Escrito en inglés por Friedrich Engels el 8 de enero de 1854 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 3992, del 2 de febrero de 1854. Traducido del original inglés según The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 215-221), que lo atribuye a Marx, cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10, Berlín, 1961, pp. 3-8), que da la autoría y la fecha, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de ambas ediciones. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Por fin la cuestión turca, pendiente desde hace tanto tiempo, parece haber llegado a una fase en la que la diplomacia ya no podrá acaparar por mucho más tiempo el terreno con sus movimientos siempre cambiantes, siempre cobardes y siempre estériles. Las flotas francesa y británica han entrado en el mar Negro para impedir que la marina rusa cause daño a la flota turca o a la costa turca. El zar Nicolás declaró hace tiempo que semejante paso sería para él la señal de una declaración de guerra. ¿Lo soportará ahora tranquilamente?

No es de esperar que las flotas combinadas ataquen y destruyan en seguida la escuadra rusa o las fortificaciones y arsenales de Sebastopol. Al contrario, podemos estar seguros de que las instrucciones con que la diplomacia ha provisto a los dos almirantes1 están concebidas para eludir en lo posible la ocasión de un choque. Pero los movimientos navales y militares, una vez ordenados, no están sujetos a los deseos y planes de la diplomacia, sino a leyes propias que no pueden violarse sin poner en peligro la seguridad de toda la expedición. La diplomacia nunca se propuso que los rusos fueran derrotados en Oltenița;2 pero, una vez concedido a Omer Bajá3 un poco de margen y empezados los movimientos militares, la acción de los dos jefes enemigos se desarrolló en una esfera que en gran medida escapaba al control de los embajadores en Constantinopla. Así, una vez que las flotas han dejado su fondeadero de la rada de Beicos,4 no hay modo de saber cuándo pueden encontrarse en una posición de la que no las saquen ni las plegarias de lord Aberdeen por la paz ni la connivencia de lord Palmerston con Rusia, y donde tendrán que elegir entre una retirada infame y una lucha resuelta. Un mar estrecho y cerrado como el Ponto Euxino, donde las marinas contrarias apenas pueden arreglárselas para perderse de vista, es precisamente el lugar en que, en tales circunstancias, los choques pueden hacerse necesarios casi a diario. Y no es de esperar que el zar permita sin oposición que bloqueen a su flota en Sebastopol.

Si de este paso ha de seguirse, pues, una guerra europea, será con toda probabilidad una guerra entre Rusia, por un lado, e Inglaterra, Francia y Turquía, por el otro. El caso es lo bastante probable como para autorizarnos a comparar las probabilidades de éxito y hacer el balance de las fuerzas activas de cada lado, en la medida de lo posible.

Pero ¿estará Rusia sola? ¿Qué papel tomarán en una guerra general Austria, Prusia y los Estados alemanes e italianos que dependen de ellas? Se dice que Luis Bonaparte ha notificado al gobierno austriaco que, si en caso de conflicto con Rusia Austria se pusiera de parte de esa potencia, el gobierno francés se valdría de los elementos de insurrección que en Italia y en Hungría solo necesitan una chispa para volver a encenderse en un fuego devastador, y que entonces Francia intentaría la restauración de la nacionalidad italiana y húngara. Semejante amenaza puede surtir efecto en Austria; puede contribuir a mantenerla neutral el mayor tiempo posible, pero no es de esperar que Austria pueda mantenerse mucho tiempo al margen de una lucha así, si llega a producirse. El mero hecho de haberse proferido la amenaza puede provocar en Italia movimientos insurreccionales parciales, que no podrían sino hacer de Austria un vasallo de Rusia todavía más dependiente y todavía más servil. Y además, al fin y al cabo, ¿no se ha jugado ya una vez esa partida napoleónica? ¿Es de esperar que el hombre que restituyó al papa su trono temporal,5 y que tiene un candidato preparado de antemano para la monarquía napolitana,6 dé a los italianos lo que necesitan tanto como la independencia respecto de Austria: la unidad? ¿Es de esperar que el pueblo italiano se precipite de cabeza en semejante trampa? Sin duda lo oprime duramente el dominio austriaco, pero no estará muy deseoso de contribuir a la gloria de un Imperio que ya se tambalea en su suelo natal de Francia, ni de un hombre que fue el primero en combatir su propia revolución. El gobierno austriaco sabe todo esto, y por tanto podemos suponer que pesarán más en él sus propios apuros financieros que esas amenazas bonapartistas; también podemos estar seguros de que, en el momento decisivo, la influencia del zar será la que prevalezca en Viena y enredará a Austria del lado de Rusia.

Prusia intenta repetir la misma partida que jugó en 1780, en 1800 y en 1805.7 Su plan es formar una liga de Estados neutrales del Báltico o de Alemania del Norte, a cuya cabeza pueda representar un papel de cierta importancia y volverse hacia el lado que le ofrezca mayores ventajas. La uniformidad casi cómica con que todos esos intentos han acabado echando en brazos de Rusia al gobierno prusiano, codicioso, vacilante y pusilánime, pertenece a la historia. No es de esperar que Prusia escape ahora a su suerte habitual. Tanteará en todas direcciones, se ofrecerá en pública subasta, intrigará en ambos campos, se tragará camellos y colará mosquitos, perderá el poco crédito que por ventura le quede, recibirá una paliza y al final será adjudicada al postor más bajo, que en este caso, como en todos los demás, será Rusia. No será para Rusia un aliado, sino un estorbo, porque se cuidará de que destruyan su ejército de antemano, por su propia cuenta y para su propia satisfacción.

Mientras al menos una de las potencias alemanas no se vea envuelta en una guerra europea, el conflicto solo puede librarse en Turquía, en el mar Negro y en el Báltico. Durante ese periodo la lucha naval será la más importante. No hay duda de que las flotas aliadas pueden destruir Sebastopol y la flota rusa del mar Negro; de que pueden tomar y conservar Crimea, ocupar Odesa, cerrar el mar de Azov y soltar a los montañeses del Cáucaso. Con una acción rápida y enérgica, nada es más fácil. Suponiendo que esto ocupe el primer mes de operaciones activas, otro mes podría llevar los vapores de las flotas combinadas al canal de la Mancha, dejando que los veleros los siguieran, porque la flota turca podría entonces hacer todo el trabajo que hiciera falta en el mar Negro. Hacer carbón en la Mancha y otros preparativos podría llevar otra quincena; y entonces, unidos a las flotas del Atlántico y de la Mancha de Francia y de Gran Bretaña, podrían presentarse antes de finales de mayo en la rada de Kronstadt con fuerzas suficientes para asegurar el éxito de un ataque. Las medidas que hay que tomar en el Báltico son tan evidentes como las del mar Negro. Consisten en una alianza con Suecia a cualquier precio; un acto de intimidación contra Dinamarca, si es necesario; una insurrección en Finlandia, que estallaría en cuanto desembarcara un número suficiente de tropas, y la garantía de que no se concluiría la paz sino a condición de que esa provincia volviera a unirse a Suecia. Las tropas desembarcadas en Finlandia amenazarían Petersburgo, mientras las flotas bombardearían Kronstadt. Esta plaza es sin duda muy fuerte por su posición. El canal de aguas profundas que lleva a la rada apenas admite dos buques de guerra de frente presentando sus andanadas a las baterías, que están emplazadas no solo en la isla principal, sino en rocas, bancos e islotes más pequeños a su alrededor. Es inevitable cierto sacrificio, no solo de hombres, sino de barcos. Pero si eso se tiene en cuenta en el plan mismo del ataque, si se resuelve de una vez que tal o cual barco ha de sacrificarse y si el plan se ejecuta con vigor y sin vacilar, Kronstadt tiene que caer. La mampostería de sus baluartes no puede resistir mucho tiempo el fuego concentrado de los cañones pesados Paixhans,8 el arma más destructiva de todas cuando se emplea contra muros de piedra. Grandes vapores de hélice, con una dotación completa de esos cañones en el centro del buque, producirían muy pronto un efecto irresistible, aunque desde luego arriesgarían en el intento su propia existencia. Pero ¿qué son tres o cuatro navíos de línea de hélice comparados con Kronstadt, la llave del Imperio ruso, cuya posesión dejaría a San Petersburgo sin defensa?

Sin Odesa, Kronstadt, Riga y Sebastopol, con Finlandia emancipada y un ejército enemigo a las puertas de la capital, con todos sus ríos y puertos cerrados, ¿qué sería Rusia? Un gigante sin brazos y sin ojos, sin otro recurso que tratar de aplastar a sus adversarios bajo el peso de su torso torpe, lanzado aquí y allá al azar, dondequiera que se oyera un grito de guerra enemigo. Si las potencias marítimas de Europa obraran así, con resolución y vigor, Prusia y Austria podrían quedar libres del control de Rusia hasta el punto de unirse incluso a los aliados. Porque ambas potencias alemanas, si estuvieran seguras en casa, estarían dispuestas a sacar partido de los apuros de Rusia. Pero no es de esperar que lord Aberdeen y el señor Drouyn de Lhuys9 intenten pasos tan enérgicos. Los poderes establecidos no están por dar sus golpes a fondo, y si estalla una guerra general se maniatará la energía de los jefes hasta volverlos inofensivos. Si a pesar de ello se producen victorias decisivas, se cuidará de que sea por pura casualidad y de que sus consecuencias sean lo más inofensivas posible para el enemigo.

Las flotas podrían poner fin inmediatamente a la guerra en la costa asiática del mar Negro; la de la parte europea seguiría relativamente sin interrupción. Los rusos, expulsados del mar Negro y privados de Odesa y de Sebastopol, no podrían cruzar el Danubio sin gran riesgo (salvo en dirección a Serbia, con fines insurreccionales), pero muy bien podrían conservar los Principados hasta que fuerzas superiores y el riesgo de que se desembarcaran grandes cuerpos de tropas en su flanco y su retaguardia los expulsaran de Valaquia. Moldavia no tendrían que evacuarla sin una batalla general, porque allí las demostraciones sobre el flanco y la retaguardia tendrían poca importancia mientras Jotín y Kishinev les ofrecieran una comunicación segura con Rusia.

Pero mientras la guerra se limite a las potencias occidentales y Turquía, por un lado, y Rusia, por el otro, no será una guerra europea como las que hemos visto desde 1792. Sin embargo, una vez que empiece, la indolencia de las potencias occidentales y la actividad de Rusia obligarán pronto a Austria y a Prusia a decidirse por el autócrata. Prusia probablemente contará poco, pues es más que probable que su ejército, sean cuales sean sus capacidades, se malogre por presunción en algún segundo Jena.10 Austria, a pesar de su estado de bancarrota, a pesar de las insurrecciones que puedan producirse en Italia y en Hungría, no será un adversario despreciable. La propia Rusia, obligada a mantener su ejército en los Principados y en la frontera del Cáucaso, a ocupar Polonia y a tener un ejército para la defensa de la costa del Báltico, y especialmente de San Petersburgo y de Finlandia, tendrá muy pocas tropas disponibles para operaciones ofensivas. Si Austria, Rusia y Prusia (suponiendo siempre que esta última no haya sido ya derrotada) logran reunir quinientos o seiscientos mil hombres en el Rin y en los Alpes, será más de lo que razonablemente puede esperarse. Y los franceses solos pueden con quinientos mil aliados, suponiendo que los manden generales no inferiores a los de sus adversarios, entre los cuales solo los austriacos tienen jefes dignos de ese nombre. Los generales rusos no son temibles, y en cuanto a los prusianos, no tienen generales en absoluto; sus oficiales son subalternos hereditarios.

Pero no debemos olvidar que hay en Europa una sexta potencia, que en momentos dados afirma su supremacía sobre el conjunto de las cinco potencias llamadas «grandes» y las hace temblar a todas y cada una. Esa potencia es la Revolución. Silenciosa y retirada durante mucho tiempo, ahora la llaman de nuevo a la acción la crisis comercial y la escasez de alimentos. De Manchester a Roma, de París a Varsovia y a Pest, está en todas partes, levantando la cabeza y despertando de su sueño. Múltiples son los síntomas de su vuelta a la vida, visibles por doquier en la agitación y la inquietud que se han apoderado de la clase proletaria. Solo hace falta una señal, y la sexta y mayor potencia europea se presentará con su brillante armadura y la espada en la mano, como Minerva de la cabeza del Olímpico.11 Esa señal la dará la inminente guerra europea, y entonces todos los cálculos sobre el equilibrio de poder se vendrán abajo por la irrupción de un elemento nuevo que, siempre animoso y juvenil, desbaratará los planes de las viejas potencias europeas y de sus generales tanto como lo hizo de 1792 a 1800.

  1. El almirante británico James Dundas y el francés Ferdinand Hamelin, al mando de las escuadras aliadas en el mar Negro, según precisa la versión alemana de la MEW. ↩

  2. En Oltenița, en la orilla valaca del Danubio, los turcos rechazaron un ataque ruso el 4 de noviembre de 1853. ↩

  3. Omer Bajá (1806-1871), general turco nacido en Croacia, comandante en jefe del ejército del Danubio. ↩

  4. Beicos (hoy Beykoz), en la orilla asiática del Bósforo, donde fondearon las escuadras francesa y británica antes de entrar en el mar Negro, a primeros de enero de 1854. ↩

  5. En 1849 un cuerpo expedicionario francés enviado por el presidente Luis Bonaparte acabó con la República Romana y restableció el poder temporal de Pío IX. ↩

  6. Lucien Murat, primo de Luis Bonaparte e hijo de Joachim Murat, rey de Nápoles de 1808 a 1815. ↩

  7. En 1780 Prusia se adhirió a la liga de neutralidad armada promovida por Catalina II; en 1800, a la segunda liga de neutralidad armada, y en 1805 se mantuvo neutral frente a la tercera coalición contra Napoleón. ↩

  8. Cañones de proyectiles explosivos ideados por el general francés Henri-Joseph Paixhans. ↩

  9. Édouard Drouyn de Lhuys (1805-1881), ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón III. ↩

  10. En Jena y Auerstedt Napoleón destrozó el ejército prusiano el 14 de octubre de 1806. ↩

  11. Según el mito, Minerva (Atenea) nació armada de la cabeza de Júpiter (Zeus). ↩