Escrito en inglés por Friedrich Engels el 9 de noviembre de 1854 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4246, del 27 de noviembre de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 547-554), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Nuestros lectores habrán quedado sin duda impresionados por el nuevo espíritu que se desprende de las noticias del teatro de la guerra en Crimea, que recibimos ayer con el Baltic y publicamos esta mañana en nuestras columnas. Los comentarios de la prensa británica y los informes de los corresponsales británicos y franceses sobre los sucesos y las perspectivas de la guerra se distinguían hasta ahora por una confianza presuntuosa y altanera. Pero ahora esta ha cedido el paso a un sentimiento de inquietud e incluso de consternación. Se admite en general que no existe sobre los adversarios la superioridad que afirmaban los ejércitos aliados, que Sebastopol es más fuerte, Ménshikov un general más capaz y su ejército mucho más de temer de lo que se suponía, y que, en lugar de una victoria segura y decisiva, los franceses y los ingleses se ven expuestos a la posibilidad de un fiasco y de la vergüenza. Tal es el sentimiento que expresa nuestro corresponsal de Liverpool —él mismo inglés, sensible a todos los impulsos y prejuicios patrióticos de su país—, y ese sentimiento se expresa igualmente en la muy enérgica actuación de los gobiernos francés e inglés. Se hacen esfuerzos desesperados para llevar refuerzos a Sebastopol lo antes posible; el Reino Unido se queda sin su último soldado, muchos vapores se emplean como transportes, y se ha enviado a 50.000 franceses con la esperanza de que lleguen al escenario antes de que sea demasiado tarde para tomar parte en la última lucha decisiva.

El sábado publicamos una gran cantidad de documentos que trataban sobre todo de las primeras fases del sitio y de la colaboración, en parte eficaz pero en conjunto desdichada, de las flotas; ahora añadimos los partes oficiales del sangriento ataque de Liprandi1 contra los aliados en Balaklava, junto con otras relaciones sobre el progreso ulterior de las operaciones, todas las cuales, hemos de decirlo, han sido bastante desfavorables para los aliados. Tras un examen cuidadoso de estos documentos llegamos a la conclusión de que la situación es difícil e incluso incierta, como hemos señalado muchas veces, pero difícilmente tan mala como deduce nuestro corresponsal de Liverpool. No creemos que les amenace nada peor que una retirada y un reembarco forzosos. Por otra parte, todavía es posible que conquisten la ciudad con un ataque desesperado y sangriento. Pero, sea como sea, creemos que estas cosas tienen que estar decididas mucho antes de que los refuerzos de Francia y de Inglaterra puedan llegar a Crimea. La campaña se acerca evidentemente a su punto de inflexión; los movimientos, los errores y las omisiones que han determinado su carácter y causado sus resultados ya están hechos; tenemos informaciones auténticas e irrefutables sobre los hechos más importantes. Por eso nos proponemos exponer de forma breve y concisa el curso de la lucha.

Está ya establecido que, en el momento en que los aliados desembarcaron en el Viejo Fuerte, Ménshikov solo disponía en el campo de batalla de cuarenta y dos batallones y dos regimientos de caballería, además de algunos cosacos, mientras que en Sebastopol hacían de guarnición la gente de mar y los marineros de la flota. Estos cuarenta y dos batallones pertenecían a las divisiones de infantería 12.ª, 16.ª y 17.ª; suponiendo que cada batallón tuviera su fuerza completa de 700 hombres, había allí en total 29.400 hombres de infantería, más 2.000 húsares, cosacos, artilleros, zapadores y minadores, en total unos 32.000 hombres en campaña. Con ellos Ménshikov no podía impedir el desembarco de los aliados, porque al intentarlo habría expuesto sus tropas al fuego de las flotas aliadas sin tener reservas suficientes. Un ejército fuerte, que pudiera permitirse sacrificar una parte de sus fuerzas, habría podido destacar tropas para abrir una guerra menuda de golpes de sorpresa y ataques nocturnos contra los invasores que desembarcaban; pero los rusos necesitaban en este caso hasta el último hombre para la gran batalla que se avecinaba; además, el infante ruso es el soldado más torpe del mundo para la guerra menuda; su fuerza es el combate en columna y en orden cerrado. La manera de combatir del cosaco, en cambio, es demasiado irregular, y solo es eficaz en la medida en que crecen las perspectivas de botín. Además, la campaña de Crimea parece demostrar que el proceso, llevado a cabo poco a poco en los últimos treinta años, de convertir a los cosacos en tropas regulares ha quebrado su espíritu de iniciativa personal y los ha puesto en un estado de subordinación en el que son inútiles como irregulares y todavía no sirven para el servicio regular. Ahora no parecen aptos ni como puestos avanzados y para destacamentos ni para atacar al enemigo en línea. Los rusos tenían, pues, toda la razón al reservar cada sable y cada bayoneta para la batalla del Alma.

En las orillas de este río, los 32.000 rusos fueron atacados por 55.000 aliados. La proporción era casi de uno a dos. Cuando habían entrado en acción unos 30.000 aliados, Ménshikov ordenó la retirada. Hasta entonces no habían combatido más de 20.000 rusos; un nuevo intento de sostener su posición habría convertido la retirada rusa en una derrota completa, porque habría habido que lanzar al combate toda la reserva rusa. Cuando el éxito de los aliados, gracias a su enorme superioridad numérica, estuvo fuera de duda, Ménshikov interrumpió la batalla, cubrió su retirada con su reserva y, tras superar el desorden inicial causado en el ala izquierda rusa por el movimiento de flanco de Bosquet, salió del campo de batalla sin ser perseguido ni estorbado, «en orden altivo». Los aliados afirman que no tenían caballería para perseguir a los rusos; pero como sabemos que estos solo tenían dos regimientos de húsares —todavía menos que los aliados—, esta excusa no se sostiene. Como en Zorndorf, en Eylau y en Borodinó,2 la infantería rusa, aunque derrotada, se comportó tal como la juzgó el general Cathcart,3 que mandaba una división contra ella y la calificó de «incapaz de pánico».

Pero si la infantería rusa se mantuvo fría e impávida, Ménshikov, en cambio, sí fue presa del pánico. Las fuertes fuerzas de los aliados y su inesperada resolución y violencia en el ataque desbarataron por un momento sus planes. Renunció a su intención de retirarse al interior de Crimea y marchó al sur de Sebastopol para sostener la línea del Chórnaya. Fue un error grande e imperdonable. Como desde las alturas del Alma podía abarcar con la vista toda la posición aliada, debería haber podido calcular la fuerza de sus adversarios con un margen de 5.000 hombres. Debería haber sabido que, aunque fueran relativamente superiores a sus propias tropas, no eran bastante fuertes para dejar un ejército de observación ante Sebastopol mientras lo seguían al interior. Debería haber sabido que, si en la costa los aliados eran dos contra uno frente a él, cerca de Simferópol él habría podido oponerles dos contra uno. Y sin embargo, como él mismo admite, marchó al lado sur de Sebastopol. Pero, consumada la retirada sin que los aliados lo estorbaran, y tras uno o dos días de descanso de sus tropas en los montes de detrás del Chórnaya, Ménshikov decidió reparar su error. Lo hizo con un peligroso movimiento de flanco del Chórnaya a Bajchisarái. Esto contradecía una de las reglas más elementales de la estrategia, pero prometía grandes éxitos. Una vez cometido un error en la estrategia, rara vez se pueden eludir sus consecuencias. La única cuestión es entonces si es más ventajoso resignarse a ellas o superarlas con un segundo movimiento deliberadamente equivocado. Creemos que en este caso Ménshikov tuvo toda la razón al arriesgar una marcha de flanco al alcance del enemigo para salir de su posición antinaturalmente «concentrada» alrededor de Sebastopol.

Pero en esta lucha entre estrategas mediocres y generales rutinarios, los movimientos de tropas de los ejércitos enemigos adoptaron formas desconocidas hasta entonces en el arte de la guerra. La afición a las marchas de flanco se hizo epidémica en los dos campos, como el cólera. Al mismo tiempo que Ménshikov decidía una marcha de flanco de Sebastopol a Bajchisarái, Saint-Arnaud y Raglan se habían empeñado en partir del Kachá hacia Balaklava. La retaguardia rusa y la vanguardia británica chocaron en la granja de Mackenzie (llamada así por un escocés que llegó a almirante al servicio de Rusia), y naturalmente la vanguardia batió a la retaguardia. Como el carácter estratégico general de la marcha de flanco de los aliados ya se ha criticado en la Tribune, no necesitamos volver sobre ello.

El 2 o el 3 de octubre Sebastopol quedó cercada, y los aliados ocuparon la misma posición que Ménshikov acababa de abandonar. Con ello empezó el memorable sitio de Sebastopol y a la vez una nueva fase de la campaña. Hasta entonces los aliados, gracias a su indiscutible superioridad, habían podido proceder a su antojo. Las flotas, dueñas del mar, aseguraron su desembarco. Una vez desembarcados los aliados, su superioridad numérica, y sin duda también su superioridad en el ataque, les aseguraron la victoria del Alma. Pero ahora empezaba a formarse el equilibrio de fuerzas que, en las operaciones lejos de la base de partida y en territorio enemigo, ha de establecerse inevitablemente tarde o temprano. El ejército de Ménshikov todavía no aparecía, pero hacía necesario situar una reserva en el Chórnaya, de frente hacia el este. Así, el ejército de sitio propiamente dicho quedó seriamente debilitado y reducido a un número no mucho mayor que el de la guarnición.

La falta de energía y de método, sobre todo en la colaboración de los distintos servicios de las fuerzas británicas de tierra y de mar, las dificultades del terreno y, sobre todo, el espíritu rutinario, imposible de matar, que parece propio de los departamentos de planificación y de operaciones de la administración británica retrasaron el comienzo del sitio propiamente dicho hasta el 9 de octubre. Ese día por fin se abrieron las trincheras a la enorme distancia de 1.500 a 2.500 yardas de las fortificaciones rusas. En ningún sitio anterior se había visto cosa semejante. Esto demuestra que los rusos todavía podían sostener el terreno de la fortaleza en un radio de al menos una milla, y lo sostuvieron efectivamente hasta el 17 de octubre. En la mañana de ese día los trabajos de sitio estaban tan adelantados que los aliados pudieron abrir el fuego. Probablemente se habría esperado todavía unos días, porque ese día los aliados no estaban en absoluto en condiciones de hacerlo con éxito, si no hubiera llegado la gloriosa noticia de que toda Inglaterra y Francia rebosaban de alegría por la conquista de Sebastopol, anunciada para el 25 de octubre. Esta noticia exasperó naturalmente a las tropas, y hubo que abrir el fuego para calmarlas. Pero resultó que los aliados solo tenían 126 cañones frente a 200 o 250 del enemigo. Ahora bien, según el gran principio de Vauban, que ingleses y franceses han invocado una y otra vez para tranquilizar al público,

«un sitio es una operación que conduce con seguridad matemática al éxito; es una pura cuestión de tiempo, si no se la perturba desde fuera».

Este gran principio se basa en este otro del mismo ingeniero:

«en un sitio se puede hacer que el fuego del ataque sea superior al de la defensa».

Pues bien, en Sebastopol tenemos exactamente lo contrario; el fuego del ataque fue, al abrirse, claramente inferior al de la defensa. Las consecuencias se vieron muy pronto. En unas horas los rusos hicieron callar el fuego de las baterías francesas y sostuvieron todo el día un combate casi igualado con los ingleses. Como maniobra de diversión se libró un combate naval. Pero no estuvo mejor dirigido ni tuvo más éxito. Los barcos franceses atacaron el fuerte de la Cuarentena y el fuerte Alejandro, apoyando así los ataques de las tropas de tierra contra esas obras; si no hubieran prestado esa ayuda, a los franceses les habría ido sin duda todavía mucho peor. Los barcos ingleses atacaron el lado norte del puerto, incluidos el fuerte Constantino, la batería del Telégrafo y una batería provisional situada al nordeste del Constantino. El prudente almirante Dundas había hecho fondear sus barcos a 200 yardas4 de los fuertes; le gusta evidentemente el método de disparar desde gran distancia. Ahora bien, es un hecho establecido desde hace mucho que, en un combate entre barcos y baterías de costa, los barcos llevan las de perder si no pueden acercarse a las baterías a 200 yardas o menos, de modo que sus proyectiles den con seguridad y con mayor eficacia. Por eso los barcos de Dundas salieron terriblemente maltrechos, y él habría sufrido una gloriosa derrota si sir Edmund Lyons, al parecer contra las órdenes, no hubiera llevado tres navíos de línea lo más cerca posible del fuerte Constantino y no le hubiera causado algunos daños en compensación de sus propias pérdidas. Pero como los partes de los almirantes británico y francés no han dicho todavía una sola palabra sobre los daños que realmente causaron a los fuertes, tenemos que suponer que los fuertes y las baterías acasamatadas, aquí como en Bomarsund las de la costa construidas según Montalembert, resistieron un combate contra el doble de cañones navales. Esto es tanto más notable cuanto que ahora es evidente que la mampostería expuesta de estos fuertes, como en parte se confirmó ya en Bomarsund, no puede resistir más de 24 horas el fuego de brecha de cañones navales pesados emplazados en tierra.

Los franceses permanecieron luego bastante tranquilos durante unos días. Como los ingleses habían emplazado sus baterías a mayor distancia de las líneas rusas y disponían de calibres más pesados que sus aliados, pudieron proseguir el cañoneo y hacer callar los cañones del piso superior de un reducto de mampostería. El ataque por mar no se repitió: la mejor prueba del respeto que habían infundido los fuertes acasamatados. La defensa rusa destruyó muchísimas ilusiones de los vencedores del Alma. Por cada cañón desmontado había otro nuevo. Cada tronera destruida de día por el fuego enemigo se reparaba de noche. Atrincheramiento contra atrincheramiento, el combate estuvo casi igualado hasta que los aliados tomaron medidas para conseguir la superioridad. Se revocó la ridícula orden de lord Raglan de «respetar la ciudad» y se abrió un bombardeo que, por su efecto concentrado sobre las masas de tropas apiñadas y por su carácter devastador, debe de haber causado grandes pérdidas a la guarnición. Además, se emplearon tiradores delante de las baterías para abatir a los artilleros rusos desde cualquier posición cubierta que pudieran encontrar. Como ya en Bomarsund, los fusiles Minié5 dieron buen resultado. En pocos días los artilleros rusos estaban casi todos hors de combat,6 en parte por los cañones pesados y en parte por los fusiles Minié. Lo mismo les ocurrió a los marineros de la flota, la parte de la guarnición más familiarizada con los cañones pesados. Hubo que recurrir entonces al remedio habitual de las guarniciones sitiadas: se ordenó a la infantería servir los cañones bajo la dirección de los artilleros que quedaban. Pero, como cabe imaginar, su fuego fue casi ineficaz, y los sitiadores pudieron así adelantar cada vez más sus trincheras. Se informa de que han abierto su tercera paralela a 300 yardas de las obras exteriores. Todavía no sabemos qué baterías han levantado en esta tercera paralela; solo podemos decir que en los sitios en regla la tercera paralela se abre siempre al pie del glacis de las obras atacadas, es decir, a unas 50 o 60 yardas del foso de la fortaleza. Si en Sebastopol esta distancia es mayor, solo podemos ver en ello una confirmación de la noticia de varios periódicos británicos de que las líneas de defensa irregulares no han hecho más que desconcertar a los oficiales de ingenieros británicos, en lugar de ofrecer nuevas posibilidades a su inventiva. Estos señores, que saben destruir según el modelo acreditado un frente abaluartado regular, parecen verse en serios apuros en cuanto el enemigo se aparta de la regla prescrita por las autoridades reconocidas en la materia.

Una vez decidido el ataque por el sur, habría que haber dirigido la paralela y sus baterías contra uno o, como mucho, dos frentes de defensa bien delimitados. Con fuerzas concentradas habría que haber atacado dos de los fuertes exteriores, los más próximos entre sí, o en el caso extremo tres; una vez destruidos estos, todas las demás obras exteriores habrían sido inútiles. Si los aliados hubieran dirigido el peso de toda su artillería contra un solo punto, habrían podido ganar en el acto y fácilmente una gran superioridad de fuego y acortar considerablemente el sitio. Hasta donde puede juzgarse por planos y mapas, el frente que va del fuerte de la Cuarentena al extremo superior del puerto interior, es decir, el frente contra el que dirigen ahora los franceses sus esfuerzos, habría sido el más apropiado para el ataque, porque su destrucción dejaría completamente libre el acceso a la ciudad. Los 130 cañones habrían asegurado en el acto a los aliados la superioridad de fuego en ese frente limitado. En lugar de eso, del afán de que cada ejército actuara con independencia del otro nació esta manera sin precedentes de sitiar, en la que se bate a la vez en toda su longitud el conjunto de las fortificaciones, que se extiende a lo largo de más de tres millas. Nunca se había visto nada igual. ¿Quién ha oído hablar jamás de un ataque que permita a la defensa emplear a la vez, desde simples obras abaluartadas y lunetas, la enorme masa de 250 cañones? Un solo frente abaluartado apenas puede emplazar veinte cañones, y en un sitio corriente pueden apoyar la defensa como mucho tres o cuatro frentes. Mientras los ingenieros aliados no puedan aducir razones convincentes de su peculiar proceder, tenemos que concluir que fueron incapaces de descubrir los puntos más débiles de la defensa y que, para no errar, batieron toda la línea.

Entretanto ambos bandos recibían refuerzos. Los continuos ataques de Liprandi, en parte afortunados, contra los puestos avanzados aliados mostraron que cerca de Sebastopol había más tropas rusas de las que Ménshikov había llevado a Bajchisarái. Pero hasta ahora no parecen lo bastante fuertes para socorrer la plaza con una batalla. Si se tienen en cuenta los progresos de los sitiadores; si se tiene en cuenta que el daño que han causado a la defensa crece en progresión geométrica a medida que los sitiadores se acercan a los muros de la fortaleza; si se tiene en cuenta que, aunque las obras exteriores resisten todavía, el recinto interior parece débil, puede suponerse que entre el 9 y el 15 de noviembre habrá ocurrido algo decisivo: o que el lado sur de la fortaleza haya caído ya, o que los aliados hayan sufrido una derrota decisiva y hayan tenido que abandonar el sitio. Pero hay que recordar que tales predicciones dependen de circunstancias que a tal distancia del teatro de la guerra no pueden juzgarse con exactitud.

  1. Pável Petróvich Liprandi (1796-1864), general ruso; el 25 de octubre de 1854 atacó las posiciones aliadas de Balaklava, combate famoso por la carga de la brigada ligera británica. ↩

  2. Batallas de Zorndorf (1758), contra Federico II de Prusia; de Eylau (1807) y de Borodinó (1812), contra Napoleón. ↩

  3. George Cathcart (1794-1854), general británico, jefe de la 4.ª división; murió en Inkerman el 5 de noviembre de 1854. ↩

  4. Así en la versión alemana de la MEW; por el contexto, la distancia tuvo que ser mucho mayor. ↩

  5. Fusil rayado de carga por la boca con la bala ideada por el oficial francés Claude-Étienne Minié. ↩

  6. En francés en el original: «fuera de combate». ↩