Escrito en inglés por Karl Marx el 10 de marzo de 1854 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4039, del 29 de marzo de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 132-134), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
La insurrección de los súbditos griegos del sultán, que tanta inquietud causó en París y en Londres, ha sido sofocada ya; con todo, no se considera imposible que vuelva a encenderse.1 A este respecto podemos declarar que, tras examinar con cuidado los documentos relativos a todo lo ocurrido hasta ahora, estamos convencidos de que los insurrectos se encontraban exclusivamente entre los montañeses que habitan la vertiente meridional del Pindo y no hallaron simpatía en ningún otro pueblo cristiano de Turquía, salvo en los piadosos filibusteros de Montenegro; y de que los habitantes de las llanuras de Tesalia, que forman la única comunidad griega compacta que sigue bajo dominio turco, temen más a sus compatriotas que a los turcos. No hay que olvidar que esta parte de la población, indolente y cobarde, no se atrevió a levantarse ni siquiera en tiempos de la guerra de independencia griega. El resto de la población griega, que cuenta unas 300.000 almas repartidas por las ciudades del imperio, es tan profundamente detestado por los demás pueblos cristianos que, dondequiera que los movimientos populares han triunfado, como en Serbia y en Valaquia, se ha expulsado a todos los popes de origen griego y se los ha sustituido por sacerdotes de la población autóctona.
Por insignificante que sea en conjunto la presente insurrección griega considerada en sí misma, cobra importancia porque da a las potencias occidentales un pretexto para inmiscuirse en los asuntos entre la Puerta y la gran mayoría de sus súbditos de Europa, entre los cuales los griegos solo cuentan un millón frente a diez millones de los otros pueblos que profesan la religión ortodoxa griega. Los griegos del llamado reino, así como los que viven bajo dominio británico en las islas Jónicas,2 consideran naturalmente su misión nacional expulsar a los turcos de dondequiera que se hable la lengua griega y unir Tesalia y el Epiro al Estado griego. Puede que incluso sueñen con una restauración bizantina, aunque en conjunto son un pueblo demasiado astuto para creer en semejante quimera. Pero estos planes griegos de expansión nacional y de independencia, que en la actualidad atizan intrigas rusas, como demuestra la conspiración del sacerdote Atanasio recientemente descubierta, y que proclaman también los bandoleros de las montañas sin encontrar eco en la población campesina de la llanura, nada tienen que ver con los derechos religiosos de los súbditos turcos, con los que se intenta mezclarlos.
Según sabemos por los periódicos ingleses y por lo que comunicaron lord Shaftesbury en la Cámara de los Lores y el señor Monckton Milnes en la de los Comunes,3 se va a instar al gobierno británico a que, al menos en parte en relación con estos disturbios griegos, dé pasos para mejorar la situación de los súbditos cristianos de la Puerta. De hecho, se dice expresamente que el gran objetivo de las potencias occidentales es poner los derechos de la religión cristiana en Turquía en pie de igualdad con los de la religión mahometana. Ahora bien, o esto no significa absolutamente nada, o significa conceder derechos políticos y civiles por igual a musulmanes y cristianos, con independencia de toda confesión religiosa y de la religión en general. En otras palabras, significa la separación completa del Estado y la Iglesia, de la religión y la política. Pero el Estado turco, como todos los Estados orientales, se funda en la más estrecha unión, casi podría decirse en la identidad, del Estado y la Iglesia, de la política y la religión. El Corán es para este imperio y sus gobernantes fuente de la fe y del derecho a la vez. Pero ¿cómo sería posible igualar ante el Corán al creyente y al giaur, al musulmán y al raya?4 Para ello sería necesario, en efecto, sustituir el Corán por un nuevo código civil; en otras palabras, destruir la estructura de la sociedad turca y levantar sobre sus ruinas un nuevo orden de cosas.
Por otro lado, la confesión ortodoxa griega se distingue de todas las demás variedades de la fe cristiana principalmente por esa misma identificación del Estado y la Iglesia, de la vida del Estado y la de la Iglesia. En el Imperio bizantino el Estado y la Iglesia estaban tan estrechamente entrelazados que es imposible escribir la historia del uno sin la historia de la otra. En Rusia encontramos la misma identidad, aunque allí, a diferencia del Imperio bizantino, la Iglesia se ha convertido en mera herramienta del Estado, en instrumento de opresión en el interior y de agresión hacia el exterior. En el Imperio otomano, de acuerdo con las ideas orientales de los turcos, la teocracia bizantina pudo desarrollarse hasta tal punto que el sacerdote de una parroquia es a la vez juez, alcalde, maestro, albacea, recaudador de impuestos: el factótum omnipresente de la vida pública, no el criado para todo, sino el amo para todo. El principal reproche que puede hacerse aquí a los turcos no es que hayan recortado los privilegios del clero cristiano, sino, al contrario, que bajo su dominio esa tutela, ese control y esa injerencia despóticos y omnímodos de la Iglesia hayan podido penetrar toda la esfera de la vida social. El señor Fallmerayer nos cuenta de manera bastante divertida en sus Cartas de Oriente5 cuánto se asombró un sacerdote griego cuando le contó que el clero católico no poseía poder estatal alguno ni tenía obligaciones profanas. «¿Pues cómo se las arreglan entonces nuestros hermanos católicos», exclamó el sacerdote, «para matar el tiempo?».
Está claro, por tanto, que la implantación en Turquía de un nuevo código civil, un código que hiciera completa abstracción de la religión y se fundara en una separación total del Estado y la Iglesia, significaría no solo la abolición del mahometismo, sino también el hundimiento de la Iglesia ortodoxa griega tal como existe hoy en este imperio. ¿Puede haber alguien tan crédulo como para suponer en serio que a los pusilánimes y reaccionarios alfeñiques del actual gobierno británico pudiera ocurrírseles jamás echarse a cuestas una tarea tan gigantesca, que entraña una revolución social completa, y además en un país como Turquía? La idea es absurda. Solo puede alimentarse con el fin de echar tierra a los ojos del pueblo inglés y de Europa.
A comienzos de 1854 se sublevó, con apoyo del reino de Grecia, la población griega del Epiro y de Tesalia, provincias otomanas. ↩
Las islas Jónicas fueron un protectorado británico de 1815 a 1864. ↩
Anthony Ashley-Cooper, conde de Shaftesbury (1801-1885), conocido sobre todo como filántropo tory; Richard Monckton Milnes (1809-1885), escritor y diputado. ↩
Giaur: «infiel», nombre que daban los musulmanes a los no musulmanes; raya: los súbditos no musulmanes del Imperio otomano. ↩
Jakob Philipp Fallmerayer (1790-1861), historiador y orientalista alemán, autor de una historia de Morea en la Edad Media y de escritos de viaje sobre Oriente. ↩