Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 24 de enero de 1854 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 4000, del 11 de febrero de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 41-44), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés, abreviado y con resúmenes entre corchetes, de The Eastern Question (Londres, 1897), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, martes 24 de enero de 1854
Los intentos del ejército ruso de cruzar el Danubio simultáneamente en toda la línea de operaciones —en Măcin, Giurgiu y Kalafat— deben considerarse más bien maniobras de reconocimiento que ataques serios, en los que difícilmente puede embarcarse el general Gorchakov con las fuerzas de que dispone ahora.
El Press, el órgano de Disraeli, publicó el sábado pasado una nota sobre una conversación mantenida hace poco en Gátchina entre el zar y un inglés «distinguido». Casi toda la prensa diaria de Londres reproduce esa nota, que, además de los conocidos y gastados lugares comunes de la diplomacia rusa, contiene algunos datos interesantes.
«El zar afirmó expresamente que el ultimátum de Ménshikov no había sido desaprobado en Londres, sino que el ministerio inglés, después de que se le comunicara que la Puerta probablemente aceptaría el ultimátum, lo consideró una solución satisfactoria».
Esto solo demostraría que el pobre John Russell1 había sido informado falsamente por el barón Brunnow2 sobre las intenciones «probables» de la Sublime Puerta, y que no fue en absoluto culpa del gabinete de coalición que la Puerta se negara a aceptar en seguida el ultimátum de Ménshikov.3 El zar prosigue y comunica a la persona «distinguida» que
«después de conocerse la victoria de Sinope, el general Castelbajac (el embajador francés) le dirigió una carta que empezaba más o menos así: "Como cristiano y como soldado, me permito felicitar a Vuestra Majestad Imperial por la gloriosa victoria de la flota de Vuestra Majestad"».
Quiero observar aquí que el general Castelbajac,4 viejo legitimista y pariente de La Rochejaquelein,5 no ganó su generalato en campaña, sino con el servicio menos peligroso en las antecámaras de la corte y con la ardiente profesión de exaltados principios realistas. Bonaparte lo nombró embajador en la corte de San Petersburgo para dar así al zar una prueba de su sumisión a los deseos personales de este, aunque sabía muy bien que Castelbajac conspiraría con el zar por la restauración de los Borbones antes que favorecer los intereses de su amo nominal. Este Castelbajac es, pues, justamente el hombre indicado para felicitar al zar, «como soldado y como cristiano», por la estéril carnicería de Sinope. «No creía», dicen que dijo el zar, «que Inglaterra, con un Parlamento burgués, pudiera hacer una guerra con honra». Sin duda el zar conoce a sus Cobden y sus Bright6 y estima en su justo valor las almas bajas y mezquinas de la burguesía europea. Por último, el zar tiene toda la razón cuando afirma, por un lado, que no estaba preparado para la guerra —pues estaba plenamente convencido de que conseguiría todo lo que quería con simples amenazas—, y, por otro, que si había guerra sería una «guerra de incapaces», que, en su temeroso empeño por evitarla, la harían inevitable y acabarían lanzándose a ella para tapar sus errores y salvar sus puestos.
«La opinión pública está casi dispuesta a sacrificar al príncipe Alberto a ciertos rumores. Los cuchicheos, puestos en circulación al principio con fines de partido, se han convertido en bramidos, y unas insinuaciones cargadas de intención los han hinchado hasta hacer de ellos una mentira real y monstruosa. Que todos los que buscaban audiencia con la reina encontraran al príncipe Alberto junto a Su Majestad es un hecho que más bien le había ganado la simpatía y el respeto del público inglés; pero luego se dijo que asistía a las reuniones de la reina con sus ministros; luego, que a los ministros se les hacía notar su presencia; que, pese a su repugnancia a deliberar ante una tercera persona, se veían obligados a hacerlo; que tenían incluso que defender sus opiniones ante el príncipe; que el príncipe se inmiscuía de hecho en sus deliberaciones con la soberana; que no solo influía en las opiniones de la reina, sino que, como tiene la facultad de comunicarse libremente con las cortes extranjeras, había establecido una vía de información sin control entre el Consejo Privado de la reina y los gabinetes de soberanos extranjeros, quizá enemigos de Inglaterra; en suma, que el príncipe Alberto era un traidor a su reina, que había sido acusado de alta traición y que, finalmente, había sido detenido bajo la acusación de alta traición y llevado a la Torre. Esta historia no solo se contaba hace uno o dos días en todas partes de Inglaterra, sino que algunos la creían».
Cito este pasaje del Spectator para mostrar a sus lectores cómo la prensa de Palmerston ha inducido a la opinión pública a hacer de un pobre joven simple el chivo expiatorio de los ministros responsables. El príncipe Alberto es un príncipe alemán emparentado con la mayoría de los gobiernos absolutos y despóticos del continente. Desde que fue elevado al rango de príncipe consorte en Gran Bretaña, ha pasado el tiempo en parte cebando cerdos, en parte inventando ridículos cubrecabezas para el ejército, trazando casas modelo singularmente transparentes e incómodas, ocupándose de la Exposición de Hyde Park7 y jugando a los soldados. Se veía en él a un hombre amable e inofensivo, de inteligencia inferior a la media general de los seres humanos, un padre prolífico y un marido dócil. Últimamente, sin embargo, se le ha convertido deliberadamente en el hombre más influyente, en uno de los personajes más peligrosos del Reino Unido, que dirigiría toda la maquinaria del Estado según instrucciones secretas de Rusia. Ahora bien, apenas puede haber duda de que el príncipe ejerce una influencia directa en los asuntos de la corte, y naturalmente en el sentido del despotismo. El príncipe solo puede obrar como príncipe, ¿y quién sería tan necio como para suponer que no lo hace? Pero no necesito, claro está, llamar la atención de sus lectores sobre la impotencia completa a que la oligarquía británica ha reducido a la realeza británica, de modo que, por ejemplo, el rey Guillermo IV, enemigo resuelto de Rusia, se vio obligado por su ministro de Asuntos Exteriores —un miembro de la oligarquía whig—8 a obrar como enemigo de Turquía. ¡Qué absurdo sería entonces suponer que el príncipe Alberto pudiera imponer lo más mínimo contra la voluntad del ministerio, salvo naderías de la corte, una mísera banda o una estrella reluciente! Sus penchants absolutistas se utilizan para engañar al pueblo sobre las intrigas y la traición de los ministros responsables. Si el griterío y el ataque persiguen algo, solo puede ser un ataque a las instituciones monárquicas. Si no hubiera reina, no habría príncipe; si no hubiera trono, no habría influencias de la corte. Los príncipes perderían su poder si no hubiera tronos que los sostuvieran y en los que apoyarse. Pero fíjense: los periódicos que más lejos llegan en su «terrible audacia», que más alto gritan y que intentan sacar, por así decir, capital político del príncipe Alberto, son los más afanosos en asegurar su lealtad al trono y en su repugnante adulación de la reina. En los periódicos tories esto se entiende por sí solo. El radical Morning Advertiser es el mismo periódico que saludó el golpe de Estado de Bonaparte y que atacó hace poco a una hoja irlandesa por haberse atrevido a censurar a la reina con ocasión de su visita a Dublín; el que reprocha a los revolucionarios franceses su profesión de republicanismo y el que sigue llamando a lord Palmerston el salvador de Inglaterra. Todo ello es una treta de Palmerston. Palmerston se ha hecho impopular por las revelaciones sobre su rusofilia y por su oposición a la nueva ley de reforma.9 Con esta última acción se le cayó el dorado liberal a su enmohecido pan de especias. Pero ahora quiere popularidad para llegar a primer ministro o al menos a ministro de Asuntos Exteriores. ¡Qué ocasión magnífica de volver a presentarse como liberal y de representar el papel de Bruto perseguido por secretas intrigas de corte! Atacar a un príncipe consorte: eso le gusta al pueblo. Será el estadista más popular del siglo. ¡Qué ocasión magnífica de calumniar a sus actuales colegas, de tacharlos de instrumentos del príncipe Alberto y de convencer a la corte de que hay que aceptar a Palmerston en las condiciones que él mismo ponga! Los tories, naturalmente, se suman al griterío, porque la Iglesia y la Corona les importan poco comparadas con el dinero y las tierras, y estas se las están quitando ahora a toda prisa los lores del algodón. Y cuando los tories, en nombre de la «constitución» y de la «libertad», apuñalan a un príncipe con discursos, ¡qué liberal ilustrado no iba a postrarse a sus pies para adorarlos!
En la asamblea anual de la Asociación de Comercio de Manchester, su presidente, el señor Aspinall Turner,10 declaró a propósito de las huelgas, los cierres patronales y la agitación general de los obreros —a lo que llamó con toda razón «guerra civil entre los patronos y los obreros en Lancashire»— que «Manchester derribará la tiranía de la democracia igual que derribó la tiranía de la Corona y la tiranía de la aristocracia».
«Esto es», exclama el Press, «una confesión involuntaria de la política de la escuela de Manchester.11 La Corona es en Inglaterra el poder supremo: ¡debilitad, pues, el poder real! La aristocracia se interpone en nuestro camino: ¡barredla, pues! Los obreros se agitan: ¡pisoteadlos, pues, hasta hundirlos en el polvo!».
Karl Marx
Lord John Russell (1792-1878), jefe de los whigs, ministro de Asuntos Exteriores en los primeros meses del gabinete Aberdeen y luego ministro sin cartera y jefe de la Cámara de los Comunes. ↩
Filipp Ivánovich Brunnow (1797-1875), embajador de Rusia en Londres. ↩
Alexandr Serguéievich Ménshikov (1787-1869), enviado especial del zar en Constantinopla en la primavera de 1853; la Puerta rechazó su ultimátum en mayo de 1853. ↩
Barthélemy de Castelbajac (1787-1864), general francés, embajador en San Petersburgo hasta la ruptura de relaciones de febrero de 1854. ↩
Henri de La Rochejaquelein (1805-1867), dirigente legitimista, senador del Segundo Imperio. ↩
Richard Cobden (1804-1865) y John Bright (1811-1889), fabricantes, jefes de los librecambistas de la escuela de Manchester y partidarios de la paz con Rusia. ↩
La Exposición Universal de Londres de 1851, en el Palacio de Cristal de Hyde Park, de la que el príncipe Alberto fue el principal promotor. ↩
Palmerston, ministro de Asuntos Exteriores de 1830 a 1834 y de 1835 a 1841. ↩
El proyecto de reforma electoral de lord John Russell, al que Palmerston se oponía dentro del gabinete. ↩
James Aspinall Turner (1797-1867), fabricante de algodón, presidente de la Asociación de Comercio de Manchester. ↩
La corriente librecambista de los industriales de Manchester encabezada por Cobden y Bright. ↩