Escrito en inglés por Friedrich Engels el 13 de marzo de 1854 y publicado como editorial en The People’s Paper, núm. 98, del 18 de marzo de 1854, y, con otro final, como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4040, del 30 de marzo de 1854. Traducido del texto inglés del Tribune según The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 279-284), que lo atribuye a Marx, cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10, Berlín, 1961, pp. 135-139), que da la autoría y traduce el texto de The People’s Paper, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Los rusos se han retirado de Kalafat y, según se dice, han rehecho por completo su plan de operaciones. Este es el glorioso final de los esfuerzos y riesgos de una campaña de tres meses durante la cual se han agotado por completo los últimos recursos de Valaquia. Este es el fruto de aquella inconcebible marcha a la Pequeña Valaquia, que parecía emprendida con absoluto desprecio de las reglas más sencillas de la estrategia. Para tomar Kalafat, una simple cabeza de puente que los turcos tenían en la orilla izquierda del Danubio,1 se concentró el grueso del ejército ruso en su extrema derecha, en una posición en la que el centro y la izquierda, debilitados, parecían completamente abandonados a cualquier ataque que al enemigo se le ocurriera emprender, y en la que se mostró hacia las líneas de comunicación y de retirada una indiferencia que no tiene igual en la historia de la guerra. Cómo ocurrió que Omer Bajá no sacara provecho de este disparate, ya hemos tenido ocasión de mostrarlo.2 Cómo es que, después de todo, los rusos tienen que retirarse vergonzosamente sin haber logrado su propósito, vamos a demostrarlo ahora. Decimos que tienen que retirarse vergonzosamente porque un avance precedido de bravatas, coronado con la ocupación de una posición meramente amenazadora y terminado en una retirada tranquila y modesta, sin un solo intento de combate serio —porque un movimiento compuesto de una serie ininterrumpida de equivocaciones y errores, que no da más resultado que la convicción del general de que ha hecho el más completo de los ridículos— es vergonzoso en el más alto grado. Vamos ahora al estado de la cuestión.
A finales de 1853 los rusos tenían en Valaquia, Moldavia y Besarabia las tropas siguientes:
I. 4.º cuerpo de ejército (Dannenberg), tres divisiones de infantería, una división de caballería, cuatro brigadas de artillería; en total, descontadas las bajas, 45.000 hombres.
II. Del 5.º cuerpo (Lüders), una división de infantería, una división de caballería, dos brigadas de artillería; digamos 15.000 hombres.
III. 3.er cuerpo (Osten-Sacken), tres divisiones de infantería, una división de caballería, cuatro brigadas de artillería; digamos 55.000 hombres.
Total, unos 115.000 hombres, sin contar los no combatientes y una división del cuerpo de Lüders en las cercanías de Odesa que, necesaria para el servicio de guarnición, no puede tenerse en cuenta.
Las tropas a las órdenes de Dannenberg y de Lüders fueron las únicas fuerzas en los Principados hasta comienzos de diciembre. La llegada del cuerpo de Osten-Sacken debía ser la señal de la gran concentración y del ataque a Kalafat. Su puesto en el Bug y el Prut debía ocuparlo el 6.º cuerpo (Cheodáyev), que estaba entonces en camino desde Moscú. Tras la incorporación de este último cuerpo, el ejército del Danubio habría contado con unos 170.000 hombres, pero podría haber resultado más fuerte si las nuevas levas de reclutas de las provincias del suroeste se hubieran enviado enseguida al teatro de la guerra. Sin embargo, al comandante ruso le parecieron fuerza suficiente de 115.000 a 120.000 hombres para defender toda la línea del Danubio desde Brăila hasta Nicópolis y para sacar de la extrema derecha un número suficiente de ellos que concentrar en un ataque contra Kalafat. Cuando se inició este movimiento, hacia finales de diciembre, Kalafat difícilmente podía albergar más de 10.000 a 12.000 defensores, con otros 8.000 en Vidin, cuyo apoyo podía considerarse dudoso, pues tendrían que cruzar un río impetuoso en mala estación. Pero la lentitud de los movimientos rusos, la indecisión del príncipe Gorchakov3 y, sobre todo, la actividad y la audacia de Ismail Bajá, el comandante de Kalafat, permitieron a los turcos concentrar unos cuarenta mil hombres en el punto amenazado y convertir Kalafat, de una simple cabeza de puente que podía tomar al asalto una fuerza doble de la de sus defensores, en una fortificación capaz de albergar al menos a 30.000 hombres y de resistir cualquier ataque que no fuera un sitio en regla. Se ha dicho con razón que el mayor triunfo en la construcción de una fortificación de campaña es obligar al enemigo a abrir trincheras contra ella; si los rusos no llegaron a abrir trincheras, fue solo porque, aun con ese medio extremo, no veían manera de tomar Kalafat en el tiempo que podían dedicar a la operación. Kalafat figurará en adelante, junto al campamento de Federico II en Bunzelwitz, las líneas de Torres Vedras y los atrincheramientos del archiduque Carlos detrás de Verona,4 entre aquellas obras de fortificación de campaña que la historia militar citará como aplicaciones clásicas del arte.
Veamos ahora los medios de ataque de los rusos. Que querían tomar Kalafat muy en serio lo demuestra que hicieron avanzar sus parques de artillería de sitio hasta Craiova. Que Omer Bajá, dicho sea de paso, dejara ir y venir libremente esos cañones es una de las muchas inconcebibilidades militares de esta guerra, que solo pueden explicarse por influencias diplomáticas. Lo único que necesitaban entonces los rusos era una masa de tropas suficiente para hacer retroceder a los turcos, proteger las trincheras y las baterías y asaltar las brechas en cuanto pudieran abrirse. También aquí actuó Ismail Bajá como un comandante enérgico y hábil. Su salida hacia Cetate el 6 de enero,5 su vigoroso ataque, que terminó con la derrota de una fuerza rusa superior, y los ataques semejantes que siguió ejecutando mientras aún proseguía la concentración rusa, hasta que una fuerza superior lo bloqueó del todo en su pequeña península danubiana; en suma, su sistema de defenderse con golpes ofensivos concentrados contra puntos aislados de la línea rusa, destruyendo así al enemigo por partes en la medida en que podía, era exactamente lo que en sus circunstancias debía hacer un comandante, y forma un contraste reconfortante con la anterior defensa de Omer Bajá en Oltenița o con su perezosa pasividad durante todo este tiempo en el Bajo Danubio. Porque los pequeños ataques que realizó aquí y allá, que al parecer nunca se interrumpieron en el momento oportuno, sino que continuaron días y días sobre el mismo punto con ciega obstinación aun cuando ya no cabía esperar de ellos resultado alguno, esos pequeños ataques no cuentan cuando lo que hacía falta era un movimiento a través del Danubio con cuarenta a sesenta mil hombres.
Al fin, a finales de enero, los rusos completaron su concentración en torno a Kalafat. Eran evidentemente superiores en campo abierto, y por tanto debieron de tener allí unos 30.000 o 40.000 hombres. Réstense estos de 115.000, y réstense luego, digamos, otros 20.000 o 30.0006 para la defensa de la línea desde Brăila hasta el mar, y quedan para toda la Gran Valaquia, guarniciones incluidas, de 50.000 a 65.000 hombres: un ejército muy lejos de bastar para defender una línea de ataque tan larga y una línea de comunicaciones que corría paralela a la línea de ataque a poca distancia por detrás de ella. Un asalto vigoroso en cualquier punto, aun con una fuerza inferior al total de esos 65.000 hombres, no podía sino acabar con la derrota completa, uno tras otro, de todos esos cuerpos rusos dispersos y con la captura de todos los almacenes rusos. Omer Bajá tendrá que explicar algún día sus motivos para desaprovechar semejante ocasión.
Con todos sus esfuerzos, pues, los rusos solo pudieron concentrar ante Kalafat una fuerza apenas suficiente para hacer retroceder los puestos avanzados turcos, pero no para atacar la plaza misma. Tardaron casi cinco semanas en lograr incluso este éxito momentáneo e ilusorio. El general Schilder, de ingenieros,7 fue enviado con órdenes terminantes de tomar Kalafat. Llegó, vio y resolvió no hacer nada hasta que la llegada de Cheodáyev permitiera traer tropas de refresco del centro y de la izquierda. Cinco semanas estuvieron los rusos en esta peligrosa posición, con la retaguardia y los flancos al descubierto, como provocando un ataque al que no habrían podido resistir ni un momento. Y cinco semanas estuvo Omer Bajá amenazando su flanco y su retaguardia desde una posición en la que podía ver su debilidad sin anteojos ni catalejo, y no hizo nada. ¡En verdad, este sistema de guerra moderna bajo el patrocinio de las potencias aliadas supera todo entendimiento!
De repente nos llega la noticia de que los rusos están en plena retirada de Kalafat. Los periódicos ingleses exclaman entonces que es efecto de que sus aliados, los austriacos, han concentrado un ejército en Transilvania, a retaguardia de los rusos; que es efecto de la gloriosa alianza austriaca, que a su vez es efecto de la gloriosa política de lord Aberdeen. Pero al poco un manifiesto austriaco auténtico muestra que no existe ninguna alianza austriaca y que los austriacos no han dicho, y por lo visto aún no saben ellos mismos, con qué objeto han enviado ese ejército donde está. Y en consecuencia nuestros colegas británicos están en gran incertidumbre sobre la causa de la retirada rusa. ¿Pero cuál es la causa? Pues sencillamente esta: las tropas francesas y británicas van a ir a Constantinopla. Nada más fácil ni más sencillo que mandarlas desde allí a Odesa o a Besarabia y cortar las comunicaciones de los rusos.
Por inofensivas que sean las intenciones reales de la coalición,8 la presión de fuera puede obligarla a actuar en serio. Gorchakov, evidentemente, no se fía de la misión puramente diplomática de los ejércitos occidentales. Aunque estuviera completamente seguro de Inglaterra, no podría estarlo de Francia. Aunque estuviera seguro de todos los gabinetes, no podría estarlo de los generales. Podría arriesgar marchas de flanco ante los turcos, pero supone que el asunto tiene que ponerse serio en cuanto lleguen las tropas francesas y británicas y amenacen con caer sobre sus flancos. En consecuencia, a Cheodáyev se le detiene en su marcha para formar un campamento de 30.000 o 40.000 hombres más arriba de Odesa. En consecuencia, no puede proporcionar tropas para el Prut ni para el Siret. En consecuencia, no pueden llegar tropas a reforzar a Gorchakov ante Kalafat. En consecuencia, el ataque contra esa plaza se vuelve una imposibilidad. En consecuencia, el príncipe Gorchakov tiene que retirarse en tan buen orden como vino. Y así termina la gran tragicomedia de la marcha rusa contra Kalafat.9
Los turcos habían cruzado el Danubio desde Vidin a Kalafat, en la Pequeña Valaquia (Oltenia), a finales de octubre de 1853; desde diciembre los rusos concentraron fuerzas contra la plaza, que no llegaron a atacar. ↩
Así en el Tribune. En la versión de The People’s Paper que da la MEW, la frase dice que el que Omer Bajá no aprovechara este error «solo se explica por la intromisión del embajador británico en Constantinopla». ↩
El príncipe Mijaíl Gorchakov (1793-1861), comandante en jefe de las tropas rusas en los Principados del Danubio. ↩
En 1761, durante la guerra de los Siete Años, Federico II de Prusia se atrincheró en el campamento de Bunzelwitz, en Silesia, ante fuerzas austriacas y rusas muy superiores, que no se atrevieron a atacarlo. Las líneas de Torres Vedras, construidas por Wellington ante Lisboa, detuvieron en 1810 al ejército francés de Masséna. El archiduque Carlos de Austria se sostuvo frente a Masséna en posiciones fortificadas junto a Verona en la campaña de Italia de 1805. ↩
En el combate de Cetate (Chetatea), cerca de Kalafat, el 6 de enero de 1854, las tropas turcas de Ismail Bajá derrotaron a un destacamento ruso. ↩
La versión de la MEW da aquí «20.000 o 25.000», cifra que cuadra con la cuenta que sigue. ↩
Karl Schilder (1785-1854), general de ingenieros ruso. ↩
El gobierno de coalición de whigs y peelitas presidido por lord Aberdeen. ↩
El final del artículo es el del Tribune. Según la MEW, en The People’s Paper el artículo terminaba así: «Ahora se nos dice que los rusos quieren intentar cruzar el Danubio por el punto opuesto, entre Brăila y Galați, como en 1828-1829, y marchar así sobre Adrianópolis. Si esto ocurriera sin un completo entendimiento entre los rusos, de un lado, y la escuadra anglo-francesa, de otro, esa marcha es estratégicamente imposible. Conocemos además otra causa de esta retirada. Se dice que se ha detenido la marcha de Cheodáyev para que forme un campamento de 30.000 o 40.000 hombres más arriba de Odesa. Si es así, no puede ayudar con tropas en el Prut y el Siret ni reforzar a Gorchakov ante Kalafat. En consecuencia, el príncipe Gorchakov tiene que retirarse en tan buen orden como vino, y así terminaría la gran tragicomedia de la marcha rusa contra Kalafat». En esa versión, el párrafo anterior empieza: «De repente llega a Londres la noticia» y el Times exclama: «¡Un triple hurra por Aberdeen!». ↩