Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 9 de junio de 1854 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4114, del 24 de junio de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre (The Eastern Question, Londres, 1897, lo trae abreviado): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 267-273), sin su aparato editorial, cotejada con ese texto inglés, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, viernes 9 de junio de 1854
El discurso que pronunció Kossuth1 en Sheffield es el más sustancioso que le hemos oído en toda su estancia en Inglaterra. Aun así, no se puede dejar de ponerle algunos reparos, porque sus exposiciones históricas son en parte inexactas. No hay, por ejemplo, absolutamente ningún fundamento para derivar la decadencia de Turquía de la ayuda que en su día prestó Sobieski a la capital austriaca.2 Las investigaciones de Hammer3 prueban de manera irrefutable que la organización del Imperio turco estaba ya entonces en vías de disolución y que la época de rápida decadencia de la grandeza y el poder otomanos había empezado antes. Igual de inexacta era la suposición de que no fueron la falta de una flota y el hecho de que el poder británico le cerrara el dominio del océano, sino otras razones, las que llevaron a Napoleón a abandonar la idea de atacar a Rusia por mar. La amenaza de que Hungría se aliaría con Rusia si Inglaterra concluía una alianza con Austria fue muy imprudente. En primer lugar, ofreció a los periódicos ministeriales un arma bienvenida, y el Times no vaciló un instante en hacer amplio uso de ella «denunciando» a todos los revolucionarios como agentes de Rusia. En segundo lugar, sonaba extraña en labios de un hombre cuyo ministerio ya en 1849 había ofrecido la corona húngara a un zarévich. Y, por último, ¿cómo podría negar que la existencia nacional de los magiares quedaría expuesta al exterminio si alguna vez se cumpliera su amenaza, por iniciativa suya o de otros, cuando la mayor parte de la población de Hungría se compone de eslavos? También fue un error presentar la guerra contra Rusia como una lucha entre la libertad y el despotismo. Aparte de que en ese caso la libertad estaría representada por un Bonaparte, el objetivo declarado de la guerra es exclusivamente el mantenimiento del equilibrio de poder y de los tratados de Viena, precisamente los tratados que suprimen la libertad y la independencia de las naciones.
También el señor Urquhart ha hablado con más fuerza que de costumbre en Birmingham, donde volvió a acusar de traición a la coalición. Pero como el señor Urquhart está en estricta oposición al único partido4 que sería capaz de echar abajo la carcomida base parlamentaria sobre la que descansa este ministerio oligárquico de coalición, todos sus discursos cumplen su objetivo tan poco como si los dirigiera a las nubes.
Anoche, en la Cámara de los Comunes, lord John Russell anunció la creación de un ministerio de la Guerra especial, que sin embargo no abarcará los distintos departamentos que forman hoy la administración militar, sino que solo tendrá sobre todos ellos una supervisión nominal. La única ventaja que trae este cambio es la creación de un nuevo puesto de ministro. A este respecto, el Morning Post de ayer comunicaba que la fracción de los peelitas5 se había impuesto en el gabinete, que el duque de Newcastle sería el nuevo ministro de la Guerra y que se ofrecería el Ministerio de las Colonias a lord John Russell. El Globe de anoche confirmaba esta noticia y añadía que, como probablemente lord John no aceptaría, se nombraría ministro de las Colonias a sir George Grey.6 Aunque los periódicos de los peelitas todavía intentan dar la impresión de no saber nada de una decisión definitiva, el periódico de Palmerston7 anunció hoy en forma muy categórica que han sido nombrados el duque de Newcastle y sir George Grey.
El Morning Post dice lo siguiente sobre el «requerimiento definitivo» de Austria:8
«Tenemos razones para suponer que Rusia no tratará la comunicación austriaca con el silencio ni la rechazará, y no nos sorprenderá saber próximamente que Rusia está dispuesta a aceptar la propuesta austriaca de una evacuación completa del territorio turco a condición de que Austria convenga un armisticio con perspectivas de negociación.»
También el Morning Chronicle de hoy reconoce que «la comunicación podría ser de la mayor importancia». Añade, sin embargo, que no debe considerarse un ultimátum, que está redactada en el habitual tono cortés y que solo cabe esperar una ruptura si Rusia ignorase por completo la comunicación. Si Rusia diera una respuesta evasiva o hiciera una concesión parcial, podrían seguir nuevas propuestas y negociaciones.
Supongamos por un momento que la opinión del Post estaba justificada y hubiera de cumplirse: se verá que el servicio prestado por Austria solo conduciría a lograr un nuevo armisticio en favor de Rusia. Es muy probable que se pretendiera algo parecido, sobre la base de la suposición de que Silistra caería entretanto y quedarían a salvo «la dignidad y el honor del zar». Pero todo el plan se vendrá abajo si Silistra resiste y el valor de los turcos acaba obligando a las tropas aliadas a intervenir en la campaña, por mucho que les repugne a sus comandantes y a sus gobiernos.
Si algo puede hacer más llevaderos los frecuentes vacíos y omisiones de esta gran guerra, es la divertida incertidumbre de la prensa y del público ingleses sobre el valor y la realidad de la alianza entre las potencias occidentales y las alemanas. Apenas ha salido, a satisfacción de todo el mundo, el «requerimiento definitivo» de Austria, cuando todo el mundo se inquieta ya por las noticias de un encuentro entre los monarcas de Austria y de Prusia, un encuentro que, en palabras del Times, «no augura nada bueno a las potencias occidentales».
Se han publicado las estadísticas del Board of Trade9 del mes pasado. Los resultados son más desfavorables que los de los meses anteriores. El valor declarado de la exportación ha bajado 747.527 libras esterlinas en comparación con el mismo mes de 1853. Están afectadas sobre todo las mercancías ligadas a los mercados de Manchester; pero también las manufacturas de lino, de lana y de seda muestran un descenso.
En la circular mensual habitual de los señores Sturge, de Birmingham, leemos que el trigo no está en buen estado, y este hecho se explica del modo siguiente:
«Los altos precios de la simiente hicieron que se sembrara menos cantidad por acre que en los años normales, y la siembra de trigo de calidad inferior de la última cosecha quizá no haya dado tan buenos resultados como los que habría dado trigo de una cosecha mejor.»
A propósito de esta explicación observa el Mark Lane Express:
«Esta conclusión nos parece de lo más convincente y merece atención, pues difícilmente pueden esperarse de una mala simiente plantas tan sanas como de la obtenida en circunstancias mucho más favorables. El crecimiento del grano se sigue con un interés mayor que el habitual, porque es un hecho que, a causa de la extraordinariamente mala cosecha de 1853, las existencias se han reducido a un volumen muy pequeño no solo en este país, sino en casi todas las partes del mundo. La formación futura de los precios dependerá principalmente del tiempo; el precio actual del trigo es demasiado alto para fomentar la especulación, y aunque es más que probable que los envíos del extranjero durante los tres próximos meses sean mucho menores que hasta ahora, si no ocurre nada que dé motivo de incertidumbre sobre el resultado probable de la próxima cosecha, los que tengan algo que vender procurarán naturalmente deshacerse de las existencias viejas, mientras que los molineros y otros procederán muy probablemente según el sistema de “vivir al día”… Al mismo tiempo hay que tener en cuenta que el país, en general, no tiene trigo.»
Ahora no se puede andar por las calles de Londres sin tropezar con gentíos que se agolpan ante estampas patrióticas que representan el interesante grupo de «los tres salvadores de la civilización»: el sultán, Bonaparte y Victoria. Para que puedan apreciar plenamente el carácter de estos tres personajes que ahora, al parecer, han de salvar la civilización después de haber «salvado la sociedad», reanudo mi esbozo de su generalísimo, el mariscal Saint-Arnaud.10
Las famosas jornadas de Julio11 libraron a Jacques Leroy (estilo antiguo), o Jacques Achille Leroy de Saint-Arnaud (estilo nuevo), de las garras de sus acreedores. Se le planteó entonces el difícil problema de sacar partido de la situación de la sociedad francesa, completamente trastornada por la súbita caída del antiguo régimen. Achille no había participado en la batalla de los tres días, ni podía pretender que había participado, porque era demasiado sabido que en aquel memorable momento se hallaba bien guardado en una celda de Sainte-Pélagie.12 Le estaba vedado, pues, sacar con engaño una recompensa, como tantos otros aventureros, so pretexto de ser un combatiente de Julio. Por otra parte, el triunfo del gobierno de la burguesía no parecía nada favorable a este desecho de la bohemia parisiense, que siempre había jurado por la legitimidad, que nunca había pertenecido a la sociedad Aide-toi13 (falta de previsión que enmendó haciéndose uno de los primeros miembros de la Sociedad del 10 de Diciembre)14 y que tampoco había desempeñado papel alguno en la gran «comedia de los quince años».15 Con todo, Achille había sacado algún provecho, en el arte de la improvisación, de su viejo maestro, el señor E. de P. Se presentó con todo descaro en el Ministerio de la Guerra y pretendió ser un suboficial que había pedido la baja por razones políticas durante la Restauración. Su expulsión de la garde du corps,16 su exclusión de la legión corsa y su ausencia del 51.º regimiento cuando este partió para las colonias supo convertirlos con facilidad en otras tantas pruebas de su patriotismo indómito y de la persecución de los Borbones. La hoja de servicios desmentía sus afirmaciones, pero el Ministerio de la Guerra hizo como que le creía. Numerosos oficiales habían preferido dejar el servicio antes que prestar juramento bajo Luis Felipe, y con ello se había abierto un gran vacío que había que llenar; por eso el gobierno del usurpador acogía con alegría a todo apóstata declarado de la legitimidad, fuera cual fuese el motivo de su cambio de bando. En consecuencia, también Achille fue admitido en el 64.º regimiento de línea, aunque no sin la humillación de ser rehabilitado solo como suboficial, en vez de ascender a un puesto superior como los demás oficiales que habían dejado el servicio durante la Restauración.
El tiempo y su despacho de oficial le procuraron por fin el grado de teniente. Al mismo tiempo se le presentó la ocasión de acreditar sus talentos especiales de apóstata servil. Su regimiento estaba destinado en 1832 en Parthenay, en plena Vendée, escenario del levantamiento legitimista.17 Su antigua relación con algunos ex gardes du corps que se habían agrupado en torno a la duquesa de Berry le permitió ejercer a la vez las funciones de soldado y de soplón de la policía, combinación que convenía extraordinariamente a su genio, madurado en los garitos de Londres y en los cafés borgnes18 de París. La duquesa de Berry, vendida al señor Thiers por el judío Deutz, fue detenida en Nantes, y Achille recibió el encargo de escoltarla hasta Blaye, donde había de actuar como uno de sus carceleros a las órdenes del general Bugeaud.19 Encantado de tener ocasión de mostrar bien a las claras el más alto celo por los intereses dinásticos, se pasó de la raya, repugnó incluso al propio Bugeaud por los bajos servicios que se dejaba encargar por la policía y lo indignó con el trato brutal que daba a la duquesa. Pero Bugeaud no tenía poder para despedir a un ayudante que la policía había escogido especialmente para vigilar a la duquesa, que además estaba bajo la vigilancia especial del señor comisario de policía Joly y que, en fin, dependía más del Ministerio del Interior que del de la Guerra. El futuro generalísimo de las tropas anglo-francesas desempeñó el papel de comadrona, pues su misión especial consistía en hacer constar y probar por testigos el embarazo de la duquesa, cuyo descubrimiento asestó el golpe de gracia a los partidarios del antiguo régimen. En esta calidad especial aparece por primera vez en el Moniteur el nombre del señor de Saint-Arnaud. En mayo de 1833 leemos en sus columnas:
«El señor Achille de Saint-Arnaud, de treinta y cuatro años de edad, domiciliado habitualmente en París, oficial de órdenes del general Bugeaud, fue requerido, de acuerdo con su cargo oficial, para firmar el acta de nacimiento de la criatura que la duquesa dio a luz en la prisión el 10 de mayo de 1833.»
El valiente Saint-Arnaud siguió fiel a su papel de carcelero y acompañó a la duquesa a bordo de la corbeta que había de llevarla a Palermo.
De vuelta en Francia, Achille se convirtió en el hazmerreír y el chivo expiatorio de todo el regimiento. Malquisto entre los oficiales, excluido de sus réunions, atormentado con pruebas manifiestas de su más profundo desprecio, condenado al ostracismo, por así decir, por todo el regimiento, se vio obligado por fin a buscar refugio en la Legión Extranjera de Argel, que se estaba formando precisamente en París bajo la dirección del coronel Bedeau.20 Esta Legión Extranjera bien puede calificarse de Sociedad del 10 de Diciembre de los ejércitos europeos. Bandidos notorios, aventureros arruinados, desertores de todos los países, la escoria general de los ejércitos europeos formaban el núcleo de este corps d'élite, al que con razón se llamaba refugium peccatorum.21 En ninguna parte habría podido desplegarse mejor el genio de Achille que en la compañía de un cuerpo así, cuya misión oficial lo ponía a salvo de las garras de la policía, mientras que el carácter de sus miembros eliminaba todas las barreras que suelen poner límites a los oficiales de los ejércitos regulares. Aunque derrochador en todo, Achille era sumamente parco en pruebas de valor y capacidad militares, y así vegetó otros cuatro años en el puesto subalterno de teniente del 1.er batallón de la Legión Extranjera, hasta que por fin, el 13 de agosto de 1837, se le concedió el grado de capitán. Por desgracia para él, en el ejército francés la caja de la compañía está a cargo del capitán, que responde de la paga de la tropa y de su abastecimiento de víveres. Pero las cajas eran precisamente el punto en que nuestro moderno Aquiles era muy vulnerable, y así, unos meses después de su ascenso, se descubrió en la suya un déficit espantoso. El inspector general, el señor de Rulhières,22 que descubrió esta malversación, exigió que se castigara al capitán. El informe al ministerio estaba ya escrito y a punto de echarse al correo; eso habría significado la ruina del señor de Saint-Arnaud, si el señor Bedeau, su teniente coronel, conmovido por la desesperación de su subordinado, no hubiera intervenido y aplacado la ira del general Rulhières.
Ahora bien, Saint-Arnaud tiene una manera muy suya de mostrarse agradecido por los favores recibidos. Nombrado ministro de la Guerra en vísperas del coup d'état,23 hizo detener al general Bedeau y tachó de la lista del cuerpo de oficiales el nombre del general Rulhières. Rulhières le envió entonces la siguiente carta, que hizo circular entre sus amigos de París y publicó en periódicos belgas:
«En 1837 el general Rulhières se negó a romper la espada del capitán Leroy de Saint-Arnaud, porque no quería deshonrarlo. En 1851 el ministro de la Guerra Leroy de Saint-Arnaud rompió la espada del general Rulhières y, sin embargo, no fue capaz de deshonrarlo.»
Karl Marx
Lajos Kossuth (1802-1894), jefe de la revolución húngara de 1848-1849, entonces exiliado en Inglaterra. ↩
Juan III Sobieski, rey de Polonia, socorrió en 1683 a Viena, sitiada por los turcos. ↩
Joseph von Hammer-Purgstall (1774-1856), orientalista austriaco, autor de una historia del Imperio otomano. ↩
Los cartistas. ↩
Los partidarios de Robert Peel (1788-1850), separados de los tories en 1846 a causa del librecambio. ↩
Sir George Grey (1799-1882), whig, ministro de las Colonias de 1854 a 1855. ↩
El Morning Post. ↩
La nota austriaca del 3 de junio de 1854, que exigía a Rusia la evacuación de los Principados del Danubio. ↩
El ministerio de Comercio británico. ↩
Marx lo había anunciado en el artículo del 23 de mayo, «Las hazañas en el Báltico y en el mar Negro — El sistema de operaciones anglo-francés». ↩
La revolución de julio de 1830 en París. ↩
Cárcel de París, donde se encerraba a deudores y presos políticos. ↩
Aide-toi, le ciel t'aidera («Ayúdate y el cielo te ayudará»), sociedad liberal fundada en 1827 contra el gobierno de la Restauración. ↩
La sociedad bonapartista fundada en 1849, que Marx describe en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. ↩
La Restauración de los Borbones (1815-1830). ↩
La guardia real de la Restauración. ↩
El levantamiento legitimista que la duquesa de Berry (1798-1870), madre del pretendiente borbónico, intentó en la Vendée en 1832. ↩
En francés, «cafés de mala fama». ↩
Simon Deutz entregó a la duquesa a la policía en noviembre de 1832; Adolphe Thiers era ministro del Interior. Thomas Robert Bugeaud (1784-1849), más tarde mariscal y gobernador de Argelia. ↩
Marie-Alphonse Bedeau (1804-1863), general, detenido en el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩
En latín, «refugio de pecadores». ↩
Joseph Marcellin Rulhière (1787-1862), general, ministro de la Guerra en 1848-1849. ↩
El golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851. ↩