Escrito en inglés por Karl Marx el 3 de marzo de 1854 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4033, del 22 de marzo de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 103-109), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Pese a la amenaza de guerra y a la apremiante necesidad, ni el gobierno francés ni el austriaco han conseguido hasta ahora reforzar el nervus belli,1 es decir, su situación financiera. Aunque las cenas que el ministro de Hacienda francés2 ofreció a los recaudadores generales, al Crédit Mobilier3 y a los primeros banqueros de París fueron de un lujo digno de Lúculo, estos capitalistas se muestran reacios y propensos a esa clase prudente de patriotismo que saca del Estado las mayores ventajas posibles y está acostumbrada a resarcir sus intereses privados a costa de los públicos. Así, siguen siendo inciertas las condiciones en que ha de hacerse el proyectado empréstito francés de doscientos millones de francos.
Por lo que se refiere a Austria, no cabe duda de que uno de los principales motivos que la llevan a mostrarse amistosa con las potencias occidentales es la esperanza de reavivar así la confianza del mundo financiero y salir de sus apuros económicos. En efecto, apenas había dicho el periódico oficial de Viena un par de palabras sobre la neutralidad de Austria y el buen entendimiento con Francia, cuando sorprendió al público con el anuncio de que se iba a vender una parte considerable de los dominios de la Corona, que abarcan seis millones de acres, y publicó un rescripto fechado el 23 de febrero de 1854 según el cual todo el papel moneda del Estado en circulación con curso forzoso, por un importe de 150 millones de florines, se transfiere al Banco Nacional, que irá cambiándolo poco a poco por billetes de banco, de modo que, terminado este cambio, todo el papel moneda emitido por el Tesoro quedará retirado y en adelante no se emitirá ya papel moneda del Estado con curso forzoso. En este cambio, el gobierno imperial responde ante el Banco del papel moneda que le ha transferido y se compromete a indemnizarlo de todos los gastos de la operación de conversión, a pagar para saldar la deuda así creada una anualidad de al menos 10 millones de florines, a pignorar los ingresos de aduanas como garantía del pago regular de esas anualidades al Banco y a pagarle en metálico en la misma proporción en que los derechos de aduana entren en moneda metálica. Al mismo tiempo, el gobierno ha de cooperar enérgicamente para poner al Banco en condiciones de cumplir sus obligaciones y reanudar los pagos en efectivo. Entretanto, para que los tenedores de billetes puedan convertirlos a voluntad en una deuda con interés pagadera en metálico, el Banco se encarga de emitir obligaciones con interés, que podrán tratarse en todos los aspectos como títulos u obligaciones de la deuda del Estado. El gobierno quiere además retirar y sacar por completo de la circulación los llamados Einlösungsscheine y Antizipationsscheine.
La conversión del papel moneda del Estado con curso forzoso en billetes de banco inconvertibles no disminuirá su importe ni mejorará su calidad, sino que solo simplificará las denominaciones del papel moneda emitido. Como el Estado posee los mismos medios que concede al Banco para el rescate del papel moneda, haría uso de ellos él mismo si no supiera muy bien que la desconfianza hacia él es tan grande que su crédito solo puede levantarse con ayuda de un banco que no sea propiedad del Estado. Así crece la dependencia del emperador respecto a los judíos del Banco de Viena en la misma medida que el carácter militar de su dominación. En enero de 1852 les pignoró las salinas de Gmunden, Aussee y Hallein. En febrero de 1854 reciben un derecho de prenda sobre los ingresos de aduanas de toda la monarquía. Paso a paso, el Banco se convierte en el verdadero soberano del imperio, y el gobierno ya solo en su soberano nominal. Cuanto más se ha resistido Austria a las exigencias de la burguesía de participar en el poder político, tanto más ha de doblegarse ante el despotismo ilimitado de una parte de esa clase: los financieros.
El decreto cuyo contenido hemos reproducido arriba esconde un nuevo intento de empréstito bajo la forma de una ayuda a los tenedores de billetes, a los que se permite convertirlos en una deuda con intereses pagaderos en metálico. También en 1852 el gobierno se comprometió a liquidar en metálico diversos pagos y obligaciones menores, pero como solo cobraba los impuestos en papel moneda del Estado o en billetes de banco, se vio obligado a contratar en Londres y en Fráncfort un empréstito de 35 millones de florines. Los nuevos empréstitos aumentan naturalmente el viejo déficit, y el déficit aumentado lleva a nuevas emisiones de papel moneda, cuya abundancia, y la depreciación que la acompaña, se quería impedir con ellos. La gran diferencia que hace el gobierno entre el pago en metálico y el pago en billetes es tan poco apta para librar a los billetes de su mala fama como el aumento de 150 millones en los medios de circulación del Banco para ponerlo en condiciones de cumplir sus obligaciones y reanudar los pagos en efectivo. El gobierno pagará al Banco en metálico en la misma proporción en que los derechos de importación se paguen en metálico; pero es sabido que no solo los campesinos austriacos, sino también los burgueses de las ciudades mayores, son tan amigos de atesorar como los chinos y los indios; que en 1850 se atesoraba incluso la moneda de cobre, y que en 1854 todos los impuestos se pagan en papel, aunque este solo se acepta con un descuento de nada menos que el 17 por ciento.
Quien conozca la historia de la administración financiera austriaca no encontrará nada nuevo ni en las promesas del nuevo decreto ni en los artificios financieros a los que se ha recurrido. La primera emisión de papel moneda austriaco se hizo bajo la emperatriz María Teresa, hacia el final de la guerra de los Siete Años. Consistió en un principio en Bankozettel, cambiables por plata en las oficinas del Estado. En 1797, a consecuencia de los apuros financieros del gobierno en las guerras contra Francia, se suprimió su convertibilidad en plata. Mientras que la primera emisión bajo la emperatriz María Teresa ascendió a 12 millones de florines, en 1809 el total de los Bankozettel emitidos sumaba 1.060.793.653 florines, y su depreciación alcanzó a la vez el máximo. El 20 de febrero de 1811 el gobierno publicó una patente por la que los Bankozettel se retiraban por completo de la circulación y se canjeaban, a razón de 20 por 100, por un nuevo papel moneda llamado Wiener Währung, moneda de Viena (de ahí el nombre de Einlösungsscheine, «billetes de rescate»). El gobierno lo declaró la verdadera moneda del país y prometió que nunca se aumentaría por encima de la suma necesaria para canjear los Bankozettel. En mayo de 1811 la moneda de Viena tenía ya un descuento del 8 por ciento, y se emitieron Antizipationsscheine, llamados así porque con ellos se anticipaba una parte de la recaudación de impuestos de doce años. Su primera emisión, ciertamente, solo ascendió a 45 millones de florines; para rescatarlos en doce años se destinó una suma anual de 3.750.000 florines, que había de tomarse de la contribución territorial.
Pero, a consecuencia de la guerra, fue apareciendo discretamente una nueva emisión de Antizipationsscheine tras otra, cada una acompañada de una depreciación. En 1815 el agio de la plata frente a la moneda de Viena alcanzó el 400 por ciento. El 1 de junio de 1816 apareció una patente imperial que declaraba que en adelante el Estado no volvería a recurrir a un papel moneda irredimible; el papel moneda en circulación se iría retirando poco a poco y se restablecería la moneda metálica como medio normal de circulación. Para cumplir estas promesas se fundó definitivamente el 18 de enero de 1818 el Banco Nacional privilegiado, después de que el Estado concertara con él un acuerdo por el que el Banco se obligaba a rescatar el papel moneda irredimible. Y, sin embargo, todavía en junio de 1852 oímos al ministro de Hacienda proclamar de nuevo en el órgano del gobierno que en adelante quedaban completamente excluidos los empréstitos forzosos, los impuestos extraordinarios y la reducción del valor de la moneda; que el papel moneda austriaco, si no ahora mismo, sí en el futuro, se cambiaría sin pérdida por moneda metálica, y que los empréstitos ahora proyectados se emplearían en retirar el papel moneda del Estado y en pagar las deudas del Estado con el Banco. No puede haber mejor prueba de la vaciedad de tales promesas que su retorno periódico.
En tiempos de María Teresa, el gobierno austriaco era lo bastante fuerte para emitir sus propios Bankozettel, que eran cambiables por moneda y tenían incluso un agio sobre la plata. En 1818, para rescatar su papel moneda, el Estado tuvo que recurrir a la fundación de un banco privilegiado, propiedad de capitalistas privados, que recibió ventajas muy gravosas para el Estado, pero estaba obligado a emitir billetes convertibles. En 1854 el gobierno llama en su ayuda a un banco cuyos propios billetes están tan depreciados y son tan irredimibles como los del propio Estado.
Aunque Austria disfrutó de 1815 a 1846 de una paz casi ininterrumpida y de tranquilidad interior, el primer golpe tras ese largo período la encontró totalmente desprevenida. La insurrección de Cracovia y los disturbios de Galitzia a finales de febrero de 18464 elevaron los gastos públicos en más de 10 millones respecto a 1845. La causa principal de este aumento fueron los gastos del ejército. En 1845 sumaban 50.624.120 florines, pero en 1846 subieron 7 millones, mientras que los gastos de la administración civil de las provincias crecieron en 2 millones. En 1847 la crisis comercial y la mala cosecha produjeron una considerable disminución de la recaudación, mientras que los gastos del ejército subieron a 64 millones, sobre todo a causa de los disturbios de Italia. El déficit de ese año fue de 7 millones. En 1848-1849 se perdieron los ingresos de provincias enteras, y a ello se sumaron los gastos de la guerra en Italia y en Hungría. El déficit fue de 45 millones de florines en 1848 y de 121 millones en 1849. En 1849 se emitieron bonos de caja al tres por ciento con curso forzoso por un importe de 76 millones. Mucho antes, el Banco había suspendido los pagos en efectivo; el gobierno declaró inconvertibles sus emisiones. En 1850 hubo un déficit de 54 millones, y el peligro de una guerra con Prusia5 hizo caer la cotización del papel moneda en un 60 por ciento. El importe total del papel moneda del Estado emitido en los años 1849, 1850 y 1851 ascendió a 219 millones. En 1852 el déficit fue 8 millones mayor que en 1848 y 46 millones mayor que en 1847. En 1851 el presupuesto del ejército fue de 126 millones, casi el doble que en 1847. En 1852 los gastos de policía sumaron 9 millones, el cuádruple que en 1848. También en 1853 subieron los gastos de policía y del ejército.
Pero el verdadero problema no es cómo se metió Austria en este callejón sin salida financiero, sino cómo, tan enredada en papel moneda y en deudas, ha evitado la bancarrota abierta. En el año 1850 sus ingresos fueron de 196 millones, 74 millones más que en 1848 y 42 millones más que en 1849. En 1851 los ingresos fueron de 219 millones, 23 millones más que en 1850. En 1852 alcanzaron la suma de 226 millones, un aumento de 6 millones respecto a 1851. Los ingresos del Estado subieron, pues, constantemente, aunque en 1852 no en la misma proporción que en 1851, ni en 1851 como en 1850.
¿De dónde este aumento de los ingresos? Si se prescinde de los ingresos extraordinarios procedentes de la indemnización de guerra sarda y de las confiscaciones lombardo-venecianas,6 la transformación del campesino austriaco en propietario libre de su tierra ha aumentado la capacidad contributiva del país y los ingresos de la contribución territorial. Al mismo tiempo, la abolición de las jurisdicciones señoriales ha hecho pasar al Estado los ingresos de que antes disfrutaba la aristocracia en virtud de su poder judicial, y esta fuente de ingresos mana desde 1849 cada vez con más fuerza. Además, un aumento considerable procedió del impuesto sobre la renta, implantado por la patente del 29 de octubre de 1849. En las provincias italianas de Austria este impuesto ha resultado especialmente productivo. En 1852, por ejemplo, el aumento del impuesto sobre la renta fue de 601.000 florines en las provincias alemanas y eslavas, y de 639.000 florines solo en las italianas. Pero la causa más importante que ha salvado al Imperio austriaco de la bancarrota formal es el sometimiento de Hungría y su equiparación con las demás provincias en materia de impuestos.
La base de todo el sistema fiscal austriaco la forma sin duda la contribución territorial. El 23 de diciembre de 1817 apareció una patente imperial en la que el emperador Francisco anunciaba su decisión de unificar la contribución territorial para todas sus provincias alemanas, eslavas e italianas. En un párrafo de esa patente se disponía que en adelante no se concedería ninguna exención de la contribución territorial «por la condición personal de los propietarios de tierras o de casas», y en conjunto se obró conforme a este principio. En el archiducado de Austria el nuevo catastro se implantó en 1834, y fue el primer país hereditario donde entró en vigor el nuevo sistema. La Lombardía austriaca poseía un catastro excelente de la época de Carlos VI, el Censimento milanese. Pero Hungría y Transilvania no contribuían en modo alguno en la misma medida que las demás provincias del imperio a la contribución territorial y a los demás impuestos. Según la Constitución húngara, los terratenientes húngaros, que poseían con mucho la mayor parte del suelo, no tenían que pagar ningún impuesto directo, y aun varios de los impuestos indirectos que pesaban sobre las demás provincias no gravaban mucho a Hungría y Transilvania. La población de Hungría, Transilvania y la Frontera Militar7 sumaba en 1846 14.549.958 personas, y la de las demás provincias de la monarquía 24.901.675, de modo que las primeras habrían tenido que aportar siete dieciochoavos de todos los ingresos. Pero Hungría y Transilvania solo aportaron en 1846 23 millones, lo que, de unos ingresos totales de 164 millones aquel año, representaba poco menos de una séptima parte. Las provincias húngaras abarcan 5.855 de las 12.123 millas cuadradas alemanas que mide la superficie de la monarquía austriaca, es decir, la mitad de su territorio.
El emperador José II, cuyo gran objetivo era la centralización y la germanización completa de la monarquía austriaca, había introducido por su propia autoridad en Hungría innovaciones que debían poner al país en la misma situación que las demás provincias. Pero esto produjo tal efecto en la opinión pública de aquel país que, al final de su vida, José II temía que los húngaros se rebelaran como los neerlandeses.8 Los emperadores Leopoldo II, Francisco I y Fernando I no se atrevieron a repetir el peligroso experimento. La causa —los obstáculos que la Constitución húngara oponía a la igualación fiscal— dejó de actuar una vez que la revolución húngara fue sofocada con ayuda rusa. El emperador Francisco José, que nunca había jurado la Constitución húngara y que precisamente por eso fue elevado a emperador en lugar de Fernando,9 implantó enseguida la contribución territorial tal como existía en los demás países de la Corona. Además, con la supresión de la frontera aduanera con Hungría, el 1 de octubre de 1850, la monarquía se convirtió en un solo territorio en materia de aduanas y derechos. El impuesto de consumos y el monopolio del tabaco se implantaron también allí el 1 de marzo de 1851. El aumento de los impuestos directos solo en las provincias húngaras fue de 11.500.000 florines en el año 1851 y de unos 8 millones en 1852.
Llegamos así a la conclusión irrefutable de que de la posesión de Hungría y de Lombardía depende no solo la existencia política, sino también la existencia económica del Imperio austriaco, y de que con su pérdida la bancarrota de este Estado, tanto tiempo aplazada, se volverá inevitable.
«El nervio de la guerra», es decir, el dinero. ↩
Jean-Martial Bineau (1805-1855), ministro de Hacienda de Napoleón III de 1852 a 1855. ↩
Sociedad General de Crédito Mobiliario, gran banco por acciones fundado en París en 1852 por los hermanos Émile e Isaac Péreire. ↩
En febrero de 1846 estalló en la ciudad libre de Cracovia una insurrección nacional polaca, que fue aplastada; en la vecina Galitzia austriaca los campesinos se alzaron a la vez contra los nobles polacos. ↩
En el otoño de 1850 Austria y Prusia estuvieron a punto de ir a la guerra por la cuestión de Hesse-Cassel y de la hegemonía en Alemania; la crisis terminó con la convención de Olmütz (noviembre de 1850). ↩
Por la paz de Milán de agosto de 1849, el reino de Cerdeña pagó a Austria una indemnización de guerra de 75 millones de francos. Tras la revolución de 1848 en Lombardía y Venecia, las autoridades austriacas confiscaron bienes de los participantes y emigrados. ↩
La franja fronteriza con el Imperio otomano, organizada militarmente bajo administración directa de Viena. ↩
Las reformas de José II provocaron en 1789-1790 la revolución brabanzona en los Países Bajos austriacos. ↩
Fernando I abdicó en diciembre de 1848 en su sobrino Francisco José, que no estaba ligado por los juramentos y concesiones de su predecesor a Hungría. ↩