Escrito en inglés por Friedrich Engels; dos editoriales del New-York Daily Tribune (núm. 4174, del 4 de septiembre, y núm. 4182, del 13 de septiembre de 1854). El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 421-430), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

[Primer artículo]

Escrito el 21 de agosto de 1854; editorial del New-York Daily Tribune, núm. 4174, del 4 de septiembre de 1854.

Por fin los ejércitos aliados han empezado a actuar. Han tomado Bomarsund. Tropas francesas e infantes de marina británicos desembarcaron el 3 o el 4 del mes pasado en la isla de Åland; el 10 se cercó la plaza; en los tres días siguientes se levantaron y artillaron las baterías; el 14 se abrió el fuego; el 15 se tomaron al asalto las dos torres redondas, una por los franceses y otra por los ingleses; el 16 se rindió el gran fuerte acasamatado tras un breve combate en el que los aliados sufrieron muy pocas pérdidas. Sin duda este proceder tan rápido parece bastante audaz. Según toda la información de que disponíamos, cabía esperar que la toma de la plaza exigiera un sitio en regla, con al menos una paralela y unos 14 días de trinchera abierta. Hasta el Times de Londres, que durante mucho tiempo habló como si a la infantería aliada le bastara atacar los muros de piedra a la bayoneta para hacerlos caer, tuvo que admitir que un sitio sería al final inevitable y que esa larga empresa duraría probablemente dos semanas.

Si el ataque ha triunfado alrededor de una semana después del cerco y al sexto día de abrirse las trincheras, hay que sacar la conclusión natural de que los sitiadores encontraron muchas menos dificultades de las que esperaban. Qué facilitó el ataque es algo que, hasta que lleguen los informes sobre los detalles del sitio, naturalmente solo podemos conjeturar, pero hay muchas circunstancias que pueden haber obrado en su favor. La guarnición estaba compuesta en gran parte por finlandeses y en parte incluso por habitantes de Åland. Seguramente no estaban muy llenos de patriotismo ruso y, si se puede dar crédito a lo que cuentan los desertores, estaban incluso decididos a no combatir si podían evitarlo. Los habitantes de la isla, al ver que los aliados se disponían a atacar Bomarsund en serio, parecen haberlos recibido como libertadores del yugo ruso y deben de haberles dado toda clase de información y de ayuda. Pero la causa principal ha de haber sido, en última instancia, un defecto muy grave en la construcción de la propia fortaleza. Como no es posible conseguir planos de ella y todo lo que sabemos procede de vistas y bocetos y de descripciones de profanos (al menos en lo que se refiere a la ingeniería), que por fuerza son muy inexactas, y como las vistas y las descripciones se contradicen en los detalles, no podemos atribuirnos una explicación de en qué consiste el defecto.

A juzgar por los bocetos, las dos torres redondas se flanquean mutuamente con su fuego hasta cierto punto; pero como en toda fortificación redonda los cañones tienen que estar en posición radial y su fuego ha de ser sumamente excéntrico, cuanto más pequeño es el fuerte y, por consiguiente, menor el número de cañones, mayor es la dispersión y menor la eficacia del fuego. Por eso Montalembert1 se guardaba mucho de proponer la construcción de tales torres mientras esa dispersión no se contrarrestara con el fuerte apoyo que cada torre recibe de sus vecinas de la derecha y de la izquierda y de la fortaleza principal a su espalda. Si cinco o seis de esas torres pudieran concentrar su fuego sobre un punto, el fuego sería tan concéntrico y eficaz como antes era excéntrico y débil. Además, Montalembert sabía muy bien que en la última fase de un sitio, cuando se llega al asalto, el fuego de infantería es lo más eficaz que se puede emplear contra los atacantes. Por eso, además de las disposiciones para la defensa de infantería en sus torres, solía unir las distintas torres por una especie de camino cubierto o trinchera, no solo para la comunicación segura, sino también para el fuego de infantería. Lo que puede hacer una trinchera así acabamos de verlo en Arab Tabia,2 donde la defensa de flanco enmascarada se reducía a una trinchera semejante y donde los rusos fueron rechazados una y otra vez por un puñado de arnautes.3 Por último, Montalembert procuraba asegurar por completo sus torres contra un coup de main.4 Las rodeaba de un foso y de un camino cubierto, y a veces las consideraba solo como réduit,5 o posición de reserva final, dentro de un gran reducto fuerte. Este era su plan más acabado y, evidentemente, el mejor. Se ha aplicado, con más o menos modificaciones, en casi todas las fortificaciones modernas en las que se han empleado las pequeñas torres de Montalembert. Además de estas dificultades de acceso, dispuso de modo muy ingenioso todo el piso inferior o sótano de la torre para la defensa de infantería.

Parece que los rusos han descuidado puntos importantes en todos los sentidos. La duración del fuego de brecha, de veinte a treinta horas, no basta evidentemente para que ni siquiera los cañones de treinta y dos libras abran una brecha practicable para el asalto, a menos que la mampostería sea realmente distinta de la que suele emplearse en las fortificaciones. Es de suponer, por tanto, que las torres se tomaron con escalas de asalto, que los soldados entraron por las troneras y volaron las puertas. Esto supone un fuego de flanco muy ineficaz, y como el gran fuerte que tenían detrás no parecía tener baterías para apoyar a las torres, cada torre solo estaba flanqueada por el fuego de la otra. El defecto es tanto mayor cuanto que de los bocetos parece desprenderse que el terreno era muy accidentado y permitía a las columnas de asalto acercarse bastante a rastras, cubiertas por los pliegues del terreno. A juzgar por los bocetos y por los hechos, las precauciones contra un coup de main tienen que haberse descuidado por completo. Alrededor de las torres no hay rastro de reductos, y los reductos que los rusos habían levantado delante de ellas se abandonaron casi sin resistencia. Se dice que cada torre estaba rodeada por un foso, pero debía de ser muy poco profundo y sin disposición alguna para la defensa de infantería. Una vez tomadas las torres, el fuerte mayor, al que dominan, quedaba por fuerza a merced de los aliados. Por eso cayó, al parecer, tras una resistencia solo aparente.

Si se juzgan estas fortificaciones por lo que parecen ser tras este breve sitio, casi parece que sus constructores nunca contaron con un ataque serio por el lado de tierra. Deben de haber construido las torres solo para rechazar ataques de infantería de marina, que como mucho no pasaría de dos mil hombres y no podría reunir fuerzas suficientes para arriesgar un asalto o llevar a buen término un sitio en regla. Por eso el frente que mira al mar era el más fuerte, y el frente de tierra, formado por las torres, era más apariencia que realidad. Ahora bien, el resultado casi demuestra que un destacamento de 1.000 infantes de marina habría podido tomar al asalto las torres ya hace muchos meses y someter así el fuerte principal.

En cuanto al asalto mismo, ingleses y franceses deben de haberlo llevado a cabo igual de bien. Los ingleses son conocidos como asaltantes; el asalto es su maniobra favorita, que rara vez les sale mal. Los franceses prefieren el ataque en campo abierto; en los sitios prefieren, de acuerdo con su manera matemática de pensar, el camino metódico de esa ciencia tan francesa elaborada por Vauban.6 Pero parece que el celo de un veterano británico los arrastró. En Bomarsund había un viejo general7 Jones,8 el hombre que corrigió a Vauban cuando, frente a las valientes y resueltas guarniciones de Badajoz, Ciudad Rodrigo y San Sebastián, consiguió con medios insuficientes acortar un sitio en alrededor de un tercio del tiempo fijado para él. El general Jones no es un oficial de ingenieros corriente. No ve en un sitio, como todos los demás de su oficio, una mera ceremonia escolar en la que el jefe de ingenieros pasa su examen y tiene que demostrar a la vista del ejército hasta qué punto ha retenido en la memoria y ordenado correctamente todas las reglas y prescripciones de los sitios en regla y de la attaque des places fortes9 de Vauban. No cree que todo el ejército esté allí por los oficiales de ingenieros, para protegerlos mientras ellos exhiben sus habilidades. El general Jones es ante todo soldado, y solo después oficial de ingenieros. Conoce bien al soldado británico y sabe de qué es capaz. La manera rápida, resuelta y sin alardes con que Bomarsund fue tomado en la mitad del tiempo fijado se parece tanto a la apertura de brechas y al asalto de las fortalezas españolas que nadie más que el viejo Jones puede estar detrás. Los franceses nunca habrían podido idear esta manera de tomar una fortaleza. Es contraria a su naturaleza, demasiado tosca, sin maneras ni cortesía. Pero no podían discutir la autoridad del hombre que había probado contra ellos mismos, hace cincuenta años, esta manera irregular de tomar fortalezas, que en todos los casos ha dado buen resultado. Cuando llegó el asalto, no parece que fueran a la zaga de los ingleses en resolución.

Es curioso que los rusos, que tanto se han jactado de su capacidad para el asalto, desde Perekop y Ochákov hasta Varsovia y Bistrița,10 hayan sido rechazados en todos los asaltos a obras de campaña y ante Silistra no hayan podido siquiera reducir una obra de campaña mediante un sitio en regla, y hayan tenido que retirarse sin que la fortaleza hubiera sido socorrida; en cambio, el primer acto de los turcos en esta guerra fue el asalto a una fortificación permanente rusa, San Nicolás,11 y la gloriosa fortaleza de Bomarsund fue tomada al asalto casi sin el honor de una trinchera abierta. No debemos olvidar mencionar que las flotas no parecen haber contribuido de ninguna manera eficaz a esta victoria. Por lo demás, parecen seguir evitando la vecindad de las baterías acasamatadas igual que antes.

Este éxito de los aliados es, sin embargo, de tal índole que probablemente les llevará a no emprender nada más en el próximo otoño. En todo caso, la gran expedición contra Sebastopol todavía no ha zarpado, y ya se ha anunciado un nuevo aplazamiento de algunas semanas. Entonces será demasiado tarde, y así quedarán asegurados a los héroes de las fuerzas aliadas el reposo y la recuperación durante el invierno, tan necesarios después de las fatigas del campamento de Varna.

[Segundo artículo]

Escrito el 28 de agosto de 1854; editorial del New-York Daily Tribune, núm. 4182, del 13 de septiembre de 1854.

Los detalles de la toma de Bomarsund publicados hasta ahora siguen siendo vagos y están redactados sin conocimiento de causa. En realidad no sabemos a qué distancia de los fuertes se levantaron las baterías de brecha ni dónde fondearon los barcos durante el ataque por mar. No sabemos más detalles sobre el trazado de los fuertes, como cabría esperar ahora que las tropas aliadas los tienen en su poder. De hecho, se pasan por alto casi todos los puntos importantes para entretener al público con la parte pintoresca y menos técnica del asunto. Hasta los partes oficiales están redactados con tanto descuido que nadie puede averiguar con claridad si hubo que asaltar o no el fuerte I’zee (como lo llaman) cuando lo tomaron los franceses, pues al parecer apenas opuso resistencia nadie, salvo el oficial que lo mandaba.

Lo poco que podemos sacar en claro es, como ya suponíamos por los bocetos, que las dos torres se levantaron en un terreno tan accidentado que barrancos, laderas y rocas formaban aproches naturales que llegaban incluso hasta sus propios fosos. En esos barrancos los aliados pudieron instalarse cómodamente, a salvo de los proyectiles rusos que les silbaban por encima de la cabeza; como tenían, por tanto, la posibilidad de emplazar sus baterías cerca de la plaza, empezaron el sitio directamente con baterías de brecha, que en tales casos suelen emplearse solo al final. Que los rusos levantaran sus fuertes en semejante terreno sin allanarlo en el acto al menos en seiscientas u ochocientas yardas por delante demuestra que nunca contaron con un ataque serio por tierra. Las baterías de brecha no pueden haberse levantado a más de quinientas o seiscientas yardas de los fuertes, puesto que los franceses los batieron con cañones de dieciséis libras, que en general no se consideran bastante pesados para abrir brecha en un muro ni siquiera a cien o ciento cincuenta yardas de distancia. Sin embargo, treinta y seis horas de fuego dañaron la torre de tal modo que otras doce horas habrían derribado todo un frente. Los británicos batieron el fuerte Nottich con sesenta cañones de treinta y dos libras, de 45 quintales cada uno.

Estos cañones se emplean, según la Naval Gunnery de sir Howard Douglas,12 con una carga reglamentaria de siete libras de pólvora, y a cuatrocientas o quinientas yardas de distancia deberían hacer penetrar la bala dos pies o dos pies y medio en roble macizo. Los cañones franceses de dieciséis libras, con una carga de cinco libras, deberían tener a cuatrocientas o quinientas yardas una penetración de pie y medio a dos pies en roble. Si los británicos, como es de suponer, elevaron la carga reglamentaria a ocho libras por lo menos, no es de extrañar que con el doble de cañones y el doble de calibre dejaran al descubierto un lado del fuerte en menos de doce horas.

En cuanto al ataque por mar, fue solo un ataque de diversión. Únicamente el capitán Pelham aprovechó la ocasión para hacer un experimento científico. Utilizó su largo cañón giratorio de ocho pulgadas con toda la constancia y regularidad de un fuego de brecha, para dar continuamente y con la mayor precisión posible en el mismo punto. Estos largos cañones de ocho pulgadas son los mejores de la marina británica. Su gran peso de metal (noventa y cinco quintales) permite una carga de dieciséis libras de pólvora para una bala maciza de sesenta y ocho libras. El efecto de este proyectil, incluso a quinientas o seiscientas yardas de distancia, es incomparablemente mayor que el de las balas de dieciocho o veinticuatro libras usadas hasta ahora por lo general en las baterías de brecha; bien empleadas, han de producir un efecto tremendo. En consecuencia, el fuego constante del capitán Pelham reveló muy pronto el secreto de las fortalezas rusas de granito. Unos cuantos disparos arrancaron lo que hasta entonces parecía un gran bloque de granito macizo, pero resultó no ser más que un revestimiento cuyo grosor no guardaba proporción alguna con su altura y su anchura. Unos cuantos disparos más, y se desplomaron las losas siguientes, y luego siguió un alud de cascotes que se precipitó por los muros y dejó al descubierto directamente el interior de la fortaleza. Así quedó claro que el «granito» era solo apariencia, que, una vez arrancadas las losas relativamente delgadas que formaban el revestimiento de la escarpa, no había dentro mampostería maciza que pudiera resistir a los proyectiles. En realidad los muros consistían simplemente en revestimientos cuyos huecos estaban rellenos de toda clase de pedazos de piedra, arena, etc., sin cohesión ni estabilidad alguna. Si la fortaleza principal estaba construida así, la mampostería de las torres era sin duda igual de mala, y con ello queda explicada por completo la rapidez con que se abrió brecha. ¡Y estos muros de tan poca solidez interior han tenido en jaque durante casi cuatro meses, con su imponente aspecto exterior, a toda la flota anglofrancesa! La decepción de sir Charles Napier al ver de qué estaban hechos en realidad no puede haber sido mayor, sin embargo, que la del zar al saber de qué estaba hecho el «granito» que tan caro había pagado. Para el ataque por tierra hay otra circunstancia digna de mención. Ya hemos visto que los fuertes estaban rodeados de terreno accidentado no solo al alcance de los cañones, sino también a tiro de fusil. Lo aprovecharon los cazadores de Vincennes, que se acercaron mucho a rastras, se pusieron a cubierto tras tocones, piedras de la orilla, rocas, etc., y abrieron un fuego mortífero sobre las troneras de las casamatas. Como sus fusiles daban en el blanco infaliblemente a cuatrocientas o quinientas yardas de distancia y, además, los lados oblicuos de las troneras hacían, como un túnel, que toda bala que diera en ellos penetrara hasta la abertura del fondo, es fácil imaginar cuánto molestaron a los artilleros de la fortaleza mientras cargaban.

Los rusos parecen haber descuidado por completo las precauciones más elementales contra ese fuego de fusilería. También ellos tenían fusiles. ¿Por qué no los apostaron tras el parapeto, en el techo de la torre, desde donde habrían dominado a los tiradores del enemigo? Pero los tiradores finlandeses de Bomarsund no parecen haber sentido ninguna inclinación a combatir por la gloria de la Santa Rusia. Por último, los franceses emplearon, además de los tres cañones de brecha, algunos morteros y tres obuses. Los morteros lanzaban sus proyectiles por elevación sobre el techo a prueba de bomba de la torre, para destruirlo por la fuerza combinada de la caída y de la explosión. Esto, sin embargo, no parece haber tenido gran efecto. Los obuses franceses, en cambio, se atuvieron al tiro directo horizontal y apuntaron a las troneras. A la corta distancia de cuatrocientas o quinientas yardas, un obús largo de bronce de veinticuatro libras, que dispara una granada de seis pulgadas de diámetro, debería acertar en un blanco como la tronera por lo menos una vez de cada tres disparos; cada granada que acertara dejaría fuera de combate a los sirvientes de la pieza y además haría callar al propio cañón. Por eso este fuego tiene que haber sido muy eficaz.

Vemos, pues, que los muros de granito de Bomarsund no han resultado ser más que un fraude de los rusos: montones de cascotes a los que dan forma delgados revestimientos de piedra, incapaces de resistir algún tiempo un fuego certero y constante. Aunque Nicolás haya sido engañado por sus constructores, no por ello ha dejado de conseguir, con estas fortalezas de apariencia, que los aliados perdieran toda una campaña. En conjunto, la defensa de los rusos no fue gran cosa, lo que puede deberse al descontento, expresado con bastante franqueza, de las tropas finlandesas. El ataque de los aliados se distinguió por una resolución hasta entonces desconocida en su modo de proceder, que hay que atribuir evidentemente al general Jones. Las dificultades que hubo que vencer para transportar y emplazar los cañones, aunque exageradas por sir Charles Napier, fueron sin duda grandes. Los franceses atacaron con cañones de brecha de calibre demasiado pequeño y con morteros que en aquellas circunstancias podían ser de poca utilidad; pero su manera de batir las troneras con fuego horizontal de granadas y de fusil merece grandes elogios. Los ingleses se presentaron, como de costumbre, con el calibre más pesado que pudieron traer, hicieron un fuego franco, directo y eficaz, vencieron las dificultades y aguantaron el fuego del enemigo con la tenacidad que les es propia; cumplieron su parte sin alardes, pero también sin méritos especiales.

Tomado Bomarsund, se plantea ahora la cuestión de qué hacer con él. Según las últimas noticias de Hamburgo, los almirantes, los generales que mandan las tropas expedicionarias y los principales jefes han decidido en consejo de guerra destruir todas las fortificaciones y abandonar la isla si Suecia no se mostrara dispuesta a ocuparla y a comprarla al precio de una declaración de guerra a Rusia. Si se confirma esta noticia, la expedición contra las islas Åland, lejos de ser una empresa militar como la presentaba el Moniteur, resultaría una empresa puramente diplomática, emprendida con el fin de enredar a los suecos en una alianza peligrosa con las mismas potencias cuya amistad, por usar las palabras del señor Bright,13

«trajo a Turquía en un solo año tantas desgracias como Rusia no se imaginó nunca en sus sueños de futuro más audaces».

La corte sueca vacila, y la prensa sueca pone en guardia al pueblo contra el Danaos et dona ferentes,14 pero los campesinos suecos ya han presentado una moción para que la Cámara pida al rey que tome medidas para que Åland no vuelva a ser nunca rusa. Hay pocas probabilidades de que se atienda la petición de los campesinos, y es de suponer que pronto sabremos que la fortaleza ha sido volada.

  1. Marc-René de Montalembert (1714-1800), ingeniero militar francés, renovador de la fortificación con su sistema poligonal de torres y casamatas. ↩

  2. Reducto avanzado de Silistra que resistió los asaltos rusos durante el sitio de mayo-junio de 1854. ↩

  3. Albaneses. ↩

  4. En francés en el original: «golpe de mano». ↩

  5. En francés en el original: «reducto», obra interior donde se retira la última defensa. ↩

  6. Sébastien Le Prestre de Vauban (1633-1707), mariscal de Francia, ingeniero militar, creador del método clásico del ataque y la defensa de plazas. ↩

  7. El New-York Daily Tribune dice «coronel». ↩

  8. Harry David Jones (1791-1866), oficial británico de ingenieros, que mandaba las tropas de tierra inglesas en Bomarsund; había servido en la guerra de la Independencia española y fue herido en el asalto a San Sebastián (1813). ↩

  9. En francés en el original: «ataque de plazas fuertes», alusión al tratado de Vauban De l’attaque et de la défense des places. ↩

  10. Perekop (1736 y 1771), Ochákov (1788), el arrabal varsoviano de Praga (1794) y Varsovia (1831) fueron tomados al asalto por los rusos; Bistrița, en Transilvania, alude a la campaña de 1849 contra la revolución húngara. ↩

  11. El fuerte ruso de San Nicolás (Shekvetili), en la costa del Cáucaso, tomado por los turcos en octubre de 1853. ↩

  12. Howard Douglas (1776-1861), general británico, autor de A Treatise on Naval Gunnery (1820). ↩

  13. John Bright (1811-1889), fabricante y político liberal inglés, librecambista y adversario de la guerra de Crimea. ↩

  14. «A los dánaos, aun cuando traen regalos» (Virgilio, Eneida, II, 49: Timeo Danaos et dona ferentes, «temo a los dánaos aun cuando traen regalos»). ↩