Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 27 de junio de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4126, del 10 de julio de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre (The Eastern Question, Londres, 1897, lo trae abreviado y resume entre corchetes parte del despacho de Lieven y del discurso de Aberdeen): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 299-307), sin su aparato editorial, cotejada con ese texto inglés, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, martes 27 de junio de 1854
El Moniteur ruso de Bucarest declara oficialmente que, conforme a las órdenes llegadas de San Petersburgo, se ha levantado el sitio de Silistra, se ha evacuado Giurgiu y todo el ejército ruso está a punto de volver a pasar el Prut. El Times publicó ayer, en una tercera edición, un despacho telegráfico de su corresponsal en Viena en el mismo sentido:
«el emperador de Rusia acepta el requerimiento de Austria por consideración a su antiguo aliado y ha ordenado a sus tropas que vuelvan a pasar el Prut».
Lord John Russell confirmó anoche en la Cámara de los Comunes la noticia del levantamiento del sitio de Silistra, pero aún no había recibido comunicación oficial de la respuesta de Rusia al requerimiento austriaco.
Como resultado de la intervención austriaca, se levanta entre turcos y rusos una barrera que garantiza a estos últimos una retirada sin estorbos, les permite reforzar la guarnición de Sebastopol y de Crimea y, eventualmente, restablecer sus comunicaciones con el ejército de Vorontsov. Además, puede darse por seguro el restablecimiento de la Santa Alianza entre Rusia, Austria y Prusia en el momento en que las potencias aliadas se nieguen a conformarse con el simple restablecimiento del statu quo ante bellum, quizá con algunas pequeñas concesiones del zar en favor de Austria.
Pero todo el andamiaje de esta excelente «solución», ideado, según se dice, por Metternich,1 se ha venido abajo ahora por la locuacidad del viejo Aberdeen y las intrigas de Palmerston.
Se recordará que en la última remodelación del ministerio fracasaron los esfuerzos por llevar a lord Palmerston al Ministerio de la Guerra, cuya creación reclamaba a gritos sobre todo la prensa de Palmerston, y que el peelita duque de Newcastle le birló al noble lord el nuevo cargo que se le destinaba. Este fracaso parece haber advertido a lord Palmerston de que ya era hora de disolver todo el gabinete, y por eso desató una verdadera tormenta contra su jefe, para lo que se le presentó la ocasión cuando lord Aberdeen replicó a lord Lyndhurst2 en un discurso irreflexivo. Toda la prensa inglesa se apoderó al instante de ese discurso. Importa mencionar, sin embargo, que el Morning Herald informó de la existencia de una conspiración contra lord Aberdeen antes de que se pronunciara el discurso. El señor Layard3 intervino el viernes pasado en la Cámara de los Comunes y anunció para el jueves próximo una moción según la cual
«las manifestaciones del primer ministro de la Corona son de tal naturaleza que suscitan en el público serias dudas sobre los fines y objetivos de la guerra y disminuyen las perspectivas de una paz honrosa y duradera».
Esta moción tiene dos puntos débiles: en primer lugar, es anticonstitucional y por tanto puede rechazarse fácilmente, porque contraviene la regla parlamentaria que prohíbe a un miembro de los Comunes criticar un discurso pronunciado en la Cámara de los Lores; y, en segundo lugar, pretende distinguir entre una manifestación ocasional del premier y toda la actuación del gabinete de coalición. Aun así, despertó en lord Aberdeen temores tan serios que el lord, dos horas después del anuncio de la moción, se levantó y comunicó, en un tono inusualmente agitado,
«que el lunes próximo» (adelantándose así tres días al señor Layard) «presentaría a la Cámara una copia del despacho que envió a Rusia después del tratado de Adrianópolis, y aprovecharía la ocasión para responder a las tergiversaciones de las observaciones sobre la guerra que había hecho recientemente en la Cámara de los Lores».
Tan firme era la creencia de que la moción del señor Layard provocaría la salida de lord Aberdeen del gabinete, que el Morning Advertiser, por ejemplo, publicó ya la lista del ministerio que había de sucederle, una lista con los nombres de lord John Russell como premier y lord Palmerston como ministro de la Guerra. Puede imaginarse, pues, que la sesión de anoche de la Cámara de los Lores atrajera un número inusualmente grande de intrigantes aristocráticos, curiosos y excitados, deseosos de ver cómo saldría lord Aberdeen de su difícil y delicada situación.
Antes de resumir el discurso de lord Aberdeen y el ataque que le dirigió el marqués de Clanricarde,4 debo volver a la época y las circunstancias a las que ambos oradores se refirieron especialmente, a saber, el año 1829, cuando lord Aberdeen estaba al frente del Foreign Office británico. Por entonces una flota rusa al mando del almirante Heyden5 bloqueaba los Dardanelos, los golfos de Saros y de Enos y también los de Adramiti y Esmirna, pese a un acuerdo concluido en 1815 entre los gabinetes de San Petersburgo y de Londres según el cual Rusia no debía emprender ninguna acción militar en el Mediterráneo. Estos bloqueos, que amenazaban el comercio británico en Levante, agitaron la opinión, por lo demás indolente, de la Inglaterra de entonces, y hubo declaraciones tempestuosas contra Rusia y contra el ministerio. Por eso se celebraron entrevistas entre los enviados rusos, el príncipe Lieven y el conde Matuszewicz,6 por una parte, y Wellington y Aberdeen por otra. En un despacho de Londres del 1 (13) de junio de 1829, el príncipe Lieven informa así del carácter de estas entrevistas:
«La conversación con lord Aberdeen, que tuvo lugar una hora más tarde aproximadamente» (que la mantenida con el duque de Wellington, que no había sido nada satisfactoria para el diplomático ruso), «no fue menos notable. Como solo estaba informado de modo imperfecto de nuestra conversación con el primer ministro, al conocer sus detalles se esforzó por atenuar, con la reiterada seguridad de que en ningún momento había sido intención de Inglaterra buscar querella con Rusia, la desagradable impresión que al comienzo de la conversación quizá nos habían dejado sus palabras; que, si el ministerio había intentado movernos a no insistir en el bloqueo de Enos, lo había hecho con el sincero deseo de evitar quejas molestas y de consolidar el buen entendimiento entre los dos gabinetes; que deberíamos felicitarnos, más de lo que quizá éramos conscientes, por las ventajas que habíamos obtenido de esta feliz y constante concordancia. Se lisonjeaba de poder poner la conservación de esta armonía por encima de las ventajas momentáneas que nos habría ofrecido el bloqueo del golfo de Enos; pero temía que la actitud del ministerio inglés no se entendiera bien en San Petersburgo. Las objeciones que a veces había hecho, como en el asunto que acababa de arreglarse, se atribuían allí a malas intenciones y opiniones hostiles por su parte, cuando tales intenciones y arrière-pensées7 estaban muy lejos de su carácter y de su política. Pero, por otro lado, se encontraba en una situación delicada. La opinión pública estaba siempre dispuesta a desatarse contra Rusia. El gobierno británico no podía desafiarla constantemente, y sería peligroso irritarla en cuestiones» (de derecho marítimo) «que tocaban tan de cerca los prejuicios nacionales. Por otro lado, podíamos contar con las disposiciones benévolas y amistosas del ministerio inglés, que luchaba contra ellos» (los prejuicios nacionales).
»“Conozco —le respondí— el peso de la opinión pública en Inglaterra, y he visto cómo cambia en pocos días. En esta guerra está contra nosotros porque nos tiene por agresores, cuando hemos sido atacados; porque nos acusa de querer destruir el Imperio otomano, cuando declaramos que ese no es nuestro objetivo; en fin, porque cree que seguimos una política ambiciosa, contra lo cual, sin embargo, protestamos. Ilustrar a la opinión pública a este respecto sería el camino más seguro para cambiarla.”
»Lord Aberdeen me respondió que la cosa no era exactamente como yo la había expuesto; que la opinión pública estaba contra nosotros porque en Inglaterra tomaba por lo general con celo el partido de los whigs;8 pero que, au reste,9 el gabinete británico estaba muy lejos de no desearnos el éxito; al contrario, nos deseaba un éxito rápido y decisivo, porque sabía que ese era el único medio de poner fin a la guerra, que no podía considerarse sino una gran desgracia, ya que era imposible prever sus consecuencias. Para terminar, el ministro inglés se extendió en largas deducciones para demostrar que le atribuíamos intenciones que no podía tener, y concluyó afirmando que el gabinete de Londres deseaba que la guerra terminara con honor y provecho para Rusia.»
Es extraño que ninguno de los adversarios de lord Aberdeen considerara oportuno volver sobre este despacho, que habla tan contundentemente contra su conducta en el periodo anterior al tratado de Adrianópolis que era imposible atribuir ya importancia alguna al contenido de un despacho secreto de Su Señoría escrito después de la conclusión de ese tratado. La presentación del despacho citado habría hecho añicos de un golpe el único argumento que lord Aberdeen pudo aducir en su defensa en su discurso de ayer. Su verdadera defensa habría sido una contraacusación abierta contra lord Palmerston, pues toda la «escena» se desarrolló exclusivamente entre estos dos viejos criados de Rusia que rivalizan entre sí.
Lord Aberdeen empezó diciendo que no tenía nada que retirar ni nada que refutar, sino solo algo que «explicar». Se le había acusado falsamente de haber reclamado el honor de haber redactado el tratado de Adrianópolis. Pero en vez de redactarlo había protestado contra él, como Sus Señorías verían por el despacho cuya presentación acababa de proponer. Tan grande había sido la consternación que el tratado causó en él y en sus colegas, que su existencia había cambiado toda la política del gobierno en un punto importantísimo. ¿En qué consistía ese cambio de política? Antes de la firma del tratado de Adrianópolis, él, lord Aberdeen, y el duque de Wellington, siguiendo en esto la política de Canning,10 nunca habían tenido intención de hacer de Grecia un reino independiente, sino solo un Estado vasallo bajo la soberanía de la Puerta, algo así como Moldavia y Valaquia. Después de la firma del tratado de Adrianópolis, la situación del Imperio turco les pareció tan peligrosa y su existencia tan insegura que propusieron convertir a Grecia de Estado vasallo en reino independiente. En otras palabras, como el tratado de Adrianópolis contribuía tanto a debilitar a Turquía, se decidió contrarrestar sus consecuencias peligrosas separando de ella provincias enteras. Ese fue el «cambio».
Aunque su temor a las consecuencias de este tratado hubiera sido exagerado, lord Aberdeen estaba muy lejos de no considerarlo sumamente funesto y dañino. Había dicho que «Rusia no había adquirido grandes territorios con este tratado», y todavía ahora negaba que el Imperio ruso se hubiera agrandado mucho en Europa en el curso de los últimos cincuenta años, como había afirmado lord Lyndhurst. (Besarabia, Finlandia y el reino de Polonia no parecen ser adquisiciones importantes en opinión del noble lord.) Pero, como había dicho en su despacho de diciembre de 1829, aunque las adquisiciones territoriales de Rusia fueran pequeñas, eran de gran importancia: una daba a Rusia «el dominio exclusivo de la navegación del Danubio, y las otras le daban puertos en Asia que, aunque pequeños, eran de gran importancia política». (El enorme territorio adquirido en el Cáucaso ha vuelto a borrarse de la memoria de lord Aberdeen.) Partiendo de este punto de vista, afirma que el tratado de Adrianópolis fue el comienzo de un cambio en la política de Rusia, que desde ese tratado había buscado más la ampliación de su influencia política que las adquisiciones territoriales. Este cambio de política no era un cambio de intenciones. «Satanás solo se había vuelto más sabio que en otros tiempos». El hecho de que Rusia hubiera convenido con Carlos X un plan para conquistar Turquía, no por la vía de conquistas violentas, sino mediante una serie de tratados, se pasa en silencio. Tampoco consideró oportuno lord Aberdeen mencionar que Rusia, incluso antes del tratado de Adrianópolis y del tratado de Hünkâr İskelesi,11 que él aduce como prueba del cambio de la política rusa, se había comprometido ya en 1827 ante Francia e Inglaterra a no tratar de conquistar más territorio con la guerra contra Turquía, y que sin el permiso de Inglaterra nunca habría estado en condiciones de enviar en 1833 un ejército contra Constantinopla.12
Lord Aberdeen declaró además que su frase
«si pudiéramos lograr una paz que durase veinticinco años, como ocurrió con el tratado de Adrianópolis, no estaría mal»
se había interpretado falsamente en el sentido de que quería volver a un tratado semejante al de Adrianópolis. Solo había querido decir que,
«dada la inestabilidad de los asuntos humanos, no habrían obrado mal si, mediante un tratado cualquiera cuya conclusión les permitiera la fortuna de las armas, pudieran garantizar una paz de veinticinco años. Nunca había recomendado una vuelta al statu quo, ni había dejado de poner objeciones al statu quo. Antes de la declaración de guerra, el statu quo era todo lo que habían esperado o deseado y todo lo que intentaban conseguir, y era lo que el gobierno turco estaba dispuesto a dar, y mucho más de lo que los rusos tenían derecho a esperar. Pero desde el momento de la declaración de guerra la cuestión había cambiado de raíz, y todo dependía de la guerra… Hasta dónde se apartarían finalmente del statu quo, nadie podía decirlo, porque eso dependía de acontecimientos cuyo control absoluto no estaba en su poder. Solo podía decir que la independencia y la integridad del Imperio otomano debían quedar aseguradas, eficazmente aseguradas».
Cómo habían de asegurarse no podía decirlo él, lord Aberdeen, porque eso dependía a su vez de los acontecimientos de la guerra.
Se le había entendido como si hubiera expresado alguna duda o incredulidad sobre el peligro de un ataque ruso, pero en realidad sentía la mayor preocupación por un ataque ruso contra Turquía, aunque no sentía gran preocupación por el peligro de un ataque ruso contra Europa y «se inclinaba a sentirla cada día menos». Consideraba a Francia más poderosa que Rusia y Austria juntas. El noble lord se quejó luego «de la extraordinaria necedad y malignidad de las imputaciones personales a que se había visto expuesto». Cierto era que no había en el país mayor pacificador que él, pero precisamente su amor a la paz lo hacía especialmente apto para proseguir la guerra del modo más enérgico.
«Sus colegas reconocerían que él personalmente, con más apremio quizá que ningún otro, había exigido un rápido avance y la concentración de las potencias aliadas en los Balcanes para apoyar al valiente ejército de Omer Bajá y tender la mano a Austria a fin de permitirle participar más activamente en las operaciones de la guerra.»
Ese era el rumbo en el que insistía invariablemente. A la pregunta de lord Beaumont13 declaró que,
«por mucha que hubiera sido antes su familiaridad con el príncipe Metternich, en los últimos dieciocho meses, desde que estaba en el cargo, no había tenido con él relación directa ni indirecta, hasta que hacía unos días una conocida le contó que iba a escribir a Metternich y le preguntó si tenía algo que comunicar al príncipe, a lo que él respondió: “¡Haga el favor de darle mis mejores saludos!”».
En conjunto, la Cámara acogió favorablemente el discurso de Aberdeen; pero es curioso que a la mordaz respuesta que le dio el marqués de Clanricarde —un cazador de empleos despechado y antiguo embajador de lord Palmerston en San Petersburgo— no replicara ningún miembro del gabinete, y que ninguno se levantara a dar testimonio a favor de Aberdeen de que había sido el primero en exigir una guerra enérgica.
El marqués de Clanricarde se ocupó principalmente de la participación de Aberdeen en el tratado de Adrianópolis, de la valoración general de su pasado político y de las deficiencias de su administración actual. Dijo que lord Aberdeen presentaba ahora, para justificarse y por un motivo puramente personal, un despacho que hacía unos meses había negado a otros miembros de ambas Cámaras. Por lo demás, daba completamente igual lo que el noble lord hubiera escrito a San Petersburgo en diciembre de 1829, cuando el tratado de Adrianópolis se había firmado en septiembre. Lo esencial de la cuestión era qué instrucciones había dado entonces al embajador inglés y qué pasos había dado para impedir la firma del tratado. El general ruso que mandaba en Adrianópolis no había dispuesto de más de 15.000 hombres, de los que había que descontar unos 5.000 o 6.000 que estaban literalmente hors de combat14 por enfermedad o heridas. El general turco, en cambio, se encontraba muy cerca con 25.000 albaneses. El general ruso dio a Turquía un plazo muy corto para decidir si firmaba o no, porque sabía que, si concedía un plazo largo, podría descubrirse su verdadera situación. En consecuencia, no concedió más de cinco a ocho días. El ministro turco en Constantinopla llamó a su consejo a los embajadores de Austria y de Inglaterra, así como al de Prusia, y les pidió su opinión. El embajador inglés, instruido por lord Aberdeen, aconsejó firmar cuanto antes aquel tratado que, según declara ahora el noble lord, había sido tan funesto.
El noble marqués evitó señalar que fue precisamente la violenta acusación que su amigo Palmerston, entonces en la oposición, lanzó contra lord Aberdeen por su actitud todavía demasiado hostil a Rusia la que movió a este último a dar instrucciones para que se firmara el tratado.
El marqués siguió reprochando al premier que siempre había sido el partidario más celoso, constante y poderoso de los gobiernos despóticos de Europa, y como prueba adujo la historia de Portugal, de Bélgica y de España y aludió a la oposición de Aberdeen a la famosa Cuádruple Alianza de 1834.15 Hacía falta sin duda toda la fría desvergüenza de un viejo lord whig para ponderar en este momento la gloria de Bélgica, el constitucionalismo en Portugal y en España y las bendiciones generales que Europa debe a la Cuádruple Alianza, que, como alegó falsamente Palmerston en su defensa, fue idea de Talleyrand y no suya.
Sobre las operaciones de la guerra actual, Clanricarde dijo que el plan de campaña lo habían trazado las más altas autoridades militares de Rusia en diciembre del año pasado, y que se había informado al gobierno británico de ese plan, que no apuntaba a la mera ocupación de los Principados, sino a cruzar el Danubio, conquistar Silistra, rodear Shumla y marchar sobre los Balcanes. El noble lord, que estaba en posesión de esta información, se había presentado en la Cámara para hablar de paz, sin informar de las instrucciones que el gabinete dio en aquel tiempo, hasta finales de febrero o comienzos de marzo, al Ministerio de la Guerra.
Si lord Clanricarde hubiera preferido recordar las respuestas que lord Palmerston dio al señor Disraeli en la Cámara de los Comunes y lord Clarendon a él mismo en la de los Lores, no habría cometido la ridiculez de acusar solo a lord Aberdeen de estas faltas a su deber y de eximir a sus amigos whigs de un reproche que merecía por igual todo el gabinete.
«Si —exclamó el marqués—, si el gobierno hubiera seguido hace quince meses un camino adecuado, casi diría un camino honrado, nunca habría habido guerra.»
Pues bien, son exactamente las mismas palabras que el señor Disraeli dirigió a lord John Russell.
Para terminar, el marqués tuvo todavía la necedad de cargar personal y exclusivamente a lord Aberdeen todos los fracasos de la coalición y sus continuas derrotas en el Parlamento en todas las cuestiones importantes. No se le ocurrió que ya cuando se formó el gabinete toda persona sensata declaró que no podría sostenerse seis semanas si no dejaba abiertas todas las cuestiones legislativas y se abstenía de toda política.
Tras un discurso necio de lord Brougham,16 que expresó su satisfacción por el primer discurso de Aberdeen, pero más aún por el segundo, se abandonó el asunto.
La consecuencia seria de todo este incidente es que se frustran las disposiciones del protocolo secreto redactado en Viena y, por tanto, que continúan las hostilidades y una guerra cuyo pronto final se esperaba con tanta confianza que los consols17 subieron un 3 por ciento pese a los importantes empréstitos que había en el mercado, y en los clubes militares se hicieron apuestas a que la guerra no duraría ni cuatro semanas más.
Karl Marx
Clemens von Metternich (1773-1859), canciller austriaco hasta 1848. ↩
John Singleton Copley, lord Lyndhurst (1772-1863), tory. El discurso de Aberdeen al que se alude es su réplica del 19 de junio de 1854 en la Cámara de los Lores. ↩
Austen Henry Layard (1817-1894), arqueólogo y diputado liberal. ↩
Ulick de Burgh, marqués de Clanricarde (1802-1874), whig, embajador en San Petersburgo de 1838 a 1841. ↩
Lodewijk van Heiden (1773-1850), almirante de origen holandés al servicio de Rusia. La MEW escribe «golfo de Laros» por el de Saros. ↩
Christoph von Lieven (1774-1839), embajador ruso en Londres de 1812 a 1834; Andrzej Matuszewicz, diplomático ruso. ↩
En francés, «segundas intenciones». ↩
Así en la MEW («Wighs»); la edición de 1897 resume este pasaje y no permite cotejarlo. ↩
En francés, «por lo demás». ↩
George Canning (1770-1827), ministro de Asuntos Exteriores y primer ministro británico. ↩
Tratado ruso-turco de 1833 por el que Turquía se comprometía a cerrar los Dardanelos a los buques de guerra extranjeros a petición de Rusia. ↩
En 1833 tropas rusas desembarcaron en el Bósforo para proteger al sultán frente a Mehmet Alí de Egipto. ↩
Miles Stapleton, lord Beaumont (1805-1854). ↩
En francés, «fuera de combate». ↩
La alianza de Inglaterra, Francia, España y Portugal (22 de abril de 1834) a favor de los gobiernos liberales de la península contra don Carlos y don Miguel. ↩
Henry Brougham (1778-1868), whig, ex lord canciller. ↩
Títulos de la deuda pública británica consolidada. ↩