Escrito en inglés por Friedrich Engels el 4 de diciembre de 1854 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4272, del 27 de diciembre de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 569-575), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Desde la terrible y sangrienta batalla de Inkerman no se ha producido en la campaña de Crimea ningún acontecimiento militar de importancia; pero como la guerra, con la llegada del invierno sin que se haya tomado Sebastopol, ha adquirido un carácter nuevo, conviene repasar el curso de los acontecimientos desde el desembarco de la expedición, para establecer en qué circunstancias y con qué perspectivas entra en la nueva etapa que tiene por delante. Antes, sin embargo, tenemos que añadir algunas observaciones a las que hicimos sobre aquella última y memorable batalla. Los partes oficiales sobre ella, que se han publicado todos en la prensa, se distinguen por una confusión y una falta de agudeza extraordinarias. El parte de lord Raglan se escribió evidentemente con mucha prisa. Confundiendo el frente de su ejército orientado hacia el Chernaya con el frente orientado hacia Sebastopol, en el mismo parte llama a un mismo flanco de su posición unas veces derecho y otras izquierdo, de modo que es imposible hacerse con esta fuente una idea clara de lo ocurrido. El parte de Canrobert es tan difuso e impreciso como breve, y por eso del todo inservible; y quien compare el llamado parte de Ménshikov publicado en el Russki Invalid1 con los partes anteriores del príncipe Ménshikov tiene que reconocer a primera vista que no procede de la misma pluma. Por lo visto, Nicolás ha encontrado que había dejado bastante libertad a la prensa; y como el método de decir la verdad como un caballero no protege a sus tropas de las derrotas, en su opinión es muy acertado volver al viejo sistema de mentir. Por deseo imperial se modifica a posteriori el curso normal de los acontecimientos, y un ataque rechazado de su ejército de socorro contra los sitiadores se convierte en una salida victoriosa desde la ciudad. La razón es evidente: las fuerzas de una salida, una vez alcanzado su objetivo, tienen que volver sin demora a las fortificaciones; de ese modo se explica la retirada y se la hace parecer lo más natural. Si los hechos se contaran tal como sucedieron realmente, no podría ocultarse la vergüenza de la derrota.
Y con razón hace Nicolás lo posible por ocultar a su pueblo las circunstancias de esta batalla. Desde la batalla de Narva2 las armas rusas no se han cubierto nunca de semejante vergüenza. Y si consideramos la extraordinaria diferencia entre los rusos de Narva y los rusos de Inkerman, entre las hordas sin instrucción de 1700 y el ejército bien adiestrado de 1854, la batalla de Narva resulta brillante, en comparación, en la historia militar rusa. Narva fue el primer gran revés de una nación en ascenso, cuyo espíritu resuelto supo convertir en victorias incluso las derrotas. Inkerman aparece casi como el indicio seguro de la decadencia de aquel desarrollo de invernadero que ha seguido Rusia desde Pedro el Grande. El crecimiento artificial y el enorme esfuerzo por mantener con un material bárbaro la apariencia de una civilización brillante parecen haber agotado ya a la nación y haberla condenado a una especie de tisis. En todas las batallas de nuestro siglo, desde Austerlitz y Eylau3 hasta Silistra, los rusos se han mostrado excelentes soldados. Sus derrotas, dondequiera que se produjeran, podían explicarse; no dejaban mancha en el honor del ejército, aunque sí en la reputación de sus generales. Pero ahora la situación ha cambiado por completo. Si Balaklava probó la superioridad de la caballería aliada, si todo el sitio de Sebastopol prueba la enorme superioridad de la artillería aliada sobre la rusa, la infantería rusa seguía gozando de gran prestigio. Inkerman ha acabado también con él. Por extraño que parezca, la infantería rusa ha perdido su fama en una batalla en la que el soldado de infantería ruso, individualmente, combatió quizá con más valor que nunca. El rasgo principal de todas las operaciones militares de esta guerra, la mediocridad insuperable tanto del lado ruso como del aliado, nunca se ha manifestado más abiertamente. Cada movimiento y cada paso emprendido ha tenido un resultado exactamente contrario al que se pretendía. Se emprende un golpe de mano, y resulta que trae consigo una campaña, y para colmo una campaña de invierno. Se libra una batalla, pero su éxito es solo momentáneo y se le escapa al vencedor en menos de una semana. Se ataca una ciudad abierta con artillería de sitio pesada, pero antes de que se haya traído el tren de sitio la ciudad abierta se convierte en un campo atrincherado de primer orden. Se lleva adelante un sitio, y cuando por fin empiezan a llegar los éxitos hay que interrumpirlo porque se acerca un ejército de socorro, que no vence, sino que es batido. ¡Una posición fuerte, tomada frente al ejército de socorro, se convierte, por la escasa longitud de su frente, en un medio para que el ejército de socorro transforme a los sitiadores en sitiados! Así se pierden diez semanas en una serie de esfuerzos, de combates, de trabajos de trinchera, de planes y contraplanes; llega el invierno y encuentra a ambos ejércitos, pero sobre todo al aliado, completamente desprevenidos para la estación: y todo ello sin otro resultado que pérdidas enormes por ambas partes, con lo que la decisión de la campaña sigue tan lejana e improbable como antes.
Las fuerzas que los aliados dirigieron a Crimea no pasaron, desde el primer desembarco hasta el 5 de noviembre, de 25.000 británicos, 35.000 franceses y de 10.000 a 15.000 turcos, en total de 70.000 a 75.000 hombres. Cuando se emprendió la expedición no cabía esperar más refuerzos de Inglaterra ni de Francia; algunos batallones y escuadrones estaban en camino, pero están incluidos en el cálculo anterior. Todas las tropas suplementarias que hubieran podido traer en poco tiempo habrían tenido que ser turcas, y, pese a Cetate4 y a Silistra, ni los jefes aliados ni las tropas aliadas han tenido nunca confianza en ellas. Por eso los 60.000 franceses e ingleses eran las tropas realmente fiables de la expedición, y solo con ellas se puede contar de verdad. Este ejército, sin embargo, era demasiado pequeño para una campaña y demasiado grande para un golpe de mano. No podía embarcarse con suficiente rapidez; los meses empleados en los preparativos bastaron para poner sobre aviso a los rusos; y si la presencia de los austriacos protegía a los Principados y a Bulgaria de los ataques rusos, también ponía a salvo a Besarabia y a Odesa de todo peligro serio, porque, como los austriacos habían tomado posición en el flanco y a la retaguardia de esas dos líneas de operaciones, ninguno de los dos ejércitos podía avanzar sin quedar a su merced. Así pues, los rusos tenían que estar seguros de que todos esos preparativos iban dirigidos contra Sebastopol; aparte de él, solo estaban seriamente amenazados los puertos de Jersón y de Nikoláiev, los astilleros de la flota rusa. Por eso los preparativos rusos en Crimea tenían que seguir infaliblemente, paso a paso, a los preparativos de los aliados. Y así lo hicieron, hasta que el golpe de mano previsto se convirtió por fin en una campaña regular, que sin embargo, como se desprende claramente del modo en que se empezó, se conduce de la manera más irregular.
Cuando los aliados tuvieron que permitir a los rusos retirarse en perfecto orden del campo de batalla del Alma, aunque los habían atacado con fuerzas muy superiores, se les apareció el primer destello de la verdad: se abandonó el plan original, el golpe había fracasado y había que prepararse para una serie de eventualidades nuevas. Se perdieron días por la indecisión; por último se decidió la marcha sobre Balaklava, y las ventajas de una fuerte posición defensiva se impusieron a la posibilidad de apoderarse pronto del lado norte de Sebastopol, que domina la ciudad y por eso era el punto decisivo. Al mismo tiempo, Ménshikov cometió errores semejantes con su precipitada marcha sobre Sebastopol y su no menos precipitada contramarcha hacia Bajchisarái. Luego vino el sitio. Pasaron diecinueve días hasta que las baterías de la primera paralela pudieron abrir fuego, y para entonces las ventajas estaban repartidas de modo bastante igual. El sitio avanzaba muy despacio, aunque no por eso con mucha seguridad. El duro trabajo en las trincheras y el pesado servicio de avanzadas hacían mella en unas tropas debilitadas por un clima al que no estaban acostumbradas y por una terrible epidemia, y aclaraban asombrosamente las filas de los aliados. Sus jefes ni siquiera habían contado con el desgaste corriente de una campaña: se encontraron de improviso ante pérdidas tan extraordinarias. El servicio sanitario y la intendencia, sobre todo entre los británicos, estaban en completo desorden. Muy cerca de ellos estaba el rico valle de Baidar, donde abundaban los víveres que más necesitaban, ¡pero no podían aventurarse a entrar en él! No tenían esperanza de que llegaran pronto refuerzos, pero los rusos llegaban por todas partes. Luego vino el encuentro del 25 de octubre. Los rusos se llevaron la ventaja y un tercio de la caballería aliada quedó aniquilado. A continuación vino la batalla del 5 de noviembre, en la que los rusos fueron rechazados, pero con unas pérdidas para los aliados que estos no podían permitirse una segunda vez. Desde entonces, tanto el ejército ruso de socorro como los sitiadores aliados se han mantenido tranquilos. El sitio de Sebastopol, si es que se lleva adelante, se lleva pro forma. Nadie sostendrá que el fuego cansino y sin plan que los aliados mantienen desde el 5 de noviembre pueda causar el menor daño a las defensas de la ciudad, ni siquiera impedir a los rusos reparar los daños sufridos hasta entonces. No cabe duda de que el sitio, si se reanuda, tendrá que empezar de nuevo, con la sola diferencia de que las baterías atacantes quizá se acerquen unos cientos de yardas más a la ciudad de lo que estaban al principio, siempre que el fuego de la ciudad, apoyado por ataques constantes desde Inkerman, no sea superior al de los aliados y no destruya las baterías avanzadas.
Aquí están, pues, los aliados a comienzos de diciembre, en un país de invierno frío, mal provistos de ropa y de otros materiales con los que podrían sobrellevar medianamente la mala estación; débiles, pese a todos los refuerzos llegados y a los que todavía se esperan; con una pérdida enorme de hombres, enredados en la persecución de objetivos y en métodos que ni se pretendían ni se habían preparado nunca, sin haber conseguido nada, absolutamente nada, salvo la conciencia de su superioridad individual y táctica sobre sus adversarios. A estas alturas los aliados tienen que haber recibido un refuerzo de 20.000 hombres, en su mayoría franceses, y se esperan más; pero si recordamos las dificultades y los retrasos que acompañaron a la primera expedición aliada a Turquía, y si además tenemos presente que se han retenido casi todos los medios de transporte que sirvieron para llevar al primer ejército y que hay que encontrar barcos nuevos para las divisiones enviadas ahora a Oriente, tenemos que concluir que el ejército de Crimea, tras la llegada de los 20.000 hombres mencionados, se quedará algún tiempo sin refuerzos sustanciales. Por consiguiente, ahora puede tener una fuerza de unos 55.000 a 60.000 hombres, un tercio de los cuales viene directamente de la cómoda vida de guarnición y tendrá que sufrir mucho antes de acostumbrarse a las privaciones de un vivac de invierno bajo el cielo de Crimea. En realidad, tras la catástrofe que alcanzó a los transportes franceses e ingleses en la terrible tempestad del 14 de noviembre, precisamente estas fuerzas, en vez de ser un refuerzo, pueden resultar una carga. No puede decirse, sin embargo, que esta catástrofe pertenezca a la categoría de las desgracias fatales y abrumadoras que no pueden preverse ni evitarse en los mejores planes. La tempestad del 14 de noviembre fue un fenómeno propio de la estación, y propia de la estación fue también la desgracia que sufrieron las flotas aliadas. La época misma en que salió la expedición de Crimea, tras tres meses de retrasos fatigosos e inexplicables, anunciaba tempestades y naufragios, con pérdida de barcos, tripulaciones, soldados y provisiones. Además, a los autores de esta campaña extraordinaria se les había advertido una y otra vez de los accidentes que acompañan inevitablemente a la navegación por el mar Negro en una estación tan avanzada. Por consiguiente, son responsables también de la desgracia del 14 de noviembre, por la cual las fuerzas aliadas están amenazadas de la misma suerte que el ejército napoleónico en su campaña de Moscú. El Times de Londres calcula las pérdidas totales de hombres que sufrieron los aliados el 14 en los distintos puntos de Crimea en un millar, «además de los que cayeron en manos de los cosacos».
El mismo periódico nos informa también de que
«el Prince, un magnífico vapor de hélice nuevo de 2.700 toneladas, zarpó hace poco para Balaklava. Llevaba a bordo al 46.º regimiento, toda la ropa de invierno para las tropas del sitio, entre ella 40.000 capotes, trajes de franela, ropa interior, calcetines y guantes, carne de vaca, de cerdo y otros víveres, material de hospital para Escútari y una gran cantidad de balas y granadas para continuar el sitio. Todo se ha perdido. También se ha hundido el Resolute, con 900 toneladas de pólvora. Así pues, parece que todos los materiales para continuar el sitio y para protegerse del crudo invierno se han perdido de un golpe; y aun si pensamos contentarnos con mantener nuestra posición en las alturas ante Sebastopol, es evidente que no estamos en condiciones de resistir a nuestro peor enemigo: el invierno que se acerca».
Aunque Crimea es una parte casi aislada del Imperio ruso, y aunque las tropas empleadas contra los aliados no fueron capaces de expulsarlos cuando estos solo contaban 35.000 hombres, nadie se atreverá a sostener que estos 60.000 aliados sean lo bastante fuertes para resistir a todas las tropas que los rusos pueden hacer venir. Los rusos tienen en Crimea seis divisiones de infantería y una división de reserva, es decir, unos 100 batallones (además de marineros e infantes de marina, que no hemos contado en ningún bando). Estos 100 batallones, la mitad de los cuales ha hecho la mortífera campaña del Danubio, de dieciocho meses, no pueden sumar más de 50.000 a 60.000 hombres; incluidas la caballería, la artillería de campaña y los cosacos, toda la fuerza terrestre rusa en campaña apenas superará a la de los aliados en 10.000 o 15.000 hombres. Si es cierto que el cuerpo de Lüders,5 otros 49 batallones con unos 20.000 a 25.000 hombres (porque también ellos han perdido en el Danubio un tercio de sus efectivos), está en camino hacia Perekop, y si en la misma región se concentran además algunas reservas de las nuevas formaciones, muy pronto puede presentarse para los rusos la ocasión de asestar un gran golpe; y como la superioridad moral, física y táctica solo resiste un tiempo determinado frente a una superioridad numérica y a un mando aproximadamente equivalente, el resultado puede calificarse con toda razón de dudoso. Si al mismo tiempo un invierno extraordinariamente crudo interrumpiera todas las operaciones, los ejércitos aliados no estarían evidentemente en condiciones de resistir.
Este panorama de la situación en Crimea justifica la duda y la vacilación con que hemos acogido la noticia de que Austria se ha unido a las potencias occidentales. Desde luego, las circunstancias que hemos expuesto no son tales que puedan inducir al gabinete de Viena a apartarse de su habitual indecisión, mientras que la posición insegura del ministerio británico y la urgente necesidad de cubrir este enorme fracaso en Oriente exhibiendo algún logro notable conseguido en otra parte dan razón suficiente para presentar un pequeño tratado como una gran alianza ofensiva y defensiva. Quizá estemos del todo equivocados; pero nuestros lectores conocen las razones de nuestra opinión, y el tiempo demostrará si la tan celebrada adhesión de Austria a los aliados es una realidad o un truco destinado especialmente a servir en la sesión del Parlamento.
Russki Invalid («El Inválido Ruso»), periódico del Ministerio de la Guerra ruso, publicado en San Petersburgo. ↩
En Narva (30 de noviembre de 1700) Carlos XII de Suecia derrotó al ejército de Pedro el Grande, muy superior en número. ↩
En Austerlitz (2 de diciembre de 1805) Napoleón derrotó a los ejércitos ruso y austriaco; en Eylau (8 de febrero de 1807) chocó con los rusos en una batalla sangrienta e indecisa. ↩
En Cetate, cerca de Kalafat, los turcos rechazaron a los rusos en enero de 1854. ↩
Alexandr Lüders (1790-1874), general ruso, mandó en 1854 un cuerpo en el Danubio. ↩