Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 14 de julio de 1854 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 4142, del 28 de julio de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 332-341), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés de The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 419-424), que lo titula «The Theatre of War — The Russian Note to the German Powers — Servia and Austria», omite lo relativo a Italia, a España y al caso Peithmann y resume entre corchetes las citas, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, viernes 14 de julio de 1854

Sir Charley1 ha vuelto muy calladito de Kronstadt, sin más bajas entre muertos y heridos que las de los pocos y valientes marineros que se llevó el cólera. Para mantener al público de buen humor, la misma farsa va a repetirse ahora ante Sebastopol, y frente a Odesa se han visto ya cincuenta buques de las flotas combinadas «con rumbo directo» a ese lugar.

El embarque de las tropas francesas en Calais, fijado para hoy, se ha aplazado al 20 de este mes, para esperar, según se dice, a ver cómo se desarrollan los acontecimientos de España.

El general Budberg2 ha arrancado a los habitantes de los Principados un mensaje en el que dan las gracias al emperador Nicolás por la ocupación de su país y por haberlo defendido del «turco cruel y bárbaro». El Euphrates, que salió de Constantinopla el 5 de este mes y llegó a Marsella el 13, trae las importantes noticias de que los rusos siguen sin evacuar la Dobrudja y de que el «glorioso» Reshid (wretched) Bajá3 ha vuelto a aceptar el cargo de ministro de Asuntos Exteriores.

Desde Cracovia se informa con fecha 8 de julio que el príncipe Paskévich ha llegado al castillo de Gómel, en sus tierras de Lituania,4 y que no tomará más parte en la campaña actual. Se añade que no solo se ha prescindido de él, sino también de su plan de campaña, y esto resulta tanto más creíble cuanto que el príncipe Gorchakov,5 que al parecer quiere concentrar fuerzas considerables delante de Bucarest, ha vuelto a ordenar avanzar a las tropas rusas que ya se retiraban hacia Moldavia. La situación de las tropas rusas es, pues, ahora la siguiente: su ala derecha, en el alto Ialomița, se extiende hasta los Alpes de Transilvania, donde ocupan con 24 piezas pesadas el paso de Tömös,6 mientras el centro se extiende de Focșani a Bucarest; su ala izquierda está a las órdenes de Lüders en Brăila, y su extrema izquierda, a las de Ushakov, en la Dobrudja.

El último parte del teatro de la guerra anuncia que los turcos han cruzado el Danubio con fuerzas considerables (40.000 hombres, incluidos 12.000 aliados) y han ocupado Giurgiu. Los periódicos franceses informan de que unos vapores destacados de la flota combinada han bombardeado y destruido el establecimiento ruso de la desembocadura del Sulina; pero quizá ocurra con esta noticia lo mismo que con el cuento del segundo bombardeo y destrucción de Bomarsund en el Báltico. Las operaciones del mariscal Saint-Arnaud7 en Oriente parecen haber dado un ligero susto a las Tullerías por lo grandiosas que son. Al menos se dice que el gobierno francés ha enviado un supervisor especial —un experto financiero, naturalmente— para frenar su exceso de celo (son excès de zèle).

Una extraña agitación se ha apoderado en Italia tanto de los gobiernos como del pueblo. El general La Marmora,8 ministro de la Guerra del Piamonte, ha ordenado formar campamentos en Saboya, en Saint-Maurice, en Alessandria e incluso en la isla de Cerdeña. Se ha llamado de nuevo a filas a gran número de soldados con licencia ilimitada. Al mismo tiempo se abastece a las fortalezas de Alessandria y Casale. Por otra parte, también el mariscal Radetzky9 ha ordenado formar un campamento entre Verona y Volta, donde más de 20.000 hombres se ejercitan a diario en las operaciones de la guerra de guerrillas (petite guerre). La carestía de los víveres ha provocado disturbios en Codogno, Casale, Pusterlengo y en algunas ciudades lombardas. Unas doscientas personas han sido detenidas y llevadas a Mantua. Según cartas de Nápoles, también allí se han hecho numerosas detenciones, lo mismo que en Sicilia, donde han encarcelado al hijo del conde Caraffa. El rey Bomba10 toma medidas extraordinarias de armamento por tierra y por mar. Ha ordenado poner la fortaleza de Gaeta en condiciones de afrontar cualquier eventualidad. Ha declarado apestada a toda Europa y ha impuesto una cuarentena rigurosa a todos los buques que llegan. Todos los barcos procedentes de Portugal, de Glasgow y de los Estados sardos están sometidos a una cuarentena de diez días, y los de Toscana y los Estados romanos, a una de siete. Como casi todos los demás países están ya sometidos a restricciones parecidas, la libre llegada de buques es en general una rara excepción. La correspondencia del extranjero por tierra está sujeta a todas las precauciones que se observan con los buques que llegan de países apestados. Con los Estados pontificios aún se mantiene la comunicación por Montecassino y Sora y por los Abruzos, pero precisamente ahora se está levantando un cordón sanitario a lo largo de toda la frontera.

Hasta anoche no había llegado a París el último correo de Madrid, que debía venir por Burdeos. Se afirma que las tropas reales siguen persiguiendo a los rebeldes, que los han alcanzado y están a punto de hacerlos pedazos. Primero se nos dijo que los rebeldes huían hacia Extremadura para llegar a la frontera portuguesa. Ahora oímos que van camino de Andalucía, circunstancia que no revela por su parte una gran resolución de abandonar el país cuanto antes. Según cartas privadas, el general Serrano11 se les ha unido con 300 jinetes, mientras que la Gaceta asegura que se les unió él solo. En Madrid corría el rumor de que el regimiento del Rey se había pasado a los insurrectos. El corresponsal del Morning Chronicle añade que se han pasado a ellos además 200 oficiales de todas las armas, algunas compañías de los regimientos de guarnición en Toledo y dos batallones de voluntarios de Madrid. La Gaceta comunica que la división encargada de perseguir a los rebeldes salió de Madrid la tarde del 5. Se componía de tres brigadas de infantería, una brigada de caballería, dos baterías de artillería, una compañía de ingenieros y un destacamento de operarios de la administración militar. Partió al mando del general Vistahermosa, al que, sin embargo, sustituyó al día siguiente el general Blaser, ministro de la Guerra. Un real decreto de 7 de julio ha confiado el Ministerio de la Guerra, durante la ausencia de Blaser, al general San Román. La Gaceta anuncia que dicha división se encuentra en Tembleque y avanza por el valle del Guadiana en dirección a Ciudad Real. El mismo día Blaser publicó una proclama a los soldados y suboficiales del ejército rebelde, invitándolos a volver a sus banderas y prometiéndoles el indulto general en nombre de la reina.

En el Messager de Bayonne leemos lo siguiente:

«Según las últimas noticias que nos han llegado, el general O'Donnell se ha dirigido hacia Valdepeñas. La vanguardia del ejército real estaba concentrada en Tembleque. El general O'Donnell aprovecha el tiempo para instruir su pequeño ejército, compuesto de 2.000 jinetes, seis piezas de artillería y 800 infantes.»

Las proclamas de O'Donnell y de Dulce tienen distinto carácter; una apela a la Constitución de 1837 y la otra al antiguo derecho castellano de alzarse contra los monarcas culpables de haber violado el juramento de la coronación. Una novedad es la formación de guerrillas republicanas en Valencia. Ha llegado una comunicación con fecha 6 de este mes según la cual algunas ciudades y pueblos se han alzado contra el gobierno, entre ellos Alcira, Játiva y Carlet. Orozco, un coronel retirado, entró al frente de una partida armada en esta última localidad; se incautó de armas de fuego e invitó mediante una proclama a los habitantes a sumarse al movimiento. El gobierno ha enviado destacamentos de caballería, infantería y guardia civil para sofocar los levantamientos de Valencia.

L'Indépendance Belge da una interpretación completamente nueva de la nota de Rusia a Austria y Prusia. Este periódico, al que puede considerarse el Moniteur privado de los ex diplomáticos rusos de Bruselas, opina que la nota rusa no iba dirigida directamente al gabinete austriaco, sino al príncipe Gorchakov,12 que dejó una copia al conde Buol13 y sostuvo que Austria, al exigir la evacuación de los Principados por los rusos, en realidad solo quería proponer un armisticio, pues no podía desear exponer a las tropas rusas en retirada a un ataque de las fuerzas aliadas. Austria, por tanto, solo podía haber pretendido un armisticio. Los turcos, los ingleses y los franceses tendrían que abstenerse, por consiguiente, de todo movimiento ofensivo y de todo nuevo acto de hostilidad contra Rusia. En cuanto a la evacuación de los Principados por las tropas rusas, la nota subraya que Rusia ha de reservarse forzosamente ciertos puntos estratégicos en esas provincias mientras se haga esperar la conclusión de la paz, pues de lo contrario quedaría en una posición demasiado desventajosa frente a los ejércitos aliados. Por otra parte, la nota protesta contra cualquier insinuación de que quiera amenazar a Austria con dicha ocupación estratégica. Partiendo de estas premisas, la nota rusa propone nuevas negociaciones de paz sobre las siguientes bases: integridad del Imperio otomano, que el gobierno ruso nunca ha pretendido tocar; igualdad entre los súbditos cristianos y musulmanes de la Puerta, tal como la entiende el protocolo del 9 de abril; por último, revisión de los convenios relativos a los Estrechos. La nota admite un protectorado común de las potencias sobre los cristianos de Turquía; pero el artículo de L'Indépendance confiesa que, en lo tocante al protectorado ruso sobre los cristianos griegos, se le añaden algunas frases vagas que dejan margen suficiente también para interpretaciones divergentes. El príncipe Gorchakov, según se dice, emplea un tono aún más suave que la nota misma. Su despacho no contiene la última palabra de Rusia; probablemente esté autorizado a ir más lejos para hacer posible que Austria entre en nuevas negociaciones. El 9 de este mes, sin embargo, el gabinete de Viena no había tomado aún ninguna decisión.

«Ahora —dice L'Indépendance, o más bien el barón Brunnow—14 no debemos ocultarnos que, sean cuales sean las intenciones de San Petersburgo, un solo incidente, un acto real de guerra, un ataque a Kronstadt o, lo que es aún más probable, a Sebastopol, o incluso la ocupación de las islas Åland por las tropas anglofrancesas, tendría que cambiar necesariamente esas intenciones y reforzar al partido contrario a toda concesión.»

En todo caso, Prusia está satisfecha con esta nota rusa y la considera una especie de medio para nuevas negociaciones y para impedir que los austriacos entren en Valaquia. El propio Moniteur admite que las objeciones que Prusia opuso a esa entrada austriaca son la causa de la nueva indecisión de la corte de Viena. Por otra parte, el santurrón Morning Chronicle nos cuenta que

«en Berlín se afirma que la corte prusiana ha asumido la obligación que le corresponde de proteger el territorio austriaco contra una invasión, y que eso la autoriza a protestar contra toda nueva provocación a Rusia».

Se sabe, además, que el tratado entre Austria y Prusia está redactado precisamente de manera que cualquiera de las dos potencias pueda suspender sus operaciones militares mientras no esté convencida de la necesidad de los pasos bélicos que proyecte la otra. Así, Austria puede parecer deseosa de actuar junto con las potencias occidentales y verse impedida por la oposición de Prusia. Yo, por mi parte, estoy seguro de que todas estas eventualidades las prepararon de antemano y de común acuerdo las tres potencias del Norte,15 y de que incluso las nuevas dificultades que se le ponen a Austria no tienen otro fin que dar a su ocupación de Valaquia la apariencia de una heroica resistencia a Rusia. Una pequeña guerra fingida como la austro-prusiana de 185016 quizá no esté excluida de ese acuerdo, pues no haría más que contribuir a dar a Austria una voz más decisiva en la conclusión de la paz. Obsérvese que la Oesterreichische Correspondenz anunció expresamente que Austria está de acuerdo en todos los puntos con la política de las potencias occidentales, salvo en una eventual violación de las fronteras rusas existentes.

Para juzgar la posición de Austria es importante fijarse en la «Protesta del gobierno serbio contra la ocupación austriaca», fechada el 22 de junio y presentada ahora a la Cámara de los Comunes. El gobierno serbio dirigió esta protesta a la Sublime Puerta. Empieza constatando:

«Según Austria suponía que el gobierno serbio estaba más o menos favorablemente dispuesto hacia Rusia o hacia Turquía, empleaba un lenguaje acorde con esos supuestos sentimientos y le prometía constantemente su ayuda para proteger las fronteras del Principado contra cualquier ataque enemigo.»

Luego se produjo una concentración de tropas muy considerable en las fronteras serbias. El gobierno serbio preguntó «directamente al gabinete de Viena e indirectamente a la Sublime Puerta por el objeto y el sentido de estos preparativos militares de Austria». Austria dio explicaciones evasivas, mientras que la Puerta y los representantes de las potencias occidentales en Constantinopla fingían no conocer el objeto de las demostraciones austriacas y hasta parecían compartir las inquietudes y dudas del gobierno serbio.

«El bajá de Belgrado se quedó sin instrucciones o, para hablar con más precisión, conservó las antiguas, que se le habían dado antes y según las cuales debía considerar toda intervención militar de Austria en Serbia como un ataque hostil contra el Imperio otomano y rechazarla como tal con todas sus fuerzas.»

Cuando pareció que Austria se inclinaba cada vez más hacia las potencias occidentales, los representantes de estas en Belgrado empezaron a dar seguridades tranquilizadoras sobre las intenciones de Austria. Al mismo tiempo, el gabinete de Viena aseguró al gobierno serbio que las medidas militares en cuestión no significaban hostilidad alguna contra Serbia; que Austria solo quería proteger sus propias fronteras y solo intervendría en Serbia si entraban allí tropas rusas o estallaban revueltas contra el gobierno legítimo; que, por consiguiente, aun en este último caso, solo se presentaría como amiga y para apoyar al gobierno y a la autoridad legítima. Estas seguridades de Austria no tranquilizaron al gobierno serbio. Veía que Austria, por un lado, se arrogaba un poder arbitral y, por otro, actuaba aisladamente con el pretexto de acudir en ayuda del Imperio otomano junto con las potencias occidentales. Por último, Serbia sospechaba que Austria se proponía atizar precisamente el desorden que decía tener tanto empeño en combatir. Como los preparativos militares de Austria adquirían cada día un aspecto más amenazador, el gobierno serbio, de acuerdo con Izzet Bajá, hizo gestiones enérgicas en Viena y en Constantinopla para impedir cualquier plan que pudiera convertir a Austria en dueña de los destinos de Serbia. Con ese fin se envió primero a Aziz Bajá17 a Viena, y ahora está en Constantinopla. Al mismo tiempo, se tomaron todas las medidas para la defensa del país de acuerdo con el representante turco. Austria da dos razones que podrían ocasionar su intervención en Serbia: 1) la entrada de los rusos y 2) el estallido de una insurrección en Serbia. La primera es absurda, porque el teatro de la guerra está demasiado lejos de Serbia; si los rusos intentaran entrar en Serbia, las tropas serbias y turcas bastarían de sobra para rechazarlos. Si se necesitaran tropas auxiliares, cualesquiera otras serían preferibles a las austriacas.

«La nación serbia siente una desconfianza tan marcada hacia Austria, si no odio, que todo el mundo consideraría al instante la entrada de los austriacos en Serbia como un peligro tan amenazador y una desgracia tan grande que toda la actividad de los serbios se volvería contra las tropas austriacas y toda la energía de la nación se concentraría en combatir a esos enemigos, en los que se vería siempre la personificación de las apetencias que empujan a Austria a buscar en Serbia, con cualquier título jurídico, el ejercicio de una influencia egoísta.»

En cuanto a las insurrecciones internas, solo se temen como consecuencia de una intervención austriaca. Serbia siempre será leal a la Puerta.

«Lo único que pide el gobierno serbio es que en adelante se le honre con la confianza que la Sublime Puerta le ha mostrado hasta este momento y que no se entregue su patria a una ocupación austriaca, que sería la señal y el comienzo de catástrofes incalculables. Con esta condición, el gobierno serbio responde plenamente del mantenimiento de la tranquilidad y del orden público en Serbia.»

Esta protesta de los serbios muestra al mismo tiempo con claridad con qué entusiasmo espera el pueblo valaco la entrada de Austria en Valaquia.

La actitud neutral, o más bien hostil, de las potencias menores hacia Inglaterra no puede sorprender a nadie que haya seguido sus actuales hazañas bélicas contra Rusia, las expediciones de saqueo de la flota inglesa en el Báltico y las medidas tomadas para dejar a las tropas de Varna incapaces de cualquier acción en campaña. ¡Si hasta los carros de ambulancia para las tropas británicas en Turquía no han salido de Southampton hasta ahora, en el Himalaya! En consecuencia, Suecia ha anunciado definitivamente su decisión de mantenerse neutral y abstenerse de cualquier paso común con las potencias occidentales, mientras que Dinamarca y Holanda, como miembros de la Confederación Germánica,18 solo se han adherido a la comunicación austriaca del 24 de mayo con la reserva expresa de que no significa otra cosa que la neutralidad absoluta y el empeño en restablecer la paz.

Ante el juez de policía de Bow Street, el señor Jardine, se ha producido un caso que ha causado en Londres mucha más agitación que el discurso de Bonaparte en Boulogne o la gloriosa retirada de Charley de Kronstadt. Un alemán llamado doctor Peithmann, que había estado encerrado cuatro días, fue presentado en virtud de una orden de detención y acusado de ser persona sin el juicio claro e incapaz de andar suelta. El señor Reynolds, abogado del Tesoro, pidió que se excluyera al público y a la prensa, y el procedimiento se llevó en consecuencia con el mayor secreto en el despacho privado del juez. El señor Otway, miembro del Parlamento y amigo del acusado, protestó indignado contra el intento de excluirlo de la vista, y entonces fue admitido; el señor Lewis, abogado, pidió y obtuvo también ser admitido como defensor del acusado. El señor Lewis preguntó por qué se había tenido al doctor Peithmann cuatro días enteros encerrado en una celda de detenidos sin presentarlo a un juez. El señor Jardine respondió que dos médicos habían firmado certificados que acreditaban la enajenación mental del acusado y que, en virtud de ellos, debía ordenar su traslado a un establecimiento para dementes. El señor Lewis se ofreció a presentar certificados en sentido contrario, pero el señor Jardine se negó a oír cualquier propuesta de aplazar el caso, ya que tenía que obrar conforme a los certificados que tenía delante. El señor Lewis declaró entonces que llevaría el asunto ante un tribunal superior, donde el caso se trataría sin prejuicios y se oiría a ambas partes. Por ahora aconsejaría a su cliente que no respondiera a la acusación, aunque el juez se lo exigiera. El señor Otway protestó contra el carácter unilateral (ex parte) de todo el procedimiento y declaró que llevaría todo el asunto a la Cámara de los Comunes, pidiendo que se dieran a conocer los detalles de la detención anterior y del ingreso en un manicomio. El acusado fue trasladado a Colney Hatch.19

Añado a continuación la declaración, publicada en el Morning Advertiser de hoy, del señor Percival, el médico que hace poco dio de alta al doctor Peithmann en Bedlam:20

«El doctor Peithmann, profesor alemán que estudió en Bonn, Berlín y Halle, es hijo de un oficial de Hannover que luchó por Jorge III y murió a su servicio, e hijastro del barón Ripperta, consejero de distrito ruso. Llegó a Inglaterra hace unos treinta años; como pronto conoció el sistema de enseñanza, vergonzosamente deficiente, de nuestras escuelas superiores y universidades, fue a Oxford y a Cambridge para dar allí conferencias sobre el tema. En 1835 fue recomendado al marqués de Normanby,21 bajo cuya protección fue a Irlanda. Lady Normanby, que ya tenía un preceptor para lord Mulgrave, recomendó al doctor P. a un noble irlandés, de cuyos dos hijos fue preceptor. A los siete meses se descubrió que el hijo mayor mantenía una profunda relación amorosa con una criada sajona de la familia, que estaba embarazada de él. La madre se dirigió al doctor Peithmann para que la ayudara a devolver a la muchacha a Alemania, pero el doctor se negó a intervenir. Dejó la familia y empezó a dar conferencias públicas en Dublín, cuando, hacia marzo de 1836, la muchacha sajona, después de dar a luz un hijo en la residencia del noble, llegó allí en un estado de gran penuria y poco después le comunicó que iba a recurrir a un abogado para entablar un pleito por seducción contra el hijo del noble, y que a él lo citarían como testigo. El doctor Peithmann decidió entonces ir a ver al coronel Phipps, chambelán del marqués de Normanby y muy allegado a la familia de aquel noble. Visitó repetidas veces y en vano a ese Phipps, hermano de Normanby y actual secretario del príncipe Alberto, pero no obtuvo respuesta ni fue recibido, y al final lo entregaron al señor Studdert, juez de policía de Dublín, que, sobre la base de las pruebas del mismo Phipps y sin testimonio alguno de alteración del orden, lo envió en mayo de 1836 a un manicomio. Bajo el virreinato de lord Normanby se le trasladó al Hospital de Dean Swift en virtud del certificado de un tal doctor Lytton, que en opinión de este no contenía fundamento alguno para la enajenación mental de Peithmann. Nueve meses después quedó libre gracias a la intervención del doctor Dawson, deán de San Patricio, por recomendación del cual dio algunas conferencias ante la Royal Society de Dublín y lo contrató la familia de lord Fortescue. Al llegar el príncipe Alberto a Inglaterra, solicitó al príncipe el puesto de bibliotecario y pidió permiso para llevar a cabo sus reformas escolares. Tras una larga entrevista, el duque de Sussex dio instrucciones a su bibliotecario para que le diera libre acceso a su biblioteca. Después envió su solicitud al príncipe Alberto, junto con sus certificados y once volúmenes publicados por él. El príncipe no contestó a la solicitud; finalmente el doctor Peithmann se presentó allí para pedir una entrevista o recuperar sus certificados. Por entonces el joven Oxford disparó contra la reina,22 y llegó de Alemania una mujer con la que el príncipe había mantenido estrechas relaciones en Bonn, donde había estudiado con el mismo profesor que Peithmann. La corte se puso nerviosa y la insistencia del doctor Peithmann despertó sospechas. Se envió un informe al ministro del Interior, el marqués de Normanby, del que Peithmann se había quejado por haberlo tenido encerrado sin motivo en un manicomio de Dublín; y una mañana de junio de 1840 se mandó a un policía de paisano a buscar al doctor a su domicilio de Whitehall. Lord Normanby hizo llamar a su hermano, el coronel Phipps, en virtud de cuyo testimonio el juez de policía presente ordenó el traslado del doctor a Bedlam, donde permaneció encerrado catorce años. Su conducta allí fue siempre ejemplar; nunca estuvo sometido a restricciones ni a tratamiento médico, y se ocupaba en procurar una mejora en el trato de los pacientes formando clases con aquellos que eran capaces de seguir sus lecciones. Una vez dado de alta, dirigió por consejo de sus amigos una petición a la reina, y el sábado pasado, suponiendo que ya podía ir a cualquier parte sin despertar sospechas, fue a la capilla real del palacio de Buckingham, donde asistió al oficio divino para que la reina reparara en él. Allí fue donde volvieron a detenerlo.»

Sus lectores pueden ver por este ejemplo lo peligroso que es en este país libre poner nerviosa a la corte y estar al tanto de los escándalos familiares de la moral aristocracia inglesa.

Karl Marx

  1. El almirante Charles Napier (1786-1860), jefe de la flota británica del Báltico, que en junio de 1854 se presentó ante Kronstadt sin atacarla. ↩

  2. Andréi Fiódorovich Budberg (1817-1881), diplomático ruso, comisario extraordinario en los Principados del Danubio durante la ocupación rusa. ↩

  3. Mustafá Reshid Bajá (1800-1858), estadista otomano, varias veces gran visir y ministro de Asuntos Exteriores. Juego de palabras con el inglés wretched, «miserable». ↩

  4. Gómel (hoy en Bielorrusia), cuyo castillo y señorío compró Paskévich en 1834. ↩

  5. Mijaíl Dmítrievich Gorchakov (1793-1861), general ruso, que sustituyó a Paskévich al frente del ejército del Danubio. ↩

  6. El paso de Tömös (en rumano, Timiș; hoy paso de Predeal), en los Cárpatos, entre Valaquia y Transilvania. ↩

  7. Armand Jacques Leroy de Saint-Arnaud (1798-1854), mariscal de Francia, comandante en jefe del ejército francés de Oriente; había sido ministro de la Guerra de Luis Bonaparte y uno de los ejecutores del golpe de Estado de 1851. ↩

  8. Alfonso La Marmora (1804-1878), general piamontés, ministro de la Guerra del reino de Cerdeña. ↩

  9. Joseph Radetzky (1766-1858), mariscal austriaco, gobernador general del reino lombardo-véneto. ↩

  10. Fernando II, rey de las Dos Sicilias (1830-1859), apodado «rey Bomba» por el bombardeo de Mesina y Palermo en 1848-1849. ↩

  11. Francisco Serrano (1810-1885), general, más tarde duque de la Torre. ↩

  12. Alexandr Mijáilovich Gorchakov (1798-1883), diplomático ruso, enviado extraordinario en Viena; no confundir con el general Gorchakov citado más arriba. ↩

  13. Karl Ferdinand von Buol-Schauenstein (1797-1865), ministro austriaco de Asuntos Exteriores. ↩

  14. Filipp Ivánovich Brunnow (1797-1875), embajador ruso en Londres hasta la ruptura de relaciones en febrero de 1854. ↩

  15. Rusia, Austria y Prusia, las potencias de la Santa Alianza. ↩

  16. La crisis de 1850 entre Austria y Prusia por Hesse-Kassel y la unión alemana, que llegó a la movilización y a una escaramuza en Bronnzell y terminó con la sumisión de Prusia en Olmütz (noviembre de 1850). ↩

  17. El texto inglés de 1897 escribe «Azzir Pasha». ↩

  18. Dinamarca, por los ducados de Holstein y Lauenburg, y Holanda, por Luxemburgo y Limburgo, eran miembros de la Confederación Germánica. ↩

  19. Colney Hatch, manicomio del condado de Middlesex, al norte de Londres. ↩

  20. Bedlam, nombre popular del Bethlem Hospital, el viejo manicomio de Londres. ↩

  21. Constantine Henry Phipps, marqués de Normanby (1797-1863), político whig, virrey de Irlanda de 1835 a 1839 y ministro del Interior en 1839-1841. Lord Mulgrave era el título de cortesía de su hijo. ↩

  22. Edward Oxford disparó contra la reina Victoria el 10 de junio de 1840. ↩