Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 28 de enero de 1853 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 3695, del 18 de febrero de 1853. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 8, Berlín, 1960, pp. 506-513), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, viernes 28 de enero de 1853
The Times del 25 de enero trae las siguientes observaciones bajo el título «Ahorcamientos de aficionados»:
«Se ha observado a menudo que en este país una ejecución pública suele ir seguida muy de cerca por casos de muerte en la horca, por suicidio o por accidente, a consecuencia del poderoso efecto que la ejecución de un criminal famoso produce en una mente enfermiza e inmadura.»
De los varios casos que aduce The Times para ilustrar esta observación, uno es el de un loco de Sheffield que, después de hablar con otros locos de la ejecución de Barbour, puso fin a su vida ahorcándose. Otro es el de un muchacho de 14 años que también se ahorcó.
La doctrina a la que debía servir de apoyo la enumeración de estos hechos es una que ningún hombre razonable podría adivinar, pues no es ni más ni menos que una apoteosis directa del verdugo, mientras se exalta la pena capital como la ultima ratio1 de la sociedad. Y esto se hace en un artículo de fondo del «periódico rector».2
El Morning Advertiser, en unas críticas muy duras, pero justas, de las aficiones ahorcadoras y la lógica sanguinaria de The Times, da los siguientes datos interesantes sobre 43 días del año 1849:
| Ejecuciones de: | Asesinatos y suicidios: | ||
|---|---|---|---|
| Millan | 20 de marzo | Hannah Sandles | 22 de marzo |
| M. G. Newton | 22 de marzo | ||
| Pulley | 26 de marzo | J. G. Gleeson: 4 asesinatos en Liverpool | 27 de marzo |
| Smith | 27 de marzo | Asesinato y suicidio en Leicester | 2 de abril |
| Howe | 31 de marzo | Envenenamiento en Bath | 7 de abril |
| W. Bailey | 8 de abril | ||
| Landick | 9 de abril | J. Ward asesina a su madre | 13 de abril |
| Sarah Thomas | 13 de abril | Yardley | 14 de abril |
| Doxey, parricida | 14 de abril | ||
| J. Bailey mata a sus dos hijos y se mata | 17 de abril | ||
| J. Griffiths | 18 de abril | Charles Overton | 18 de abril |
| J. Rush | 21 de abril | Daniel Holmsden | 2 de mayo |
Este cuadro, como reconoce The Times, muestra no solo suicidios, sino también asesinatos de la peor especie, que siguen muy de cerca a la ejecución de criminales. Es asombroso que el artículo en cuestión no aporte ni un solo argumento ni pretexto para entregarse a la teoría salvaje que en él se propone; y sería muy difícil, si no del todo imposible, establecer un principio sobre el que fundar la justicia o la conveniencia de la pena capital en una sociedad que se gloría de su civilización. La pena en general se ha defendido como un medio de corregir o de intimidar. Ahora bien, ¿qué derecho tienen ustedes a castigarme a mí para corregir o intimidar a otros? Y además está la historia, existe esa cosa llamada estadística, y ambas prueban con la evidencia más completa que desde Caín el mundo no se ha dejado intimidar ni corregir por el castigo. Todo lo contrario. Desde el punto de vista del derecho abstracto, solo hay una teoría de la pena que reconoce en abstracto la dignidad humana, y es la teoría de Kant, sobre todo en la fórmula más rigurosa que le dio Hegel. Hegel dice:
«La pena es el derecho del criminal. Es un acto de su propia voluntad. El criminal ha proclamado la violación del derecho como su propio derecho. Su crimen es la negación del derecho. La pena es la negación de esa negación y, por consiguiente, una afirmación del derecho, solicitada por el propio criminal e impuesta a él por sí mismo.»3
Sin duda hay algo especioso en esta fórmula, puesto que Hegel, en lugar de ver en el criminal el mero objeto, el esclavo de la justicia, lo eleva a la posición de un ser libre y que se determina a sí mismo. Pero si miramos el asunto más de cerca, descubrimos que el idealismo alemán, aquí como en la mayoría de los casos, no ha hecho más que dar una sanción trascendental a las reglas de la sociedad existente. ¿No es un engaño sustituir al individuo, con sus motivos reales, con las múltiples circunstancias sociales que pesan sobre él, por la abstracción del «libre albedrío», una de las muchas cualidades del hombre en lugar del hombre mismo? Esta teoría, que considera la pena como resultado de la propia voluntad del criminal, no es más que una expresión metafísica del viejo jus talionis:4 ojo por ojo, diente por diente, sangre por sangre. Hablando claro y prescindiendo de todo circunloquio, la pena no es otra cosa que un medio de la sociedad para defenderse contra la infracción de sus condiciones vitales, sean del carácter que sean. Ahora bien, ¿qué clase de sociedad es esa que no conoce mejor instrumento para su propia defensa que el verdugo, y que proclama por boca del «periódico rector del mundo» su propia brutalidad como ley eterna?
El señor A. Quételet,5 en su excelente y erudita obra L'Homme et ses facultés, dice:
«Hay un presupuesto que pagamos con espantosa regularidad: el de las cárceles, las mazmorras y los cadalsos... Podríamos incluso predecir cuántos individuos mancharán sus manos con la sangre de sus semejantes, cuántos serán falsificadores, cuántos traficarán con veneno, casi del mismo modo que podemos predecir los nacimientos y las defunciones del año.»
Y el señor Quételet, en un cálculo de las probabilidades del crimen publicado en 1829, predijo de hecho con asombrosa certeza no solo el número, sino todas las distintas clases de crímenes que se cometieron en Francia en 1830. Que no son tanto las instituciones políticas particulares de un país como las condiciones fundamentales de la sociedad burguesa moderna en general las que producen una cantidad media de crímenes en una fracción nacional dada de la sociedad puede verse por el siguiente cuadro, que comunica Quételet para los años 1822-1824. Entre cien criminales condenados en América y en Francia encontramos:
| Edad | Filadelfia | Francia |
|---|---|---|
| Menos de veintiún años | 19 | 19 |
| De veintiuno a treinta | 44 | 35 |
| De treinta a cuarenta | 23 | 23 |
| Más de cuarenta | 14 | 23 |
| Total | 100 | 100 |
Ahora bien, si los crímenes, observados a gran escala, muestran así en su número y en su clasificación la regularidad de los fenómenos físicos; si, como observa el señor Quételet, «sería difícil decidir respecto a cuál de los dos» (el mundo físico y el sistema social) «producen las causas actuantes su efecto con la mayor regularidad», ¿no es necesario reflexionar a fondo sobre un cambio del sistema que engendra esos crímenes, en lugar de glorificar al verdugo que ejecuta a una tanda de criminales solo para hacer sitio a la nueva remesa?
Uno de los temas del día es la publicación de un folleto del señor Richard Cobden,6 1793 and 1853, in Three Letters (140 páginas). La primera parte de este folleto, que trata de la época de la revolución de 1793 y de la anterior, tiene el mérito de atacar abierta y vigorosamente los viejos prejuicios ingleses sobre aquella época. El señor Cobden muestra que Inglaterra fue la parte agresora en la guerra revolucionaria. Pero en esto no puede reclamar originalidad, pues no hace más que repetir, y de manera mucho menos brillante, lo que expuso en su día el mayor panfletista que haya tenido Inglaterra, el difunto William Cobbett.7 La otra parte del folleto, aunque escrita desde un punto de vista económico, tiene un carácter más bien novelesco. El señor Cobden se esfuerza en probar que la idea de que Luis Napoleón tenga intención alguna de invadir Inglaterra es un puro absurdo; que el ruido sobre el estado de indefensión del país no tiene fundamento material y solo lo propagan personas interesadas en aumentar el gasto público. ¿Con qué argumentos prueba que Luis Napoleón no tiene intenciones hostiles hacia Inglaterra? Luis Napoleón, sostiene, no tiene ningún motivo racional para pelearse con Inglaterra. ¿Y cómo prueba que una invasión extranjera de este país es imposible? En 800 años, dice el señor Cobden, Inglaterra no ha sido invadida. ¿Y cuáles son sus argumentos para mostrar que el clamor sobre el estado de indefensión es una patraña interesada? ¡Las más altas autoridades militares han declarado que se sienten muy seguras!
Ni siquiera en la Asamblea Legislativa encontró nunca Luis Napoleón un creyente más crédulo en su buena fe y sus intenciones pacíficas que el que ahora encuentra, bastante inesperadamente, en el señor Richard Cobden. El Morning Herald (en su número de ayer), defensor habitual de Luis Napoleón, publica una carta dirigida al señor Cobden, escrita, según se dice, bajo la inspiración inmediata del propio Bonaparte, en la que el príncipe héroe de Satory8 nos asegura que solo vendrá a Inglaterra si la reina, amenazada por la democracia en ascenso, necesitara unos 200.000 de sus décembraillards,9 o matones. Pero esa democracia, según el Herald, no es otra que los señores Cobden y Cía.
Hemos de confesar que, después de leer el folleto en cuestión, empezamos a sentir el temor de algo así como una invasión de Gran Bretaña. El señor Cobden no es un profeta muy afortunado. Después de la abolición de las leyes cerealistas hizo un viaje por el continente, visitando incluso Rusia, y a su regreso declaró que todo iba bien, que los tiempos de la violencia habían pasado, que las naciones, profunda y ávidamente entregadas a sus empresas comerciales e industriales, se desarrollarían en adelante de un modo tranquilo y formal, sin tormentas políticas, sin estallidos ni disturbios. Apenas había llegado su profecía al continente cuando estalló en toda Europa la revolución de 1848, que dio un eco algo irónico a las mansas predicciones del señor Cobden. Hablaba de paz donde no había paz.10
Sería un gran error suponer que la doctrina de la paz de la escuela de Manchester tiene un profundo alcance filosófico. Solo significa que el método feudal de hacer la guerra debe ser sustituido por el comercial: los cañones, por el capital. La Sociedad de la Paz celebró ayer una reunión en Manchester, en la que se declaró casi por unanimidad que no se podía suponer que Luis Napoleón tramase nada contra la seguridad de Inglaterra ¡con tal de que la prensa dejara de censurar odiosamente a su gobierno y se callara! Ahora bien, con esta declaración resulta muy singular que los presupuestos aumentados del ejército y de la marina se hayan votado en la Cámara de los Comunes sin oposición, sin que ninguno de los diputados presentes en la Conferencia de la Paz tuviera nada que decir contra el aumento propuesto de las fuerzas armadas.
Durante la calma política producida por el aplazamiento de las sesiones del Parlamento, hay dos temas principales que ocupan a la prensa, a saber: el próximo proyecto de reforma electoral y las últimas disposiciones sobre el descuento del Banco de Inglaterra.
The Times del 24 del corriente informa al público de que se está preparando un nuevo proyecto de reforma electoral. Qué clase de proyecto será pueden ustedes deducirlo del discurso electoral de sir Charles Wood en Halifax, en el que se declaró contrario al principio de los distritos electorales iguales; del de sir James Graham en Carlisle, donde rechazó el voto secreto; y de la noticia, difundida confidencialmente, de que incluso las pequeñas píldoras reformistas que recetó en febrero de 1852 Johnny Russell se consideran demasiado fuertes y peligrosas. Pero hay algo que parece aún más sospechoso. El portavoz del ministerio de coalición, The Economist, en su número del 22 de enero, afirma no solo
«que la reforma de nuestro sistema representativo no figura muy arriba en la lista de los asuntos de importancia urgente o inmediata», sino también que «nos faltan las materias primas para la acción legislativa. La extensión, el ajuste, la depuración, la protección y la redistribución del derecho de voto son ramas de la cuestión, cada una de las cuales exige una reflexión profunda y mucha investigación... No es que varios de nuestros estadistas no tengan buena cantidad de información útil sobre todos o algunos de estos puntos, pero es información recogida al paso, no elaborada; es miscelánea, parcial e incompleta... El modo evidente de remediar esto es nombrar una comisión de investigación encargada de examinar todas las cuestiones de hecho relacionadas directa o indirectamente con el asunto.»
Así pues, el ministerio de los Matusalenes volverá a empezar sus estudios políticos coram publico.11 Los colegas de Peel, los colegas de Melbourne, el subalterno de Canning, el lugarteniente de Grey el viejo, hombres que sirvieron a las órdenes de lord Liverpool, otros que se sentaron en el gabinete de lord Grenville, todos ellos neófitos de hace medio siglo, son incapaces, por falta de experiencia, de proponer al Parlamento ninguna medida decisiva de reforma electoral.12 Con ello parece refutado el viejo proverbio de que la experiencia llega con la edad. «Esta timidez en una coalición de veteranos de partido es algo demasiado cómico para describirlo fácilmente», exclama el Daily News, y pregunta: «¿Dónde está vuestro proyecto de reforma?». El Morning Advertiser responde:
«Nos inclinaríamos a pensar que en la presente legislatura no habrá ningún proyecto de reforma electoral. Quizá se intente legislar para prevenir y castigar el soborno en las elecciones, y sobre algunas otras materias de menor importancia; quizá se haga un esfuerzo por remediar males relacionados con la representación parlamentaria del país, pero semejante legislación no merecerá el nombre de nueva reforma electoral.»
En cuanto a las últimas disposiciones sobre el descuento del Banco de Inglaterra, el pánico que provocaron al principio se ha calmado ya, y los hombres de negocios, igual que los teóricos, se han convencido de que la actual prosperidad no se verá seriamente interrumpida ni frenada. Pero lean ustedes el siguiente extracto del Economist:
«Este año, en una inmensa extensión de nuestras tierras de trigo, no hay sembrado alguno. En una proporción muy grande de nuestros suelos pesados, gran parte de la tierra que debería estar sembrada de trigo sigue sin sembrar, y parte de la sembrada no está en mejor situación, porque la semilla se ha perdido, o ha brotado tan rala, o la han destruido tanto las babosas, que las perspectivas de los cultivadores no son mejores que las de las tierras sin sembrar. Ya se ha hecho casi imposible sembrar toda la tierra de trigo.»
Ahora bien, la crisis, aplazada temporalmente por la apertura de los mercados y las minas de California y Australia, vencerá sin duda alguna en caso de una mala cosecha. Las disposiciones del Banco sobre el descuento no son más que los primeros presagios. En 1847, el Banco de Inglaterra cambió 13 veces su tipo de descuento. En 1853 habrá una veintena larga de medidas de este tipo. Para terminar, quisiera preguntar a los economistas ingleses cómo es que la economía política moderna empezó su guerra contra el sistema mercantil demostrando que la entrada y la salida de oro son indiferentes para un país, que los productos solo se cambian por productos y que el oro es un producto como todos los demás, mientras que esa misma economía, ahora al final de su carrera, vigila con la mayor angustia la salida y la entrada del oro. «El verdadero objetivo que han de conseguir las operaciones del Banco», dice The Economist, «es impedir una exportación de capital.» Ahora bien, ¿querría The Economist impedir una exportación de capital en forma de algodón, hierro, hilados y tejidos de lana? ¿Y no es el oro un producto como todos los demás productos? ¿O se ha vuelto The Economist, en su vejez, mercantilista? ¿Y después de haber liberado la importación de capital extranjero, pretende poner trabas a la exportación de capital británico? ¿Después de haberse librado del sistema civilizado de protección, va a recurrir al turco?
Cuando estoy terminando mi carta, me informan de que en los círculos políticos circula el rumor de que el señor Gladstone está en desacuerdo con varios de los principales miembros del ministerio Aberdeen sobre el impuesto sobre la renta, y de que el resultado de esa desavenencia será probablemente la dimisión del muy honorable caballero. En ese caso, su sucesor será probablemente sir Francis Baring, que fue ministro de Hacienda con lord Melbourne.
«Último recurso». ↩
The Leading Journal, apodo de The Times. ↩
Marx resume aquí, con sus palabras, las tesis de Hegel en los Principios de la filosofía del derecho (1821), §§ 97-101. ↩
«Ley del talión». ↩
Adolphe Quételet (1796-1874), matemático y estadístico belga, fundador de la estadística social. Sur l'homme et le développement de ses facultés, ou Essai de physique sociale (1835). ↩
Richard Cobden (1804-1865), fabricante de Manchester, jefe con Bright de la Liga contra las Leyes Cerealistas y de la escuela de Manchester, y animador del movimiento pacifista. ↩
William Cobbett (1763-1835), periodista y panfletista radical inglés. ↩
En el campo de Satory, cerca de Versalles, Luis Bonaparte, entonces presidente de la República, pasó en octubre de 1850 revistas militares en las que repartió vino y salchichas entre la tropa para ganársela. ↩
Los miembros de la Sociedad del 10 de Diciembre, organización bonapartista de lumpenproletarios que Marx describe en El 18 Brumario. ↩
Jeremías 6, 14. ↩
«Ante el público». ↩
Los ministros de la coalición habían servido en gobiernos de Peel, de Melbourne, de Canning, de Grey, de Liverpool y de Grenville, este último de 1806-1807. ↩