Escrito en inglés por Karl Marx y Friedrich Engels el 14 de diciembre de 1854 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4276, del 1 de enero de 1855. Traducido del original inglés según The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 498-505), que lo atribuye a Marx, releído en las imágenes de página del ejemplar de Cornell y cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10, Berlín, 1961, pp. 576-582), que da la autoría y la fecha, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de ambas ediciones. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

El sol de Austerlitz se ha deshecho en agua. Una gran batalla, según se anunciaba y se creía con toda confianza en París, iba a librarse ante Sebastopol para celebrar el 2 de diciembre,1 pero por un despacho del general Canrobert, del 3 de diciembre, resulta que «llovía torrencialmente, los caminos estaban cortados, las trincheras llenas de agua y las operaciones del sitio, así como todos los trabajos, en suspenso».

Hasta ahora los rusos tenían la superioridad ofensiva, y los aliados la defensiva, en el Chernaya; al pie de las murallas de Sebastopol ocurría lo contrario. Dicho de otro modo, los rusos eran lo bastante fuertes en el Chernaya para mantenerse en campaña, pero los aliados no, aunque podían conservar su posición; mientras que en Sebastopol los aliados, lo bastante fuertes para proseguir el sitio, estaban tan igualados con la guarnición que las operaciones, aunque nada las detenía desde fuera, avanzaban casi sin efecto visible. La proporción de fuerzas parece a punto de cambiar, y los aliados parecen a punto de ser lo bastante fuertes para rechazar a los rusos del Chernaya. En ese caso, los rusos pueden actuar de dos maneras, una vez perdida su posición sobre Inkerman. O bien pueden dar un rodeo y ocupar el campo atrincherado de los alrededores del fuerte del Norte, o bien pueden retirarse con el grueso de sus fuerzas al interior, donde los aliados no pueden seguirlos muy lejos. Difícilmente serán los aliados lo bastante fuertes antes de febrero para cercar el campo del norte o para perseguir a un ejército en retirada mucho más allá de Bajchisarái. A duras penas podrían librar una segunda batalla contra un ejército atrincherado en algún lugar de los alrededores de Simferópol. En ambos casos tendrían que replegarse sobre el Chernaya, y así es probable que este juego de avances y retiradas alternos se juegue durante todo el invierno, a no ser que Sebastopol, por el lado sur, sucumba a un asalto. Pero como las noticias que recibimos sobre el sitio son muy escasas, no podemos decir nada más sobre este punto que esto: que no es nada probable. Sabemos, desde luego, que según un despacho del 7 de diciembre, publicado en el Moniteur de París2 y reproducido en los periódicos de Londres, los ejércitos aliados se habían hecho de golpe con la ventaja y, solo dos días después del diluvio, «casi habían completado el cerco de la ciudad». Este despacho apócrifo se fabricó evidentemente para compensar la fallida profecía del 2 de diciembre.

Hace poco dimos un estado del total del ejército ruso y de su distribución.3 Mostramos entonces que de esos casi tres cuartos de millón de soldados apenas un tercio había intervenido hasta ahora en operaciones activas, y que la parte con mucho mayor de los dos tercios restantes se empleaba en amenazar a Austria. Pese a los refuerzos enviados a Crimea, las cosas no han cambiado mucho desde entonces, porque el cuerpo de Dannenberg, el 4.º, que marchó en socorro de Sebastopol, se retiró del ejército del Danubio, donde antes se lo había reforzado. El único cambio esencial en la posición del gran ejército occidental de Rusia, como podemos llamar a los cuerpos, de unos 300.000 hombres, concentrados en la frontera austriaca, es una ligera extensión de su ala izquierda hacia Besarabia y el curso medio del Dniéster, posición en la que puede, en caso necesario, recoger los restos del ejército del Danubio si se retiran de Besarabia. El gran ejército occidental puede, además, haber destacado un par de divisiones a Crimea y algunos refuerzos al Danubio, pero en conjunto su fuerza está intacta, y la marcha de la 3.ª división de la Guardia desde Revel4 y de algunas reservas más habrá compensado esos destacamentos.

El ejército del Danubio, en cambio, puede considerarse enteramente deshecho y reducido a un mero cuerpo de demostración, situado en Besarabia para mantener la apariencia de una ocupación rusa todo el tiempo posible. Con la marcha de Liprandi y después la de Dannenberg, ese ejército quedó privado de todo el 4.º cuerpo (divisiones 10.ª, 11.ª y 12.ª); descontando de las cinco divisiones restantes (7.ª, 8.ª, 9.ª, 14.ª y 15.ª) las tropas necesarias para la ocupación de la costa y las guarniciones de las fortalezas, desde Bender e Izmaíl hasta Jersón y Nikoláiev, y considerando las enormes pérdidas de las dos campañas del Danubio, estas cinco divisiones no podían reunir para operaciones de campaña más de 15.000 hombres. Están situadas cerca de la costa, y dondequiera que hay costa la defensiva rusa, tan eficaz en el corazón del continente, cojea al extremo. Tiene que guardar numerosas fortalezas y depósitos contra los ataques de la flota enemiga, y así se explica que de los 30.000 o 35.000 hombres que componen esas cinco divisiones ni siquiera la mitad estén disponibles para la campaña.

La disolución del ejército del Danubio, como la mayoría de las grandes medidas estratégicas tomadas por Rusia (porque los desatinos suelen empezar con su ejecución), es un paso muy bien elegido. Desde que los anglofranceses se han metido hasta el cuello en Crimea, ningún enemigo se opone a los rusos en el Danubio. El ejército de Omer Bajá, que apenas suma unos 40.000 hombres tras el desgaste de dos campañas, nunca repuesto, ha quedado tan desmembrado, con la ayuda de la diplomacia occidental, que apenas basta para cercar Izmaíl, y mucho menos para destacar un cuerpo que cubra el sitio o para rechazar a los rusos en campaña. Además, un ataque contra Besarabia, que hace algunos meses habría sido una poderosa diversión, carecería ahora de un objetivo militar definido, y por eso el ejército de Omer Bajá se envía ahora a Crimea. La única fuerza que pretende amenazar a los rusos por el sudoeste es, pues, el ejército austriaco, que, con unos 270.000 hombres, ocupa Galitzia, Transilvania y Moldavia. A esta fuerza hay que tenerla en jaque ante todo, porque si se declarara hostil a Rusia, habría que abandonar Besarabia y aun el país hasta el Bug, y conducir las operaciones o bien desde la base ofensiva de las fortalezas polacas, o bien desde la base defensiva de Kiev y el Dniéper. En ambos casos, un ejército del Danubio quedaría cortado y tendría que buscarse una base propia en alguna parte de las estepas del sur, lo que no es nada fácil en un país que alimenta muchos caballos y ovejas, pero muy pocos hombres. Si, por el contrario, Austria se declarara por Rusia o volviera las puntas de sus bayonetas neutrales hacia los Alpes y el Rin, el ejército de Polonia podría, o bien entrar en Alemania como reserva de los austriacos tras enviar un cuerpo fuerte hacia el Danubio, o bien los austriacos podrían volcarse en masa sobre el Danubio y aventurar una marcha sobre Constantinopla. En uno y otro caso, un ejército separado en el Danubio, más fuerte que un cuerpo de demostración, sobraba.

En cuanto a la cooperación de Austria en esta guerra, solo podemos hablar, naturalmente, de un modo del todo hipotético. El tratado de alianza pregonado a bombo y platillo que habría concluido con Francia e Inglaterra el 2 de diciembre resulta no ser más que una trampa tendida al Parlamento, como advertimos a nuestros lectores nada más anunciarse el tratado.

En el discurso de la reina se alude al tratado con estas palabras: «Con satisfacción os comunico que, junto con el emperador de los franceses, he concluido un tratado con el emperador de Austria, del que espero importantes ventajas para la causa común»; pero, duramente acosado por lord Derby,5 Aberdeen6 llegó a declarar: «Solo proponemos que la Cámara se entere con satisfacción de que Su Majestad ha concluido un tratado del que ella (es decir, el viejo Aberdeen) espera importantes ventajas».

Esta es toda la satisfacción que dio. Lord John Russell,7 en la Cámara baja, se vio obligado por el señor Disraeli8 a avanzar un paso más y a confesar llanamente que el cacareado tratado de alianza no significa ni un tratado ni una alianza. Reconoce que no obliga a Austria a nada en absoluto, mientras que fuerza a las potencias occidentales a una alianza ofensiva y defensiva con Austria si a esta se le ocurriera declarar la guerra a Rusia, y las obliga además a proponer a Rusia, antes de fin de año, condiciones de paz sobre la base de los famosos cuatro puntos.9 Al fin y al cabo, Austria podría entonces desligarse de la alianza «sin faltar a su palabra» diciendo, «en el último momento», que no estaba de acuerdo con la interpretación que las potencias occidentales daban a los cuatro puntos. El resultado de la explicación de lord John Russell sobre el glorioso tratado del 2 de diciembre fue una caída inmediata de los fondos públicos, tanto en Londres como en París.

Hace un año, la coalición pretendía haber permitido la matanza de Sinope10 para obtener la alianza de las potencias alemanas. Ahora se presenta un tratado de mentirijillas con una de esas potencias como equivalente de la pérdida, no ya de una flota turca, sino de un ejército británico. Los últimos periódicos alemanes nos aseguran incluso que la apertura del Parlamento británico ha dado la señal para la reaparición del espectro de la conferencia de Viena, que se disponía una vez más a poner en marcha su pesada maquinaria.

Sin embargo, como Austria, según lord John Russell, declara posible que se vea arrastrada a la guerra con Rusia, y como la posición tomada por el ejército ruso en la frontera austriaca indica lo mismo, podemos suponer por un momento que Austria y el resto de Alemania, incluida incluso Prusia, se unen a las potencias occidentales. ¿Hasta qué punto estaría Rusia preparada para hacer frente a semejante eventualidad?

Si en 1812 la fuerza continental lanzada contra Rusia era mucho más débil que la que quizá vea en sus fronteras en abril o mayo, si entonces Inglaterra era su aliada en lugar de su enemiga, Rusia puede consolarse con la reflexión de que cuanto más numerosos sean los ejércitos que penetren en su interior, más probabilidades habrá de su pronta destrucción, y de que, por otra parte, tiene ahora tres veces más tropas sobre las armas que entonces.

No es que consideremos inatacable a la «santa Rusia». Al contrario, creemos que Austria sola la iguala plenamente en recursos militares, mientras que Austria y Prusia unidas son muy capaces, si solo se tienen en cuenta las posibilidades militares, de forzarla a una paz ignominiosa. Cuarenta millones de hombres cualesquiera, concentrados en un país del tamaño de la Alemania propiamente dicha, podrán medirse con éxito con los sesenta millones de súbditos rusos dispersos. La estrategia de un ataque contra Rusia desde el oeste la definió con bastante claridad Napoleón, y si circunstancias de naturaleza no estratégica no le hubieran obligado a apartarse de su plan, la integridad de Rusia se habría visto seriamente amenazada en 1812. Aquel plan consistía en avanzar hasta el Dviná y el Dniéper, organizar una posición defensiva en cuanto a fortificaciones, depósitos y comunicaciones, tomar las fortalezas rusas del Dviná y aplazar la marcha sobre Moscú hasta la primavera de 1813. Le indujeron a abandonar este plan, avanzada ya la estación, razones políticas, el clamor de sus oficiales contra los cuarteles de invierno en Lituania y una fe ciega en su invencibilidad. Marchó sobre Moscú, y el resultado es conocido. El desastre se agravó inmensamente por la mala administración de la intendencia francesa y por la falta de ropa de abrigo para los soldados. Si se hubiera atendido mejor a estas cosas, Napoleón, en su retirada, habría podido encontrarse en Vilna a la cabeza de un ejército del doble del que Rusia podía oponerle. Sus errores están a la vista; ninguno de ellos es de naturaleza irremediable; el hecho de que penetrara hasta Moscú y la marcha de Carlos XII sobre Poltava11 prueban que el país es accesible, aunque de acceso difícil; y en cuanto a mantener un ejército victorioso en su corazón, todo depende de la longitud de la línea de operaciones, o de la distancia y la seguridad de las bases. La línea de operaciones de Napoleón desde el Rin hasta Eylau y Friedland,12 si consideramos las líneas de operaciones largas en cuanto lastre para la fuerza activa de un ejército, será aproximadamente igual a una línea de operaciones desde Brest-Litovsk (suponiendo que las fortalezas polacas se tomen el primer año) hasta Moscú. Y en esta suposición no se tiene en cuenta la circunstancia de que la base inmediata de operaciones se habría adelantado hasta Vítebsk, Moguiliov y Smolensk, acto preparatorio sin el cual una marcha sobre Moscú sería ciertamente arriesgada.

Rusia está sin duda poco poblada; pero no debemos olvidar que las provincias centrales, el corazón mismo de la nacionalidad y de la fuerza rusas, tienen una población igual a la de la Europa central. En Polonia, es decir, en las cinco gobernaciones que constituyen el reino ruso de Polonia, la media es aproximadamente la misma. Los distritos más poblados de Rusia, Moscú, Tula, Riazán, Nizhni Nóvgorod, Kaluga, Yaroslavl, Smolensk, etc., son el corazón mismo de la Gran Rusia y forman un cuerpo compacto; se prolongan por el sur en las provincias pequeñorrusas, igualmente pobladas, de Kiev, Poltava, Chernígov, Vorónezh, etc. Hay en total veintinueve provincias o gobernaciones cuya población tiene al menos la mitad de la densidad de la de Alemania. Solo en las provincias del este y del norte y en las estepas del sur es muy escasa la población; en parte también en las antiguas provincias polacas del oeste, Minsk, Moguiliov y Grodno, a causa de los extensos pantanos entre el Bug (polaco) y el Dniéster. Pero un ejército que avanza teniendo a sus espaldas las llanuras cerealistas de Polonia, Volinia y Podolia, y por delante, como teatro de operaciones, las de la Rusia central, no tiene por qué temer por su subsistencia si lleva el asunto medianamente bien y si aprende de los propios rusos a emplear los medios de transporte del país. En cuanto a una devastación de todos los recursos por el ejército en retirada, como en 1812, solo es posible en una línea de operaciones y en sus inmediaciones; y si Napoleón no se hubiera atado, con su apresurado avance desde Smolensk, a un plazo muy corto para terminar su campaña, habría encontrado recursos en abundancia a su alrededor. Pero como tenía prisa, no podía forrajear el país a poca distancia de su línea de marcha, y parece que sus partidas de forrajeo tenían entonces verdadero miedo de adentrarse en los inmensos pinares que separan una aldea de otra. Un ejército que puede destacar fuertes partidas de caballería en busca de provisiones y de los numerosos carros y carretas del país puede proveerse fácilmente de todo lo necesario en materia de alimentos; y no es probable que Moscú arda por segunda vez. Pero aun en ese caso no puede impedirse una retirada sobre Smolensk, y allí el ejército encontraría su base de operaciones bien preparada y provista de todo lo necesario.

Pero no solo hay que decidir cuestiones militares. Una guerra así tiene que terminarse también con la acción política. Es posible que la declaración de Alemania contra Rusia fuera la señal para que la propia Rusia restableciera Polonia. Nicolás no se desprendería, desde luego, de las provincias lituanas y demás provincias de la Rusia occidental; pero ¿quién puede decir si el reino de Polonia sería duradero? Una cosa es segura: acabaría con lo que hay de hueco en el entusiasmo por Polonia que desde hace cuarenta años afectan todos y cada uno de los que se llaman liberales o progresistas. Seguiría con toda seguridad un llamamiento ruso a Hungría; y si los magiares vacilaran, no debemos olvidar que dos tercios de la población de Hungría son eslavos, que consideran a los magiares una aristocracia dominante e intrusa. Por otra parte, Austria no dudaría en ese caso en restablecer la antigua Constitución húngara, con lo que trataría de borrar a Hungría del mapa de la Europa revolucionaria.

Esto basta para mostrar qué amplia perspectiva de interés militar y político se abriría con la adhesión de Austria a la alianza occidental y con la posibilidad de una guerra de toda Europa contra Rusia. En la suposición contraria, es probable que la primavera vea un millón y medio de soldados formados contra las potencias occidentales y un ejército austro-prusiano marchando sobre las fronteras francesas. Y entonces la dirección de la guerra se les quitará con toda seguridad de las manos a sus actuales dirigentes.

  1. Aniversario de la coronación de Napoleón I (1804), de la victoria de Austerlitz (1805) y del golpe de Estado de Luis Bonaparte (1851). ↩

  2. Le Moniteur universel, diario oficial del gobierno francés. ↩

  3. En el editorial de Engels sobre el poderío militar de Rusia publicado en el New-York Daily Tribune del 31 de octubre de 1854. ↩

  4. Hoy Tallin, en Estonia. ↩

  5. Edward Smith-Stanley, conde de Derby (1799-1869), jefe del partido conservador. ↩

  6. George Hamilton-Gordon, conde de Aberdeen (1784-1860), primer ministro del gabinete de coalición de whigs y peelitas (1852-1855). ↩

  7. Lord John Russell (1792-1878), jefe de los whigs, ministro sin cartera y después presidente del Consejo Privado en el gabinete Aberdeen. ↩

  8. Benjamin Disraeli (1804-1881), uno de los jefes del partido conservador. ↩

  9. Los cuatro puntos acordados en agosto de 1854 por Inglaterra, Francia y Austria como condición de la paz: protectorado colectivo sobre los Principados del Danubio en lugar del ruso, libre navegación del Danubio, revisión del tratado de los Estrechos de 1841 y renuncia de Rusia al protectorado sobre los súbditos ortodoxos del sultán. ↩

  10. El 30 de noviembre de 1853 la flota rusa destruyó la escuadra turca en el puerto de Sinope, en el mar Negro. ↩

  11. En Poltava (1709) Pedro el Grande derrotó al ejército de Carlos XII de Suecia, que se había adentrado en Ucrania. ↩

  12. Eylau (8 de febrero de 1807) y Friedland (14 de junio de 1807), batallas de Napoleón contra los rusos en la Prusia Oriental. ↩