Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 7 de marzo de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4035, del 24 de marzo de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 117-124), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, martes 7 de marzo de 1854

Los delegados del Parlamento Obrero1 se reunieron ayer a las diez de la mañana en el People's Institute de Manchester. La primera sesión se dedicó, naturalmente, a asuntos preparatorios. James Williams, de Stockport, presentó la moción, apoyada por James Bligh, de Londres, y por Ernest Jones,2 de que se invitara al doctor Marx como delegado honorario al Parlamento Obrero; la moción se aprobó por unanimidad. Se tomaron acuerdos iguales respecto a los señores Blanc y Nadaud.3 Cualesquiera que sean los resultados inmediatos de semejante Parlamento, su mera reunión atestigua ya una nueva época en la historia de los obreros. Quizá pueda considerarse precursora en este camino la asamblea del Palacio del Luxemburgo de París tras la revolución de Febrero,4 pero ya a primera vista se advierte la gran diferencia: que la Comisión del Luxemburgo salió del gobierno, mientras que el Parlamento Obrero sale del pueblo mismo; que la Comisión del Luxemburgo se ideó para mantener a los miembros socialistas del gobierno provisional alejados del centro de la lucha y de toda participación seria en las verdaderas tareas del país; y, por último, que los delegados de la Comisión del Luxemburgo procedían únicamente de los diversos llamados corps d'états, corporaciones que corresponden más o menos a los gremios medievales y a las actuales trade-unions, mientras que el Parlamento Obrero es una verdadera representación de todas las ramas y sectores de los obreros a escala nacional. El éxito del Parlamento Obrero dependerá principalmente, si no exclusivamente, de que parta del principio de que la tarea actual no consiste en la llamada organización del trabajo, sino en la organización de la clase obrera.

Los privilegios de las clases hoy dominantes, lo mismo que la esclavitud de la clase obrera, se fundan por igual en la organización existente del trabajo, que las clases dominantes defienden naturalmente y mantienen con todos los medios a su alcance, y uno de estos medios es la actual maquinaria del Estado. Por consiguiente, para cambiar la organización existente del trabajo y sustituirla por otra nueva hace falta poder —poder social y político—, poder no solo para resistir, sino también para atacar; pero para llegar a ese poder hay que organizarse en un ejército lo bastante fuerte moral y físicamente para hacer frente a las fuerzas enemigas. Si el Parlamento Obrero pasa su tiempo en discusiones puramente teóricas en lugar de preparar el camino para la formación efectiva de un partido nacional, resultará un fracaso, como la Comisión del Luxemburgo.

Conforme a los estatutos de la Asociación Nacional Cartista,5 se ha elegido de nuevo el comité ejecutivo de los cartistas. Se ha hecho saber que Ernest Jones, James Finlen (Londres) y John Shaw (Leeds) han sido debidamente elegidos para el ejecutivo de la NCA para los próximos seis meses.

Como el proyecto de Bonaparte de colocar un empréstito en la Bolsa fracasó ante la resistencia pasiva de los capitalistas de París, su ministro de Hacienda ha presentado al Senado un presupuesto que contiene el siguiente artículo:

«Se autoriza al ministro de Hacienda a emitir, en beneficio del Tesoro y de las transacciones con el Banco de Francia, bonos del Tesoro con interés, pagaderos a plazo fijo. Los bonos del Tesoro en circulación no excederán de la suma de 250 millones de francos (10 millones de libras esterlinas), pero, según la ley del 10 de junio de 1833, los bonos transferidos al fondo de amortización quedan exceptuados de esta limitación, y los bonos del Tesoro tampoco podrán depositarse como garantía en el Banco de Francia ni en el Comptoir d'Escompte».

Una cláusula adicional dispone que «el emperador se reserva el derecho de ordenar emisiones suplementarias por simple decreto», con la sanción posterior del Senado. Según se me comunica en una carta de París, esta propuesta ha aterrado a toda la burguesía, puesto que, por una parte, los bonos del Tesoro no deben exceder de la suma de 250 millones de francos, y por otra esa misma suma puede aumentarse en cualquier cantidad que al emperador le plazca fijar, sin que los bonos emitidos de este modo se admitan siquiera como garantía en el Banco de Francia ni en los demás establecimientos de descuento. Ya saben ustedes que el Banco ha hecho anticipos sobre bonos del Tesoro por el importe de 60 millones de francos que se tomaron de las caisses des dépôts et consignations. El mero fantasma de una guerra lo aprovechan con afán los decembristas6 para eliminar las últimas y débiles barreras que aún los separan del Tesoro público. Mientras esta perspectiva de una desorganización inminente del crédito público, ya muy quebrantado, asusta a la burguesía, el aumento propuesto del impuesto sobre la sal y otros impuestos semejantes, sumamente impopulares, indignan a la masa del pueblo. Así, esta guerra, aunque sin duda le procura a Bonaparte cierta popularidad en el extranjero, puede acelerar sin embargo su caída en Francia.

Que yo tenía razón al suponer que los actuales disturbios de España darían probablemente ocasión a serios malentendidos entre Francia e Inglaterra7 lo confirma la siguiente noticia de un periódico de Londres:

«El emperador de los franceses ha preguntado a lord Clarendon, por medio del señor Walewski,8 si el gobierno británico estaría dispuesto a ayudarle a llevar al trono de España al pretendiente carlista, en caso de que la reina Isabel fuera destronada. Lord Clarendon habría respondido que la reina Isabel, por fortuna, estaba firme en su trono y que la posibilidad de una revolución era escasa en un país tan apegado a las instituciones monárquicas; pero que, aun cuando estallara una revolución en España y la reina fuera destronada, el gabinete británico debía abstenerse de llegar a ningún acuerdo.

»La propuesta del emperador de poner en el trono al conde de Montemolín9 nace de su deseo, muy natural, de impedir que la duquesa de Montpensier herede la diadema de su hermana; porque cree que le resultaría incómodo tener por vecino a un hijo de Luis Felipe como esposo de la reina de España».

En la sesión del viernes de la Cámara de los Comunes, lord John Russell declaró que se veía obligado a retirar provisionalmente su proyecto de reforma electoral; este se trataría, sin embargo, el 24 de abril, si para entonces la cuestión de Oriente quedaba resuelta con la aceptación de las propuestas presentadas de nuevo al emperador de Rusia. Semejante solución, sin embargo, se ha vuelto más improbable que nunca tras la publicación del manifiesto del zar a sus súbditos y de su carta a Bonaparte. Con todo, la declaración del ministerio demuestra que el proyecto de reforma solo se presentó para distraer y apaciguar a la opinión pública por si la diplomacia de la coalición conseguía restablecer el statu quo ante bellum ruso. Del eminente papel que desempeñó lord Palmerston en esta intriga del ministerio da cuenta el Morning Advertiser, uno de los más ardientes partidarios de Palmerston, en los siguientes términos:

«Lord Aberdeen es primer ministro de nombre, pero no de hecho. De hecho, lord Palmerston es el primer ministro de la Corona. Es la cabeza dominante del gabinete. Desde que volvió al cargo,10 sus colegas han vivido con el temor constante de que pudiera saltar de nuevo de improviso, y por eso no se han atrevido a contradecir ni una sola de las opiniones a las que se sabe que concede especial importancia. Así pues, todo se hace a su voluntad. Un ejemplo patente de la influencia decisiva de Su Señoría en el consejo de Su Majestad lo dio la semana pasada, cuando el nuevo proyecto de reforma se sometió formalmente a deliberación del gabinete y se planteó la cuestión de si debía discutirse en esta legislatura o retirarse. Lord Aberdeen, lord John Russell, sir James Graham y sir William Molesworth estaban a favor de discutirlo. Lord Palmerston propuso retirarlo y, como informamos hace unos días, dio a entender abiertamente que, si en el gabinete quedaba en minoría, votaría en el Parlamento por su abandono. El resultado de la discusión o conversación fue que lord Palmerston impuso su punto de vista. Sus adversarios —entre ellos el jefe del partido del gobierno en la Cámara de los Lores y el jefe del mismo en la de los Comunes— cedieron finalmente. Otro triunfo de lord Palmerston en los últimos ocho días fue el nombramiento de sir Charles Napier como comandante de la flota del Báltico.11 No es ningún secreto que tanto lord John Russell como sir James Graham se oponían a este nombramiento, pero lord Palmerston estaba a favor, y por tanto se hizo. Por eso sería muy oportuno que el noble lord presidiera esta noche el banquete que el Reform Club ofrece en honor del valiente almirante».

El señor Gladstone12 presentó anoche a la Cámara una novedad desconocida para la generación actual: un presupuesto de guerra. De su discurso se desprendía que el gobierno exponía sus medidas financieras ante el Parlamento en fecha tan temprana para informar a tiempo de los efectos sumamente funestos de una guerra sobre los bolsillos privados, y enfriar así las pasiones guerreras del país. Otro rasgo importante de su discurso fue que solo pidió la suma necesaria para traer de vuelta a los 25.000 hombres que están a punto de dejar la costa inglesa, si la guerra se terminara ahora.

Empezó exponiendo el estado efectivo de los ingresos y los gastos del último ejercicio. Como este aún no estaba cerrado, observó, los ingresos de un mes solo podían estimarse. Los ingresos totales del año que empezó el 18 de abril de 1853 se habían calculado en 52.990.000 libras esterlinas, mientras que los ingresos efectivos del año no habían sido inferiores a 54.025.000 libras; los ingresos efectivos superaban, por tanto, los gastos supuestos en 1.035.000 libras. Por otra parte, se habían ahorrado 1.012.000 libras sobre los gastos presupuestados. Por eso, según su cálculo, de no ser por las circunstancias especiales en que se encuentra actualmente el país, este año debería arrojar un excedente de 2.854.000 libras sobre los gastos.

El señor Gladstone señaló luego los resultados de las rebajas de aranceles que él había introducido. Los ingresos de aduanas habían sido en 1853-1854, a pesar de esas rebajas, de 20.600.000 libras, frente a solo 20.396.000 en 1852-1853, lo que suponía un aumento de 204.000 libras. La rebaja del impuesto sobre el té solo había supuesto una pérdida de 375.000 libras. La reducción de los derechos de timbre de 3 peniques hasta 10 chelines a un derecho uniforme de 1 penique había producido, en lugar de la pérdida esperada, un aumento de 36.000 libras en esos derechos. A continuación informó el señor Gladstone sobre los resultados de las medidas tomadas en la última legislatura para aumentar los impuestos. La recaudación del impuesto sobre la renta en Irlanda se había retrasado por diversas circunstancias, pero produciría 20.000 libras más de lo calculado. La extensión del impuesto sobre la renta (de 150 a 100 libras)13 en Gran Bretaña produciría 100.000 libras más de la suma presupuestada, a saber, 250.000 libras. Los ingresos del impuesto adicional sobre los licores de 1 chelín por galón en Escocia los había calculado en 278.000 libras, pero solo ascendían a 209.000. En cambio, el impuesto sobre los licores en Irlanda había dado un aumento de 213.000 libras, cuando él solo había contado con 198.000. El impuesto de sucesiones solo produciría medio millón en todo el ejercicio. Hasta aquí el informe del señor Gladstone sobre las finanzas de Gran Bretaña en el año en curso, que termina el 5 de abril.

Los ingresos previstos para 1854-1855 se calculan como sigue:

Aduanas20.175.000 libras
Impuestos indirectos (excise)14.595.000 libras
Timbre7.090.000 libras
Impuestos (taxes)3.015.000 libras
Impuesto sobre la renta6.275.000 libras
Correos1.200.000 libras
Dominios de la Corona259.000 libras
Venta de material viejo (old stores)420.000 libras
Varios320.000 libras
Ingresos totales53.349.000 libras

Frente a ellos, los gastos previstos se calculan como sigue:

Deuda consolidada27.000.000 libras
Deuda no consolidada546.000 libras
Fondo consolidado2.460.000 libras
Ejército6.857.000 libras
Flota7.488.000 libras
Artillería y material (Ordnance)3.846.000 libras
Intendencia645.000 libras
Varios4.775.000 libras
Milicia530.000 libras
Servicio de paquebotes792.000 libras
Servicio en Oriente1.250.000 libras
Gastos totales56.189.000 libras
Déficit2.840.000 libras

Antes de pasar a la cuestión de cómo había de cubrirse este déficit, el señor Gladstone enumeró las medidas que el gobierno no recomendaba a la Cámara. No recurriría a restablecer algunos de los aranceles cuya rebaja, propuesta por él el año pasado, tenía ya fuerza de ley. No quería dar su conformidad a un restablecimiento innecesario de los impuestos que habían abolido gobiernos anteriores. Pero si la lucha en que ahora entraban durara un año más, difícilmente estarían en condiciones de mantener esas rebajas de impuestos. En general, no quería proponer un aumento de la imposición indirecta. No recurriría a empréstitos del Estado, porque no había país cuyos recursos estuvieran ya tan gravemente hipotecados como los de Inglaterra. Tras todos estos preámbulos, el señor Gladstone se dignó por fin anunciar lo que el gobierno pensaba proponer. Era duplicar el impuesto sobre la renta durante seis meses y suprimir por completo la distinción existente entre las letras de cambio giradas en el interior y en el extranjero. El tipo medio, aunque no repartido de manera uniforme, del impuesto sobre las letras había sido hasta entonces de 1 chelín y 6 peniques por cada 100 libras; propuso fijarlo uniformemente en 1 chelín. Este cambio, según calculaba, aumentaría los ingresos en 60.000 libras. En el impuesto sobre la renta habría un aumento de 7 a 10½ peniques por libra en las rentas de 150 libras en adelante, y de 5 a 7½ peniques en las rentas de entre 100 y 150 libras. Al mismo tiempo pidió que la Cámara lo autorizara a emitir, antes incluso de la recaudación del impuesto, bonos del Tesoro por 1.750.000 libras, que se rescatarían con las cantidades que fueran entrando del impuesto sobre la renta. Para terminar, el señor Gladstone se esforzó, sin mucho éxito, en justificar sus últimas medidas para reducir la deuda pública, medidas que, como es sabido, acabaron en un lamentable fracaso.

En la discusión que siguió a este informe intervinieron diversos diputados. Pero solo merece mención el discurso del señor Disraeli.14 Declaró que no pondría objeción a ningún proyecto que el gobierno, bajo su propia responsabilidad, juzgara necesario presentar a la Cámara para llevar adelante la guerra inminente con toda energía y, según esperaba, con éxito. Pero protestaba contra que, si la guerra se prolongaba, se recurriera exclusivamente a los impuestos directos para hacerla. La segunda parte del informe del señor Gladstone, en la que este se ocupaba de la situación financiera efectiva del país y de los fondos disponibles, le parecía tan oscura como no conviene que sea un informe financiero, y menos uno presentado en las circunstancias actuales. Las existencias actuales del Tesoro no eran ni suficientes ni tranquilizadoras. Cuando el gobierno actual tomó posesión, las existencias del Tesoro ascendían el 3 de enero de 1853 a 9 millones de libras, pero un año después, en enero de 1854, se habían reducido a la mitad. Él calculaba las existencias del Tesoro para el 5 de abril en 3 millones de libras, mientras que los gastos para el pago de los dividendos a los acreedores del Estado y para la ejecución del plan de conversión de Gladstone requerían en total de 9 a 10 millones. El muy honorable preopinante había dicho que no tenía objeto querer remediarlo con las existencias del Tesoro, y que prefería procurarse la suma que faltaba mediante anticipos del Banco de Inglaterra. Él sostenía que era de la mayor importancia disponer precisamente ahora de grandes existencias; pero aquí no se trataba de si se cerraba con existencias pequeñas o grandes, sino de si había existencias o, por el contrario, un gran déficit; y, de hecho, en lugar de existencias tenían un déficit enorme, causado por el ministro de Hacienda de dos maneras: primero, rebajando al 1½ por ciento el interés de los bonos del Tesoro cuando el dinero estaba caro, y segundo, con su desafortunada conversión de las acciones del Mar del Sur,15 una medida que no solo había consumido sus existencias, sino que le había acarreado además el actual déficit de 2 millones de libras.

Tras algunas observaciones sin importancia de otros diputados, se cerró el debate sobre el presupuesto y se aprobó la resolución.

Karl Marx

  1. El Parlamento Obrero (Labour Parliament), convocado por los cartistas a iniciativa de Ernest Jones, se reunió en Manchester a partir del 6 de marzo de 1854 con delegados de asambleas obreras y de oficios de varias regiones; quería organizar a los trabajadores a escala nacional en un «movimiento de masas» y sostener a los huelguistas, sobre todo a los tejedores de Preston. ↩

  2. Ernest Jones (1819-1869), poeta y dirigente cartista, director de The People’s Paper y amigo de Marx y Engels. ↩

  3. Louis Blanc (1811-1882), socialista francés, miembro del gobierno provisional de 1848 y presidente de la Comisión del Luxemburgo; Martin Nadaud (1815-1898), albañil, diputado obrero en la Asamblea Legislativa de 1849. Ambos vivían exiliados en Inglaterra. ↩

  4. La «Comisión de gobierno para los trabajadores», reunida en el Palacio del Luxemburgo de marzo a mayo de 1848 bajo la presidencia de Louis Blanc, con delegados de los oficios de París. ↩

  5. La National Charter Association, la organización del movimiento cartista desde 1840. ↩

  6. Los partidarios del golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851. ↩

  7. Marx lo había dicho en su crónica del 3 de marzo de 1854 («Los planes de guerra de Francia e Inglaterra — La insurrección griega — España — China»). En febrero de 1854 se había sublevado en Zaragoza un regimiento de caballería, preludio de la revolución de julio de 1854. ↩

  8. George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro de Asuntos Exteriores británico; el conde Alexandre Walewski (1810-1868), embajador de Francia en Londres. ↩

  9. Carlos Luis de Borbón, conde de Montemolín (1818-1861), hijo de don Carlos y pretendiente carlista al trono de España. La duquesa de Montpensier, Luisa Fernanda, era hermana de la reina Isabel II y esposa de Antonio de Orleans, duque de Montpensier, hijo de Luis Felipe. ↩

  10. Palmerston dimitió a mediados de diciembre de 1853 y volvió al gobierno pocos días después. ↩

  11. Sir Charles Napier (1786-1860), almirante, comandante de la flota británica del Báltico en 1854. ↩

  12. William Ewart Gladstone (1809-1898), peelita, ministro de Hacienda (canciller del Exchequer) del gobierno de coalición de Aberdeen. ↩

  13. El presupuesto de 1853 rebajó de 150 a 100 libras anuales el mínimo de renta sujeto al impuesto. ↩

  14. Benjamin Disraeli (1804-1881), ministro de Hacienda en el gobierno tory de lord Derby de 1852 y jefe de los conservadores en la Cámara de los Comunes. ↩

  15. En 1853 Gladstone propuso convertir voluntariamente los títulos de deuda al 3 por ciento, entre ellos los de la antigua Compañía del Mar del Sur, en nuevos títulos de interés menor; la conversión fracasó en buena parte y obligó al Tesoro a reembolsar en efectivo a los tenedores que no la aceptaron. ↩