Editorial publicado sin firma en el New-York Daily Tribune, n.º 4055, 17 de abril de 1854, p. 4; atribuido a Karl Marx y Friedrich Engels por la MEGA² (I/13), que lo fecha a finales de marzo de 1854. Traducido del original del periódico (Biblioteca del Congreso, Chronicling America) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés.

Lo más importante de las noticias de Europa que trajo el Arctic, llegado ayer por la mañana, es la certeza de que los rusos han cruzado el Bajo Danubio, con unos 50.000 hombres, en tres cuerpos al mando directo del príncipe Gorchakov y de los generales Lüders y Ushakov, y han ocupado una parte del distrito turco de la Dobrudja. Este distrito pertenece a la provincia de Bulgaria y es una estrecha llanura encerrada al oeste y al norte por el Danubio —que tuerce hacia el norte en Chernavoda y da un gran rodeo antes de llegar a su desembocadura— y al este por el Ponto Euxino. Gran parte del distrito es pantanosa y está expuesta a inundaciones; contiene varias fortalezas, como las de Babadag, Isakcha, Machin y Tulcha, que según se dice han sido tomadas por los rusos, aunque nuestro bien informado corresponsal de Londres califica la noticia de mero invento de especuladores de bolsa. Entre la llanura de la Dobrudja y el interior de Turquía extienden los Balcanes su cadena protectora. Los rusos no están más cerca de Constantinopla que antes de este movimiento, y no han ganado con él ninguna ventaja nueva sobre los turcos. De hecho, parece perfectamente claro que se trata de un simple movimiento defensivo, que indica solo su intención de retirarse de las partes más occidentales de Valaquia. Sus fuerzas en Valaquia sumaban en total siete divisiones de infantería, una división de reserva en Izmail y, más atrás, el cuerpo de Cheodayev, con tres divisiones, que se supone que ha llegado ya a Jassy. Las ocho divisiones, junto con la caballería, apenas pasan de 110.000 hombres. Considerando la posibilidad de que un cuerpo anglofrancés desembarque en la costa noroccidental del mar Negro y amenace la retaguardia rusa, está claro que el objeto de la ocupación de la Dobrudja es asegurar el flanco ruso con el menor sacrificio posible de terreno. Había solo dos medios de asegurar una posición que los protegiera del peligro de verse cortados: o bien una retirada directa sobre el Siret, haciendo del Bajo Danubio su línea de defensa, con Focşani, Galaţi e Izmail como puntos de apoyo; o bien lanzarse sobre la Dobrudja, con el frente apoyado en Kostendje, Hîrşova, Olteniţa y Bucarest; la muralla de Trajano, el Danubio y el Argeş serían la primera línea de defensa, el Buzău la segunda y el Siret la tercera. Este último plan era a todas luces el mejor, pues por el terreno que se abandona por un lado se gana otro nuevo en el flanco opuesto, lo que da a la retirada el carácter de un avance y salva el point d'honneur militar de los rusos. La posesión de la Dobrudja acorta el frente ruso y les permite, en el peor de los casos, retirarse sobre Jotín, en el Dniéster, aunque se produjera un desembarco en Akkerman o en Odesa. Los detalles de las maniobras con que se ha efectuado este cambio en la posición rusa tendremos que esperarlos aún.

Lo que sigue en interés es la certeza moral de que la insurrección griega contará con el apoyo de toda la influencia que tiene la monarquía de Grecia: el rey y la reina han ido ambos a la frontera para alentar a los insurrectos. En este trance, la guerra entre Grecia y Turquía, respaldada esta por los aliados, es casi inevitable, y se añade a las complicaciones del conflicto general, si es que no aumenta seriamente sus peligros. Por otro lado, tenemos la noticia de una nueva propuesta de paz del propio zar, transmitida por medio de Prusia. Nicolás ofrece zanjar la disputa si los aliados obtienen de Turquía un acta de emancipación completa de todos sus súbditos cristianos. En tal caso, evacuará los Principados cuando la flota aliada cruce los Dardanelos. Si estos términos se hubieran ofrecido abiertamente antes, habrían podido reducir mucho las probabilidades de guerra, pues no cabe duda de que los aliados se proponen conseguir precisamente una emancipación así, y la negativa a admitir siquiera una parte de ella ha llevado ya a que el sultán destituyera a dos miembros importantes de su gobierno. Pero la oferta probablemente no puede impedir ya la guerra, porque a la flota aliada se ha sumado ahora un ejército francés e inglés, y sir Charles Napier probablemente habrá atacado y tomado Åland antes de que puedan enviársele nuevas órdenes y lleguen a sus manos. Aun así, esta propuesta puede tener más importancia de la que nos inclinamos a atribuirle; sobre este punto tendremos sin duda información completa con el próximo vapor.

En medio de toda esta confusión e incertidumbre, solo una cosa parece clara: la extinción del poder musulmán como entidad política distinta en Europa. La emancipación de los cristianos de Turquía, se haga por concesión pacífica o por la violencia, rebaja el islamismo de autoridad política a secta religiosa y arranca de raíz los viejos cimientos del Imperio otomano. No solo reconoce perfectamente la verdad de lo que afirma el zar, que la Sublime Puerta padece una enfermedad peligrosa, sino que le corta el cuello al paciente a modo de medicina. Después de esa operación puede que se mantenga al sultán como ficción política en el trono de sus padres, pero los verdaderos gobernantes del país habrá que buscarlos en otra parte. Se comprende por qué en tal caso el autócrata ruso estaría dispuesto a arreglarse tranquilamente con sus antagonistas occidentales. Estos habrán llevado a cabo en Turquía la revolución más completa que quepa imaginar, y la habrán llevado a cabo enteramente en interés de él. Tras semejante disolución de la autoridad gobernante actual, sus relaciones con la Iglesia griega del país y con los eslavos le darán de hecho el poder supremo sobre él; tendrá entonces la ostra, mientras los gobiernos occidentales tendrán que contentarse con las conchas. Semejante desenlace, aunque ahora improbable, no es imposible. Pero podemos estar seguros de que hay muchos elementos, aún no desarrollados, que pronto irrumpirán y ejercerán una poderosa influencia en el curso de esta gran lucha. Entre ellos, hasta qué punto ha de desempeñar un papel principal la revolución europea, tanto tiempo dormida, es una cuestión que los estadistas de aquel hemisferio fingen ignorar, pero que pronto podría recordárseles de manera desagradable.