Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 1 de julio de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3819, del 14 de julio de 1853. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 164-175), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW; en el New-York Semi-Weekly Tribune se publicó como «Russian Policy against Turkey. — Chartism». Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Londres, viernes 1 de julio de 1853

Desde 1815, las grandes potencias de Europa no han temido nada tanto como una infracción del statu quo. Pero toda guerra entre dos cualesquiera de esas potencias implica la subversión de ese statu quo. Esa es la razón por la que se han tolerado las usurpaciones de Rusia en Oriente y por la que nunca se le ha pedido a cambio más que ofrecer algún pretexto, por absurdo que fuera, a las potencias occidentales para permanecer neutrales y verse libres de la necesidad de oponerse a las agresiones rusas. A Rusia se la ha glorificado siempre por la paciencia y la generosidad de su «augusto señor», que no solo se ha dignado encubrir el servilismo desnudo y vergonzoso de los gabinetes occidentales, sino que ha mostrado la magnanimidad de devorar Turquía pedazo a pedazo en lugar de tragársela de un bocado. La diplomacia rusa ha descansado así en la timidez de los estadistas occidentales, y su arte diplomático se ha hundido poco a poco en un amaneramiento tan completo que se puede seguir la historia de las negociaciones actuales casi al pie de la letra en los anales del pasado.

La inconsistencia de los nuevos pretextos de Rusia salta a la vista después de que el sultán1 haya concedido en su nuevo firmán al patriarca de Constantinopla más de lo que el propio zar había pedido, en lo que atañe a la religión. ¿Era acaso la «pacificación de Grecia»2 un pretexto más sólido? Cuando el señor de Villèle,3 para calmar los temores del sultán4 y dar una prueba de las puras intenciones de las grandes potencias, propuso «que los aliados debían ante todo concluir un tratado por el que se garantizara al Imperio otomano su statu quo actual», el embajador ruso en París5 se opuso a esa propuesta con todas sus fuerzas, afirmando

«que Rusia, al mostrar generosidad en sus relaciones con la Puerta y un respeto inapreciable por los deseos de sus aliados, se había visto obligada, no obstante, a reservarse exclusivamente el arreglo de sus propias diferencias con el Diván; que una garantía general del Imperio otomano, además de ser insólita y sorprendente, heriría los sentimientos de su señor y los derechos adquiridos por Rusia, así como los principios en que se fundaban».

Rusia pretende ahora ocupar los Principados del Danubio sin conceder a la Puerta el derecho de considerar este paso como un casus belli.

Rusia pretendía en 1827 «ocupar Moldavia y Valaquia en nombre de las tres potencias».

Mientras Rusia proclamaba lo siguiente en su declaración de guerra del 26 de abril de 1828:

«Sus aliados la encontrarían siempre dispuesta a concertar su marcha con ellos en ejecución del Tratado de Londres,6 y siempre deseosa de contribuir a una obra que su religión y todos los sentimientos que honran a la humanidad recomendaban a su activa solicitud, siempre dispuesta a aprovechar su posición actual solo para acelerar el cumplimiento del tratado del 6 de julio»,

mientras Rusia anunciaba en su manifiesto del 1 de octubre de 1829:

«Rusia ha permanecido constantemente ajena a todo deseo de conquista, a toda mira de engrandecimiento»,

su embajador en París escribía al conde Nesselrode:7

«Cuando el gabinete imperial examinó la cuestión de si había llegado el momento oportuno de tomar las armas contra la Puerta, podía haber alguna duda sobre la urgencia de esa medida a ojos de quienes no habían reflexionado lo suficiente sobre los efectos de las sangrientas reformas que el jefe del Imperio otomano acaba de ejecutar con tan tremenda violencia.8

»El emperador ha puesto a prueba el sistema turco, y Su Majestad ha comprobado que posee un comienzo de organización física y moral que hasta ahora no tenía. Si este sultán ha podido ofrecernos una resistencia más decidida y regular cuando apenas había reunido los elementos de su nuevo plan de reformas y mejoras, ¡cuán formidable lo habríamos encontrado si hubiera tenido tiempo de darle más solidez! Estando así las cosas, hemos de felicitarnos por haberlos atacado antes de que se volvieran más peligrosos para nosotros, pues la demora no habría hecho sino empeorar nuestra situación relativa y prepararnos obstáculos mayores que aquellos con los que tropezamos.»

Rusia propone ahora dar un paso agresivo y hablar de ello después. En 1829 el príncipe Lieven9 escribía al conde Nesselrode:

«Nos limitaremos a generalidades, pues toda comunicación circunstanciada sobre un asunto tan delicado acarrearía peligros reales, y si discutimos una vez con nuestros aliados los artículos del tratado con la Puerta, solo los contentaremos cuando se imaginen que nos han impuesto sacrificios irreparables. Es en medio de nuestro campamento donde ha de firmarse la paz, y cuando se haya concluido es cuando Europa ha de conocer sus condiciones. Las protestas llegarán entonces demasiado tarde, y Europa soportará con paciencia lo que ya no pueda impedir.»

Rusia lleva ya varios meses aplazando la acción con un pretexto u otro para mantener un estado de cosas que, no siendo ni guerra ni paz, le resulta tolerable a ella, pero es ruinoso para los turcos. Exactamente igual actuó en el período al que hemos aludido. Como decía Pozzo di Borgo:

«Nuestra política consiste en cuidar de que no ocurra nada nuevo durante los cuatro próximos meses, y espero que lo consigamos, porque los hombres en general prefieren esperar; pero el quinto ha de ser fecundo en acontecimientos.»

El zar, después de haber infligido las mayores afrentas al gobierno turco, y aunque amenaza ahora con arrancar por la fuerza las concesiones más humillantes, no deja de clamar a voz en grito sobre su «amistad por el sultán Abdülmecid» y su solicitud «por la conservación del Imperio otomano». Al sultán le echa la «responsabilidad» de oponerse a sus «justas demandas», de seguir «hiriendo su amistad y sus sentimientos», de rechazar su «nota» y de declinar su «protectorado».

En 1828, cuando Carlos X interpeló a Pozzo di Borgo sobre el mal éxito de las armas rusas en la campaña de aquel año, este respondió que, no queriendo llevar la guerra à outrance10 sin necesidad absoluta, el emperador había esperado que el sultán se aprovechara de su generosidad, experimento que ahora había fracasado.

Poco antes de empezar su actual querella con la Puerta, Rusia intentó promover una coalición general de las potencias continentales contra Inglaterra con motivo de la cuestión de los refugiados,11 y, fracasado ese experimento, intentó promover una coalición con Inglaterra contra Francia. Del mismo modo, de 1826 a 1828 intimidaba a Austria con los «proyectos ambiciosos de Prusia», mientras hacía a la vez todo lo que estaba en su mano por hinchar el poder y las pretensiones de Prusia para que pudiera contrapesar a Austria. En su actual nota circular acusa a Bonaparte de ser el único perturbador de la paz por sus pretensiones sobre los Santos Lugares;12 pero entonces, en palabras de Pozzo di Borgo, atribuía

«toda la agitación que recorría Europa a la acción del príncipe Metternich, y procuraba hacer ver al mismo duque de Wellington que la deferencia que tuviera con el gabinete de Viena perjudicaría su influencia ante todos los demás, y dar a las cosas un giro tal que ya no fuera Rusia la que buscaba comprometer a Francia con Gran Bretaña, sino Gran Bretaña la que había repudiado a Francia para unirse al gabinete de Viena».

Rusia se sometería ahora a una gran humillación si retrocediera. Esa era exactamente su situación tras la primera campaña sin éxito de 1828. ¿Cuál era entonces su objetivo supremo? Respondemos con las palabras de su diplomático:

«Una segunda campaña es indispensable para adquirir la superioridad necesaria para el éxito de la negociación. Cuando esta negociación tenga lugar, debemos estar en condiciones de dictar sus condiciones de manera pronta y rápida... Con el poder de hacer más, Su Majestad consentiría en pedir menos. Obtener esta superioridad me parece lo que debe ser el fin de todos nuestros esfuerzos. Esta superioridad se ha convertido ahora en una condición de nuestra existencia política, tal como debemos establecerla y mantenerla a los ojos del mundo.»

Pero ¿no teme Rusia la acción común de Inglaterra y Francia? Desde luego. En las memorias secretas sobre los medios de que dispone Rusia para romper la alianza entre Francia e Inglaterra, reveladas durante el reinado de Luis Felipe, se nos dice:

«En caso de una guerra en que Inglaterra se coaligara con Francia, Rusia no abriga ninguna esperanza de éxito a menos que esa unión se rompa, de modo que al menos Inglaterra consienta en permanecer neutral durante el conflicto continental.»

La pregunta es: ¿cree Rusia en una acción común de Inglaterra y Francia? Citamos de nuevo los despachos de Pozzo di Borgo:

«Desde el momento en que deje de prevalecer la idea de la ruina del Imperio turco, no es probable que el gobierno británico arriesgue una guerra general por eximir al sultán de aceptar tal o cual condición, sobre todo en el estado en que estarán las cosas al empezar la próxima campaña, cuando todo será aún incierto e indeciso. Estas consideraciones autorizarían a creer que no tenemos motivo para temer una ruptura abierta por parte de Gran Bretaña, y que esta se contentará con aconsejar a la Puerta que pida la paz y con prestar la ayuda de los buenos oficios que estén en su mano durante la negociación, si tiene lugar, sin ir más allá si el sultán se niega o nosotros persistimos.»

Y en cuanto a la opinión de Nesselrode sobre el «bueno» de Aberdeen,13 ministro en 1828 y ministro en 1853, no estará de más citar lo siguiente de un despacho del príncipe Lieven:

«Lord Aberdeen me reiteró en nuestra entrevista la seguridad de que en ningún momento había entrado en las intenciones de Inglaterra buscar querella con Rusia; que temía que en San Petersburgo no se comprendiera bien la posición del ministerio inglés; que se encontraba en una situación delicada. La opinión pública estaba siempre dispuesta a estallar contra Rusia. El gobierno británico no podía desafiarla constantemente, y sería peligroso excitarla en cuestiones que tocaban tan de cerca los prejuicios nacionales. Por otra parte, podíamos contar con entera confianza con las disposiciones amistosas del ministerio inglés, que luchaba contra ellos.»

Lo único asombroso de la nota del señor de Nesselrode del 11 de junio14 no es «la insolente mezcla de protestas desmentidas por los hechos y de amenazas veladas en declamaciones», sino la acogida que encuentran por primera vez en Europa las notas diplomáticas rusas, que en lugar del habitual temor reverente y de la admiración provocan el rubor de vergüenza por el pasado y la risa desdeñosa del mundo occidental ante esta insolente amalgama de pretensiones, finura y verdadera barbarie. Sin embargo, la nota circular de Nesselrode y el «ultimatísimo» del 16 de junio no son ni un ápice peores que las tan admiradas obras maestras de Pozzo di Borgo y del príncipe Lieven. El conde Nesselrode era en su tiempo lo que es ahora: la cabeza diplomática de Rusia.

Se cuenta la graciosa historia de dos naturalistas persas que examinaban un oso; uno, que nunca había visto semejante animal, preguntó si aquel animal paría sus crías vivas o ponía huevos; a lo que el otro, mejor informado, respondió: «Ese animal es capaz de cualquier cosa». El oso ruso es sin duda capaz de cualquier cosa mientras sepa que los demás animales con los que tiene que tratar no son capaces de nada.

En passant,15 mencionaré la señalada victoria que Rusia acaba de obtener en Dinamarca, donde el mensaje real se ha aprobado por una mayoría de 119 votos contra 28 en los términos siguientes:16

«De acuerdo con el párrafo 4 de la Constitución de fecha 5 de junio de 1849, el Parlamento Unido, por su parte, da su consentimiento a la disposición de Su Majestad sobre la sucesión en toda la monarquía danesa conforme al mensaje real relativo a la sucesión del 4 de octubre de 1852, renovado el 13 de junio de 1853.»

Las huelgas y coaliciones de obreros avanzan con rapidez y en una medida sin precedentes. Tengo ahora ante mí informes sobre las huelgas de los obreros fabriles de todas las categorías en Stockport; de herreros, hilanderos, tejedores, etc., en Manchester; de tejedores de alfombras en Kidderminster; de mineros de las minas de carbón de Ringwood, cerca de Bristol; de tejedores y roomers en Blackburn; de roomers en Darwen;17 de los ebanistas de Boston; de los blanqueadores, acabadores, tintoreros y tejedores de telar mecánico de Bolton y sus alrededores; de los tejedores de Barnsley; de los tejedores de seda ancha de Spitalfields; de los encajeros de Nottingham; de toda clase de trabajadores en todo el distrito de Birmingham, y en otras varias localidades. Cada correo trae nuevas noticias de huelgas; la huelga se vuelve epidemia. Cada una de las huelgas mayores, como las de Stockport, Liverpool, etc., engendra necesariamente toda una serie de huelgas menores, porque grandes masas de gente no pueden sostener su resistencia a los patronos si no apelan al apoyo de sus compañeros de todo el reino, y estos, para ayudarlos, piden a su vez salarios más altos. Además, para cada localidad se convierte en cuestión tanto de honor como de interés no aislar los esfuerzos de sus compañeros sometiéndose a peores condiciones, y así las huelgas de una localidad hallan eco en huelgas de las localidades más alejadas. En algunos casos, las demandas de salarios más altos no son más que la liquidación de atrasos que los patronos deben desde hace mucho. Así ocurre con la gran huelga de Stockport.

En enero de 1848, los fabricantes de la ciudad impusieron una reducción general del 10 por ciento en los salarios de los obreros fabriles de todas las categorías. Se aceptó esta reducción con la condición de que, cuando el comercio se reanimara, se restituiría el 10 por ciento. En consecuencia, a comienzos de marzo de 1853 los trabajadores dirigieron un escrito a sus patronos reclamando el prometido aumento del 10 por ciento; y como estos no quisieron llegar a un acuerdo con ellos, más de 30.000 obreros fueron a la huelga. En la mayoría de los casos, los obreros fabriles afirmaron expresamente su derecho a participar en la prosperidad del país y, en especial, en la prosperidad de sus patronos.

El rasgo distintivo de las huelgas actuales es que empezaron en los escalones inferiores del trabajo no cualificado (no del trabajo fabril), adiestrados efectivamente por la influencia directa de la emigración, y fueron siguiendo los diversos estratos de artesanos hasta llegar por fin a los obreros fabriles de los grandes centros industriales de Gran Bretaña; mientras que en todos los períodos anteriores las huelgas partían regularmente de la cabeza de los obreros fabriles, mecánicos, hilanderos, etc., y se extendían desde allí a las clases inferiores de esta gran colmena industrial, para alcanzar solo en último término a los artesanos. Este fenómeno ha de atribuirse únicamente a la emigración.

Existe una clase de filántropos, e incluso de socialistas, que consideran las huelgas muy perjudiciales para los intereses del «propio trabajador» y cuyo gran objetivo consiste en encontrar un método para asegurar salarios medios permanentes. Aparte de que el hecho del ciclo industrial, con sus diversas fases, excluye cualquier salario medio de ese tipo, yo estoy convencido, muy al contrario, de que la subida y la bajada alternas de los salarios, y los continuos conflictos entre patronos y obreros que de ellas resultan, son, en la organización actual de la industria, el medio indispensable para mantener en pie el ánimo de las clases trabajadoras, para unirlas en una gran asociación contra las usurpaciones de la clase dominante y para impedir que se conviertan en instrumentos de producción apáticos, irreflexivos y más o menos bien alimentados. En un estado de la sociedad fundado en el antagonismo de las clases, si queremos impedir la esclavitud de hecho y de nombre, hemos de aceptar la guerra. Para apreciar debidamente el valor de las huelgas y coaliciones no debemos dejarnos cegar por la aparente insignificancia de sus resultados económicos, sino tener presentes ante todo sus consecuencias morales y políticas. Sin las grandes fases alternas de estancamiento, prosperidad, sobreexcitación, crisis y miseria que la industria moderna recorre en ciclos que se repiten periódicamente, con las subidas y bajadas de los salarios que de ellas resultan, así como con la guerra constante entre patronos y obreros, que corresponde estrechamente a esas variaciones de los salarios y los beneficios, las clases trabajadoras de Gran Bretaña y de toda Europa serían una masa descorazonada, de espíritu débil, agotada y sin resistencia, cuya autoemancipación resultaría tan imposible como la de los esclavos de la antigua Grecia y de Roma. No debemos olvidar que las huelgas y coaliciones de los siervos fueron el semillero de las comunas medievales, y que esas comunas fueron a su vez la fuente de vida de la burguesía hoy dominante.

En una de mis últimas cartas observé qué importancia ha de tener la actual crisis del trabajo para el movimiento cartista en Inglaterra, previsión que veo ahora realizada por los resultados que ha obtenido en las dos primeras semanas de la campaña reabierta Ernest Jones, el dirigente cartista.18 La primera gran asamblea al aire libre había de celebrarse, como usted sabe, en el monte de Blackstone Edge.19 El 19 del mes pasado se congregaron allí los delegados de las respectivas localidades cartistas de Lancashire y Yorkshire, que se constituyeron en Consejo de Delegados. La petición de Ernest Jones por la Carta se aprobó por unanimidad como la que había de salir de las asambleas de los dos condados, y se votó confiar la presentación de las peticiones de Lancashire y Yorkshire al señor Apsley Pellatt, diputado por Southwark, que había aceptado encargarse de presentar todas las peticiones cartistas.20 En cuanto a la asamblea general, ni los espíritus más optimistas creían posible celebrarla: el tiempo era terrible, la tormenta crecía en violencia de hora en hora y la lluvia caía sin interrupción. Al principio solo aparecieron unos cuantos grupos dispersos que subían la colina, pero pronto se divisaron grupos mayores, y desde una altura que dominaba los valles circundantes se podían ver, hasta donde alcanzaba la vista, a través del azote de la lluvia, hileras de gente, finas pero continuas, que subían por los caminos y senderos que venían de la comarca. A la hora anunciada para el comienzo de la asamblea se habían reunido más de 3.000 personas en aquel lugar, alejado de todo pueblo y de toda vivienda, y durante los largos discursos la asamblea, pese al más violento diluvio, permaneció firme en su sitio.

La resolución del señor Edward Hooson, «Que los agravios sociales de las clases trabajadoras del país son resultado de la legislación de clase, y que el único remedio contra esa legislación de clase es la adopción de la Carta del Pueblo», fue apoyada por el señor Gammage, del Comité Ejecutivo cartista,21 y por el señor Ernest Jones, de cuyos discursos doy algunos extractos.

«La resolución que se ha propuesto atribuía los agravios del pueblo a la legislación de clase. Creía que nadie que hubiera observado el curso de los acontecimientos podía estar en desacuerdo con esa afirmación. La llamada Cámara de los Comunes había hecho oídos sordos a todas sus quejas, y cuando del pueblo se había alzado el lamento de la miseria, se habían mofado de él y lo habían escarnecido los hombres que se arrogaban la representación de la nación; y si por algún azar singular la voz del pueblo hallaba eco en aquella Cámara, siempre quedaba ahogada en el clamor de la mayoría asesina de nuestros legisladores de clase. [Grandes aplausos.] La Cámara de los Comunes no solo se negaba a hacer justicia al pueblo, sino que se negaba incluso a investigar su condición social. Todos recordarían que hacía algún tiempo el señor Slaney había presentado en la Cámara una moción para nombrar una comisión permanente cuya tarea fuera investigar esa condición y proponer medidas de alivio; pero tal era la determinación de la Cámara de eludir la cuestión que, al presentarse la moción, solo estaban presentes veintiséis diputados, y la sesión se levantó por falta de quórum. [Fuertes gritos de “¡vergüenza, vergüenza!”.] Y al presentarse de nuevo la moción, lejos de tener éxito el señor Slaney, de 656 honorables caballeros solo había presentes, según creía él (el señor Gammage), 19, ni siquiera para entrar a discutir la cuestión.22 Cuando les dijera cuál era la condición real del pueblo, creía que estarían de acuerdo con él en que había razones de sobra para una investigación. Los economistas políticos les decían que la producción anual de este país era de 820.000.000 de libras esterlinas. Suponiendo que hubiera en el Reino Unido 5.000.000 de familias trabajadoras, y que esas familias recibieran un ingreso medio de quince chelines por semana, lo cual creía él que era una media muy alta comparada con lo que recibían en realidad [gritos de “muchísimo más alta”], pero suponiendo, con todo, que esa fuera su media, de su enorme producción anual recibían unos miserables ciento noventa y cinco millones [gritos de “¡vergüenza!”], y todo el resto iba a parar a los bolsillos de terratenientes ociosos, usureros y la clase capitalista en general... ¿Necesitaban una prueba de que esos hombres eran ladrones? Los peores ladrones no eran los encerrados entre los muros de nuestras cárceles; los más grandes y hábiles ladrones eran los que robaban por la fuerza de leyes hechas por ellos mismos, y esos grandes robos eran la causa de todos los pequeños que se cometían por todo el país... El señor Gammage pasó luego a analizar la Cámara de los Comunes y probó que, por las clases a las que pertenecían los miembros de esa Cámara y las clases a las que representaban, era imposible que existiera la más mínima simpatía entre ellos y los millones de trabajadores. Para concluir, dijo el orador, el pueblo debía llegar a conocer sus derechos sociales.»

El señor Ernest Jones dijo: «Hoy proclamamos que la Carta será ley. [Grandes aclamaciones.] Os pido que volváis a entrar en este gran movimiento, porque sé que ha llegado el momento de hacerlo y que tenéis el juego en vuestra mano, y porque deseo vivamente que no dejéis pasar la ocasión. El comercio animado y la emigración os han dado un poder momentáneo, y de cómo uséis ese poder depende vuestra posición futura. Si lo usáis solo para los objetivos del presente, os vendréis abajo cuando cesen las circunstancias del presente. Pero si lo usáis no solo para reforzar vuestra posición presente, sino para asegurar la futura, triunfaréis sobre todos vuestros enemigos. Si el comercio animado y la emigración os dan poder, ese poder ha de cesar cuando cesen el comercio animado y la emigración, y si no os aseguráis en el intervalo, seréis más esclavos que nunca. [¡Muy bien, muy bien!] Pero las mismas fuentes que hoy causan vuestra fuerza causarán dentro de poco vuestra debilidad. La emigración que hace escaso vuestro trabajo hará pronto más escaso aún vuestro empleo... Vendrá la reacción comercial, y ahora os pregunto: ¿cómo os preparáis para afrontarla? Estáis empeñados en un noble movimiento obrero por la jornada corta y los salarios altos, y en cierta medida lo estáis llevando a cabo en la práctica; pero ¡ojo!: no lo estáis llevando a cabo a través del Parlamento. ¡Ojo!, el juego del patrono es este: entretenerlos con algunas concesiones, pero no concederles ninguna ley. No aprobar una ley de salarios en el Parlamento, sino conceder algunas de sus disposiciones en la fábrica. [¡Muy bien!] El esclavo asalariado dirá entonces: “No importa una organización política por una ley de las diez horas o una medida de salarios: ya lo tenemos, sí, por nosotros mismos, sin el Parlamento”. Sí, pero ¿podéis conservarlo sin el Parlamento? ¿Qué os lo dio? El comercio animado. ¿Qué os lo quitará? El comercio flojo. Vuestros patronos lo saben. Por eso acortan vuestras horas de trabajo, o suben vuestros salarios, o suprimen sus descuentos, con la esperanza de que renunciéis a la organización política por esas medidas. [Aclamaciones.] Acortan las horas de trabajo sabiendo muy bien que pronto harán trabajar sus fábricas a jornada reducida; suben vuestros salarios sabiendo muy bien que pronto no darán salario alguno a miles de vosotros. Pero os dicen también, los fabricantes de los Midlands, que, aunque se aprobaran las leyes, eso solo los obligaría a buscar otros medios de robaros: ese era el claro sentido de sus palabras. De modo que, en primer lugar, no podéis conseguir que se aprueben las leyes porque no tenéis un Parlamento del pueblo. En segundo lugar, si se aprobaran, os dicen que las burlarían. [Fuertes gritos de “¡muy bien!”.] Ahora os pregunto: ¿cómo os preparáis para el futuro? ¿Cómo usáis la enorme fuerza que poseéis por el momento? Seréis impotentes si no os preparáis ahora; perderéis todo lo que hayáis ganado; y nosotros estamos hoy aquí para mostraros cómo conservarlo y conseguir más. Hay quien se figura que una organización cartista estorbaría al movimiento obrero. ¡Santo cielo! Es precisamente lo que lo hará triunfar... El empleado no puede prescindir del patrono si no puede emplearse a sí mismo. El empleado nunca podrá emplearse a sí mismo si no dispone de los medios de trabajo: la tierra, el crédito y la maquinaria. Nunca podrá disponer de ellos si no derriba los monopolios de la tierra, del dinero y del comercio, y estos no puede derribarlos más que ejerciendo el poder soberano. ¿Por qué buscáis una ley de las diez horas? Si el poder político no es necesario para asegurar la libertad del trabajo, ¿por qué acudir siquiera al Parlamento? ¿Por qué no hacerlo de una vez en la fábrica? Pues porque sabéis, porque sentís, porque con ese mismo acto admitís tácitamente que el poder político es necesario para obtener la emancipación social. [Grandes aclamaciones.] Entonces yo os señalo el fundamento del poder político: os señalo el sufragio, os señalo la Carta. [Aplausos entusiastas.] ... Podrá decirse: “¿Por qué no esperamos a que llegue la crisis y los millones se agrupen por sí mismos?”. Porque no queremos un movimiento de excitación y de peligro, sino uno de razón serena y de fuerza moral. No queremos veros arrastrados por la excitación, sino guiados por el juicio; y por eso os pedimos que os reorganicéis ahora, para que gobernéis la tormenta en lugar de ser zarandeados por ella. Además, la revolución continental acompañará a la reacción comercial, y necesitamos alzar un fuerte faro de cartismo que nos alumbre a través del caos de la tempestad. Hoy, pues, reinauguramos nuestro movimiento, y para obtener su reconocimiento oficial pasamos por el Parlamento; no porque esperemos que se conceda la petición, sino porque lo utilizamos como el portavoz más adecuado para anunciar al mundo nuestra resurrección. Sí, los mismos hombres que proclamaron nuestra muerte tendrán el placer no buscado de proclamar nuestra resurrección, y esta petición no es más que la partida de bautismo que anuncia al mundo nuestro segundo nacimiento.» [Grandes aclamaciones.]

La resolución del señor Hooson y la petición al Parlamento se aceptaron aquí, como en las asambleas que siguieron durante la semana, por aclamación y con entusiasmo.

En la asamblea de Blackstone Edge, Ernest Jones había anunciado la muerte de Benjamin Ruston, un obrero que siete años antes había presidido la gran asamblea cartista celebrada en el mismo lugar, y propuso que su entierro se convirtiera en una gran manifestación política y se uniera a la asamblea del West Riding para la adopción de la Carta, como las exequias más nobles que podían darse a aquel veterano fallecido.23 Nunca antes en los anales de la democracia británica se había presenciado una manifestación como la que acompañó al renacimiento del cartismo en el West Riding y al entierro de Benjamin Ruston el domingo pasado, cuando se reunieron en Halifax más de 200.000 personas, cifra sin precedentes aun en los tiempos de mayor agitación. A quienes no conocen de la sociedad inglesa más que su superficie apática y apoplética, habría que recomendarles que asistieran a estas asambleas obreras y se asomaran a esas profundidades donde trabajan sus elementos destructores.

La coalición ha ganado la batalla preliminar en la cuestión india: la moción de lord Stanley para aplazar la legislación ha sido rechazada por una mayoría de 182 votos.24 La abundancia de material me obliga a aplazar mis comentarios sobre esa votación.

Karl Marx

  1. Abdülmecid I (1823-1861), sultán desde 1839. El firmán, de junio de 1853, confirmaba los privilegios de la Iglesia ortodoxa. ↩

  2. Expresión de los documentos diplomáticos de la época para la intervención de las potencias europeas en la guerra de independencia griega (1821-1829). ↩

  3. Joseph de Villèle (1773-1854), jefe del gobierno francés de 1821 a 1828. ↩

  4. Mahmud II (1785-1839), sultán desde 1808. ↩

  5. Carlo Andrea Pozzo di Borgo (1764-1842), corso al servicio de Rusia, embajador en París de 1814 a 1834. ↩

  6. El tratado firmado en Londres el 6 de julio de 1827 por Gran Bretaña, Francia y Rusia sobre la autonomía de Grecia; sobre esa base las flotas aliadas destruyeron la flota turco-egipcia en Navarino. ↩

  7. Karl Robert Nesselrode (1780-1862), ministro de Asuntos Exteriores de Rusia de 1816 a 1856. ↩

  8. Alude a la sangrienta disolución del cuerpo de los jenízaros por Mahmud II en 1826 y a sus reformas militares. ↩

  9. Christoph von Lieven (1774-1839), embajador de Rusia en Londres de 1812 a 1834. ↩

  10. «A ultranza». ↩

  11. Las potencias continentales reclamaban a Gran Bretaña medidas contra los refugiados políticos que acogía, sobre todo después de la insurrección de Milán de febrero de 1853. ↩

  12. La disputa entre el clero católico, apoyado por Francia, y el ortodoxo, apoyado por Rusia, sobre los Santos Lugares de Palestina dio pie a la crisis de 1853. ↩

  13. George Hamilton-Gordon, conde de Aberdeen (1784-1860), ministro de Asuntos Exteriores de 1828 a 1830 y de 1841 a 1846, primer ministro del gobierno de coalición desde diciembre de 1852. ↩

  14. La nota circular del 11 de junio de 1853 a los representantes diplomáticos rusos, que preparó el nuevo ultimátum presentado a la Puerta el 16 de junio (el «ultimatísimo»). ↩

  15. «De paso». ↩

  16. El mensaje sobre la sucesión en toda la monarquía danesa, incluidos los ducados de Schleswig y Holstein, que conforme al Protocolo de Londres de 1852 designaba heredero a Cristián de Glücksburg. ↩

  17. Así en el texto inglés; la MEW traduce sencillamente «los tejedores de Blackburn y de Darwen». ↩

  18. Ernest Jones (1819-1869), poeta y abogado, dirigente del ala izquierda del cartismo, amigo de Marx y Engels. ↩

  19. Altura en los Peninos, entre Lancashire y Yorkshire, lugar tradicional de grandes asambleas cartistas. La asamblea se celebró el 19 de junio de 1853. ↩

  20. La Carta del Pueblo (People’s Charter), programa del cartismo: sufragio universal masculino, voto secreto y otras reformas democráticas del Parlamento. ↩

  21. Robert George Gammage (1815-1888), cartista, más tarde historiador del movimiento. ↩

  22. La MEW da 13 en lugar de 19. ↩

  23. La asamblea de Halifax se celebró el domingo 26 de junio de 1853. ↩

  24. Votación del 30 de junio de 1853 en la Cámara de los Comunes sobre la renovación de la carta de la Compañía de las Indias Orientales. Edward Henry Stanley (1826-1893), hijo del conde de Derby, diputado tory. ↩