Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 25 de marzo de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3739, del 11 de abril de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre completa (la edición de Eleanor Marx Aveling y Edward Aveling, The Eastern Question, Londres, 1897, lo reproduce resumiendo la cita del Courrier de Marseille; con ella se ha cotejado): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 18-21), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto en alemán.

Londres, 25 de marzo de 1853

Hasta esta mañana no hemos recibido de Turquía más noticias auténticas. El corresponsal en París del Morning Herald afirma en el número de hoy que una fuente responsable le ha informado de que los rusos han llegado a Bucarest. En el Courrier de Marseille del 20 del corriente leemos:

«Estamos en condiciones de comunicar a nuestros lectores el contenido de una nota que el señor D'Ozerov1 entregó a la Sublime Puerta inmediatamente después de la partida del conde Leiningen2 y antes de la brutal salida de tono del príncipe Ménshikov en pleno Diván. Damos a continuación los puntos principales a que se refiere la nota diplomática. El conde de Nesselrode3 se queja en los términos más duros de que la Puerta, pese a su promesa formal de no atacar a los montenegrinos, haya hecho a ese pueblo una guerra asesina, lo que ha provocado el mayor descontento en el gabinete de San Petersburgo. Para asegurar a los montenegrinos una protección suficiente y preservarlos de nuevas desgracias, Rusia exige a la Puerta que respete la independencia de Montenegro. La nota contenía también una protesta contra el bloqueo de la costa albanesa y terminaba exigiendo al sultán que destituyera a los ministros cuya actuación ha provocado siempre desavenencias entre ambos gobiernos. Se dice que Turquía, al recibir la nota, estaba dispuesta a ceder, aunque a disgusto, en el punto relativo a la destitución de los ministros, sobre todo en lo que tocaba a Fuad Efendi, cuñado del sultán, que había sido sustituido por Rifaat Bajá,4 partidario de Rusia. La Puerta, sin embargo, se negó a reconocer la independencia de Montenegro. Fue en esa ocasión cuando el príncipe Ménshikov, sin hacer antes al ministro de Asuntos Exteriores las cortesías de rigor, se presentó en el Diván despreciando todas las formas diplomáticas y dio a entender a esa corporación, de modo insolente, que tenía que someterse a sus exigencias. Ante esta exigencia, la Puerta pidió la ayuda de Inglaterra y de Francia.»

En la antigua Grecia se decía de un orador al que se pagaba por callar que tenía un buey en la lengua. El buey era, en efecto, una moneda de plata importada de Egipto. También del Times podríamos decir que, desde que revivió la cuestión de Oriente, ha llevado un buey en la lengua, aunque no por callar, sino por hablar. Al principio, este ingenioso periódico defendió la intervención austriaca en Montenegro con el pretexto de que se trataba del cristianismo. Pero después, cuando intervino Rusia, abandonó ese argumento y afirmó que toda la cuestión no era más que una disputa entre la Iglesia griega y la romana, que dejaba del todo indiferentes a los «súbditos» de la Iglesia oficial de Inglaterra. Luego subrayó la importancia del comercio turco para Gran Bretaña y dedujo de esa misma importancia que Gran Bretaña no podía sino ganar cambiando el librecambio turco por la prohibición rusa y el proteccionismo austriaco. Después se esforzó el Times en demostrar que Inglaterra dependía de Rusia para su abastecimiento de víveres y, por tanto, debía plegarse en silencio a las ideas geográficas del zar. Bonito cumplido para el sistema comercial que tanto ensalza el Times, y muy graciosa argumentación para probar que el mar Negro ha de convertirse en un mar ruso y el Danubio en un río ruso a fin de aliviar la dependencia de Inglaterra respecto de Rusia. Desalojado de esta posición insostenible, el Times se atuvo a la afirmación general de que el Imperio turco se desmoronaba sin remedio, lo que a su juicio probaba de manera concluyente que Rusia tenía que convertirse sin más en albacea y heredera de ese imperio. Luego quiso el Times someter a los habitantes de Turquía al «dominio purificador» y a la influencia civilizadora de Rusia y de Austria; se acordaba, eso sí, de la vieja fábula de que la sabiduría viene de Oriente, pero olvidaba que poco antes había afirmado él mismo que

«Austria mantiene en las provincias y reinos de su propio imperio un estado de autoridad arbitraria y de poder ejecutivo, un estado de tiranía que no está regulado por ley alguna».

Para coronar su desfachatez, el Times acaba felicitándose a sí mismo por sus propios «brillantes» editoriales sobre la cuestión de Oriente.

Toda la prensa de Londres, los periódicos de la mañana y de la tarde, los diarios y los semanarios, se ha levantado como un solo hombre contra su «órgano principal».5 El Morning Post se burla de sus colegas del Times, a los que acusa de difundir noticias deliberadamente falsas y absurdas. El Morning Herald llama al Times «nuestro colega hebreo-austro-ruso». El Daily News habla, más brevemente, del «órgano de Brunnow».6 Su hermano gemelo, el Morning Chronicle, la emprende con él de este modo:

«¡Los periodistas que, en atención a la importancia comercial de una docena de grandes casas anglogriegas, han propuesto entregar el Imperio turco a Rusia pueden reclamar con razón para sí el monopolio de la brillantez!»

El Morning Advertiser decía:

«El Times tiene razón cuando afirma que está solo en su defensa de los intereses rusos... Se imprime en lengua inglesa, pero eso es lo único inglés que tiene. Cuando se trata de Rusia, es ruso de arriba abajo.»

Sin duda el oso ruso no retirará las garras mientras no esté convencido de que se va a producir una entente cordiale momentánea entre Inglaterra y Francia. Obsérvese ahora esta maravillosa coincidencia. El mismo día en que el Times intentaba convencer a los lores Aberdeen y Clarendon7 de que el asunto turco era una simple riña entre Francia y Rusia, el roi des drôles, el «rey de los bufones», como Guizot solía llamar al señor Granier de Cassagnac,8 descubría en el Constitutionnel que todo no era más que una disputa entre lord Palmerston y el zar. En verdad, cuando leemos estos periódicos, entendemos a los oradores griegos con «bueyes» macedonios en la lengua de los tiempos en que Demóstenes tronaba sus Filípicas.

En cuanto a la aristocracia británica, representada por el ministerio de coalición, sacrificaría si fuera necesario los intereses nacionales ingleses a sus intereses particulares de clase; con la esperanza de encontrar en Occidente un apoyo para su oligarquía achacosa, consentiría de buen grado la consolidación de un despotismo juvenil en Oriente. Luis Napoleón todavía vacila. Todas sus preferencias son para el autócrata ruso, cuyo sistema de gobierno ha implantado en Francia, y todas sus antipatías van contra Inglaterra, cuyo sistema parlamentario ha destruido en Francia. Y si deja que el zar haga botín en Oriente, quizá el zar le deje hacerlo en Occidente. Por otra parte, no se engaña en absoluto sobre los sentimientos de la Santa Alianza hacia el «khan advenedizo». Sigue, pues, una política ambigua, intentando engañar a las grandes potencias de Europa como engañó a los partidos parlamentarios de la Asamblea Nacional francesa. Mientras confraterniza ostentosamente con el embajador inglés en Turquía, lord Stratford de Redcliffe,9 engatusa a la princesa rusa de Lieven10 con las promesas más halagüeñas y envía a la corte del sultán al señor De la Cour,11 ferviente partidario de una alianza austro-francesa frente a una anglo-francesa. Ordena a la flota de Tolón que zarpe hacia aguas griegas y al día siguiente hace anunciar en el Moniteur que se ha hecho sin acuerdo previo con Inglaterra. Mientras hace tratar en uno de sus órganos, el Pays, la cuestión de Oriente como de la máxima importancia para Francia, permite a su otro órgano, el Constitutionnel, afirmar que en esa cuestión están en juego intereses rusos, austriacos e ingleses, que Francia solo tiene en ella un interés muy remoto y que, por tanto, se encuentra en una posición del todo independiente. ¿Quién le ofrecerá más, Rusia o Inglaterra? Esa es para él la cuestión.

Karl Marx

  1. Encargado de negocios de Rusia en Constantinopla. ↩

  2. General austriaco enviado a Constantinopla a comienzos de 1853 para exigir el fin de la campaña turca contra Montenegro. ↩

  3. Karl Vasílievich Nesselrode (1780-1862), ministro de Asuntos Exteriores de Rusia. ↩

  4. Rifaat Bajá sustituyó a Fuad Efendi en el Ministerio de Asuntos Exteriores otomano. ↩

  5. The Leading Journal, apodo del Times. ↩

  6. Philipp Brunnow (1797-1875), embajador de Rusia en Londres. ↩

  7. George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro de Asuntos Exteriores del gobierno de coalición desde febrero de 1853. ↩

  8. Bernard-Adolphe Granier de Cassagnac (1806-1880), periodista bonapartista; François Guizot (1787-1874), historiador y ministro de Luis Felipe. ↩

  9. Stratford Canning, lord Stratford de Redcliffe (1786-1880), embajador británico en Constantinopla. ↩

  10. Dorotea de Lieven (1785-1857), viuda del embajador ruso en Londres, con salón político en París. ↩

  11. Diplomático francés, nombrado en 1853 embajador en Constantinopla. ↩