Escrito en inglés por Friedrich Engels el 16 de noviembre de 1854 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4249, del 30 de noviembre de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 555-562), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Con la llegada del Africa hemos recibido noticias de otros tres días de Europa, que, sin embargo, no traían nada más de interés del teatro de la guerra, salvo un episodio espantoso, el de un hospital en el que un gran número de enfermos y heridos murieron quemados vivos, y relatos de sufrimientos que no se pueden describir con palabras. Sobre la batalla sangrienta e indecisa del 5 de noviembre, de la que el Baltic trajo una breve noticia,1 tenemos ahora el escueto parte de lord Raglan,2 pero todavía no las habituales descripciones extensas y emocionantes de los corresponsales que estuvieron presentes como participantes o como espectadores. Tanto en Inglaterra como en Francia reina una gran inquietud, mucho mayor de lo que se deja ver, por las dificultades de esta guerra, que han crecido y siguen creciendo; la obstinada negativa de Sebastopol a rendirse a los aliados, rivales en valor y en entrega, se considera fatal en grado sumo. Los extractos del Times de Londres que damos en otra columna de este periódico muestran un cambio de ánimo y un espíritu de inquietud que algunos pueden tomar equivocadamente por una desesperación incipiente. Como faltan detalles suficientemente concordantes sobre la batalla del 5 de noviembre para hacer consideraciones sobre ella, ofreceremos ahora algunas observaciones sobre las operaciones de asedio que la precedieron inmediatamente.
El 25 de octubre, la monotonía del sitio de Sebastopol se vio interrumpida por primera vez por un incidente dramático. Ese día los rusos atacaron la posición que los aliados habían tomado para cubrir el sitio, y como esta vez las ventajas estaban repartidas de modo más igual entre ambas partes, el resultado fue muy distinto del de la batalla del Alma.3 Este encuentro fue verdaderamente la contrapartida exacta de la batalla del Alma: combatió casi exclusivamente la caballería, mientras que en el Alma no se había empleado caballería alguna; los rusos no habían ocupado una posición defensiva, sino que eran los atacantes, mientras que la ventaja de las posiciones fuertes estaba del lado de los aliados. La lucha fue casi tan indecisa como en el Alma, pero esta vez la ventaja quedó para los rusos.
El Quersoneso heracleótico, la península situada al sur de la bahía de Sebastopol, linda con el resto de Crimea por una cadena de alturas que se extiende hacia el sudoeste desde la desembocadura del Chernaya, en el fondo de la bahía de Sebastopol. Esta cadena desciende suavemente por su lado noroeste, hacia Sebastopol, mientras que por el sudeste, hacia Balaklava, es por lo general alta y escarpada. Como los aliados ocupaban el Quersoneso heracleótico, esta cadena era su posición defensiva natural frente a cualquier ejército ruso que intentara poner fin al sitio. Pero Balaklava era, por desgracia, la «base de operaciones» de los británicos, el puerto principal de su flota, su gran depósito de víveres y pertrechos; y Balaklava estaba a unas tres millas al sudeste de esa cadena de colinas. Por eso era necesario incluir Balaklava en el sistema defensivo. Los alrededores de Balaklava consisten en un grupo de alturas muy irregulares que, desde el extremo sur de la cadena mencionada, se extienden casi exactamente de este a oeste a lo largo de la costa y que, como todas las colinas de Crimea, descienden suavemente hacia el noroeste, pero son empinadas y abruptas hacia el sudeste. En el ángulo que forman estas dos líneas de alturas se extiende una llanura ondulada que sube poco a poco hacia el este hasta terminar en una pendiente abrupta cerca del valle del Chernaya.
Lo más notable de esta llanura es una cadena de pequeñas colinas y terrenos ligeramente elevados que se extiende de noroeste a sudeste y une lo que hemos llamado la cadena heracleótica con las montañas de la costa sur. Sobre esta elevación, a unas tres millas al este y al nordeste de Balaklava, los aliados habían levantado su primera línea de defensa, compuesta por cuatro reductos que cubrían el camino de Bajchisarái y del curso alto del Chernaya. Estos reductos estaban ocupados por turcos. Una segunda línea de obras de campaña se levantó directamente delante de Balaklava y se prolongó hasta el vértice del ángulo que forman las alturas de la costa y la cadena heracleótica; esta la fortificó la división francesa del general Bosquet,4 que estaba apostada allí. Mientras que la segunda línea, defendida por soldados ingleses, infantes de marina y marineros, quedaba prolongada y flanqueada por la línea de reductos franceses, la primera, la línea turca, casi dos millas por delante, no solo estaba completamente desprotegida, sino que, en lugar de formar una línea perpendicular al camino por el que podía llegar el enemigo, se había construido, cosa bastante extraña, casi como una prolongación del camino. Eso permitió a los rusos tomar primero un reducto, luego el segundo, el tercero y por último el cuarto, ganando terreno cada vez, sin que un reducto pudiera apoyar mucho al otro.
La posición aliada estaba ocupada así: los reductos más próximos a Balaklava, o primera línea, por los turcos; las alturas de los alrededores inmediatos de Balaklava, por los infantes de marina británicos; el valle al norte de Balaklava, por el 93.º de Highlanders y algunos convalecientes. Más al norte estaba el campamento de la caballería británica y, sobre las alturas heracleóticas, el de la vanguardia de la división de Bosquet.
El 25 por la mañana, a las seis, el general Liprandi5 condujo a los rusos al ataque de esta posición. Mandaba una división combinada, a saber: seis regimientos de infantería (Dniéper, Azov, Ucrania, Odesa, Vladímir y Súzdal), el 6.º batallón de cazadores y un batallón de cosacos del mar Negro, en total 25 batallones; tres regimientos de caballería (los regimientos de húsares 11.º y 12.º y un regimiento combinado de ulanos, juntos de 24 a 26 escuadrones); unos dos regimientos de cosacos y 70 cañones, 30 de ellos de doce libras.
Envió al general Gribbe con tres batallones del regimiento de infantería Dniéper por una hondonada de la izquierda a ocupar la aldea de Kamara, delante de la cual se encuentra el primer reducto, el más fuerte. El general Gribbe ocupó la aldea, y sus tres batallones parecen haber pasado allí el día muy tranquilos, porque no se los menciona en ningún momento del combate que siguió.
La columna principal, que primero siguió el curso del Chernaya y luego tomó un camino secundario, llegó a la carretera de Bajchisarái a Balaklava. Allí topó con los reductos ocupados por los turcos. Como el primer reducto era bastante fuerte, Liprandi hizo abrir fuego de artillería sobre él y después avanzar las columnas de asalto. Una línea de tiradores cubría los batallones primero, segundo y tercero del regimiento Azov, que avanzaban en columnas de compañía; tras sus alas, a su vez, estaban el cuarto batallón del regimiento Azov y un batallón del regimiento Dniéper en densas columnas de ataque. El reducto fue tomado tras una viva resistencia. Que los turcos dejaran allí 170 muertos y heridos prueba que, pese a las malévolas afirmaciones de la prensa británica, este reducto se defendió con valor. En cambio, los reductos segundo, tercero y cuarto, levantados a toda prisa, los tomaron los rusos casi sin resistencia, y hacia las siete de la mañana la primera línea de defensa de los aliados estaba enteramente en manos rusas.
El abandono de estos reductos por los turcos puede contribuir a disipar las ideas exageradas sobre la bravura turca que se han generalizado desde Oltenița y Silistra,6 pero los generales británicos y la prensa británica hacen un papel muy mezquino al volverse de repente contra los turcos en esta ocasión. No hay que culpar tanto a los turcos como a los ingenieros que trazaron tan mal esta línea de defensa y no supieron terminarla a tiempo, y a los jefes que expusieron la primera línea a un asalto abrumador del enemigo sin tener apoyo a mano.
Los highlanders del 93, pausados y lentos, como corresponde a unos escoceses, se formaron poco a poco en línea y solo avanzaron por las alturas en dirección a los reductos cuando el enemigo ya los había tomado. Los turcos que huían, diezmados por la caballería rusa, acabaron por rehacerse en los flancos de los highlanders. Estos se tendieron, delante de las posiciones que los aliados aún conservaban, tras la cresta de una elevación del terreno para protegerse del fuego ruso, y solo los apoyaba la división de caballería a su izquierda. Entretanto los rusos habían formado su línea de batalla en las alturas donde estaban los reductos: en su flanco izquierdo el regimiento Azov, a su derecha el regimiento Ucrania y a continuación el regimiento Odesa. Estos tres regimientos ocupaban el espacio entre los reductos y la que había sido la primera línea de los aliados. Más a la derecha del regimiento Odesa, la llanura ondulada ofrecía un terreno favorable para los movimientos de caballería. Allí se mandó a los dos regimientos de húsares, que se encontraron directamente frente a la caballería británica, situada a unas dos millas. Los regimientos Súzdal y Vladímir, una parte de la artillería y los ulanos, que acababan de llegar, quedaron en reserva.
Cuando los highlanders del 93, reforzados por el batallón de convalecientes y por los turcos, hicieron frente a los rusos, se lanzó contra ellos a los húsares. Pero antes de que los húsares pudieran llegar, los atacó la brigada británica de caballería pesada. Los 700 u 800 dragones pesados británicos se arrojaron sobre los rusos y los dispersaron en una de las cargas más brillantes y afortunadas de la historia, si se considera su número muy inferior. Los húsares rusos, el doble de numerosos, fueron desbaratados en un abrir y cerrar de ojos. Los pocos escuadrones rusos que habían atacado a los highlanders del 93 fueron recibidos por la infantería, a quince yardas de distancia y con toda calma, con una descarga escocesa, y se retiraron como pudieron.
Si los turcos habían salido corriendo, los ingleses solo habían ganado gloria hasta entonces. La audacia de los highlanders, que recibieron a la caballería en línea sin formar antes el cuadro, y la impetuosa carga de la caballería pesada fueron sin duda hechos gloriosos, sobre todo porque se realizaron antes de la llegada de refuerzos. Pero ahora se acercaban la primera división (la del duque de Cambridge) y la cuarta (la de Cathcart), así como la división francesa de Bosquet y la brigada de chasseurs d'Afrique (caballería). Se formó la línea de batalla, y solo entonces pudo hablarse de que había dos ejércitos en liza. Como los franceses de Bosquet se formaron sobre las alturas heracleóticas, Liprandi hizo que los regimientos Vladímir y Súzdal formaran el extremo de su ala derecha sobre las alturas, más allá de la posición de la caballería.
Cuando el fuego casi había cesado, porque los ejércitos de ambos lados estaban fuera de tiro, un malentendido nunca aclarado provocó una carga de la caballería ligera británica, una carga que no tenía objetivo y que acabó en derrota. Llegó una orden de avanzar, y en pocos instantes el conde de Cardigan7 condujo su brigada ligera valle arriba, por el valle que tenía enfrente, un valle desde cuyas alturas protectoras las baterías concentraban el fuego sobre el terreno más bajo. Toda la brigada tenía a lo sumo 700 hombres; cuando entraron en el alcance de la metralla, los recibió el fuego de la artillería y de los tiradores apostados en las laderas; atacaron la batería del extremo superior del valle, recibieron una descarga a veinte yardas de distancia, arrollaron a los artilleros, dispersaron a los húsares rusos, que emprendieron un segundo ataque, aunque vacilante, y estaban a punto de retirarse cuando los ulanos rusos los tomaron de flanco. Estos acababan de llegar y cayeron en el acto sobre los caballos jadeantes de los británicos. Esta vez los británicos, pese a sus éxitos parciales, tuvieron que retirarse y fueron completamente batidos por los rusos, aunque, y hay que decirlo, por la gran superioridad numérica de estos y por un error que los llevó sin objetivo directamente al fuego cruzado de una fuerte artillería. De los 700 soldados que cargaron, apenas 200 volvieron en condiciones de combatir. La brigada de caballería ligera puede darse por aniquilada mientras no se forme de nuevo con reemplazos.
Esta catástrofe habría sido mucho mayor para los británicos, y apenas habría vuelto un hombre, si no se hubieran producido dos movimientos en los dos flancos de la caballería ligera atacante. En el derecho, lord Lucan8 ordenó a la brigada pesada un ataque fingido contra las baterías rusas que tenía delante. Maniobraron hacia adelante durante unos minutos, perdieron unos diez hombres por el fuego ruso y volvieron al galope. En el flanco izquierdo, en cambio, los chasseurs d'Afrique franceses, dos de los mejores regimientos de caballería del mundo, al ver batidos a sus aliados, se lanzaron hacia adelante para sacar de allí a la caballería británica. Atacaron la batería que tomaba de flanco a la caballería ligera británica y que estaba más arriba en la colina, delante del regimiento de infantería Vladímir; irrumpieron en un instante en las posiciones de los cañones, acuchillaron a los artilleros y después, cumplida su tarea, se retiraron, cosa que habrían hecho también aunque el regimiento Vladímir no hubiera avanzado en el acto contra ellos.
Aquí se manifestó otro rasgo de la manera británica de hacer la guerra en esta campaña, que hemos tenido ocasión de señalar más de una vez. Primero cometieron un error, y luego retrocedieron ante un movimiento contrario a las reglas de la táctica, que era el único que habría podido evitar sus consecuencias. Pero los chasseurs franceses comprendieron enseguida lo que había que hacer. Por su lado, la caballería rusa no hizo ningún ataque de flanco durante el combate de caballería, porque la súbita acometida de los franceses lo impidió; en cambio, los prudentes «pesados» del brigadier Scarlett9 atacaron solo en apariencia, lo que, naturalmente, no bastó para impedir que los ulanos rusos cayeran sobre el flanco de los húsares. Si hubieran atacado como los franceses, los ulanos rusos habrían puesto pies en polvorosa muy pronto. Pero mientras a la brigada de sus camaradas se le ordenaba una audacia excesiva, a ellos se les ordenó una cautela excesiva, y el resultado fue el destrozo de la brigada ligera.
Después de esto cesó la lucha. Los rusos destruyeron los dos reductos más próximos a los aliados y ocuparon con fuerza los otros dos. Mantuvieron el terreno conquistado, y lord Raglan, que no se atrevió a atacarlos, ordenó reforzar la segunda línea de reductos y se limitó a defenderla. La primera línea quedó abandonada.
En este combate, la conducta de los highlanders del 93 estuvo por encima de todo elogio. Recibir a la caballería en línea como ellos lo hicieron, replegando solamente una compañía en ángulo (en potence) en su flanco derecho y conteniendo el fuego hasta el momento decisivo, para disparar entonces con una seguridad tan mortífera, es una hazaña de la que muy pocas tropas son capaces y que da testimonio de las más altas cualidades que puede poseer un infante. Los austriacos y los británicos son seguramente las únicas tropas con las que puede intentarse un experimento así con bastante seguridad; tal vez también con algunas tropas rusas, porque su largo servicio las capacita para semejante tarea, aunque no recordamos que se las haya sometido nunca a esa prueba y que la hayan superado.
Este combate probó de modo indiscutible la superioridad de la caballería británica y francesa sobre la rusa. Las tres brigadas aliadas tenían aproximadamente la misma fuerza que los tres regimientos rusos; y si se las hubiera lanzado al ataque a la vez en lugar de una tras otra, apoyadas por la artillería que avanzaba y por toda la línea de infantería en marcha, Liprandi y sus tropas habrían corrido el gran peligro de verse arrojados por la empinada pendiente que baja al Chernaya y de sufrir la suerte que Blücher deparó a los franceses en el Katzbach.10
La fuerza de los dos ejércitos puede calcularse aproximadamente así: los rusos tenían 25 batallones, que en su mayoría ya habían combatido en el Alma y no podían sumar más de 14.000 hombres a lo sumo; 24 escuadrones de caballería, que habían hecho casi todo el camino desde Moscú y Kaluga, con seguridad no más de 2.400 hombres; además, unos 1.000 cosacos y 70 cañones.
La infantería de los aliados se componía de la mayor parte de las divisiones británicas primera y cuarta y de la división francesa de Bosquet, más un número indeterminado de turcos, al que solo podemos llegar calculando el número de batallones turcos desembarcados. Desde el comienzo tomaron parte en la campaña diez batallones turcos, y según el parte de lord Raglan del 18 de octubre desembarcaron en Balaklava otros seis. Como no se los empleó en el sitio ni se los alejó mucho de Balaklava, todos esos turcos tuvieron que entrar en acción allí, aunque después de su retirada de los reductos ya no se los mencionara en los partes ni se los considerara dignos de mención. Así pues, nos acercaremos bastante a la verdad si calculamos unos 6.500 británicos, unos 3.500 franceses y al menos 6.000 turcos. Además, en los reductos de los alrededores de Balaklava había unos 1.000 infantes de marina y marineros británicos. En total, 17.000 hombres de infantería u 11.000 si no se cuenta a los turcos. Las dos brigadas de caballería británicas sumaban unos 1.400 hombres (en los partes británicos solo se cuenta la tropa), y los chasseurs d'Afrique al menos 800, en total 2.200 hombres. La fuerza de la artillería se desconoce, pero era numéricamente inferior a la de los rusos, aunque muy superior en calidad.
En conjunto, consideramos que en esta ocasión los aliados eran al menos tan fuertes como los rusos; tenían la ventaja de unas posiciones fuertes en las que replegarse, y en un ataque audaz y combinado de caballería e infantería habrían podido obtener una victoria decisiva: no una como la del Alma, que no tuvo resultado alguno, sino una victoria que les habría ahorrado el esfuerzo de librar aquella batalla mortífera del 5 de noviembre. Ahora ni siquiera compensaron las pérdidas que se les habían infligido, y por esa extraña mezcla de temeridad y exceso de precaución, de audacia fuera de lugar y temor fuera de lugar, de locura militar que no hace caso de las reglas del arte de la guerra y de discusiones eruditas que dejan pasar el momento de actuar, por esa singular habilidad para hacer siempre lo que no se debe en el momento menos oportuno, que ha caracterizado todos los actos de los aliados, perdieron por completo la batalla de Balaklava.
En cuanto a la batalla del 5 de noviembre, hasta ahora solo podemos concluir que abrió aquella crisis que, según suponíamos, estallaría entre el 5 y el 13. Como hemos señalado hace mucho y como señala ahora también el Times de Londres, todo es solo una cuestión de abastecimiento y de refuerzos.
El Africa y el Baltic, vapores correo que traían a Nueva York las noticias de Europa. La batalla del 5 de noviembre es la de Inkerman. ↩
FitzRoy Somerset, lord Raglan (1788-1855), mariscal de campo, comandante en jefe del ejército británico en Crimea. ↩
Batalla del río Alma, en Crimea (20 de septiembre de 1854), primera victoria de los aliados tras su desembarco. ↩
Pierre Bosquet (1810-1861), general francés, mandaba una división en Crimea. ↩
Pável Liprandi (1796-1864), general ruso, mandó las tropas rusas en el combate de Balaklava. ↩
En Oltenița (noviembre de 1853) y en Silistra (abril-junio de 1854) los turcos rechazaron a los rusos en el Danubio. ↩
James Brudenell, conde de Cardigan (1797-1868), general británico, mandaba la brigada de caballería ligera. ↩
George Bingham, conde de Lucan (1800-1888), general británico, mandaba la división de caballería en Crimea. ↩
James Yorke Scarlett (1799-1871), general británico, mandaba la brigada de caballería pesada. ↩
En el Katzbach, en Silesia, el ejército prusiano-ruso de Blücher derrotó el 26 de agosto de 1813 a las tropas francesas del mariscal Macdonald, muchas de las cuales se ahogaron en el río crecido. ↩