución del Diván, las vacilaciones de la política turca respecto a Serbia y otras consideraciones parecidas parecen haber producido una serie de medias tintas que pusieron a Omer Bajá en una posición muy singular al estallar las hostilidades. Conocía la debilidad de los rusos; él mismo tenía un ejército muy superior, ansioso de entrar en guerra; pero su ejército estaba repartido por una extensión de país de trescientas cincuenta millas de largo y de cincuenta a cien millas de ancho. La flojedad de sus operaciones en la primera mitad de noviembre fue la consecuencia necesaria de ello. El paso en Kalafat, por lo demás un error, se convirtió así en una especie de necesidad, puesto que Vidin era el punto natural de concentración de unos veinte mil hombres que, sin ese paso, habrían quedado del todo inactivos, por estar demasiado lejos del ejército principal. Este paso les permitió al menos paralizar una parte de las fuerzas rusas y crear una impresión moral favorable a los turcos.
El paso en Oltenița —que evidentemente estaba pensado como el ataque principal con el que se había de tomar Bucarest y cortar la retirada a los rusos atraídos hacia el oeste por la operación de Kalafat— no tuvo efecto alguno, porque las fuerzas necesarias para una marcha sobre Bucarest no parecen haber estado disponibles. El efecto moral del combate de Oltenița fue sin duda una gran ganancia; pero la inactividad que siguió a la victoria —una inactividad que duró nueve días y terminó con la retirada voluntaria de los turcos detrás del Danubio, a consecuencia de la llegada de las lluvias—, esa inactividad y esa retirada quizá no borren el rubor de la victoria de la mejilla del soldado turco, pero minan la reputación del general turco, muy probablemente más de lo que merece. Pero aquí, aunque la culpa original sea del Diván, alguna culpa ha de tener Omer Bajá. Pasar doce días en la orilla izquierda del Danubio, tener un puente y una cabeza de puente lo bastante fuerte como para rechazar a las fuerzas rusas reunidas, tener detrás un ejército numeroso y ansioso de combatir, y no encontrar medios para pasar al otro lado 30.000 o 40.000 hombres: todo esto, a fe, no puede haberse hecho sin cierta negligencia por parte del general. Los rusos pueden dar gracias por haber escapado. Nunca un ejército ruso salió de un aprieto ni la mitad de malo que este con tan poco daño material. Merecían que los hicieran pedazos, y están todos a salvo. Es muy dudoso que vuelvan a dejarse coger alguna vez en semejante desventaja.
En la versión alemana de la MEW el artículo empieza: «Como ya hemos señalado, la retirada de los turcos...»; estas palabras faltan en el texto inglés de la edición de 1897. ↩
Vidin (Widdin en el original), plaza fuerte turca a orillas del Danubio, frente a Kalafat, en la orilla valaca. Oltenița, en la orilla valaca frente a Tutrakan (hoy Tutrakán, en Bulgaria). ↩
Omer Bajá (1806-1871), general turco nacido en Croacia, comandante en jefe del ejército del Danubio. ↩
La versión alemana de la MEW dice «160 hombres». ↩
En francés en el original: «conjunto», es decir, la cohesión del ataque. ↩