Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 2 de diciembre de 1853 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 3952, del 16 de diciembre de 1853. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 534-537), sin su aparato editorial, cotejada con los dos primeros párrafos ingleses que recoge The Eastern Question (Londres, 1897) y con el párrafo sobre las huelgas que publica el Marx-Engels Internet Archive, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, viernes 2 de diciembre de 1853
Desde mi última carta no ha habido en Turquía ningún combate de importancia; pero la diplomacia rusa, más peligrosa que el generalato ruso, vuelve a estar manos a la obra, y los periódicos gubernamentales de ambos lados del Canal anuncian, de forma más o menos directa, la resurrección, bajo una forma ligeramente alterada, de las famosas conferencias de Londres de 1840 y 1841, que terminaron sancionando el tratado de Unkiar-Skelessi.1 El Times hace incluso alusiones a «medidas enérgicas de pacificación», es decir, a una especie de pacificación armada dirigida contra Turquía por quienes se llaman sus protectores. Hay un gran hecho diplomático que no admite equívocos: la última nota enviada por el gabinete inglés a Constantinopla, presentada a la Puerta por el embajador inglés y rechazada por el Diván el 14 de noviembre, resulta no ser más que una segunda edición de la respuesta de Reshid Bajá al ultimátum del príncipe Ménshikov del pasado mayo.2 De este modo, los Palmerston y los Aberdeen dan a entender al sultán que, por mucho que haya cambiado por lo demás la situación, las relaciones entre Turquía y Rusia no han cambiado en absoluto desde el pasado mayo, y que a los ojos de la diplomacia occidental ni Turquía ha ganado nada ni Rusia ha perdido nada.
Como el príncipe Alejandro de Serbia3 prohíbe a las tropas turcas atravesar su territorio, pide el regreso del cónsul general ruso y, en su declaración al sultán, trata a Turquía y a Rusia como dos potencias protectoras con iguales derechos respecto al principado,4 cabe esperar serios conflictos con Serbia, que, aunque habrían sido funestos para Turquía en cualquier otro momento, son quizá en el momento actual el único medio de salvarla de las garras de la diplomacia occidental. Todo nuevo incidente que haga todavía más difícil la situación actual, que saque a la Austria en bancarrota de su peligrosa neutralidad, que aumente las probabilidades de una guerra europea y que imponga a Turquía la alianza con el partido revolucionario solo puede ser ventajoso para ella, al menos en su conflicto con Rusia. Las causas internas de su decadencia seguirán, naturalmente, haciendo su obra si no se les opone una transformación radical del régimen turco en Europa.
De la guerra que se libra entre rusos y turcos en los Principados del Danubio queremos volver por un momento a la guerra que se desata en los distritos fabriles de Inglaterra entre fabricantes y obreros. Recordará usted la época en que los fabricantes combatían y denostaban con violencia el movimiento de los obreros por la reducción de la jornada de trabajo. Ahora las tornas han cambiado y, como predije en su momento, son los fabricantes los que imponen a los obreros el sistema de la jornada reducida. El cierre patronal revela su verdadero significado como medida financiera de los fabricantes, como una especie de remedio contra una superproducción industrial sin precedentes en la Historia de los precios.5 El lunes pasado las fábricas reanudaron el trabajo, pero solo cuatro días por semana, en el distrito de Rochdale (Burnley, Bacup, Newchurch), en Bury y en el distrito de Ashton (Ashton, Stalybridge, Glossop, Hyde, Newton). Bolton tendrá que seguir pronto. Manchester discute la cuestión: no si ceder, sino cuándo. Dentro de dos o tres semanas la jornada reducida será general, salvo en algunas ramas de la industria que se encuentran en situación favorable. Esto tiene que acarrear, naturalmente, el cese de las colectas de fondos de ayuda para los obreros de Preston que resisten. Pero incluso con cuatro días de trabajo por semana la producción sigue superando la demanda. Basta pensar que hace todavía menos de tres semanas los fabricantes de Preston tenían ya unas existencias equivalentes a veinte semanas de producción, que resultaron casi invendibles. La crisis industrial no tiene que empezar: ya ha comenzado en una medida considerable.
«La reducción de la jornada», dice el Times, «va acompañada de una reducción de los salarios al nivel anterior a los aumentos obtenidos recientemente por los obreros».
«Un pobre de solemnidad no puede dictar condiciones: tiene que aceptar lo que se le ofrece», dice el Economist en un arrebato de sinceridad.
He dicho repetidas veces que las huelgas de los obreros, al empezar en un momento demasiado tardío, cuando las oportunidades ofrecidas por una prosperidad sin precedentes ya se estaban desvaneciendo, no podían tener éxito desde el punto de vista económico, o en lo que se refiere a su fin inmediato. Pero han hecho su obra. Han revolucionado al proletariado industrial y, con el estímulo de los víveres caros y del trabajo barato, las consecuencias políticas se mostrarán a su debido tiempo. Ya la sola idea de un Parlamento Obrero, que en realidad no significa otra cosa que el llamamiento a los obreros para que vuelvan a reunirse bajo las banderas del cartismo, despierta el temor de la prensa burguesa. El Economist dice:
«Al señor Ernest Jones, editor del People's Paper, se le presenta como el sucesor del señor Feargus O'Connor, como el señor O'Connor fue el sucesor del señor Hunt...6 Siguiendo a Hunt y a O'Connor, los obreros no han ganado más que duros golpes y grandes pérdidas; no obstante, ponen en el sucesor de esos grandes reyes la misma confianza y esperan ahora que Jones los salve».
Por las citas siguientes verá usted que los periódicos burgueses ingleses, cuando los espolean intereses de partido, como en el caso del Morning Herald, o cuando, como el Morning Post, los inspira un observador cínico pero perspicaz como Palmerston, saben cómo valorar el estado actual de las cosas y qué hacer con las vulgaridades de un Prosperity-Robinson:7
«Si se oye ahora a los fabricantes, se podría suponer que su autoridad es nada menos que divina y que la seguridad del Imperio depende de que se les permita ejercer un poder apenas inferior al del emperador de los franceses... Unos 60.000 obreros de Lancashire viven en este momento con una comida que apenas basta para mantener unidos el cuerpo y el alma, sin pensar siquiera en el saqueo y la violencia, aunque viven en ciudades que, por la tacañería de los fabricantes, carecen de toda protección policial. Tengan razón o no, estos hombres se han mantenido virilmente fieles a sus opiniones y a sus dirigentes, y no sería fácil encontrar otro ejemplo de un movimiento llevado a cabo de manera a la vez tan pacífica y tan eficaz». (Morning Herald.)
«Nuestros economistas ensalzaban la bendición abrumadora que, más espléndida que todos nuestros sueños, se derramaría sobre nosotros como resultado del librecambio; pero el invierno está ante nosotros, y la peste solo espera el regreso de la primavera, y precisamente ahora, cuando nuestros pobres necesitan con más urgencia más alimento y más ropa para fortalecerse físicamente hasta el punto de poder resistir a las enfermedades, precisamente en un momento así se ven aplastados por los precios, altos como nunca, de todos los artículos de primera necesidad. No se ve nada de la leche y la miel que debían enriquecer el país; y parece que todo lo que se afirmó sobre la duración de la baratura y la abundancia pertenece evidentemente a las otras mil ilusiones difundidas entre el pueblo con que se ha engañado a la sociedad... La sociedad inglesa es una comunidad sucia, apestada, inmoral, ignorante, cruel, torpe, descontenta y extraordinariamente pobre».
Tal es el lenguaje del Morning Post, periódico de salón y órgano oficial de milord Palmerston.
Karl Marx
El tratado de Unkiar-Skelessi (1833) estableció una alianza defensiva entre Rusia y Turquía. En las conferencias y el convenio de Londres de 1840-1841, las potencias europeas regularon la cuestión de Oriente y el régimen de los Estrechos. ↩
En mayo de 1853, el príncipe Alexandr Ménshikov, enviado extraordinario del zar en Constantinopla, exigió a la Puerta el reconocimiento del protectorado ruso sobre los súbditos ortodoxos del sultán; Reshid Bajá, ministro de Asuntos Exteriores turco, lo rechazó. ↩
Alejandro Karađorđević, príncipe de Serbia de 1842 a 1858. ↩
Es decir, Serbia: así dice el texto inglés de la edición de 1897 (the Principality); la versión alemana de la MEW dice «los Principados del Danubio». ↩
Alusión a la obra de Thomas Tooke, A History of Prices (1838-1857). ↩
Feargus O'Connor (1794-1855), dirigente del cartismo; Henry Hunt (1773-1835), radical, orador del mitin de Peterloo (1819). ↩
Frederick John Robinson, más tarde lord Goderich, ministro de Hacienda de 1823 a 1827, llamado Prosperity Robinson por sus optimistas discursos sobre la prosperidad del país. ↩