Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 14 de enero de 1854 y publicado en el periódico Zuid Afrikaan de Ciudad del Cabo el 6 de marzo de 1854. Muchos pasajes coinciden con los artículos que Marx y Engels escribían por las mismas fechas para el New-York Daily Tribune («La guerra europea», «Las potencias occidentales y Turquía», «Las operaciones militares en Oriente»). El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 20-30), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 14 de enero de 1854
Por fin la «cuestión de Oriente», pendiente desde hace tanto tiempo, parece haber llegado a un punto en el que la diplomacia ya no podrá dominar este terreno con su actividad siempre cambiante y siempre estéril. El 3 del corriente las flotas francesa y británica entraron en el mar Negro para impedir que la escuadra rusa atacara a la flota turca o la costa turca. El zar Nicolás ya declaró una vez que semejante paso sería para él la señal de una declaración de guerra. ¿Lo soportará ahora tranquilamente? Una noticia de hoy informa de que las flotas francesa e inglesa unidas, junto con la primera división de la flota turca, llevan 17.000 turcos a Batum. Si eso es cierto, es tan acto de guerra como si emprendieran un ataque directo contra Sebastopol, y el zar no podrá menos de declarar la guerra en el acto.
Pero ¿estará Rusia sola? ¿De qué parte se pondrían Austria y Prusia en una guerra general?
Se dice que Luis Bonaparte ha dado a entender al gobierno austriaco que, si se llega a un conflicto con Rusia y Austria se pone de su parte, el gobierno francés se valdrá de los elementos insurreccionales que en Italia y en Polonia solo necesitan una chispa para volver a encenderse en llama devastadora, y que Francia aspirará entonces a la restauración de la nación italiana y de la nación polaca. Pero el gobierno austriaco, podemos estar seguros, se dejará influir más por sus propias dificultades financieras que por las amenazas de Bonaparte.
Del estado del Tesoro austriaco puede juzgarse por el reciente aumento de los billetes depreciados y por el nuevo expediente del gobierno de ordenar una depreciación del 15 por ciento del papel moneda emitido por él mismo. Este artificio, que deprecia el propio papel moneda, lleva probablemente a su más alta perfección el ingenio para inventar impuestos: grava el pago de los impuestos. Según los periódicos alemanes, el presupuesto austriaco de 1854 tendrá un déficit de 45.000.000 de florines en el presupuesto ordinario y de 50.000.000 de florines en el extraordinario. Por centésima vez se encamina Austria a un empréstito, pero de una manera que no promete éxito. Ahora se proyecta suscribir un empréstito de 50.000.000 de florines con el propósito, sumamente evidente, de pagar intereses vencidos y atender algunas otras exigencias apremiantes.
Cuando llegó a Viena la noticia de la inminente entrada de la escuadra combinada en el mar Negro, los cambistas tuvieron trabajo de sobra para cambiar papel moneda por monedas de plata. Los poseedores de billetes de 100 y de 200 florines acudieron en masa a sus despachos para poner a salvo sus amenazados tesoros. Aun así, en el momento decisivo la influencia de San Petersburgo sobre Viena inclinará la balanza y enredará a Austria del lado de Rusia en la guerra que viene. Prusia, por su parte, intenta repetir la partida de 1780, de 1800 y de 1805,1 es decir, formar una liga de Estados neutrales del Báltico o de Alemania del Norte, a cuya cabeza pueda representar un papel nada desdeñable y pasarse al lado que le ofrezca mayores ventajas.
No cabe duda de que las flotas turco-europeas pueden destruir Sebastopol y aniquilar la flota rusa del mar Negro, de que pueden tomar y conservar Crimea, ocupar Odesa, bloquear el mar de Azov y soltar a los montañeses del Cáucaso. Las medidas que hay que tomar en el Báltico son tan evidentes como las del mar Negro: una alianza con Suecia a cualquier precio; intimidar a Dinamarca, si fuera necesario; una insurrección en Finlandia, que estallaría si desembarcaran tropas suficientes, y la garantía de que no se concluirá la paz sino a condición de que esa provincia vuelva a unirse a Suecia. Las tropas desembarcadas en Finlandia amenazarían Petersburgo, mientras la flota bombardea Kronstadt.
Todo dependerá de la acción resuelta y enérgica de las potencias marítimas de Europa.
La Neue Preußische Zeitung del 29 del mes pasado confirma la noticia de que el emperador de Rusia ha ordenado la movilización de todas las tropas de su Imperio. No solo ha retirado sus depósitos de los bancos ingleses y franceses, sino que también ha ordenado una colecta de donativos voluntarios entre la nobleza y ha dispuesto que se suspenda la construcción de ferrocarriles para emplear en la guerra los hombres y el dinero que esas obras requieren.
Por otro lado, los armamentos en Francia avanzan con más energía que nunca; se ha llamado a filas la segunda mitad del contingente de 80.000 hombres de 1852. También en Francia se viene considerando desde hace tiempo un empréstito de 200.000.000 de francos (unos 8.000.000 de libras esterlinas), pero la carestía de los alimentos, el rendimiento insuficiente de la vendimia y de la producción de seda, el estancamiento general del comercio y la industria, los grandes temores por los pagos que vencen a finales de febrero y la tendencia a la baja de los fondos públicos y de las acciones de los ferrocarriles: nada de eso es a propósito para facilitar semejante empresa.
El gobierno británico tiene la intención, según informa el Times, de elevar para el año en curso el número de marineros y soldados de infantería de marina a 53.000 hombres, lo que supera en unos 8.000 el número aprobado el año pasado y en otros 5.000 el que se llamó a filas bajo el gobierno de lord Derby. En total puede calcularse, pues, el aumento de la marina de guerra desde 1852 en unos 13.000 hombres. Las dotaciones de la flota comprenderán ahora 38.000 marineros y grumetes y 15.000 soldados de infantería de marina.
Por fin ha salido a la luz la verdad sobre el asunto de Sinope. Según los datos publicados sobre la proporción de fuerzas de Rusia y de Turquía en Sinope, los rusos tenían tres navíos de dos puentes de vapor, un tres puentes y 680 cañones más que las fuerzas turcas. Visto así, Sinope no ha aumentado en nada el poder de Rusia ni disminuido en nada el de Turquía; muy al contrario. Estamos aquí ante un hecho que no tiene igual ni siquiera en los anales de la flota británica: fragatas que se ponen borda con borda con navíos de línea, y capitanes que arrojan la antorcha en el pañol de la pólvora y se ofrecen a sí mismos en holocausto en el altar de la patria. La fuerza naval propiamente dicha de Turquía está intacta; no se ha perdido ni un navío de línea ni un vapor. Pero no es eso todo. Según las últimas noticias, los turcos echaron a pique uno de los mejores tres puentes de la flota rusa, el Rostislav, un buque de 120 cañones. Esta pérdida, que hasta ahora se callaba con el cómodo pretexto de que el Rostislav no se había hundido durante el combate, sino inmediatamente después, la admiten ahora los rusos, y compensa bien las pérdidas de la flota turca. Si de verdad se hundió un tres puentes, podemos suponer que también los demás buques rusos sufrieron en el combate averías realmente muy serias, de modo que en el fondo la victoria de Sinope habrá debilitado más a la flota rusa que a la turca. Cuando el bajá de Egipto2 se enteró de la catástrofe de Sinope, ordenó armar en el acto 6 fragatas, 5 corbetas y 3 bergantines para cubrir los huecos de la flota turca.
La fragata de vapor egipcia Pervas-Bahri, que la fragata de vapor rusa Vladímir, mucho mayor, dejó fuera de combate y apresó tras casi cinco horas de lucha, estaba tan acribillada por los impactos que solo con esfuerzo pudo llevarse a Sebastopol, donde se hundió en seguida. La Pervas-Bahri entró en el puerto de Sebastopol gobernada solo con ayuda de su primer maquinista, el inglés Bell, a quien el almirante Kornílov3 había prometido la libertad inmediata si conseguía ponerla a salvo allí. Pero en lugar de ser liberados al llegar a Sebastopol, el señor Bell y los maquinistas y fogoneros a sus órdenes fueron puestos bajo estricta custodia y a la mísera ración de 3 peniques diarios; además se les dio a entender que, en esta dura estación, tendrían que marchar a pie 80 millas tierra adentro. El zar y sus ministros aprobaron la conducta del príncipe Ménshikov,4 comandante de Sebastopol, y se hicieron los sordos a las reclamaciones del cónsul británico en Odesa y del embajador británico en San Petersburgo. Ya se sabe que en la batalla de Sinope dos buques mercantes ingleses, que iban a sus propios negocios, se vieron envueltos sin ningún motivo y sin piedad en la destrucción general. Lo que sigue es el sencillo relato de la destrucción de uno de los dos barcos, tal como lo trae un periódico francés:
«El 30 de noviembre, el bergantín Howard, de Bideford, puerto del sur de Inglaterra, había descargado un cargamento de carbón para el cónsul austriaco en Sinope, el señor Pirentz, y estaba fondeado para tomar lastre y zarpar luego hacia Fatsa, donde debía cargar grano y llevarlo a Inglaterra, cuando apareció de pronto la flota rusa y, sin hacer ninguna señal a los buques extranjeros ni darles posibilidad alguna de ponerse a salvo, abrió un intenso fuego de balas y bombas contra la flota turca fondeada y en pocos minutos destruyó por completo el Howard y otros mercantes que había en el puerto».
De esta odiosa violación del derecho de gentes se jactaba el parte diario de Odesa, mientras los periódicos rusos contaban al mismo tiempo, en tono burlón, que en un momento en que la flota inglesa no se atrevía a entrar en el mar Negro, el gobierno inglés no se atrevía a negar el uso de sus arsenales para reparar un buque de guerra ruso.5
El último correo nos ha traído nuevas noticias complementarias sobre los recientes sucesos militares en Asia. Al parecer, los turcos se han visto obligados a evacuar por completo la parte rusa de Armenia, pero aún no se conoce el resultado exacto de los combates que provocaron esa retirada. Un cuerpo turco había avanzado por el camino directo de Ardahan a Ajaltsije, mientras que otro destacamento había tomado el camino del sur, de Kars por Alexandropol (en georgiano, Gumri), hacia Tiflis. Ambos grupos parecen haber tropezado con los rusos. Según los partes rusos, los turcos fueron derrotados en las dos líneas de avance y perdieron unos 40 cañones. Partes oficiales turcos no tenemos; pero en la correspondencia privada se explica la retirada por la necesidad de tomar los cuarteles de invierno. Lo seguro, en todo caso, es que los turcos han evacuado el territorio ruso salvo el fuerte de San Nicolás,6 que los rusos los persiguieron y que su vanguardia se aventuró incluso hasta una milla de Kars, donde fue rechazada. Sabemos además que el ejército turco de Anatolia, que se recluta en las provincias asiáticas, baluarte de la vieja barbarie musulmana, y tiene en sus filas gran número de tropas irregulares —soldados de ocasión poco de fiar, aunque en general valientes, aventureros y filibusteros kurdos—, que el ejército de Anatolia, decimos, no admite comparación con el ejército de Rumelia, estable, disciplinado e instruido, donde el comandante sabe cuántos y qué hombres tiene a sus órdenes día tras día, y donde los artículos de guerra y los consejos de guerra ponen coto al afán de aventuras por cuenta propia y al saqueo arbitrario. Sabemos que los rusos, a los que al empezar la campaña de Asia les faltaban mucho las tropas, recibieron el refuerzo de la 13.ª división de infantería (16.000 hombres) a las órdenes del teniente general Obruchev II y de un destacamento de cosacos del Don; sabemos que consiguieron mantener a raya a los montañeses y conservar sus comunicaciones tanto a través del Cáucaso, por Vladikavkaz, como por mar con Odesa y Sebastopol. Si tenemos en cuenta estas circunstancias y consideramos que el comandante turco Abdi Bajá era o un traidor o un necio (entretanto ha sido relevado y en su lugar se ha nombrado a Ahmed Bajá), no tiene nada de extraño que los turcos hayan sido derrotados, aunque no cabe duda de que los partes diarios rusos suelen exagerar.
En el Danubio, los rusos atacaron hace poco Măcin, fortaleza situada en un brazo del Danubio. Se presentaron un vapor y dos cañoneras, que fueron recibidos con un fuego violento. Se dice que las cañoneras fueron echadas a pique y el vapor tan dañado que tuvo que volverse a toda prisa. Hubo tres o cuatro escaramuzas, en parte entre las avanzadas de Kalafat, en parte entre los puestos rusos del Danubio y pequeños destacamentos turcos que cruzaban el río para sorprenderlos. Los turcos afirman haber llevado la mejor parte en todos los encuentros. Es de lamentar que no se diera hace tiempo a las tropas irregulares turcas, especialmente aptas para acciones así, la orden de hacer esta guerra menuda con la mayor actividad. Habrían sido superiores a los cosacos, habrían desorganizado el sistema de avanzadas del enemigo, que por fuerza es insuficiente, porque se extiende a lo largo de 300 millas; habrían estorbado los planes rusos, obtenido un conocimiento exacto de los movimientos del enemigo y, actuando con la prudencia y la audacia debidas, habrían salido victoriosas de todos los encuentros.
De las noticias telegráficas que acaban de llegar se desprende que
«el 6 del corriente una división turca de 15.000 hombres con 15 cañones atacó la posición atrincherada de Cetate, cerca de Kalafat, y la tomó al asalto; los rusos perdieron 2.500 hombres; un refuerzo de 18.000 rusos que llegaba de Caracal fue obligado a retirarse y perdió 250 hombres».
Según otra noticia, la gran mayoría de la población de la Pequeña Valaquia se ha levantado contra los rusos, y estos han puesto sitio a Craiova.
Entretanto, Rusia se agotaba en esfuerzos por echar el anzuelo o infundir miedo en todas partes del mundo: en las fronteras de la India británica, en Persia, Serbia, Suecia, Dinamarca, etc. En Persia había surgido una diferencia entre el embajador británico y el gobierno del sah. Cuando el sah ya iba a ceder, intervino el embajador ruso con el propósito no solo de incitar al sah contra Inglaterra, sino además de empujarlo a una enemistad abierta con la Puerta y a declarar la guerra a los turcos. Esta intriga, sin embargo, se habría frustrado por la amenaza del encargado de negocios británico, Thompson, de marcharse de Teherán, así como por el peligro de un estallido repentino de la indignación del pueblo persa contra Rusia y por la llegada de una embajada afgana que amenazaba con una invasión afgana del territorio persa si Persia se aliaba con Rusia.
Al mismo tiempo, Serbia se vio inundada por una multitud de agentes rusos; exploraban lugares e indagaban por personas que se sabía que habían sido adictas a la dinastía desterrada de los Obrenović, hablaban a unos del joven príncipe Miguel y a otros de su anciano padre Miloš,7 y unas veces alimentaban en ellos la esperanza de ensanchar las fronteras de Serbia bajo la protección de Rusia y de formar un nuevo reino de Iliria que reuniera a todos los hombres de habla serbia que se encuentran hoy bajo el dominio de Turquía y de Austria, y otras los amenazaban con innumerables ejércitos y con el sometimiento total si se resistían. Pese a estas intrigas, llevadas sin descanso en diversas direcciones, Rusia no ha conseguido romper los lazos entre los serbios y el sultán; al contrario, en Belgrado se esperaban dos firmanes de Constantinopla, de los cuales uno debía suprimir todos los vínculos existentes entre Serbia y Rusia y el otro confirmar todos los privilegios concedidos con el tiempo al pueblo serbio. Además, el gobierno ruso ha llevado con afán negociaciones en Estocolmo y en Copenhague con el fin de mover a los gobiernos de Suecia y de Dinamarca a ponerse del lado de Rusia en el conflicto europeo que se avecina. El objetivo principal que persigue con semejante alianza es conseguir que el Sund y el Belt se cierren a las potencias occidentales. Todo lo que ha conseguido hasta ahora es la conclusión de un tratado de neutralidad armada entre Suecia, Dinamarca y Prusia, y unos preparativos de armamento que van dirigidos a ojos vistas contra la propia Rusia. La correspondencia privada de Suecia se regocija ante la posibilidad de reincorporar al reino escandinavo el ducado de Finlandia, del que Rusia se apoderó tan vergonzosamente sin declaración de guerra.8 En Dinamarca la actitud de la corte, no la del pueblo, es más dudosa. Corre incluso el rumor de que el actual ministro danés de Asuntos Exteriores dimitirá y de que ocupará su puesto el conde Reventlow-Criminil, hombre conocido por sus estrechas relaciones con la corte de San Petersburgo. En Francia, la «fusión» de orleanistas y legitimistas9 ha tenido cierto éxito gracias a la intervención de Rusia; entretanto, esa misma potencia remueve cielo y tierra para socavar la entente cordiale entre los gobiernos de Inglaterra y de Francia y sembrar la discordia entre ellos. Algunos periódicos de París, pagados por Kiseliov,10 intentan despertar desconfianza sobre la sinceridad del gobierno inglés, y, como vemos, también en Inglaterra un periódico pagado por Brunnow11 pone en duda, por su parte, la sinceridad del gobierno francés. Otro golpe, dirigido principalmente contra las potencias occidentales, es la prohibición rusa de exportar grano polaco.
Entretanto, los pasos de la diplomacia occidental no han sido en modo alguno hostiles a Rusia; al contrario, han mostrado más bien una inclinación demasiado diligente a apartarse de la justicia y a ir de la mano con el crimen. Hoy salta a la vista de todos que esos pasos han sido equivocados y funestos. El renacimiento de la conferencia de Viena y el protocolo que redactó allí el 5 del mes pasado, la carta de los embajadores francés y británico en Constantinopla a Reshid Bajá,12 la nota conjunta de las cuatro grandes potencias, entregada a la Puerta el 15 del mes pasado y aceptada por el sultán el 31, y la circular de Drouyn de Lhuys a los agentes diplomáticos franceses, del 30 del mes pasado, en la que se anuncia la entrada de las flotas combinadas en el mar Negro: estos son los sucesos esenciales de la historia diplomática de las últimas seis semanas. Del contenido del protocolo de la conferencia de Viena ya se habrá informado antes a sus lectores. ¿Puede haber algo más ridículo que la afirmación que contiene de que
«las garantías dadas repetidas veces por el emperador de Rusia excluían la idea de que este augusto soberano tuviera cualquier propósito de atentar contra la integridad del Imperio otomano»?
¿Puede haber algo más vil que recomendar a Turquía como conveniente que consienta en un armisticio de tres meses? El 5 del mes pasado, dos días después de que llegaran a Constantinopla las noticias de la infame carnicería de Sinope, Reshid Bajá dirigió una carta a lord Stratford de Redcliffe y al general Baraguey d'Hilliers13 en la que les comunicaba las noticias de Sinope y pedía que se hiciera entrar a las flotas en el mar Negro. El 12, una semana después de la nota de Reshid Bajá, los dos embajadores le dieron a entender, en una respuesta bastante vaga, que
«la presencia de la escuadra combinada tiene un "significado político", por consiguiente no militar, y que es un "apoyo moral", por consiguiente no militar».
De este modo se obligó a la Puerta a aceptar la nota conjunta de las cuatro potencias que se le entregó el 15 de diciembre. Esta nota no solo no concede a la Puerta ninguna indemnización por las pérdidas que le han causado las piraterías del autócrata; no solo insiste en la renovación de todos los viejos tratados de Küçük Kaynarca, Adrianópolis, Unkiar Skelessi,14 etc., que durante siglo y medio le han servido a Rusia de arsenal del que ha sacado las armas para el engaño, la intromisión, el avance y la anexión; también permite al zar alcanzar su propósito —el protectorado religioso y el dictado administrativo sobre Turquía— al establecer que
«los firmanes dictados por la Sublime Puerta a todos sus súbditos no musulmanes en relación con los privilegios espirituales otorgados se comunicarán a todas las potencias y vendrán acompañados de las garantías adecuadas dadas a cada una de ellas»
y que la Puerta, por su parte, manifestará su firme resolución de desarrollar con más eficacia su sistema administrativo y las reformas interiores.
Aunque, según la letra, estas nuevas propuestas confieren a las cinco potencias europeas el protectorado conjunto sobre los súbditos cristianos de Turquía, en realidad dan el protectorado solo a Rusia. Se quiere arreglar de manera que Francia y Austria, como países católicos romanos, ejerzan el protectorado sobre los cristianos católicos romanos de Turquía, e Inglaterra y Prusia, como países protestantes, sobre los súbditos protestantes del sultán, mientras que la parte que profesa la fe ortodoxa griega quedaría bajo el protectorado de Rusia. Ahora bien, como los católicos no llegan a 800.000 y los protestantes ni siquiera a 200.000, mientras que los que profesan la religión ortodoxa griega son cerca de 10.000.000, está claro que en realidad el zar obtendría el protectorado sobre los súbditos cristianos de Turquía. Estas propuestas de las cuatro potencias no las aceptó la Puerta hasta el 19 del mes pasado, cuando Riza Bajá y Halil Bajá entraron en el gabinete y aseguraron así el triunfo del partido de la paz, o partido ruso.
Cuando se supo que el consejo de ministros había comunicado a los cuatro embajadores la aceptación de las propuestas que ellos habían sugerido, el 21 del mes pasado se reunieron los softas (estudiantes) para presentar una petición contra la decisión del gobierno, y solo la detención de los cabecillas impidió que estallaran disturbios. La exasperación reinante en Constantinopla era tan grande que al día siguiente el sultán no se atrevió ni a ir al Diván ni a dirigirse, como de costumbre, a la mezquita de Tophane entre salvas de cañón y vítores de las tripulaciones de los buques de guerra extranjeros, y Reshid Bajá huyó de su propio palacio de Estambul y buscó refugio en el palacio contiguo a la residencia del sultán. Al día siguiente el público se calmó algo con una declaración del sultán de que no se suspenderían las operaciones militares.
Estos pasos confusos, pusilánimes e incomprensibles de la diplomacia occidental, que durante la sombría historia de los últimos nueve meses casi han agotado la paciencia del público, han hecho nacer dudas sobre la sinceridad del gobierno británico. Como el público no alcanza a comprender los motivos de la longanimidad de las potencias occidentales, se habla de influencias secretas y se propalan con afán rumores de que el príncipe Alberto, el esposo de la reina, se inmiscuye en los asuntos del poder ejecutivo; de que no solo asiste a las deliberaciones de la soberana con su Consejo Privado, sino que además aprovecha su influencia para controlar las opiniones de los consejeros responsables, y de que, mientras aprovecha la ocasión de asistir a las reuniones de la reina con sus ministros, está también en comunicación constante y directa con cortes extranjeras, incluida la rusa, aunque con excepción de la francesa. Según otros rumores, la «fusión» de los Orleans y de la rama mayor de los Borbones, la antigua casa real francesa, recibe casi tanto apoyo de la corte británica como de la rusa, y como prueba se aduce la visita del duque de Nemours a la corte de la reina Victoria, inmediatamente después de su encuentro con «Enrique V».15 Un cuarto rumor, según el cual las negociaciones sobre la cuestión de Oriente se habrían confiado, con el consentimiento de Rusia, exclusivamente al conde Buol-Schauenstein, cuñado del conde Meyendorff,16 se aduce como prueba de que el gobierno inglés nunca ha querido negociaciones independientes o eficaces, sino que desde el principio ha intentado favorecer los planes de Rusia y de sus aliados mientras aparentaba estar contra Rusia. Se da por bastante seguro que Roebuck17 llevará toda la cuestión de la influencia de los Coburgo a la Cámara de los Comunes, mientras que lord Brougham18 se propone llevarla a la de los Lores. Sin duda, la influencia de los Coburgo es en este momento el tema casi exclusivo de las conversaciones de la capital. El Parlamento volverá a reunirse el 31 del corriente.
Desde 1809 no ha habido un invierno tan duro como el actual. El gran frío no es aún lo peor; mucho peores son los continuos cambios de temperatura y de tiempo. El tráfico ferroviario se ha mantenido solo con las mayores dificultades; en algunas comarcas las comunicaciones parecen cortadas por completo, y por el estado de sus medios de transporte Inglaterra ha retrocedido a tiempos ya olvidados. Para aliviar las dificultades en el envío de documentos comerciales retenidos por la nieve acumulada y evitar los protestos de letras por falta de pago no explicada, se ha recurrido al telégrafo eléctrico. Aun así, más de 500 protestos de letras en Londres ilustran el desbarajuste general provocado por esta estación tan inusualmente rigurosa. Los periódicos están llenos de noticias de terribles naufragios causados por las tormentas de nieve y los vendavales, sobre todo en la costa oriental. Aunque los cuadros de comercio, navegación y rentas públicas publicados recientemente indican que continúa la prosperidad con que había empezado el año 1853, el duro invierno, y con él la carestía de los artículos de primera necesidad, sobre todo del grano, el carbón y el sebo, pesan muy gravemente sobre la situación de las clases bajas. Se han dado numerosos casos de muerte por hambre. Los motines del pan en el oeste acompañan ahora a los cierres patronales del norte.
La falta de tiempo nos obliga, sin embargo, a dejar para una carta posterior una crónica detallada del comercio y la industria.
En 1780 Prusia se adhirió a la liga de neutralidad armada promovida por Catalina II; en 1800, a la segunda liga de neutralidad armada, y en 1805 se mantuvo neutral frente a la tercera coalición contra Napoleón. ↩
Abbas I, virrey (bajá) de Egipto de 1848 a 1854. ↩
Vladímir Alexéievich Kornílov (1806-1854), vicealmirante, jefe del estado mayor de la flota rusa del mar Negro. ↩
Alexandr Serguéievich Ménshikov (1787-1869), almirante y general ruso, enviado especial del zar en Constantinopla en 1853 y luego comandante en jefe de las fuerzas de tierra y mar en Crimea. ↩
La fragata rusa Aurora, reparada en Portsmouth a finales de 1853. ↩
El puesto ruso de San Nicolás (Shefketil), en la costa del mar Negro, al norte de Batum, tomado por los turcos en octubre de 1853. ↩
Miloš Obrenović (1780-1860), príncipe de Serbia de 1815 a 1839, y su hijo Miguel (1823-1868), príncipe de 1839 a 1842; desde 1842 reinaba la dinastía rival de los Karađorđević. ↩
Rusia arrebató Finlandia a Suecia en la guerra de 1808-1809. ↩
Los intentos de reconciliar a la rama mayor de los Borbones (legitimistas) y a la de Orleans para restaurar la monarquía en Francia. ↩
Nikolái Dmítrievich Kiseliov (1800-1869), diplomático ruso, representante de Rusia en París hasta febrero de 1854. ↩
Filipp Ivánovich Brunnow (1797-1875), embajador de Rusia en Londres. ↩
Mustafá Reshid Bajá (1800-1858), ministro de Asuntos Exteriores de Turquía. ↩
Stratford Canning, lord Stratford de Redcliffe (1786-1880), embajador británico en Constantinopla. El general Achille Baraguey d'Hilliers (1795-1878), embajador de Francia en Constantinopla. ↩
Los tratados ruso-turcos de Küçük Kaynarca (1774), Adrianópolis (1829) y Unkiar Skelessi (1833). ↩
Louis d'Orléans, duque de Nemours, hijo de Luis Felipe, y el conde de Chambord, pretendiente legitimista con el nombre de Enrique V, se encontraron en Frohsdorf en noviembre de 1853. ↩
Karl Ferdinand von Buol-Schauenstein (1797-1865), ministro austriaco de Asuntos Exteriores. Peter von Meyendorff (1796-1863), embajador ruso en Viena. ↩
John Arthur Roebuck (1801-1879), diputado radical. ↩
Henry Peter Brougham, lord Brougham (1778-1868), político whig, antiguo lord canciller. ↩