Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 10 de enero de 1854 para el New-York Daily Tribune, que lo publicó en su número 3988, del 28 de enero de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 9-19), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés, abreviado y con resúmenes entre corchetes, de The Eastern Question (Londres, 1897), que omite los primeros párrafos y el discurso de Urquhart, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, martes 10 de enero de 1854

La acusación contra Szemere1 de haber revelado el lugar donde estaba escondida la corona húngara la lanzó primero el Soldatenfreund de Viena, órgano reconocido de la policía austriaca, y eso solo debería bastar para probar la falsedad de la acusación. No es costumbre de la policía denunciar por su propia voluntad a sus cómplices; más bien forma parte de sus tretas habituales desviar las sospechas hacia los inocentes para encubrir a los verdaderos culpables. Un hombre del prestigio y la influencia de Szemere sería sin duda el último al que la policía austriaca habría sacrificado por propia iniciativa si hubiera logrado asegurarse su colaboración. Si el secreto no se reveló —cosa que no es en absoluto improbable— por la indiscreción de alguno de los partidarios de Kossuth, solo puedo sospechar de traición al conde K. Batthyány,2 que vive ahora en París. Fue uno de los poquísimos que conocían el escondite donde estaban ocultas las insignias reales, y es el único de ellos que ha pedido amnistía a la corte de Viena. Esto último, lo supongo con buen fundamento, no lo negará.

Se ha convencido a lord Hardinge, comandante en jefe británico,3 de que retire su dimisión. Sobre el duque de Norfolk, según nos informa el corresponsal del Dublin Evening Mail,

«han corrido ciertos chismes de la corte. Cierto noble duque, que ocupa un cargo en la corte y la más alta dignidad feudal hereditaria del Estado, hizo, según se dice, un uso algo demasiado libre del champán en la mesa real, tras lo cual perdió en el comedor su nobilísimo equilibrio y arrastró a la catástrofe a la propia Su Majestad. Este enojoso contretemps llevó a la dimisión del noble duque y al nombramiento del conde Spencer como lord mayordomo real».

El señor Sadleir, el corredor de la Brigada Irlandesa,4 ha vuelto a presentar la dimisión de su cargo ministerial, y esta vez lord Aberdeen se la ha aceptado. Su posición se había hecho insostenible tras las revelaciones públicas ante un tribunal irlandés sobre los medios escandalosos de que se había valido para entrar en el Parlamento. La influencia del gabinete de todos los talentos5 sobre la Brigada Irlandesa no sale precisamente reforzada de este penoso incidente.

Los motines del pan del viernes y el sábado en Crediton (Devonshire) fueron como una respuesta del pueblo a las entusiastas descripciones de la prosperidad con que los periódicos ministeriales y librecambistas habían creído poder entretener a sus lectores al acabar el año 1853.

La Patrie informa desde Trebisonda de que, cuando el encargado de negocios ruso en Teherán exigió la destitución de dos de los ministros más populares del sah de Persia, el pueblo se agitó, y el jefe de la guardia declaró que no podía responder del mantenimiento del orden público si se cedía a esa exigencia. Según esta información, el miedo a un estallido de la ira popular contra Rusia llevó al sah a reanudar sus relaciones con el encargado de negocios de Inglaterra.

A la ingente masa de documentos diplomáticos publicados se añaden ahora una nota de las cuatro potencias del 12 de diciembre, dirigida conjuntamente a la Puerta por sus respectivos embajadores en Constantinopla, y una nueva circular de Drouyn de Lhuys a los agentes diplomáticos franceses, fechada en París el 30 de diciembre. Leyendo con atención la nota de las cuatro potencias comprendemos por qué reinó en Constantinopla una agitación tan extraordinaria cuando se supo que la Puerta había aceptado la nota, por qué se produjo el movimiento insurreccional del día 21 y por qué el ministerio turco tuvo que proclamar solemnemente que las operaciones de guerra no se interrumpirían ni se verían estorbadas por las nuevas negociaciones de paz. Exactamente nueve días después de que la noticia de la traicionera y cobarde carnicería de Sinope6 llegara a Constantinopla y levantara en todo el Imperio otomano un solo y tremendo grito de venganza, las cuatro potencias invitan fríamente a la Puerta —y los embajadores de Gran Bretaña y Francia hasta la obligan— a entablar negociaciones con el zar sobre la base de que se renueven todos los antiguos tratados; de que los firmanes sobre los privilegios espirituales que el sultán había otorgado a sus súbditos cristianos vayan acompañados de nuevas garantías dadas a cada una de esas potencias, y por consiguiente también al zar; de que la Puerta nombre un plenipotenciario para concertar un armisticio; de que permita a Rusia levantar una iglesia y un hospital en Jerusalén, y de que se comprometa ante las potencias, y por consiguiente también ante el zar, a mejorar su sistema de administración interior. La Puerta no solo no recibirá ninguna indemnización por las graves pérdidas que le han causado las piraterías del moscovita; no solo se forjarán de nuevo todas las cadenas con que Rusia ha hecho bailar a Turquía durante un cuarto de siglo, sino que además al prisionero se le tendrá más sujeto que antes; la Puerta se pondrá en manos del autócrata dándole humildes garantías sobre los firmanes relativos a los privilegios espirituales de sus súbditos cristianos y comprometiéndose ante él respecto a su sistema de administración interior. Con ello entregaría al zar a la vez el protectorado religioso y el control de su administración civil. En compensación por semejante capitulación se promete a la Puerta «la evacuación lo más rápida posible de los Principados del Danubio», cuya ocupación calificó lord Clanricarde7 de «acto de piratería», y se le asegura que el preámbulo del tratado del 13 de julio de 1841,8 que tan fiable protección contra Rusia ha demostrado ser, será confirmado formalmente.

Aunque la insondable abyección de esas lamentables «potencias» alcanzó su punto culminante cuando, pocos días después de Sinope, obligaron a la Puerta a negociar sobre semejante base, no saldrán de su delicada situación por ese camino solapado. El zar ha ido ya demasiado lejos para consentir siquiera la apariencia de que el protectorado exclusivo que reclama sobre los súbditos cristianos de Turquía se sustituya por uno europeo, y ya nos informa el corresponsal en Viena del Times de que

«Austria ha preguntado si la corte rusa pondría objeciones a un protectorado europeo sobre los cristianos de Turquía. La respuesta, en el tono más tajante, fue que Rusia no permitirá a ninguna otra potencia inmiscuirse en las cuestiones de la Iglesia ortodoxa griega. Rusia tiene tratados con la Puerta y arreglará esa cuestión con ella sola».

También en el Standard leemos que

«Nicolás no está dispuesto a aceptar ninguna propuesta que no venga directamente del soberano turco; con ello rechaza todo derecho de las potencias europeas a mediar o a intervenir e inflige a esas potencias una afrenta que nadie puede considerar inmerecida».

El único pasaje importante de la circular del señor Drouyn de Lhuys es el anuncio de que las flotas combinadas salen hacia el mar Negro y se proponen

«combinar sus movimientos de manera que se impida que el territorio o el pabellón de Turquía vuelvan a quedar expuestos a los ataques de las fuerzas navales rusas».

Non bis in idem. La moutarde après la viande.9 El Morning Chronicle de ayer publicaba un despacho de su corresponsal en Constantinopla, del 30 de diciembre, según el cual las flotas combinadas han entrado en el mar Negro.

«Probablemente las flotas entran en el mar Negro», escribe el Daily News, «para hacer lo que han hecho en el Bósforo: es decir, nada».

Según el Press,

«ya se ha dado orden a un barco de la flota inglesa y a otro de la francesa de entrar en el mar Negro y dirigirse a Sebastopol bajo bandera blanca. Allí deberán comunicar al almirante ruso que se abrirá fuego contra él en el acto si sale del puerto de Sebastopol».

Aunque la flota rusa, en esta estación nada propicia y después de su gloriosa hazaña de Sinope, no tiene absolutamente ningún motivo para salir al mar Negro, el zar no permitirá que Inglaterra y Francia lo echen, ni siquiera temporalmente, de unas aguas de las que él ha sabido mantenerlas siempre alejadas desde 1833.10 Su prestigio se acabaría si no respondiera a esa comunicación con una declaración de guerra.

«Una declaración de guerra de Rusia a Francia y a Inglaterra», dice la Neue Preußische Zeitung, «es más probable que una pronta paz entre Rusia y Turquía».

En Newry (Ulster) se celebró un gran mitin sobre la agresión de Rusia a Turquía, sin provocación alguna. Me complace poder transmitir a sus lectores, gracias a que el señor Urquhart11 ha tenido la amabilidad de enviarme la crónica de Newry, los pasajes más notables del discurso de este caballero. Como ya he expuesto en varias ocasiones mis propias opiniones sobre la cuestión de Oriente, no necesito destacar los puntos en que no puedo estar de acuerdo con el señor Urquhart. Solo quiero señalar que la noticia siguiente confirma sus opiniones:

«Los campesinos de la Pequeña Valaquia se han levantado contra los rusos con el apoyo de la milicia valaca. Todo el país en los alrededores de Kalafat y a lo largo de la orilla izquierda del Danubio está en movimiento. Los funcionarios rusos han abandonado Turnu».12

Tras algunas observaciones preliminares, Urquhart dijo:

«En las cuestiones que tocan a nuestros intereses más graves frente a otros Estados y a nuestras relaciones con ellos no hay ni limitación legal ni dirección sistemática, no hay responsabilidad ante la nación ni castigo por el incumplimiento de un deber o por la comisión de un crimen; estáis completamente privados de toda posibilidad de influencia constitucional, porque o se os tiene en la ignorancia o se os informa falsamente. Este sistema está hecho, pues, para engañar a la nación, corromper al gobierno y poner en peligro al Estado. Entretanto, estáis frente a un gobierno sumamente refinado y metódico, sumamente hostil y sin escrúpulos, que se ha abierto camino hacia esa supremacía que amenaza al mundo con ayuda precisamente de los gobiernos a cuya caída trabaja ahora; y en esto reside la singularidad de nuestra situación, como lo fue en otro tiempo en Atenas: en que Rusia ha encontrado o creado los principales medios de su grandeza en el corazón mismo del Estado cuyos órganos públicos más se han opuesto a su política. Esa es una razón fundamental de que Inglaterra sea, en estas materias, un baldón de ignorancia. Los Estados Unidos tienen un presidente que ejerce las prerrogativas propias de la Corona y un Senado que controla al poder ejecutivo y está informado de antemano de sus actos». («¡Muy bien, muy bien!» Aplausos.) «En Francia ha habido repetidas veces comisiones parlamentarias para investigar los asuntos de Estado, que se hacían presentar documentos y citaban a declarar al ministro de Asuntos Exteriores. Además, allí la nación está vigilante, al menos en la medida en que está informada, y lo mismo el gobierno, porque de tales cosas depende la existencia de ministerios y dinastías. En Austria hay al menos un monarca que está al tanto de lo que hacen sus subordinados. En Turquía y en Rusia veis cómo en un país la opinión del pueblo empuja al gobierno y en el otro el gobierno encarna la voluntad de la nación. Así, solo Inglaterra queda con una Corona sin autoridad, un gobierno sin sistema, un Parlamento sin control y una nación en la ignorancia». («¡Muy bien, muy bien!») «Si volvemos ahora nuestra atención a la situación presente, a los hechos que tenemos delante, he de señalar en primer lugar —y este es el punto decisivo— que Rusia no tiene poder para cumplir sus amenazas y que solo ha contado con la posibilidad de teneros en un terror infundado; que no tenía en absoluto la intención de hacer la guerra a Turquía, que no tiene medios para ello, que ni siquiera está preparada para semejante empresa, que ha contado con que vosotros tendríais a raya a Turquía para que ella pudiera ocupar sus provincias, y que espera además que obliguéis a ese Estado a ceder a las arrogantes exigencias de Rusia, que han de traer la disolución del Imperio otomano». («¡Muy bien, muy bien!») «Con ayuda de vuestro embajador en Constantinopla y de vuestra escuadra en el Bósforo, Rusia está consiguiendo sus fines. Y aquí he de referirme a una afirmación de mi valiente amigo el coronel Chesney13 y a la vez completar algo que omitió. Declaró que Turquía —tal como estaban las cosas antes del paso del Prut— era más que capaz de hacer frente a Rusia; pero no mencionó la alta estima en que tiene la capacidad militar de los turcos, y que ya ha expresado. Dijo que, aun en el momento presente y pese a todas las grandes ventajas que Rusia ha podido obtener gracias a vosotros, todavía se pregunta si Turquía no estará a la altura de Rusia. En este punto no tengo la menor duda, con dos condiciones: primera, que se retiren vuestro embajador y vuestra escuadra, y segunda, que Turquía deje de debilitarse con su confianza en los extranjeros. Pero a eso siguió otra afirmación, no exenta de reparos, que por su alta autoridad —y no hay en este terreno autoridad más alta— puede adquirir una importancia desmedida o llevar a una interpretación injustificable. Declaró que el momento presente podría ser favorable para Rusia porque el Danubio está helado y podría avanzar con sus tropas a través del Danubio hacia Bulgaria. Pero ¿qué tropas puede llevar a Bulgaria? Europa lleva muchos meses prestando oído a noticias exageradas; se nos ha informado afanosamente de las enormes concentraciones de tropas rusas dispuestas para entrar en acción. Se calculaban por lo general en 150.000 hombres, y la gente bien podía creer que 150.000 hombres bastaban para conquistar Turquía. Hace algún tiempo recibí un informe oficial en el que el total de las tropas que habían cruzado el Prut se rebajaba a 80.000 hombres, de los cuales ya habían muerto de enfermedad o estaban en el hospital de 20.000 a 30.000. Envié ese informe a un periódico, pero no se publicó porque no se lo consideró digno de crédito. La propia Rusia ha publicado ahora unos datos en los que el total se reduce a 70.000 hombres». (Aplausos.) «Dejando aparte la proporción de fuerzas de ambos imperios cuando están movilizados todos sus recursos, debería estar claro que Rusia no tenía intención de hacer la guerra con semejantes efectivos. Pero ¿qué fuerzas podía oponerle Turquía? En el momento en cuestión había entre los Balcanes y el Danubio no menos de 180.000 hombres, que ahora han aumentado a 200.000 en posiciones fuertes y fortificadas, frente a un ejército ruso reducido a 50.000 hombres como mucho y, además, desmoralizado por las derrotas y deshecho por la deserción. En cuanto a la capacidad de las tropas turcas y a su superioridad sobre los rusos, habéis oído el testimonio del general Bem;14 tenéis la prueba viviente del coronel Chesney, confirmada por los acontecimientos que han llenado a Europa de asombro y de admiración. Pensad que lo que ahora nos interesa no es la proporción de fuerzas de los dos imperios, sino los propósitos y el modo de obrar de uno de ellos, a saber, Rusia. Opino que no se proponía hacer la guerra, porque, por una parte, no tenía en el lugar las fuerzas necesarias y, por otra, podía contar con el gabinete inglés. Rusia no tenía la intención de hacer la guerra, y tampoco la tiene ahora. Ya antes de la guerra dije que invadiría y ocuparía los Principados del Danubio con ayuda de Inglaterra. ¿Cómo pude predecirlo? Desde luego no porque conociera los planes rusos, que miles de personas conocen tan bien o mejor que yo, sino porque conocía el carácter de Inglaterra. Pero examinemos de nuevo la cuestión, que es demasiado importante para pasarla por alto. El coronel Chesney opinaba que todo el problema era la reserva que Rusia tenía detrás del Prut. De esa reserva hemos oído hablar bastante últimamente. Osten-Sacken15 marchó con sus 50.000 hombres en perfecto orden de marcha hacia el Danubio para reparar la catástrofe de Oltenița. Los 50.000 hombres se redujeron a 18.000, y lo mejor del caso es que ni siquiera estos han llegado». (Risas y aplausos.) «Si tomamos la cifra del coronel Chesney, 75.000, reducida a 50.000 por las muertes y las enfermedades, y le sumamos la reserva de 18.000 hombres dispersa por todas partes, tenemos en el fondo solo 70.000 hombres que han de avanzar contra 200.000 en fuertes atrincheramientos, y además en terreno montañoso y en una estación en la que los rusos se han retirado siempre hasta ahora. Permitidme ahora que os recuerde los acontecimientos de la última guerra, la de 1828-1829. Turquía pasaba entonces por convulsiones políticas. Los musulmanes volvían la espada unos contra otros; las provincias estaban sublevadas, Grecia en insurrección, el antiguo poder militar aniquilado, y los nuevos reclutas, solo 33.000 en total, apenas instruidos. Las andanadas británicas disparadas con toda su fuerza en el puerto de Navarino16 arrebataron a Turquía el dominio del mar Negro; y entonces Rusia, apoyada por Inglaterra y Francia, cayó sobre Turquía y penetró hasta el centro de sus provincias antes de que esta se diera siquiera cuenta de que se le había declarado la guerra. Pero ¿cuántos hombres creéis que consideró oportuno llamar a filas entonces? ¡Doscientos dieciséis mil!» (Aplausos.) «Y aun así solo por engaño y por la influencia del embajador inglés, que por desgracia había vuelto, se la llevó a firmar el tratado de Adrianópolis,17 que le impuso aquel ataque por sorpresa». («¡Muy bien, muy bien!») «Echad una mirada a la Turquía de hoy, unida de corazón y de mente, con un heroísmo que alientan por igual el amor a la patria y el aborrecimiento de la violencia, con un poder de Estado unificado y recursos inmensos; en situación de disponer de más de 300.000 voluntarios, llenos de un ardor guerrero que no se encuentra en otro lugar de la tierra, y de más de 250.000 soldados instruidos, victoriosos en Asia; con el dominio del mar Negro, con un Sinope que, fijaos bien, no está perdido, como mostraré en seguida, y en posesión de vapores para llevar sus tropas sin pérdida de hombres ni de tiempo desde las provincias más alejadas del Imperio al teatro de la guerra; desde las cumbres nevadas del Cáucaso hasta los desiertos estériles de Arabia, desde las vastas soledades de África hasta el golfo Pérsico, reina por doquier un espíritu de indignación, ha despertado un espíritu de valor». («¡Muy bien!» Aplausos.) «Pero así como en la guerra anterior un Navarino llevó a los cosacos más allá de los Balcanes, ahora las hélices de los barcos de Britania pueden, aun sin guerra, llevar los viejos barcos rusos a los Dardanelos. Pero hablo de los propósitos rusos; ese es el punto decisivo. Esta victoria ha de ganarse en Downing Street y no en Oriente. ¿Salís vosotros, entretanto, indemnes? ¿Hay aquí alguno de vosotros que en el fondo no sufra, alguno al que no le suba el precio del pan, al que no se le restrinja la posibilidad de trabajar o de invertir su capital?» («¡Muy bien, muy bien!») «¿A quién no le suben los impuestos? ¿No se tambalea acaso Change Alley?18 ¿No hemos visto cómo este movimiento de las tropas rusas ha provocado en el mercado de dinero un trastorno que equivale a dos tercios del de 1847? Y sin embargo Rusia nunca quiso la guerra. ¿No hemos visto cómo se humillaba a los gobiernos de Europa y se preparaba el terreno para levantamientos y convulsiones? Y sin embargo Rusia nunca quiso la guerra. ¿No hemos visto cómo el Imperio otomano se agotaba con un enorme ejército de medio millón de hombres porque Rusia trasladó 70.000 hombres para mantenerlos a costa de Turquía y a costa de los trabajadores de Gran Bretaña? Y todo esto porque vosotros, gente crédula, habéis creído que Rusia es tan fuerte que no se le puede resistir, y Turquía tan débil que no se la puede apoyar. Vivimos de verdad en una época de sueños y fábulas; somos capaces de creer no solo eso, sino también que Rusia es más poderosa que todas las demás potencias del mundo aliadas contra ella. El Times habla con desdén tanto del ejército musulmán como de los ejércitos de Francia y de las fuerzas navales de Inglaterra, y declara con toda seriedad que Europa entera, y Turquía por añadidura, podrían intentar mantener a los rusos lejos de Constantinopla con el mismo éxito con que podrían impedir que los vientos del norte soplaran sobre las llanuras sármatas. Y lo que vale para Europa vale igualmente para Turquía; pero si os mantenéis así, Turquía caerá. Rusia ha trasladado 70.000 hombres, y en consecuencia Turquía está llena de espanto y de indignación, Inglaterra está presa del miedo y del pánico, y también Rusia tiembla... de risa». (Risas y aplausos prolongados.) «Dije que volvería sobre el asunto de Sinope o, como con razón se le ha llamado, el pequeño Navarino. No recuerdo aquel vergonzoso incidente en relación con nuestra conducta —pues en él no hemos cometido nada más ignominioso que en los demás casos—, sino solo para aclarar la proporción de fuerzas de las dos partes. Visto así, el asunto no ha aumentado en nada el poder de Rusia ni disminuido en nada el de Turquía; muy al contrario, ha puesto a la luz más inequívoca el justificado temor de los rusos al valor de los turcos. Estamos aquí ante un hecho que no tiene igual ni siquiera en nuestros anales de guerra naval: fragatas que se ponen borda con borda con navíos de línea, y capitanes que arrojan la antorcha en el pañol de la pólvora y se ofrecen a sí mismos en holocausto en el altar de la patria. ¡Qué no podrá lograrse contra un gobierno que a cada paso, y especialmente en este, es objeto de aborrecimiento y de horror para todo ser humano! Pensad que la fuerza naval de Turquía está intacta; no se ha perdido ni un navío de línea ni un vapor. Ahora el dominio de Turquía sobre el mar Negro está doblemente asegurado si se retira a los diplomáticos, y ellos, solo ellos, han provocado la llamada catástrofe de Sinope. Pero esa catástrofe se había preparado con otra finalidad: estaba pensada como palo y látigo para azuzar a las vacilantes bestias de carga de París y de Londres y moverlas a imponer a las potencias beligerantes las condiciones de un arreglo. Antes de venir a esta reunión oí declarar a un señor del comité que había sido del todo lícito que Inglaterra y Francia intervinieran si con ello esperaban asegurar la paz. Sé que esa opinión es la impresión general en el país, pero aun así no pude escucharle sino con espanto. ¿Quién os ha dado el derecho de recorrer el mundo imponiendo la paz con las armas? Resistir a una agresión y cometer una agresión son dos cosas distintas». («¡Muy bien, muy bien!») «Ni siquiera para salvar a Turquía podéis intervenir sin declarar la guerra a Rusia. Pero vuestra intervención beneficiará a Rusia; se hace a sus órdenes y con el propósito de imponer a Turquía condiciones que han de hacerla caer... En vuestras negociaciones propondréis a Turquía que se libre de los antiguos tratados con Rusia en favor de un acuerdo europeo. Eso, de hecho, ya se ha propuesto, y ha encontrado aplauso en una nación que aplaude cualquier confusión. ¡Santo cielo! ¡Un acuerdo europeo! ¡En eso ha de confiar Turquía! Ciertamente también vuestro tratado de Viena era un acuerdo europeo, pero ¿con qué resultado? Aquel acuerdo era importante por la creación de Polonia;19 ¿y qué fue de Polonia? ¿Qué os dijo vuestro ministro de aquel tratado cuando Polonia hubo caído? Pues dijo "que el tratado había dado a Inglaterra el derecho a expresar una opinión sobre lo que sucedía en Polonia". Y después de afirmar que él había puesto objeciones ya antes de los hechos, dijo: "Pero Rusia era de otra opinión". Lo mismo pasará con vuestro acuerdo actual; Rusia será de otra opinión». (Grandes aplausos.) «Estas palabras se pronunciaron en la Cámara de los Comunes; las pronunció el mismo ministro» (lord Palmerston) «en cuyas manos está ahora el destino de Turquía como lo estuvo en su día el de Polonia. Pero ahora estáis advertidos; entonces estabais en la ignorancia... Quiero referirme ahora a una noticia publicada hace poco en el Times. Dice que ha habido diferencias entre nuestro embajador en Persia y el gobierno del sah. Cuando el sah ya iba a ceder, intervino el embajador ruso y agravó aún más la disputa. Así pues, Rusia echa a Inglaterra de Persia, mientras Inglaterra, en ese mismo momento, impone Rusia a Turquía. En la misma noticia se menciona que ha llegado a Teherán una embajada, que los afganos están sumamente agitados y que Dost Mohamed Jan,20 ese enemigo irreconciliable de Rusia, espera de todo corazón el éxito de su embajada, que ha de mover a Persia a apoyar a Turquía. Recordaréis que hace dieciséis años Inglaterra hizo la guerra a los afganos para destronar a Dost Mohamed Jan por ser enemigo de Inglaterra y firme aliado de Rusia. Quizá vuestro gobierno lo creyera. Si fue así, resulta muy extraño que no hiciera la guerra a Rusia, sino a los afganos, lo que por fuerza había de empujarlos directamente a los brazos de Rusia. Pero a vuestro gobierno ni se le pasaba por la cabeza creer tal cosa; sabía entonces muy bien que Dost Mohamed Jan, como ahora se ve, era un enemigo irreconciliable de Rusia, y precisamente por eso lo atacó. Los hechos se han establecido, y en la Cámara de los Comunes se demostró que los documentos que presentaban a Dost Mohamed Jan como aliado de Rusia estaban falsificados. El propio embajador inglés había enviado a casa el original para que se publicara».21 («¡Qué vergüenza!») «Esa es solo la consecuencia lógica del secretismo del gobierno y de esa ignorancia de la nación a la que ya me he referido. No veo en esta reunión a nadie que no sea cómplice de ese crimen por su tolerancia callada y que, por esa indiferencia hacia los actos y el buen nombre de su país, no haya descendido a la condición de esclavo, aunque viva en la ilusión de ser un ciudadano libre». («¡Muy bien, muy bien!») «¿Me permitís que os cuente un poco lo que los extranjeros piensan de vosotros? Últimamente habéis oído hablar mucho de las influencias alemanas en la corte. ¿Quizá os gustaría saber algo de las opiniones de los primos alemanes de la reina? Pues bien, permitidme que os diga que, si Alemania es rusófila, es Inglaterra la que la ha hecho así. Oíd, pues, estas palabras:

"Si Inglaterra y Francia no intervienen, Turquía vencerá. Si, en cambio, las potencias occidentales, en su necio servilismo, no pueden abstenerse de 'mediar' o de inmiscuirse en los asuntos de Oriente, Turquía está perdida, ¡y el dominio universal de los cosacos de Moscú pronto regirá los destinos de este mundo! ¡Y qué noble ha sido hasta ahora la posición y la actitud de la pobre Turquía, a pesar de todas las ocultaciones diplomáticas y aunque tuviera por amigos a una banda de asesinos! ¡Las cosas presentan de verdad un aspecto sombrío! He estado esperando de hora en hora que las flotas aliadas bombardearan la capital de Turquía para quebrantar su espíritu heroico y forzarla a una sumisión deshonrosa. Los turcos pueden decir en verdad: Longa est injuria, longae ambages, sed summa sequor fastigia rerum!22 ¡Qué contraste forma su conducta actual con la de Inglaterra en situaciones parecidas! Ellos 'hacen la guerra'; Inglaterra practica la piratería. Recuérdese solo la 'declaración de Lima', la invasión de Afganistán, el bombardeo de Copenhague23 y la batalla de Navarino, y piénsese luego en la situación en que se encuentra en este momento Turquía: humillada y amenazada, e incluso atacada y provocada por el 'mundo civilizado'; en medio de todas esas tribulaciones permanece tranquila y sensata, firme y resuelta, y aun así serena".

»Podéis sacar de aquí la conclusión de que las personas que ocupan los puestos más altos pueden suspirar en vano por el privilegio que me concede vuestra indulgencia, que me permite dar rienda suelta a mi indignación y me da ocasión de advertir de los acontecimientos venideros. Permitidme, pues, que os describa la situación en que os encontráis. Britania muestra dos caras: en casa es un imbécil, y en el extranjero un loco, un loco armado que pone en peligro su propia vida y la de los demás. No lo sois uno por uno, pero sí en conjunto. Despertad, pues, vuestro entendimiento individual y reprimid la locura común hasta que podáis curar el cerebro trastornado: ese sistema que es la causa de todo el mal». (Grandes y prolongados aplausos.)

Quiero añadir al discurso del señor Urquhart que el reciente golpe de efecto de lord Palmerston24 y el favor del pueblo lo han hecho primer ministro, si no de nombre, sí de hecho.

Karl Marx

  1. Bertalan Szemere (1812-1869), ministro del Interior y luego presidente del gobierno revolucionario húngaro en 1849, emigrado tras la derrota. En agosto de 1849 había hecho enterrar la corona de san Esteban cerca de Orșova; la policía austriaca la encontró en septiembre de 1853. ↩

  2. El conde Kázmér Batthyány (1807-1854), ministro de Asuntos Exteriores del gobierno húngaro en 1849, emigrado en París. ↩

  3. Henry Hardinge, vizconde Hardinge (1785-1856), comandante en jefe del ejército británico desde 1852. ↩

  4. John Sadleir (1813-1856), banquero irlandés, lord del Tesoro en el gabinete Aberdeen. La Brigada Irlandesa era el grupo de diputados irlandeses que con sus votos podía decidir la suerte de los gobiernos en la Cámara de los Comunes. ↩

  5. El gabinete de coalición de whigs y peelitas presidido por lord Aberdeen (1852-1855). ↩

  6. El 30 de noviembre de 1853 la escuadra rusa del almirante Nájimov destruyó en el puerto de Sinope una flotilla turca. ↩

  7. Así en la versión alemana de la MEW; el texto inglés de The Eastern Question (Londres, 1897) dice «lord Clarendon», que era entonces el ministro británico de Asuntos Exteriores. ↩

  8. El convenio de los Estrechos firmado en Londres el 13 de julio de 1841 por las cinco grandes potencias y Turquía, que cerraba los Dardanelos y el Bósforo a los buques de guerra extranjeros mientras la Puerta estuviera en paz. ↩

  9. En latín y en francés en el original: «No dos veces por lo mismo. La mostaza después de la carne» (es decir, demasiado tarde). ↩

  10. El tratado de Unkiar Skelessi (1833), entre Rusia y Turquía, obligaba a la Puerta a cerrar los Dardanelos a los buques de guerra extranjeros a petición de Rusia. ↩

  11. David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista británico, conservador, turcófilo y enemigo implacable de la política rusa y de Palmerston. ↩

  12. Turnu (hoy Turnu Măgurele), en la orilla valaca del Danubio, frente a Nicópolis. La versión alemana de la MEW escribe «Turmal». ↩

  13. Francis Rawdon Chesney (1789-1872), coronel británico, explorador del Éufrates, que había estudiado el ejército turco durante la guerra ruso-turca de 1828-1829. ↩

  14. Józef Bem (1794-1850), general polaco que mandó tropas revolucionarias en Viena en 1848 y en Hungría en 1849; pasó luego al servicio turco con el nombre de Murad Bajá. ↩

  15. El general Dmitri Yeroféievich Osten-Sacken (1789-1881), al mando de un cuerpo del ejército ruso del Danubio. ↩

  16. En la batalla de Navarino (20 de octubre de 1827), las flotas de Inglaterra, Francia y Rusia destruyeron la flota turco-egipcia. ↩

  17. El tratado de Adrianópolis (14 de septiembre de 1829) puso fin a la guerra ruso-turca de 1828-1829. ↩

  18. Callejón de la City de Londres donde se hacían las operaciones de bolsa. ↩

  19. El Congreso de Viena (1815) creó el reino de Polonia, unido a Rusia, con una constitución propia. Tras la insurrección de 1830-1831 el zar suprimió la constitución. ↩

  20. Dost Mohamed Jan (1793-1863), emir de Afganistán. En la primera guerra anglo-afgana (1838-1842) los británicos lo destronaron; recuperó el trono en 1842. ↩

  21. Los despachos de Alexander Burnes, agente británico en Kabul, se publicaron en 1839 mutilados para presentar a Dost Mohamed como aliado de Rusia. ↩

  22. «Larga es la ofensa, largos los rodeos, pero seguiré lo principal de los hechos» (Virgilio, Eneida, I, 341-342). ↩

  23. En 1807 la flota británica bombardeó Copenhague, sin declaración de guerra, y se apoderó de la flota danesa. ↩

  24. Su dimisión del gabinete a mediados de diciembre de 1853, que retiró pocos días después. ↩