Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 3 de febrero de 1854 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 4007, del 20 de febrero de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 53-56), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés, abreviado, de The Eastern Question (Londres, 1897), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, viernes 3 de febrero de 1854
Tuve ocasión de ver el cortejo oficial de la reina cuando pasaba por delante de la Horse Guards para abrir el Parlamento. El embajador turco fue recibido con fuertes vítores y hurras. Al príncipe Alberto, cuyo semblante estaba lívido, lo silbó furiosamente la multitud a ambos lados de la calle, mientras la reina se mostraba muy parca en sus saludos habituales y sonreía forzadamente ante las desacostumbradas manifestaciones del descontento público. En una carta anterior reduje el movimiento contra Alberto a sus verdaderas dimensiones y demostré que no era más que una maniobra de partido. Aun así, la manifestación pública debe tomarse muy en serio, porque prueba que la lealtad de que hace gala el pueblo británico no es más que una formalidad convencional, un ceremonial afectado que no aguanta el más leve empujón. Es posible que lleve a la Corona a despedir a un ministerio cuya política antinacional amenaza con poner en peligro su propia seguridad.
Cuando se conoció la reciente misión del conde Orlov1 ante el gabinete de Viena, el Times comunicó a sus crédulos lectores que Orlov era precisamente el hombre que el zar solía emplear en misiones de paz. Ahora bien, no necesito decirles que ese mismo Orlov se presentó en la primavera de 1833 en Constantinopla para arrancar a la Puerta el tratado de Unkiar Skelessi.2 Lo que pide ahora al gabinete de Viena es permiso para enviar un cuerpo ruso de Varsovia, a través de Hungría, al teatro de la guerra del Danubio. Puede considerarse primer resultado de su presencia en Viena que Austria exija ahora a la Puerta que destituya a sus actuales jefes en el Danubio —Selim Bajá, Ismail Bajá y Omer Bajá— con el pretexto de que son renegados y revolucionarios. Quien conozca la historia anterior de Turquía sabe que, desde los comienzos del Estado otomano, todos sus grandes generales, almirantes, diplomáticos y ministros han sido siempre renegados cristianos: serbios, griegos, albaneses, etc. ¿Por qué no se pide a Rusia que despida a los cuarenta o cincuenta hombres que ha comprado en todos los rincones de Europa y que forman todo su caudal de sagacidad diplomática y política y de capacidad militar? Entretanto, Austria ha concentrado 80.000 hombres en la frontera turca, en Transilvania y Hungría, y ha ordenado que se les una un cuerpo bohemio de unos 30.000 hombres. El gobierno prusiano, por su parte, se habría negado a cumplir la orden del zar, que mandaba a Federico Guillermo IV enviar un cuerpo de 100.000 hombres para ocupar Polonia en nombre y en interés de Rusia y dejar libres así las guarniciones que hay allí para marchar al sur, donde se emplearían en la campaña de los Principados.
En una carta anterior llamé su atención sobre el expediente financiero al que ha recurrido hace poco el gobierno austriaco: ordenar una depreciación del 15 por ciento de su propio papel moneda en el pago de los impuestos. Este ingenioso «impuesto sobre el pago de los impuestos» se ha extendido ahora también a Italia. La Gazzetta di Milano del 22 de enero publica un decreto del ministro de Hacienda austriaco que anuncia que, «a consecuencia de su depreciación, la aduana solo aceptará el papel moneda con un descuento del 17 por ciento».
En una ocasión anterior, al empezar las llamadas complicaciones de Oriente, tuve que prevenir a sus lectores, a propósito del Tesoro ruso, contra la afirmación, propalada con afán, de los tesoros «ocultos» que dormirían en las bóvedas del Banco de San Petersburgo, y señalé la ridícula exageración del enorme poder monetario de que Rusia podría disponer en un momento dado. Los hechos han confirmado plenamente mis opiniones. El zar no solo se ha visto obligado a retirar sus depósitos metálicos de los bancos de Inglaterra y de Francia, sino que ha tenido que cometer además una confiscación fraudulenta. El príncipe Paskévich3 ha comunicado al Banco Hipotecario y de Descuento de Varsovia que su capital se tomará como empréstito forzoso, aunque los estatutos de ese banco le prohíben adelantar dinero sobre otra garantía que la propiedad de la tierra. Se nos informa también de que el gobierno ruso se propone emitir sesenta millones de rublos en papel moneda inconvertible para cubrir los gastos de la guerra. No es la primera vez que el gabinete de Petersburgo recurre a este artificio. A finales de 1768, para cubrir los gastos de la guerra con Turquía, Catalina II creó un banco de asignados,4 fundado en apariencia en el principio de emitir billetes convertibles pagaderos al portador. Pero, por un hábil descuido, se olvidó de decir al público en qué moneda serían pagaderos esos billetes, y algunos meses después los pagos solo se hacían en moneda de cobre. Por otro «azar» desfavorable sucedió que esas monedas de cobre estaban sobrevaloradas en un cincuenta por ciento respecto al metal sin acuñar y solo circulaban por su valor nominal gracias a su gran escasez y a la falta de moneda menuda para el comercio al por menor. La convertibilidad de los billetes no era, pues, más que un truco.
Al principio Catalina limitó la emisión total a 40.000.000 de rublos en billetes de 25 rublos; el rublo representaba una moneda de plata de unos 38 a 40 peniques ingleses, y según el cambio valía algo más de 100 kopeks de cobre. A la muerte de Catalina, en 1796, la cantidad de ese papel moneda había crecido a 157.000.000 de rublos, es decir, casi al cuádruple de la suma inicial. El cambio en Londres había caído de 41 peniques en 1787 a 31 peniques en 1796. Durante los dos reinados siguientes las emisiones aumentaron rápidamente; en 1810 la circulación de papel moneda llegó a 577.000.000 de rublos, y el rublo papel solo valía ya 25 2/5 kopeks, es decir, una cuarta parte de su valor de 1788, y el cambio en Londres bajó en el otoño de 1810 a 11½ peniques por rublo, en lugar de los 38 a 40 peniques de antes. En 1817, según el informe del conde Gúriev,5 la cantidad de billetes en circulación ascendía a 836.000.000 de rublos. Como los derechos de aduana y otros impuestos se calculaban en rublos de plata, el gobierno declaró entonces que aceptaría los asignados en pago en la proporción de 4 a 1, lo que equivale a una depreciación del 75 por ciento. A medida que avanzaba esa depreciación subían en la misma proporción los precios de las mercancías, sujetos a oscilaciones tan grandes que el propio gabinete empezó a inquietarse y se vio obligado a contratar empréstitos en el extranjero para retirar de la circulación una parte de los billetes. El 1 de enero de 1821 se declaró que su importe se había reducido a 640.000.000. Las guerras que siguieron con Turquía, Persia, Polonia, China, etc., hincharon de nuevo la masa de los asignados del banco, hicieron caer otra vez el cambio y sometieron todas las mercancías a amplias e irregulares oscilaciones de precio. Solo el 1 de julio de 1839, cuando el cambio se había recuperado gracias a una enorme exportación de grano a Inglaterra, publicó el zar un manifiesto según el cual, a partir del 1 de julio de 1840, la ingente cantidad de asignados del banco se canjearía por billetes de banco pagaderos también, a petición, en rublos de plata por el valor completo de 38 peniques. El zar Alejandro había declarado que los recaudadores de impuestos aceptarían los asignados en la proporción de 4 a 1; del zar Nicolás, en cambio, se dice que con su conversión los restableció en su pleno valor original. Pero se añadió una curiosa clausulita que ordenaba entregar tres y medio de los viejos por cada uno de esos nuevos billetes. No se declaró que el billete viejo estuviera depreciado en un 28 por ciento de su importe original,6 sino que tres billetes viejos y medio equivalían a un billete nuevo. De ello podemos deducir, por un lado, que el gabinete ruso es tan escrupuloso y meticuloso en las cuestiones financieras como en las diplomáticas, y, por otro, que el mero peligro de una guerra inminente basta para devolverlo a todas las dificultades financieras de las que Nicolás lleva unos veinte años intentando salir.
Un gobierno europeo tras otro se presenta a apelar a los bolsillos de sus amados súbditos. Hasta el rey de los sobrios holandeses pide a los Estados Generales 600.000 rijksdaalders para fortificaciones y defensa, y añade que «las circunstancias podrían decidirle a movilizar una parte del ejército y a hacer salir su flota».
Si hubiera algún modo de remediar una verdadera falta de dinero y de llenar unas cajas vacías con una hábil contabilidad, lo habría conseguido el autor del presupuesto francés publicado hace unos días en el Moniteur. Pero ni el más pequeño tendero de París se engaña sobre el hecho de que ni con la más hábil agrupación de las cifras se puede desaparecer del libro de deudas de los acreedores, y de que el héroe del 2 de diciembre, que tenía por inagotables los bolsillos del pueblo, ha hundido despreocupadamente a la nación en las deudas.
No cabe imaginar nada más ingenuo que la declaración del ministerio danés en la sesión del Folketing del 17 del corriente: el gobierno se propone aplazar a un momento más oportuno la ejecución de su plan de cambiar las instituciones fundamentales de Dinamarca e implantar su tan ansiada constitución del Estado conjunto.7
Karl Marx
El conde Alexéi Fiódorovich Orlov (1786-1861), general y diplomático ruso, de la confianza de Nicolás I, enviado a Viena a finales de enero de 1854. ↩
El tratado de Unkiar Skelessi (8 de julio de 1833), alianza defensiva entre Rusia y Turquía que obligaba a la Puerta a cerrar los Dardanelos a los buques de guerra extranjeros a petición de Rusia. ↩
Iván Fiódorovich Paskévich (1782-1856), mariscal de campo, virrey del reino de Polonia. ↩
Papel moneda ruso emitido desde 1769. ↩
El conde Dmitri Alexándrovich Gúriev (1751-1825), ministro de Hacienda de Rusia de 1810 a 1823. ↩
Así en la versión alemana de la MEW. Canjear tres billetes y medio por uno equivale a reducir el billete viejo a algo más del 28 por ciento de su valor nominal, es decir, a depreciarlo en más del 71 por ciento. ↩
El Gesamtstaat, constitución común para el reino de Dinamarca y los ducados de Schleswig, Holstein y Lauenburg, que el gobierno danés quería imponer por encima de la constitución liberal de 1849. ↩