Escrito en inglés por Karl Marx y Friedrich Engels entre el 29 de julio y el 1 de agosto de 1854 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4159, del 17 de agosto de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 375-380), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés de The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 448-453), que lo titula «That Bore of a War», lo atribuye a Marx y omite el último párrafo, sobre España, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Han pasado ya casi doce meses desde que un pequeño cuerpo turco, dos batallones, logró cruzar el Danubio en Tutrakan, frente a Oltenița,1 levantó allí atrincheramientos y, atacado por los rusos, los rechazó en un breve y animado combate; fue el primer encuentro de esta guerra, y recibió el orgulloso nombre de batalla de Oltenița. Allí los turcos se enfrentaban solos a los rusos; no tenían detrás tropas británicas o francesas como reserva ni podían esperar apoyo alguno de las flotas aliadas. Y, sin embargo, se mantuvieron en la orilla valaca del río catorce días en Oltenița y todo el invierno en Kalafat.
Desde entonces, Inglaterra y Francia han declarado la guerra a Rusia; se han realizado toda clase de hazañas, aunque de naturaleza algo dudosa. Flotas del mar Negro, flotas del Báltico y un ejército de casi 100.000 soldados ingleses y franceses han acudido en ayuda de los turcos o tratan de distraer de ellos al enemigo. Y el resultado de todo ello no es más que una repetición en mayor escala de la empresa de Oltenița, aunque en realidad con menos éxito que el año pasado.
Los rusos sitiaron Silistra. Lo hicieron con insensatez, pero con valor. Día tras día, noche tras noche, fueron derrotados; no por unos conocimientos superiores, ni por el capitán Butler ni el teniente Nasmyth, los dos oficiales británicos presentes allí, que según el Times salvaron Silistra. Los derrotó la ignorancia de los turcos, una ignorancia que llegaba a no reconocer cuándo un fuerte o una muralla ya no se puede sostener, y a aferrarse tenazmente a cada palmo de tierra, a cada topera que el enemigo pretendía conquistar. Los rusos fueron derrotados, además, por la estupidez de sus propios generales, por la fiebre y el cólera y, por último, por el efecto moral de un ejército aliado que amenazaba su flanco izquierdo y de un ejército austriaco que amenazaba el derecho. Cuando empezó la guerra señalamos que los rusos nunca habían sido capaces de llevar a cabo un sitio en regla, y las mal dirigidas operaciones ante Silistra prueban que desde entonces no han aprendido nada. Fueron derrotados, pues; tuvieron que retirarse de la manera más vergonzosa imaginable, tuvieron que levantar el sitio de una fortaleza imperfecta en plena buena estación sin que ninguna tropa hubiera acudido en ayuda de la guarnición. Algo así solo ocurre una vez cada cien años. Y hagan lo que hagan los rusos en otoño, la campaña está y estará vergonzosamente perdida para ellos.
Pero veamos ahora el reverso de la medalla. Silistra está libre. Los rusos se retiran a la orilla izquierda del Danubio. Incluso se preparan para evacuar la Dobrudja, y la van evacuando poco a poco. Han dejado Hîrșova y Măcin. El Siret parece ser la línea que los rusos han elegido para defender no sus conquistas, sino su propio territorio. El viejo y astuto croata Omer Bajá, que sabe callar o mentir «en cumplimiento de su deber» como el que más, envía a la vez un cuerpo a la Dobrudja y otro a Ruse, y fija así las dos alas de los rusos. Desde luego, en aquel momento habrían sido posibles operaciones mucho mejores, pero el bueno del viejo Omer probablemente conoce a sus turcos y a los aliados mejor que nosotros. Lo militarmente correcto habría sido marchar a través de la Dobrudja o por Călărași sobre las comunicaciones del enemigo; pero, después de todo lo que hemos visto, no podemos acusar a Omer de haber desperdiciado una buena ocasión. Sabemos que su ejército está muy mal abastecido —le falta casi todo— y no puede, por tanto, ejecutar movimientos rápidos que lo alejen demasiado de su base o que abran nuevas líneas de operaciones. Por decisivos que sean esos movimientos cuando los emprenden fuerzas suficientes, quedan fuera del alcance de un ejército que vive al día y atraviesa un país estéril. Sabemos que Omer Bajá fue a Varna e imploró ayuda a los generales aliados, que tenían entonces 75.000 soldados excelentes a solo cuatro jornadas de marcha del Danubio. Pero ni Saint-Arnaud ni Raglan pensaron en ir allí donde pudieran encontrarse con el enemigo. Así que Omer no pudo hacer más de lo que hizo. Envió 25.000 hombres a la Dobrudja y marchó con el resto de su ejército a Ruse. Allí sus tropas pasaron de isla en isla hasta cruzar el Danubio; luego, con una súbita marcha hacia la izquierda, cogieron Giurgiu por la espalda y obligaron a los rusos a evacuarla. Al día siguiente estos se retiraron a unas alturas al norte de Giurgiu, donde los atacaron los turcos. Se libró una batalla sangrienta, notable por el número de oficiales ingleses que compitieron, con éxito poco común, por ser los primeros en caer muertos. Cada uno recibió su bala, pero nadie sacó provecho de ello; porque sería absurdo suponer que un soldado turco se sienta entusiasmado hasta la invencibilidad al ver cómo matan a tiros a oficiales británicos. Sea como fuere, los rusos, que solo tenían en el lugar una vanguardia —una brigada, los regimientos de Kolyván y de Tomsk—, fueron derrotados, y los turcos se afianzaron en la orilla valaca del Danubio. En seguida se pusieron a fortificar la plaza, y como tenían zapadores ingleses y, como en Kalafat, ellos mismos trabajaban de maravilla, sin duda habrían hecho de ella una posición temible. Pero entonces se les dijo: hasta aquí y no más. El mismo emperador de Austria que durante ocho meses se ha esforzado tanto en hacer de imparcial interviene ahora de repente. Le prometieron los Principados como comedero para sus tropas, y no está dispuesto a renunciar a ellos. ¿Qué se les ha perdido allí a los turcos? Que vuelvan a Bulgaria. Así que llega de Constantinopla la orden de retirar a las tropas turcas de la orilla izquierda y dejar «todo ese pedazo de tierra» a merced de los soldados austriacos. La diplomacia está por encima de la estrategia. Pase lo que pase, los austriacos quieren proteger sus fronteras ocupando algunas yardas de terreno más allá de ellas, y a este importante fin sacrifican incluso las necesidades de la guerra. ¿Y no es, además, Omer Bajá un desertor austriaco? Austria nunca lo olvida. En Montenegro se cruzó en su carrera victoriosa,2 y ahora repite la jugada para hacer sentir al renegado que todavía debe obediencia de súbdito a su soberano legítimo.
No vale la pena entrar en los detalles militares de la fase actual de la campaña. Los combates tienen poco interés táctico, porque son simples ataques frontales directos; los movimientos de tropas obedecen en ambos bandos más a motivos diplomáticos que estratégicos. Probablemente la campaña terminará sin ninguna gran empresa, porque en el Danubio no hay nada preparado para una gran ofensiva, y en cuanto a la toma de Sebastopol, de la que tanto oímos hablar, es de suponer que su comienzo se retrasará hasta que, por lo avanzado de la estación, haya que aplazarla al año que viene.
Cualquiera que en Europa tuviera alguna inclinación conservadora debería perderla, diríase, al contemplar esta eterna cuestión de Oriente. Ahí está Europa entera, incapaz, convicta de incapacidad desde hace sesenta años, de zanjar esta minúscula disputa. Ahí están Francia, Inglaterra y Rusia yendo de verdad a la guerra. Hace seis meses que están en guerra, pero ni siquiera han llegado a combatir, salvo por error o en una medida apenas digna de mención. Ahí están, en Varna, de 80.000 a 90.000 soldados ingleses y franceses al mando del antiguo secretario militar del viejo Wellington3 y de un mariscal de Francia (cuyas mayores hazañas, es cierto, se llevaron a cabo en las casas de empeño de Londres):4 ahí están los franceses sin hacer nada y los británicos ayudándolos en ello cuanto pueden. Y como esta clase de ocupación quizá no les parezca del todo honrosa, las flotas han venido a la rada de Balchik5 para echarles un vistazo y ver cuál de los dos ejércitos sabe disfrutar del dolce far niente6 con más decoro. Y aunque los aliados no han hecho hasta ahora más que comerse las provisiones con que contaba el ejército turco y perder un día tras otro ante Varna durante los dos últimos meses, todavía no están listos para entrar en acción. Habrían socorrido Silistra, de haber sido necesario, hacia mediados de mayo del año que viene. Estas tropas, que conquistaron Argelia y aprendieron la teoría y la práctica de la guerra en uno de los teatros de guerra más difíciles que existen, estos soldados que combatieron contra los sijs a orillas del Indo y contra los cafres en la maleza espinosa de África del Sur, en países mucho más salvajes que Bulgaria, ¡están desvalidos e inútiles, no sirven para nada, en un país que hasta exporta grano!
Pero los rusos no les van a la zaga a los aliados en ineptitud. Tuvieron tiempo de sobra para prepararse. E hicieron lo que pudieron, porque sabían desde el principio qué resistencia encontrarían. Y, sin embargo, ¿qué han conseguido? Nada. No han arrebatado a los turcos ni un palmo del terreno disputado; no pudieron tomar Kalafat ni vencer a los turcos en un solo combate. Y, sin embargo, son los mismos rusos que con Münnich y Suvórov7 conquistaron la costa del mar Negro del Don al Dniéster. Pero Schilder no es un Münnich, ni Paskévich un Suvórov, y si el soldado ruso aguanta los palos más que ningún otro, cuando tiene que retroceder sin cesar pierde la firmeza igual que cualquier otro.
El hecho es que la Europa conservadora —la Europa «del orden, la propiedad, la familia y la religión»,8 la Europa de los monarcas, los señores feudales y los hombres de dinero, por distinta que sea su relación mutua en cada país— vuelve a mostrar su impotencia extrema. Por podrida que esté Europa, una guerra habría tenido que sacudir a los elementos sanos; una guerra habría tenido que despertar algunas fuerzas latentes, y sin duda entre 250 millones de personas habría habido energía suficiente para entablar al menos una lucha como es debido, en la que las dos partes cosecharan algo de honor, tanto como el valor y el empuje pueden ganar en el campo de batalla. Pues no. No solo la Inglaterra de la burguesía y la Francia de los Bonaparte se han vuelto incapaces de una guerra como es debido, franca y reñida, sino que tampoco Rusia, el país de Europa menos tocado por la civilización enervante y descreída, consigue nada semejante. Los turcos sirven para acciones ofensivas repentinas y para la resistencia tenaz a la defensiva, pero al parecer no están hechos para grandes maniobras combinadas con ejércitos enormes. Así que todo se queda en una cierta impotencia, en una confesión recíproca de debilidad, y todas las partes parecen no esperar otra cosa unas de otras. Con gobiernos como los que tenemos hoy, esta guerra de Oriente puede prolongarse treinta años más sin llegar a ningún final.
Mientras la incapacidad oficial se revela así en toda Europa, en el suroeste de este continente estalla un movimiento que nos muestra de pronto que hay todavía otras fuerzas más activas que las oficiales. Sean cuales sean el verdadero carácter y el desenlace del levantamiento español, al menos puede afirmarse que estará con una revolución futura en la misma relación que los movimientos suizo e italiano de 1847 con la revolución de 1848.9 En España destacan dos hechos importantes. Primero, el ejército, que desde 1849 dominaba de hecho el continente, se ha dividido internamente y ha abandonado su oficio de mantener el orden para imponer su propia opinión frente al gobierno. La disciplina le enseñó al ejército su poder, y ese poder ha relajado su disciplina. En segundo lugar, hemos asistido al espectáculo de una lucha de barricadas victoriosa.10 Dondequiera que se habían levantado barricadas desde junio de 1848, habían resultado hasta ahora ineficaces. Las barricadas, la forma de resistencia de la población de una gran ciudad frente al ejército, parecían no servir ya de nada. Este prejuicio ha desaparecido. Hemos vuelto a ver barricadas victoriosas e inexpugnables. El hechizo se ha roto. Vuelve a ser posible una nueva era revolucionaria, y es significativo que las tropas de la Europa oficial, al mismo tiempo que se muestran inservibles en la guerra de verdad, sean derrotadas por la población sublevada de una ciudad.
Tutrakan (hoy Tutrakán, en Bulgaria), en la orilla derecha del Danubio. La batalla de Oltenița se libró el 4 de noviembre de 1853. ↩
A comienzos de 1853, cuando Omer Bajá mandaba la campaña turca contra Montenegro, Austria obligó a la Puerta, mediante la misión del conde Leiningen en Constantinopla, a suspender las operaciones. ↩
Lord Raglan, que había sido secretario militar de Wellington. ↩
El mariscal Saint-Arnaud. ↩
Balchik, puerto búlgaro del mar Negro, al norte de Varna, fondeadero de las flotas aliadas. ↩
En italiano en el original: «la dulce ociosidad». ↩
Burkhard Christoph von Münnich (1683-1767), mariscal ruso que en 1736-1739 llevó la guerra contra los turcos hasta Ochákov y Jotín; Alexandr Vasílievich Suvórov (1730-1800), el gran general ruso de las guerras contra Turquía de 1768-1774 y 1787-1791. ↩
El lema del partido del orden en la Francia de 1849. ↩
La guerra del Sonderbund en Suiza (noviembre de 1847) y los movimientos reformistas y liberales de los Estados italianos en 1847, que precedieron a las revoluciones de 1848. ↩
Las barricadas de Madrid del 17 al 19 de julio de 1854. ↩