Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 26 de mayo de 1854 (con la firma de Karl Marx) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4102, del 10 de junio de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 247-253), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen unas pocas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, viernes 26 de mayo de 1854

Aunque la guerra de Oriente no sirva para otra cosa, sí acabará con buena parte de la gloria militar del difunto duque de Wellington.1 Quien conoció Inglaterra en vida de este general tan sobrestimado recordará que se tenía por una ofensa a la nación británica llamar a Napoleón siquiera un soldado medianamente comparable al invencible Duque de Hierro. El glorioso duque ha muerto y está enterrado, después de haber tenido durante los últimos cuarenta años el mando del ejército británico, al menos de hecho. Nunca un hombre ejerció su cargo de comandante con mayor independencia y despotismo. El «Duque» era la autoridad de las autoridades; ni el rey ni la reina se atrevían a contradecirle en su terreno. Después de haber disfrutado muchos años de todos los honores y comodidades que suelen tocarle a la mediocridad afortunada, y que forman un contraste tan chillón con las sacudidas trágicas que de ordinario son inseparables de la carrera de un genio —véase, por ejemplo, Napoleón—, murió el Duque de Hierro, y el mando supremo del ejército británico pasó a otras manos. Unos dieciocho meses después de su muerte, al ejército británico se le encomienda la tarea de hacer una campaña contra los rusos, y antes de que el primer regimiento esté listo para embarcar ya resulta que el Duque de Hierro ha dejado el ejército en un estado que lo inutiliza para cualquier operación activa.

Aunque el «Duque», por lo general, tenía el sano sentido común característico de los ingleses, en muchos aspectos era estrecho de miras y limitado. Es bien sabido con qué injusticia solía hablar de la parte que sus aliados alemanes tuvieron en la decisión de la batalla de Waterloo, atribuyéndose toda la gloria de una victoria que, sin la llegada a tiempo de Blücher, habría sido una derrota. Se aferraba obstinadamente a todos los abusos y disparates del ejército inglés, y a toda crítica respondía: «Estos abusos y disparates nos han dado la victoria en España y Portugal», lo que concordaba por completo con su concepción conservadora de que hace falta cierto grado de disparate tradicional y de corrupción para que la «probadamente mejor» de todas las constituciones funcione como es debido. Pero si en política sabía ceder en puntos importantes en los momentos críticos, en los asuntos militares se aferraba con tanta mayor terquedad a ideas anticuadas y a necedades heredadas. En toda su vida no se introdujo en el ejército británico ni una sola mejora importante, salvo en el terreno puramente técnico de la artillería. Aquí era sencillamente imposible desatender del todo el rápido progreso de la industria mecánica y de las ciencias técnicas. La consecuencia es que, aunque el ejército británico tiene el mejor material de artillería que existe, la organización de su artillería es tan pesada como la de las demás armas, y que en uniformes, equipo general y organización el ejército británico no presenta ni un solo punto en que no vaya por detrás de todos los demás ejércitos civilizados de Europa.

Debo llamar de nuevo la atención de sus lectores sobre el hecho de que la dirección de los asuntos militares no está, como en otros países, en manos de una única autoridad administrativa. Hay cuatro autoridades de este tipo, independientes entre sí y que se estorban unas a otras. Está el ministro de la Guerra, un simple pagador y contable. Está el comandante en jefe, del que dependen la infantería y la caballería. Está el Master-General of the Ordnance,2 que manda la artillería y el cuerpo de ingenieros y ha de administrar todo el matériel. Y está además el ministro de las Colonias, que destina las tropas a las distintas posesiones de ultramar y regula la asignación del material de guerra a cada una de ellas. Junto a ellos está todavía la Intendencia y, por último, para las tropas de la India, el comandante en jefe del ejército de allí. Solo después de la muerte de Wellington se ha discutido en público lo absurdo de este sistema, porque en 1837 el informe de la comisión parlamentaria sobre el asunto no se tuvo en cuenta por instigación del duque. Ahora, desde que empezó la guerra, la insuficiencia de la organización del ejército se nota en todas partes, pero se rechaza todo cambio porque con él se frustraría todavía más cualquier posibilidad de despachar los asuntos con orden y regularidad.

Como ejemplo de la confusión que crea este sistema mencioné ya en una ocasión anterior que apenas hay dos artículos por los que un regimiento no tenga que dirigirse a oficinas distintas e independientes entre sí. Los uniformes los suministra el coronel, pero los capotes el Ordnance; los correajes y las mochilas los suministran los Horse Guards,3 y las armas de fuego, otra vez, el Ordnance. Las oficinas militares, las del Ordnance, los guardalmacenes y los oficiales de Intendencia de cada destino de ultramar son todos más o menos independientes entre sí y responden ante oficinas distintas de la metrópoli, a su vez independientes unas de otras. Existe además el abuso de los «coroneles del vestuario». Cada regimiento tiene un coronel titular, un oficial cuyo deber consiste en embolsarse del gobierno una suma determinada para vestir con ella a su regimiento, aunque para ello solo necesita gastar una parte del dinero. El resto se considera remuneración por su trabajo.

Por la venta de los despachos de oficial, todos los puestos superiores del ejército quedan reservados casi exclusivamente a la aristocracia. Tras pocos años de servicio como teniente, capitán y comandante, un oficial tiene derecho a comprar, en cuanto se produce la primera vacante, el puesto inmediatamente superior que queda libre, salvo que otro oficial del mismo grado pero más antiguo tenga ganas de adelantársele. De ahí se sigue que un hombre con fortuna líquida puede ascender muy deprisa, puesto que muchos con más años de servicio que él no tienen medios para comprar una vacante en cuanto queda libre. Está claro que un sistema así restringe mucho el círculo de hombres capaces del que se recluta la oficialidad; y como el ascenso, o siquiera el empleo activo de los oficiales superiores, depende casi exclusivamente de la antigüedad o de las relaciones aristocráticas, esa restricción excluye necesariamente de los mandos superiores a muchísimas personas de talento y de saber. A este sistema hay que atribuir sin duda, sobre todo, que la masa de los oficiales británicos sea tan lamentablemente ignorante en las materias generales y más teóricas de la ciencia militar.

El número de oficiales es desproporcionadamente grande en comparación con la tropa. En ninguna parte abundan tanto los cordones dorados y las charreteras como en un regimiento británico. En consecuencia, los oficiales no tienen nada que hacer, y como dedicarse a algún estudio serio va contra su esprit de corps, pasan el tiempo en toda clase de diversiones extravagantes, convencidos de que, si de verdad llega la guerra, su valor innato y el «reglamento de Su Majestad» les bastarán de sobra para superar todas las dificultades. Pero cuando se formó el campamento de Chobham,4 la impotencia de muchísimos oficiales saltó a la vista de cualquiera que supiera juzgar una maniobra algo mejor que los pobres plumíferos entusiastas que, como buenos hijos de Londres, admiraban cada detalle del espectáculo exótico que veían por primera vez en su vida.

El reglamento de instrucción y el sistema de adiestramiento están anticuadísimos. La maniobra es pesadísima, porque todos los movimientos son complicados, lentos y pedantes. El viejo sistema de los movimientos en línea, que en el ejército británico se mantuvo como forma principal de todas las maniobras tácticas más tiempo que en el austriaco, ofrece en un terreno favorable algunas ventajas bien conocidas; pero estas quedan compensadas de muchas maneras y, sobre todo, solo es aplicable en casos excepcionales. El sistema de despliegue en columnas, en especial en pequeñas columnas de compañía, tal como se ha introducido en los mejores reglamentos de los ejércitos del continente, asegura una movilidad mucho mayor y, cuando hace falta, una formación de las líneas igual de rápida.

El equipo del soldado inglés es de buen material y de factura excelente, pero en muchos casos lo desfiguran disposiciones anticuadas. Los viejos mosquetes de ánima lisa están bien hechos y son de gran calibre, pero mucho más pesados de lo necesario. El viejo rifle de Brunswick era bueno en su género, pero lo han superado armas mejores. El fusil Pritchett, introducido hace poco y tenido por una mejora de los fusiles franceses Minié,5 parece un arma excelente, pero solo se pudo imponer a las personalidades competentes tras dura lucha. De momento se va introduciendo solo aquí y allá y sin sistema; una mitad del regimiento lleva mosquetes y la otra fusiles rayados, y así se desordena todo el armamento. Los sables de la caballería son buenos y tienen mejor forma que los de los ejércitos del continente para el tajo y la estocada con el filo. También los caballos son de primera, pero los jinetes y el equipo pesan demasiado. El matériel de la artillería de campaña es el mejor del mundo, admirablemente simplificado en algunos aspectos, pero los calibres y el peso de las piezas son tan diferentes que obligan también a cargas de pólvora distintas.

Pero el mayor abuso es el uniforme y el equipo general del soldado británico. Un cuello alto, estrecho y rígido que aprieta la garganta; una chaqueta raquítica y ceñida con faldones de golondrina, mal cortada e incómoda; pantalones estrechos, capotes de aspecto vergonzoso, una gorra fea o un chacó, un enredo de correas y cinturones para llevar la munición y la mochila que no tiene igual ni en el ejército prusiano: todo esto ha sido hace poco tema de tantos comentarios de prensa que basta con aludir a ello. Con todo, no hay que olvidar que, además de esta incomodidad casi intencionada del uniforme, el soldado británico tiene que acarrear un peso mucho mayor que cualquier otro; y como si se quisiera hacer de la inmovilidad el principio supremo del ejército, este tiene que arrastrar una impedimenta mucho más voluminosa que otros ejércitos. A ello contribuye mucho la pesadez con que trabaja la Intendencia; pero también los trenes de los regimientos y, sobre todo, la gran cantidad de equipaje de los oficiales superan todo lo que conocemos de Turquía y de la India.

Veamos ahora cómo funcionó este ejército cuando las tropas llegaron a Turquía. Como en el sistema militar francés se habían ido incorporando constantemente todas las medidas que habían demostrado su utilidad práctica en las campañas de Argelia, los soldados franceses, apenas desembarcados, ya se habían instalado a sus anchas. Llevaban todo lo que necesitaban, aunque no fuera mucho, y lo que les faltaba lo suplieron pronto con la inventiva innata del soldado francés. Incluso bajo la administración corrompida de Luis Bonaparte y de Saint-Arnaud, el sistema funcionó bastante bien. ¡Y en cambio los ingleses! Llegaron a Gallípoli antes que sus provisiones; las tropas eran cuatro veces más numerosas de lo que cabía en el campamento; no había nada preparado para el desembarco, no había hornos de campaña, ni una administración verdaderamente responsable. Órdenes y contraórdenes se sucedían y se contradecían del modo más espantoso, o más bien más ridículo. Había más de un viejo sargento o cabo que se había apañado a su gusto en la maleza de los cafres o en las tórridas llanuras del Indo, pero que aquí estaba del todo desamparado. Las mejoras que cualquier comandante de ultramar hubiera podido introducir en una campaña valían siempre solo mientras duraba esa campaña; una vez separados de nuevo los distintos regimientos, el anticuado reglamento de Su Majestad volvía a ser la única norma, y la experiencia administrativa de la campaña se había hecho en vano.

Este es el glorioso sistema al que el Duque de Hierro se aferraba con tenacidad de hierro y que era el mejor porque con él había derrotado a los generales de Napoleón en la península Ibérica. El soldado británico, embutido en su coraza de cuero, que arrastra sus sesenta o setenta libras de peso por las estepas de Bulgaria, que avanza penosamente entre ataques de fiebre de cuando en cuando, mal abastecido por oficiales de Intendencia descuidados e incapaces, puede estar de verdad orgulloso de su glorioso Duque de Hierro, que le ha procurado todos estos beneficios.

Los resultados funestos que se siguen forzosamente de la rutina tradicional del duque se agravan todavía con el carácter oligárquico de la administración inglesa; los cargos más importantes se confían a hombres de cuyo apoyo parlamentario quizá dependa la camarilla de cazadores de empleos que en ese momento esté en el poder, pero que carecen de todo conocimiento y aptitud técnicos, hasta de los más elementales. Tomemos, por ejemplo, al señor Monsell,6 el secretario del Ordnance de la coalición. El nombramiento de Monsell fue una concesión a los radicales de Mayfair, representados en el ministerio por sir W. Molesworth, el «muy devoto» editor de las obras de Hobbes.7 Al señor Monsell se le aplican estos versos:

Este picotea el ingenio como las palomas los guisantes,
y lo devuelve cuando a Dios le place.
Es un buhonero del ingenio y vende su mercancía al por menor
en velatorios y francachelas, en reuniones, mercados y ferias.8

Aunque el señor Monsell trafica al por menor con chistes rancios, apenas es capaz de distinguir un mosquete corriente de un fusil Minié, y sin embargo es secretario parlamentario del Ordnance de Su Majestad.

Sus lectores recordarán quizá que hace algún tiempo se dirigió al Parlamento para que aprobara fondos con los que el Ordnance pudiera fabricar las armas de fuego portátiles necesarias para el ejército y la marina. Afirmó que en los Estados Unidos de América los talleres del gobierno suministraban armas a un precio más barato del que podía la industria privada, y que en algunos casos habían surgido serias dificultades porque las armas no se habían entregado en el plazo convenido.

Sin embargo, la decisión de la Cámara se aplazó a propuesta del señor Muntz,9 para encargar primero a una comisión especial «averiguar el modo más barato, más rápido y más satisfactorio de proveer de armas de fuego al ejército de Su Majestad». El informe de esta comisión está ahora a disposición del público, ¿y a qué conclusiones ha llegado? A que los contratistas privados no entregaban las armas en el plazo fijado en el contrato

«porque el modo de verificar su trabajo que prescribía el Ordnance era pura vejación, y porque este tenía la costumbre de adjudicar a un contratista distinto cada una de las numerosas piezas de que consta un fusil».

El informe hace constar además

«que el Ordnance apenas tiene idea del precio al que se fabrican los fusiles en América, ni de la medida en que se emplean máquinas en su fabricación; y que nunca ha visto armas de fuego hechas en uno de los talleres del gobierno de aquel país».

Por último, el informe nos dice que «el taller que el gobierno se propone establecer no podrá suministrar un solo fusil antes de dieciocho meses».

Estos extractos del informe parlamentario muestran con creces la idoneidad profesional del señor Monsell, el secretario del Ordnance de la mismísima coalición. Ex ungue leonem.10

Karl Marx

  1. Arthur Wellesley, duque de Wellington (1769-1852), vencedor de Napoleón en Waterloo y comandante en jefe del ejército británico desde 1842 hasta su muerte, en septiembre de 1852. ↩

  2. Jefe del Board of Ordnance, la junta que tenía a su cargo la artillería, los ingenieros, las fortificaciones y el material de guerra; en adelante se la llama simplemente Ordnance. ↩

  3. El cuartel general del ejército en Londres, sede del comandante en jefe. ↩

  4. Campamento de maniobras instalado en el verano de 1853 en Chobham (Surrey), cerca de Londres. ↩

  5. Fusiles rayados de avancarga. El Minié lleva el nombre del oficial francés Claude-Étienne Minié (1804-1879), inventor de su bala; el modelo británico de 1853 usaba una bala ideada por el armero londinense Pritchett. ↩

  6. William Monsell (1812-1894), diputado irlandés, secretario del Board of Ordnance en el gabinete de coalición de Aberdeen. Según la MEW, el Tribune dice aquí «Bernal Osborne». ↩

  7. Sir William Molesworth (1810-1855), radical, ministro de Obras Públicas en el gabinete de Aberdeen; publicó las obras completas de Hobbes (1839-1845). ↩

  8. Shakespeare, Trabajos de amor perdidos, acto V, escena 2. La MEW da los versos en la versión alemana clásica de la edición de Schlegel y Tieck; aquí se traducen del inglés de Shakespeare. ↩

  9. George Frederic Muntz (1794-1857), industrial de Birmingham y diputado. ↩

  10. En latín: «Por la garra se conoce al león». ↩