Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 4 de julio de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4134, del 19 de julio de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre (The Eastern Question, Londres, 1897, lo trae abreviado, sin la parte sobre Madrid y con los tratados resumidos entre corchetes): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 308-316), sin su aparato editorial, cotejada con ese texto inglés, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, martes 4 de julio

La sublevación militar de Madrid, largo tiempo esperada, se ha producido por fin bajo la dirección de los generales O'Donnell y Dulce.1 Los periódicos gubernamentales franceses se apresuran a comunicarnos que, según sus informaciones, el gobierno español ha superado ya el peligro y la sublevación está sofocada. Pero el corresponsal en Madrid del Morning Chronicle, que da un informe detallado del levantamiento y publica la proclama de los insurrectos, opina que estos solo se han retirado de la capital para unirse a la guarnición de Alcalá, y que, si Madrid permaneciera pasivo, no tendrían dificultad en llegar a Zaragoza. Si este movimiento tuviera más éxito que la última rebelión en aquella ciudad,2 provocaría una desviación de la acción militar de Francia, ofrecería motivo de discrepancias entre Francia e Inglaterra e influiría probablemente también en el conflicto pendiente entre España y el gobierno de los Estados Unidos.3

Resulta ahora que el nuevo empréstito ruso no lo han contratado aún en firme los señores Hope, de Ámsterdam, como yo había supuesto por los anuncios de las Bolsas de Londres y de Manchester, y que estos banqueros tampoco han adelantado al Tesoro ruso parte alguna de la suma. Solo se encargaron de colocarlo en las distintas Bolsas europeas, pero sin correr ellos mismos riesgo alguno. El éxito del empréstito se presenta como muy dudoso, y hemos oído que en Berlín y en Fráncfort ha sido muy mal acogido. El Senado de Hamburgo ha prohibido su cotización oficial, y los representantes diplomáticos y cónsules ingleses, según el Morning Chronicle, han advertido a los súbditos británicos que no suscriban un empréstito «destinado a continuar la guerra contra la reina».

Las noticias sobre los movimientos de las tropas rusas desde el levantamiento del sitio de Silistra son contradictorias. Después de que el Moniteur anunciara la retirada de los rusos detrás del Prut, la Presse de Viena declara que no había el menor motivo para creer en semejante movimiento. Resulta, al contrario, que ni siquiera se piensa en evacuar Valaquia; el general Liprandi4 ha tomado posiciones cerca de Ploiești y Câmpina y ha situado sus avanzadas a la entrada del paso de la Torre Roja, mientras que del ejército principal, que se ha retirado por Slobozia y a lo largo de la orilla izquierda del Danubio, se informa que se ha detenido cerca de Brăila. Por otra parte, el cuerpo de Lüders, que ocupa la Dobrudja, todavía no ha abandonado la línea de la muralla de Trajano, y no es probable, aun en caso de una nueva retirada, que abandonen Măcin e Isaccea. Se dice que afluyen tropas frescas a Moldavia, donde, según parece ser el plan de los rusos, se quiere concentrar una fuerza poderosa. El cuerpo del general Paniutin ha entrado desde Podolia, y se traen fuerzas auxiliares adicionales de Besarabia. El total de las fuerzas rusas en la Alta Moldavia, entre Iași, Roman y Botoșani, sería de 60.000 hombres, y una división de 20.000 está acampada cerca de Kamenets. «Paskévich —escribe la Ost-Deutsche Post— ha declarado que en ningún caso abandonará la desembocadura del Danubio». Los rusos explican la retirada únicamente como efecto de la peste que se ha declarado en el Danubio superior.

Por ahora no está nada claro lo que harán los austriacos. Se dice que el cuerpo de Coronini5 tiene orden de embarcar en vapores en Orșova para bajar por el río hasta Giurgiu; desde allí marchará sobre Bucarest. El Corriere Italiano, órgano del gobierno austriaco, anuncia que el objeto de esta medida es solo tomar una posición neutral en Valaquia; pero al mismo tiempo oímos que Rusia ha rechazado el «ultimátum» austriaco. Un despacho publicado en el Morning Chronicle dice:

«En su respuesta al requerimiento austriaco, el emperador ruso declara estar dispuesto a negociar con las cuatro potencias sobre todos los puntos, salvo sobre los privilegios de los súbditos cristianos del sultán. Sobre esta materia solo quiere negociar directamente con la Puerta y se niega a admitir a las cuatro potencias como intermediarias. Se niega igualmente a dar garantías de la evacuación de los Principados.»

Ahora bien, a consecuencia de esta negativa puede producirse muy fácilmente una guerra simulada entre Austria y Rusia, que quizá acabe luego en un rencontre6 tan notable como aquel famoso asunto de Bronnzell, que puso fin a la guerra simulada entre Prusia y Austria de 18507 cuando los periódicos todavía se perdían en conjeturas sobre el terrible desenlace de la gran «crisis centroeuropea». Así que, en vez de hacer especulaciones parecidas sobre el posible significado de la política actual de Austria, preferimos ocuparnos del tratado austro-turco del 14 de junio, que ahora se ha dado a conocer completa y oficialmente.

Hay que atender aquí a dos puntos: las relaciones entre Austria y Turquía, y las relaciones de la población de Moldavia y Valaquia con Turquía y con Austria o con otras potencias extranjeras; este último punto lo descuida por completo, cosa curiosa, la opinión pública de Europa, dominada por la diplomacia.

Por el artículo primero del tratado, el emperador de Austria se compromete

«a agotar todos los medios de negociación y de otro tipo para lograr la evacuación de los Principados del Danubio por el ejército extranjero que los ocupa y, si es necesario, a emplear el número de tropas requerido para alcanzar este fin».

Con ello se autoriza al emperador de Austria a hacer entrar en Valaquia cuantas tropas quiera, sin declarar antes la guerra a Rusia. Así, un Estado vasallo turco queda sometido a una operación que lo convierte en una posesión neutral bajo Austria y contra Turquía. El segundo artículo dice:

«En tal caso, corresponderá al comandante en jefe imperial la dirección exclusiva de las operaciones de su ejército. Este cuidará, sin embargo, de informar a tiempo al comandante en jefe del ejército otomano de sus operaciones.»

Con este acuerdo los austriacos no solo escapan a todo control de Turquía sobre cualquier acción que tengan por conveniente, sino que se llevan por completo la mejor parte en todas las operaciones que el comandante turco pueda proyectar en suelo valaco, pues les basta con avisarle de que quieren ocupar tal o cual punto para impedir que los turcos marchen allí. Si se piensa ahora que, aparte del estrecho territorio de la Dobrudja, los Principados ofrecen el único campo de batalla posible entre turcos y rusos, resulta que la intervención austriaca hace sencillamente imposible a Turquía aprovechar sus victorias y castigar al invasor.

Por el artículo 3,

«el emperador de Austria asume la obligación de restablecer en los Principados del Danubio, de acuerdo con el gobierno otomano, lo antes posible el estado legal tal como resulta de los propios privilegios garantizados por la Sublime Puerta en lo que atañe a la administración de estos países. Las autoridades locales así restablecidas no podrán extender, sin embargo, su acción hasta ejercer control alguno sobre el ejército imperial».

El emperador austriaco se reserva, pues, plena libertad para restablecer el estado legal de las cosas en cuanto le parezca posible; y aun entonces depende de él restablecer a las autoridades locales solo con el propósito de someterlas a la ley militar austriaca, exactamente a la manera del general ruso Budberg.8

Según el artículo 4,

«la corte imperial de Austria se obliga además a no entrar con la corte imperial de Rusia en ningún arreglo que no tenga como punto de partida los derechos soberanos del sultán y la integridad de su Imperio».

El artículo 5 añade:

«En cuanto se alcance el objeto de la presente convención mediante la conclusión de un tratado de paz entre la Sublime Puerta y la corte de Rusia, el emperador de Austria tomará enseguida medidas para retirar sus fuerzas lo antes posible. Los pormenores de la retirada de las tropas austriacas serán objeto de un acuerdo especial con la Sublime Puerta.»

En el primero de estos dos artículos, Austria se reserva el derecho a un arreglo con Rusia que se base meramente en el statu quo tal como lo fija la nota de Viena.9 En el último, Austria promete retirar sus tropas no después de haber llegado ella misma a un arreglo con Rusia, sino solo cuando se haya concluido un tratado entre Rusia y Turquía. La «garantía material», que ya no está segura directamente en manos de Rusia, pasa a Austria, y a Austria se la autoriza a conservarla en su lugar, con el consentimiento de la Puerta, hasta que Turquía se haya adherido al «acuerdo entre las dos cortes imperiales». El artículo 6 autoriza a los austriacos a apropiarse, sin la menor apariencia de pago, de todos los víveres que los rusos hayan dejado en los Principados. Las ventajas de este convenio sabrán apreciarse plenamente sobre todo en Alemania, donde se está acostumbrado a que los pecados revolucionarios se castiguen con guarniciones austriacas y donde los austriacos esquilmaron en 1849 y 1850 comarcas enteras.

El tratado significa en esencia la entrega de los Principados a Austria y la renuncia a la soberanía turca sobre ellos. Con ello los turcos han cometido una violación de los derechos del pueblo moldavo-valaco tan flagrante como las que cometieron antes los rusos. Los turcos no tienen más derecho a abandonar los Principados a la ocupación austriaca que a declararlos provincias rusas.

Las pretensiones de la Puerta a la soberanía sobre Moldavia y Valaquia se fundan en los tratados de 1393, 1460 y 1513. El tratado de 1393 entre Valaquia y Turquía contiene los siguientes artículos:

«Art. I. Nos, Bayaceto, etc., disponemos por nuestra extraordinaria benevolencia hacia Valaquia, que con su príncipe reinante se ha sometido a nuestro invencible Imperio, que ese país seguirá gobernándose a sí mismo por sus propias leyes y que el príncipe de Valaquia tendrá plena libertad para declarar la guerra a sus vecinos o hacer la paz con ellos como y cuando le plazca.

»Art. III. Los príncipes (cristianos) serán elegidos por los metropolitanos y los boyardos.

»Art. IV. El príncipe de Valaquia pagará anualmente a nuestro Tesoro imperial 500 piastras de nuestra moneda.»

El tratado que Vlad V, príncipe de Valaquia, concluyó en 1460 con Mehmed II dispone:

«Art. I. El sultán consiente y promete, por sí y por sus sucesores, proteger a Valaquia y defenderla contra todo enemigo, sin exigir nada salvo la soberanía sobre este principado soberano, de cuyos voivodas se espera que paguen a la Sublime Puerta un tributo de 10.000 ducados.

»II. La Sublime Puerta no intervendrá en modo alguno en la administración local de dicho principado, y a ningún turco se le permitirá entrar en Valaquia sin motivo manifiesto.

»III. Los voivodas serán elegidos como hasta ahora por el metropolitano, los obispos y los boyardos, y la Puerta reconocerá la elección.

»IV. La nación valaca seguirá gozando del libre ejercicio de sus propias leyes, y los voivodas tendrán derecho de vida y muerte sobre sus súbditos, así como el derecho de hacer la paz o declarar la guerra, sin estar sometidos por ninguno de sus actos a ninguna clase de responsabilidad ante la Sublime Puerta.»

El tercer tratado es el de 1513, en el que Moldavia reconoció la soberanía de la Puerta y obtuvo condiciones todavía mejores que las que había conseguido Valaquia.

Los tratados concluidos entre Rusia y Turquía no podían, naturalmente, invalidar los tratados que los propios moldavo-valacos habían concluido con la Puerta, puesto que estos pueblos nunca habían negociado ellos mismos con los rusos ni habían dado a la Puerta el derecho de negociar por ellos. Por lo demás, cabe hacer constar aquí que la propia Rusia reconoció las capitulaciones antes mencionadas en el tratado de Adrianópolis, cuyo artículo V dice lo siguiente:

«Como los Principados de Valaquia y Moldavia se han puesto por capitulación bajo la soberanía de la Sublime Puerta y Rusia ha garantizado su bienestar (!), se entiende que seguirán gozando de todos los privilegios y libertades que les fueron garantizados en virtud de su capitulación.»

De las capitulaciones antes citadas, que siguen en vigor, puesto que ningún tratado posterior las ha anulado, se desprende, pues, que los Principados forman dos Estados soberanos bajo la soberanía de la Puerta, a la que pagan un tributo a condición de que la Puerta los defienda contra cualquier enemigo exterior y no se inmiscuya en absoluto en sus asuntos internos. No solo no tienen derecho los turcos a entregar Valaquia a una ocupación extranjera, sino que a ellos mismos les está prohibido entrar en Valaquia sin motivo plausible. Más aún: como los turcos han violado así sus capitulaciones con los valacos y han perdido su derecho a la soberanía, los rusos, si los valacos recurrieran a ellos, podrían incluso fundar en los tratados rotos su derecho a expulsar a los austriacos de los Principados. Y eso no tendría nada de sorprendente, porque la política constante de Rusia ha sido alentar a Turquía en sus atropellos contra los derechos de los valacos, y hasta incitarla a ellos, para sembrar la hostilidad entre ambos y crearse así un pretexto para intervenir. ¿Qué ocurrió, por ejemplo, en 1848? En la primavera de aquel año algunos boyardos habían presentado al príncipe de Moldavia una petición en la que reclamaban determinadas reformas; por influencia del cónsul ruso, no solo se rechazaron estas demandas, sino que se encarceló a sus autores. El movimiento que provocó esta medida dio luego a los rusos el pretexto para cruzar la frontera el 25 de junio y marchar sobre Iași. Al mismo tiempo, el hospodar de Valaquia, como los demás gobiernos del continente, concedió una serie de reformas que había reclamado el partido liberal de los boyardos valacos. Eso fue el 23 de junio. Que estas reformas no lesionaban en absoluto la soberanía de la Puerta no hace falta ni decirlo. Pero dio la casualidad de que destruían toda la influencia que Rusia había obtenido con la ley fundamental10 que había promulgado durante la ocupación de 1829 y que estas reformas abolieron. La Constitución establecida en su lugar abolió la servidumbre, y una parte de la tierra que habitaban los campesinos se les cedió en propiedad, mientras que el Estado indemnizaba al señor por la tierra cedida y por la pérdida del trabajo de sus campesinos. Entonces los rusos movieron al príncipe reinante a abdicar,11 y se instauró un gobierno provisional para dirigir los asuntos públicos. La Puerta, que, como ya hemos mostrado, no tenía derecho a inmiscuirse en los asuntos internos de los Principados y que no había protestado contra la entrada de los rusos en Moldavia, envió a Valaquia a Solimán Bajá con un ejército turco y publicó una alocución muy amenazadora del sultán a su población; estas medidas las tomó el Diván, naturalmente, bajo influencia rusa. Los valacos salieron al encuentro del bajá y de los turcos y confraternizaron con ellos. Se convino en sustituir al gobierno provisional por una Lieutenance Princière,12 compuesta primero de seis y luego de tres miembros. Este gobierno fue reconocido después por el bajá y, a petición del bajá, también por los cónsules extranjeros. Tras someterse a una modificación, la nueva Constitución fue confirmada también por el sultán.

Entretanto, el gobierno ruso echaba pestes contra el pueblo valaco en manifiestos dirigidos a Europa, acusándolo de haber implantado la república y proclamado el comunismo. El 1 de agosto de 1848 una gran fuerza rusa cruzó el Prut en marcha hacia Bucarest. De pronto la Puerta llamó a Solimán Bajá; el sultán se negó a recibir a los enviados valacos, que habían ido a Constantinopla por invitación suya; y el 25 de septiembre Fuad Efendi13 se presentó ante Bucarest a la cabeza de un ejército turco y declaró que solo había venido para quitar a Rusia todo pretexto para entrar en el principado. Confiando en las palabras de los turcos, más de 100.000 habitantes de Bucarest y sus alrededores, desarmados, con traje de fiesta y con el clero al frente, salieron a dar la bienvenida a los turcos. Fuad Efendi los invitó a enviar a su campamento una diputación a la que pudiera comunicar sus instrucciones. El señor Brătianu14 cuenta en su relato de estos sucesos:

«Apenas se había presentado la diputación ante Fuad Efendi cuando fue hecha prisionera; al mismo tiempo, el ejército turco se lanzó a marchas forzadas sobre Bucarest, pisoteó bajo los cascos de su caballería a los pacíficos habitantes que habían salido a recibir a los turcos como amigos, derribó sus banderas, destruyó sus cruces, bombardeó el cuartel militar que encontró a su paso y un barrio entero de la ciudad, disparó metralla contra los soldados valacos que estaban en ese cuartel, los obligó a capitular y a deponer las armas, mató a los enfermos y, una vez llegado a la ciudad, se entregó sin freno al saqueo, la matanza y otros hechos horribles.»

Fue entonces cuando el comisario ruso, el general Duhamel,15 acompañó al ejército turco y lo mandó de hecho. El ejército ruso lo siguió, y el resultado fue el tratado de Balta Liman,16 por el que, entre otras cosas, se restableció también la ley fundamental rusa, o statuto. Este es en realidad el statu quo al que Austria se compromete a devolver a Valaquia.

Está claro que, si Omer Bajá entrara ahora en Valaquia con su ejército victorioso, los turcos, escarmentados por sus experiencias recientes y en guerra con Rusia, restablecerían la Constitución de 1848, con lo que «la república, el comunismo» y todas las creaciones del año 1848 cobrarían nueva vida. Nadie creerá que Austria se enojaría por tal giro menos que Rusia. Igual de claro es, por otra parte, que sobre la Puerta tuvo que ejercerse una presión del todo extraordinaria antes de que se dejara empujar a semejante violación de sus tratados con los valacos, cuyas consecuencias debía conocer por experiencia. Esa presión no puede haber venido de nadie más que del embajador inglés. Por eso es interesante recordar cómo se comportaron el mismo lord Redcliffe17 y sus superiores de Downing Street en 1848 y 1849 ante los atropellos que rusos y turcos cometieron contra los derechos de Moldavia y Valaquia.

Cuando el ejército ruso cruzó por primera vez la frontera de Moldavia en junio de 1848, lord Palmerston declaró en la Cámara de los Comunes, a una pregunta del inevitable Dudley Stuart:18

«Las tropas rusas han entrado en Moldavia sin órdenes del gabinete de San Petersburgo. Su único fin es mantener o restablecer el orden, y se retirarán cuando ya no haya necesidad. La entrada se produjo a petición del hospodar, y no hay intención de hacer adquisiciones territoriales.»

Cuando en agosto de 1848 el ejército ruso cruzó de nuevo el Prut en su marcha hacia Bucarest y los moldavo-valacos enviaron una diputación a Constantinopla, el Diván pidió consejo a los embajadores de Inglaterra y Francia y recibió de lord Redcliffe la indicación de seguir la misma política que seguía Rusia.

Cuando en octubre los turcos y los rusos ocuparon juntos Valaquia, los rusos persiguieron a un oficial valaco hasta la vivienda del comandante de las tropas turcas en Bucarest, Omer Bajá, que protestó junto con Fuad Efendi. Cuando la Puerta se enteró de esta afrenta, declaró que no quería tener nada más que ver con los rusos y que iba a retirar sus tropas al otro lado del Danubio para no seguir siendo cómplice de los rusos en los Principados. Quería también dirigir a las grandes potencias una protesta solemne, acompañada de un memorando detallado sobre todo lo ocurrido en los Principados. De nuevo intervino el mismo embajador y frustró estos propósitos de la Puerta.

Cuando, por último, la ocupación conjunta ruso-turca hubo tomado en 1849 el carácter de un régimen de terror y solo Magheru, el comandante de los irregulares valacos, seguía resistiendo,19 se le movió a retirarse detrás de los Cárpatos

«por la persuasión del cónsul general británico, que le hizo ver que la presencia de su ejército paralizaba la acción de la diplomacia, pero que pronto se haría justicia a su país».

Karl Marx

  1. El pronunciamiento de Vicálvaro (la Vicalvarada), del 28 de junio de 1854, encabezado por los generales Leopoldo O'Donnell y Domingo Dulce, que abrió la revolución de 1854. ↩

  2. La sublevación militar de Zaragoza de febrero de 1854, sofocada enseguida. ↩

  3. El conflicto por el apresamiento del vapor norteamericano Black Warrior en La Habana (febrero de 1854), en el que los Estados Unidos buscaban un pretexto para hacerse con Cuba. ↩

  4. Pável Liprandi (1796-1864), general ruso. ↩

  5. Johann Baptist Coronini-Cronberg (1794-1880), general austriaco, que mandó las tropas de ocupación en los Principados. ↩

  6. En francés, «encuentro». ↩

  7. En noviembre de 1850, durante la crisis de Hesse, tropas prusianas y austriacas chocaron en Bronnzell en una escaramuza sin consecuencias; poco después Prusia cedió en Olmütz. La MEW escribe «Bronzell». ↩

  8. El general Budberg, comisario ruso en los Principados durante la ocupación de 1853-1854. ↩

  9. La nota de la conferencia de Viena de julio de 1853. ↩

  10. El Reglamento Orgánico, dado a los Principados bajo la ocupación rusa de 1829-1834. ↩

  11. Gheorghe Bibescu (1804-1873), hospodar de Valaquia, abdicó en junio de 1848. ↩

  12. En francés, «lugartenencia principesca»: regencia. ↩

  13. Mehmed Fuad Efendi (1815-1869), diplomático turco, más tarde bajá y gran visir. ↩

  14. Ion Brătianu (1821-1891), uno de los dirigentes de la revolución valaca de 1848, entonces exiliado en París. ↩

  15. Alexandr Duhamel (1801-1880), general ruso, comisario en los Principados en 1848. ↩

  16. Convenio ruso-turco firmado en Balta Liman el 1 de mayo de 1849, que suspendía la elección de los hospodares y prolongaba la ocupación. ↩

  17. Stratford Canning, vizconde de Stratford de Redcliffe (1786-1880), embajador británico en Constantinopla. ↩

  18. Lord Dudley Coutts Stuart (1803-1854), diputado whig, defensor de la causa polaca. ↩

  19. Gheorghe Magheru (1802-1880), general valaco, jefe de las fuerzas revolucionarias de 1848. ↩