Publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4145, del 1 de agosto de 1854. Según la MEW, Marx envió el artículo, al parecer, el 31 de marzo de 1854, y la redacción del periódico lo modificó sustancialmente: la primera parte está desfigurada y contiene tesis contrarias a las ideas de Marx, en particular la afirmación de que la política de la burguesía no ha de juzgarse desde el punto de vista de clase, sino desde un punto de vista humanitario general; pero el artículo contiene sin duda ideas y formulaciones de Marx, sobre todo la caracterización de los novelistas realistas ingleses y el pasaje sobre la huelga de Preston. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 645-649), sin su aparato editorial, cotejada con los dos pasajes del texto inglés que recogen las antologías de marxists.org (el de los novelistas y el de Preston, donde el inglés dice middle class por «burguesía»), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Ante el poder creciente del elemento burgués en Inglaterra, se supone naturalmente que su antigua posición respecto de la aristocracia se va modificando poco a poco de acuerdo con las nuevas circunstancias y que las relaciones tradicionales entre las dos clases empiezan a resultar un estorbo en la práctica. En el curso de los últimos cinco años se han producido algunos acontecimientos notables que concuerdan con esta suposición. Hace unos cinco años, el rico banquero Jones Loyd fue elevado a par con el título de lord Overstone;1 había empleado una parte de su enorme fortuna en comprar una gran finca en el condado de Northampton, y la aristocracia, fiel a su vieja política, decidió admitirlo en sus filas, no porque fuera millonario, sino porque era «señor de extensas tierras». Pues bien, ¿qué condiciones le puso a Jones Loyd? Que abandonara toda relación con la banca y el comercio. Y Jones Loyd se sometió a esa condición. Es evidente, por tanto, que la aristocracia no se ha apartado en absoluto de su concepción tradicional de los requisitos necesarios para la dignidad de par. Pero ¿será cada miembro de la haute bourgeoisie, de la gran burguesía, tan dócil como Jones Loyd? Probablemente no. Conocemos incluso un ejemplo documentado de un alto personaje que rechazó en vida la dignidad de par y prohibió a sus hijos aceptarla después de la muerte del padre. Nos referimos al memorable caso de sir Robert Peel. Hijo y nieto de un hilandero y fabricante de Lancashire, aspiró en sus últimos años a dirigir a la gran burguesía, y aunque la dignidad de par estuvo largo tiempo a su alcance, prefirió seguir siendo el primer miembro de la Cámara de los Comunes de Inglaterra y se resistió a retirarse de la esfera de la actividad pública a la Cámara de los Lores. Tenemos el testimonio elocuente de su vida de que el centro de atracción del poder político reside en el seno de la burguesía. ¡Y si se interpreta aquella cláusula de su testamento por la que prohibía a sus hijos para siempre aceptar la dignidad de par por sus servicios públicos a la luz de los acontecimientos de 1848, todavía frescos en la memoria del público, qué ejemplo y qué precedente revolucionarios! Así se vengó terriblemente, aun al morir, de la nobleza de cuna por las muchas ofensas que se habían infligido a su ánimo sensible por su origen plebeyo desde los días en que llegó de muchacho por primera vez a Harrow. Lord John Russell siguió el ejemplo de sir Robert Peel. La dignidad de par estuvo mucho tiempo a su alcance, pero, aunque era hijo y hermano de un duque de Bedford, también él se negó a retirarse. Hace muy poco su determinación ha debido de ponerse a dura prueba. El cargo de presidente del Consejo Privado lo ocupa casi siempre un par. Cuando lo aceptó en el reciente cambio de ministros, se creía en general que sería elevado a la dignidad de par. ¡Nada de eso! Prefirió seguir siendo miembro de la Cámara de los Comunes, renunciar a su escaño, dirigirse a los electores de la City de Londres y ser reelegido por aclamación. Del mismo modo, sir William Molesworth2 vio en el rumor según el cual había estado a punto de ser ascendido a la Cámara de los Lores una ofensa a su personalidad política y se ocupó de difundir un desmentido rotundo de que hubiera tenido nunca la intención de aceptar la dignidad de par.
Esto en cuanto a la dignidad de par; pero parece que el título de caballero, como no confiere poder político, se ha prodigado para satisfacer a los advenedizos de la burguesía. Solo así podemos explicarnos la elevación a ese rango del jardinero mayor del duque de Devonshire, sir Joseph Paxton,3 y de un proveedor, sir John Fox. Pero ¿bastará eso en todos los casos al amor propio de la burguesía? Evidentemente no; porque el ingeniero Stephenson4 rechazó con desprecio esa dignidad de limosna, y muy recientemente siguió su ejemplo el contratista de ferrocarriles Dargan,5 que sin duda creyó que aceptando la dignidad se pondría en una posición falsa. En vano lo corteja Su Majestad, lo visita en su señorial mansión, honor que antes solo se dignaba concederse a la más alta aristocracia; el esquivo burgués retrocede ante la mano tendida de Su Alteza Real, mientras la reina Victoria, al tomar del brazo al burgués reacio, expresa la necesidad que tiene hoy el feudalismo de apoyarse en los jefes industriales de la época.
Mientras la burguesía arranca así poco a poco el poder a la aristocracia, surge naturalmente la pregunta de cómo empleará la burguesía su influencia recién adquirida. Este asunto no ha de considerarse desde un punto de vista de clase, sino solo desde un punto de vista humanitario general; y la pregunta que todo lo eclipsa es esta: ¿qué efectos puede tener este cambio sobre el destino y la situación social de los millones de trabajadores de Inglaterra?
Algunos políticos de la llamada escuela liberal charlan mucho sobre la «unión de la burguesía y la clase obrera», pero la idea es una quimera absurda. Un ancho abismo separa al patrono del obrero, al amo del criado. En lo que se refiere al servicio doméstico, las últimas palabras críticas de Talfourd6 hablan por sí solas:
«Qué doloroso es pensar», dice, «que a nuestro alrededor crecen hombres y mujeres que sirven a nuestra comodidad y a nuestras necesidades, habitantes permanentes de nuestras casas, cuyas inclinaciones y carácter conocemos tan poco como si fueran habitantes de otra esfera».
Para que no haya confusión sobre los habitantes de las «dos esferas», las damas de la burguesía, olvidando su propia emancipación relativamente reciente de la servidumbre, obligan a sus criadas a llevar «cofias» como signo de la esfera inferior, y rara vez permiten a sus doncellas vestirse con gracia, por miedo a que desaparezcan los distintivos no de la tierra, sino del dinero.
Y en cuanto al operario de todo oficio, ¿en qué relación está con su patrono? Todo el mundo sabe la resistencia que opusieron los patronos a la ley de las «diez horas». Por despecho ante la reciente pérdida de las leyes cerealistas, los tories ayudaron a la clase obrera a conquistarla;7 pero cuando entró en vigor, los informes de los inspectores de distrito muestran con qué astucia desvergonzada y con qué mezquindad pequeña y pérfida se la eludió. ¡A cada intento posterior en el Parlamento de lograr condiciones más humanas para los trabajadores, los representantes de la burguesía respondieron con el espantajo del comunismo! El señor Cobden lo ha hecho muy a menudo. Desde hace años los patronos se proponían alargar la jornada en los talleres más allá de lo humanamente soportable y rebajar el salario del obrero cualificado al del no cualificado mediante el empleo sin escrúpulos del sistema de contratas, enfrentando a un obrero con otro. Este sistema empujó finalmente a la Amalgamated Engineers8 a sublevarse contra él, y las expresiones brutales que corrían entonces entre los señores mostraron lo poco que cabía esperar de ellos en sentimientos nobles o humanos. Encima hicieron alarde de su crasa ignorancia cuando la asociación patronal contrató a un «literato» de tercera fila, un tal Sidney Smith, para que los defendiera en la prensa y librara la guerra de palabras contra sus obreros indignados. El estilo del plumífero a sueldo cuadraba bien con la tarea encomendada, y cuando terminó la lucha y los señores ya no necesitaban ni de la literatura ni de la prensa, despidieron a su mercenario. Si la burguesía no aspira a la erudición de la vieja escuela, no por eso cultiva la ciencia y la literatura modernas. El libro mayor, el escritorio, el negocio: esa es formación suficiente. En la medida en que sus hijas reciben una educación costosa, se las dota superficialmente de algunas «habilidades»; pero con una verdadera formación del espíritu y con dotarlo de un caudal de conocimientos ni siquiera se sueña.
La actual espléndida hermandad de novelistas de Inglaterra, cuyas páginas expresivas y elocuentes han dado al mundo más verdades políticas y sociales que todos los políticos profesionales, publicistas y moralistas juntos, ha descrito todos los estratos de la burguesía, desde el rentista y tenedor de fondos públicos «de lo más distinguido», que considera vulgar toda clase de negocio, hasta el pequeño tendero y el pasante de abogado. ¿Y cómo los han pintado Dickens y Thackeray, miss Brontë y mrs. Gaskell?9 Llenos de presunción, de afectación, de pequeña tiranía y de ignorancia; y el mundo civilizado ha confirmado su veredicto con el epigrama condenatorio que ha colgado a esta clase: «serviles con los de arriba y tiránicos con los de abajo».
La esfera limitada y estrecha en que se mueve la burguesía se debe hasta cierto punto al sistema social del que forma parte. Igual que la nobleza rusa vive inquieta entre la presión del zar por encima y el miedo a las masas esclavizadas por debajo, la burguesía inglesa está entre la aristocracia por un lado y la clase obrera por otro. Siempre que la burguesía ha querido actuar contra la aristocracia desde la paz de 1815, ha contado a la clase obrera que de su miseria tenía la culpa algún privilegio o monopolio aristocrático. De este modo la burguesía pudo mover a la clase obrera a apoyarla en 1832, cuando quería la ley de reforma.10 Pero una vez obtenida una ley de reforma para sí, negó a la clase obrera una ley semejante; es más, en 1848 le salió al encuentro con las porras de los agentes especiales.11 Luego la abolición de las leyes cerealistas había de ser la panacea para la clase obrera. Pues bien, se le arrancó a la aristocracia, pero los «buenos tiempos» seguían sin llegar; y el año pasado, como si con ello quisiera eliminarse la última posibilidad de una política parecida en el futuro, se obligó a la aristocracia a aceptar un impuesto de sucesiones sobre la propiedad territorial,12 un impuesto del que esa misma aristocracia se había eximido egoístamente en 1793, mientras gravaba con impuestos la herencia de los bienes muebles. Con este jirón de agravio desapareció la última posibilidad de inducir a la clase obrera a creer que su dura situación se debía única y exclusivamente a la legislación aristocrática. Ahora a la clase obrera se le han abierto del todo los ojos, y empieza a gritar:
«¡Nuestro San Petersburgo está en Preston!» Y, en efecto, durante los últimos ocho meses esta ciudad ha visto un extraño espectáculo: un ejército permanente de 14.000 hombres y mujeres, sostenido económicamente por los sindicatos y los talleres de todas partes del Reino Unido, se había alzado para librar con los capitalistas una gran batalla social por la supremacía, mientras los capitalistas de Preston recibían por su parte el apoyo de los capitalistas de Lancashire.13
Sean cuales sean las formas que adopte en el futuro esta lucha social, no hemos visto más que su comienzo. Parece destinada a extenderse a toda la nación y a atravesar fases que la historia no ha conocido hasta ahora; porque hay que tener presente que, aunque la clase obrera tenga que contar todavía con derrotas pasajeras, actúan grandes leyes sociales y económicas que finalmente tienen que asegurar su triunfo. La misma ola industrial que ha llevado a la burguesía a alzarse contra la aristocracia obliga ahora a la clase obrera, apoyada ahora y en el futuro por la emigración, a alzarse contra la burguesía. Igual que la burguesía asesta golpes a la aristocracia, los recibirá de la clase obrera. El reconocimiento instintivo de este hecho pone ya trabas a la acción de esa clase contra la aristocracia. La reciente actuación política de la clase obrera ha enseñado a la burguesía a odiar y temer los movimientos políticos abiertos. Su muletilla es: «La gente respetable no se junta con esos, señor». La gran burguesía imita el modo de vida de la aristocracia y procura unirse a ella. En consecuencia, el feudalismo no perecerá en Inglaterra por los procesos de disolución apenas perceptibles por parte de la burguesía; el honor de esa victoria está reservado a la clase obrera. Cuando llegue la hora y la clase obrera entre reconocidamente en la arena de la acción política, se enfrentarán tres clases poderosas: la primera representa la propiedad de la tierra; la segunda, el dinero; la tercera, el trabajo. Y así como la segunda triunfa sobre la primera, así tendrá que ceder, cuando le llegue el turno, ante su sucesora en el campo de la contienda política y social.
Samuel Jones Loyd (1796-1883), banquero, elevado a par como lord Overstone en 1850; teórico de la escuela monetaria (currency principle) y de la ley bancaria de Peel de 1844. ↩
William Molesworth (1810-1855), radical, ministro de Obras Públicas en el gabinete Aberdeen. ↩
Joseph Paxton (1803-1865), jardinero del duque de Devonshire, arquitecto del Palacio de Cristal de la Exposición Universal de 1851, por el que fue armado caballero; El texto dice «John Fox»; el contratista armado caballero entonces fue Charles Fox, cuya empresa construyó el edificio. ↩
Robert Stephenson (1803-1859), ingeniero de ferrocarriles. ↩
William Dargan (1799-1867), contratista irlandés de ferrocarriles, organizador de la exposición de Dublín de 1853, donde lo visitó la reina Victoria. ↩
Thomas Noon Talfourd (1795-1854), juez y escritor inglés, que murió en marzo de 1854 mientras pronunciaba un discurso sobre la falta de comunicación entre las clases sociales. ↩
La ley de las diez horas de 1847, aprobada al año siguiente de la abolición de las leyes cerealistas. ↩
La Amalgamated Society of Engineers, sindicato de los obreros mecánicos, cuyo cierre patronal de 1852 terminó con la derrota de los obreros. ↩
Charles Dickens (1812-1870), William Makepeace Thackeray (1811-1863), Charlotte Brontë (1816-1855) y Elizabeth Gaskell (1810-1865), novelistas ingleses. ↩
La reforma electoral de 1832, que dio el voto a la burguesía. ↩
El 10 de abril de 1848 el gobierno movilizó a miles de agentes especiales voluntarios contra la manifestación cartista de Londres. ↩
El impuesto de sucesiones sobre la propiedad inmueble introducido por Gladstone en el presupuesto de 1853. ↩
La huelga y el cierre patronal de los obreros textiles de Preston, en Lancashire, de octubre de 1853 a mayo de 1854. ↩