Escrito en inglés por Friedrich Engels el 2 de octubre de 1854 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4211, del 17 de octubre de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 516-521), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Nuestras columnas vienen esta mañana llenas de noticias emocionantes sobre sangrientas batallas en Crimea, sobre la toma de Sebastopol, la destrucción de sus fuertes principales y de una gran parte de la flota rusa, la capitulación definitiva del príncipe Ménshikov y la captura de los restos de sus fuerzas derrotadas y más que diezmadas. Si estas noticias son del todo ciertas, el mundo no ha visto en casi cuarenta años ni un derramamiento de sangre tan terrible ni un acontecimiento bélico de importancia tan trascendental. En cuanto a la exactitud de las noticias, es un punto sobre el que quizá pueda arrojarse algo de luz separando cuidadosamente lo que sabemos por fuentes oficiales y fidedignas de lo que solo sabemos por fuentes no oficiales y dudosas.
Por eso tenemos que distinguir dos clases de noticias: las que se refieren a la batalla del Alma, librada el 20 de septiembre, y las que anuncian la toma de Sebastopol misma. Según los partes de lord Raglan y del mariscal Saint-Arnaud, el día 20 los ejércitos aliados tomaron al asalto el campamento atrincherado ruso de las alturas al sur del Alma y obligaron a los rusos a retirarse. Los británicos capturaron dos cañones. Los franceses no mencionan en su parte trofeo alguno. Las pérdidas de los franceses ascendieron a unos 1.400 hombres, y las de los británicos también. Se calculaba que los rusos eran de 45.000 a 50.000 hombres, y sus pérdidas, de 4.000 a 6.000. Estos partes se escribieron evidentemente en plena excitación de una victoria reciente. Los 50.000 rusos presentes en la batalla del Alma están en flagrante contradicción con los 45.000 hombres que se daban como máximo para las tropas repartidas por toda Crimea. Los dos cañones capturados en un campamento atrincherado defendido por «numerosa artillería pesada» resultan trofeos muy insignificantes si se tiene en cuenta que es casi imposible salvar los cañones de las fortificaciones de campaña cuando estas son tomadas. Más ominoso todavía es el silencio del mariscal Saint-Arnaud sobre la captura de cañones por los franceses.
Suponiendo que Ménshikov hubiera concentrado efectivamente de 45.000 a 50.000 hombres en el campamento atrincherado del Alma, ¿qué demostraría eso? O que disponía de muchas más tropas de lo que se esperaba y podía, por tanto, sacar tantas a campo abierto; o que las fortificaciones de Sebastopol por el lado de tierra eran tan débiles que solo podía conservar la plaza derrotando a los aliados en campo abierto; o, en tercer lugar, que cometió un error enorme al exponer sus tropas a una batalla en campo abierto y a la desmoralización que sigue a una derrota decisiva.
Si podemos fiarnos de noticias anteriores, el campamento ruso del Alma no contaba con más de 10.000 hombres. Estas tropas pueden haber sido reforzadas, pero para llevarlas a 25.000 o 30.000 hombres los rusos habrían tenido que hacer grandes esfuerzos. Si había 50.000 hombres en la zona del Alma, es decir, a quince millas del lugar de desembarco, ¿cómo se explica que no cayeran directamente sobre los aliados durante el desembarco?
El terreno entre el Viejo Fuerte, donde desembarcaron los aliados, y Sebastopol está cortado por tres cursos de agua que, con sus profundos barrancos, forman otras tantas posiciones militares. El más cercano a Sebastopol es el Chórnaya, que desemboca en el extremo oriental de la bahía de Sebastopol. Mientras el fuerte del Norte protege la orilla norte de esta bahía, este riachuelo, o más exactamente su profundo cauce, forma una especie de foso natural al este de la ciudad. Allí se encuentra, por consiguiente, la última posición defensiva importante. El río siguiente es el Kachá, que corre de este a oeste unas millas al norte del fuerte del Norte; y unas doce millas más al norte corre el Alma. Es difícil admitir que, de las tres líneas de defensa, y pese a las ventajas tácticas que puedan existir y que desde esta distancia no es posible juzgar, los rusos hayan elegido la primera y más lejana para una batalla en regla que pudiera decidir la suerte de Sebastopol. Sin embargo, la ausencia del grueso de la caballería aliada puede haber animado a los rusos a enviar un fuerte cuerpo a los atrincheramientos del Alma, ya que su momentánea superioridad en esta arma los protegería de maniobras de flanco de la caballería enemiga. La imposibilidad de emplear esta arma una vez encerrados en Sebastopol puede haber sido uno de los motivos.
La derrota rusa del Alma pierde todavía más importancia táctica si se la examina más de cerca. A los rusos no les gusta atrincherarse en fosos abiertos. Dondequiera que tienen tiempo y se proponen oponer una resistencia enconada, prefieren reductos cuadrados cerrados. Salvar la artillería de tales reductos es imposible una vez que el ataque se produce efectivamente. Pero incluso en las obras conocidas con el nombre de lunetas, abiertas por la gola, apenas hay posibilidad de salvar la artillería ante un enemigo que da el asalto. Porque si se retiran los cañones en el momento del ataque, la defensa se priva de su propia arma; y una vez cruzado el foso, ¿quién va a bajar el cañón de los atrincheramientos o de la explanada, quién va a volver a engancharlo al armón y llevárselo bajo el fuego cercano del enemigo?
«Los cañones en atrincheramientos han de considerarse perdidos si ya no se pueden sostener los atrincheramientos mismos; lo único que se puede hacer es venderlos lo más caros posible».
Esto dice el general Dufour1 en su manual de fortificación de campaña. El hecho de que los rusos solo hayan perdido dos cañones prueba que el campamento no se defendió hasta el extremo y que en realidad solo se tomaron a la bayoneta uno o dos atrincheramientos. Los demás no pueden haberse defendido con esa arma, sino que deben de haber sido abandonados todos antes de que la columna de asalto estuviera en el foso. La retirada de los rusos parece haberse hecho en perfecto orden; su caballería pudo cubrirla, y la imposibilidad de que los destacamentos de la caballería aliada cruzaran deprisa el Alma y el barranco les dio superioridad. Y por eso también el haber salvado casi toda su artillería es prueba suficiente de que interrumpieron la batalla antes de que algún golpe grave los desordenara.
Esto es todo lo que sabemos de la victoria de las alturas al sur del Alma, que el día 1 de este mes se anunció en Inglaterra con salvas de cañón y repique de campanas, que el sábado 30 de septiembre, a las diez de la noche, proclamó el lord mayor en la Bolsa Real tras un toque de clarines, que se aclamó en los teatros y que el Times de Londres registró como el efecto esperado de la plegaria de acción de gracias del arzobispo de Canterbury. Los corresponsales informan de que el mariscal Saint-Arnaud no podía montar a caballo. Los historiadores cuentan lo mismo de Napoleón en la batalla de Waterloo. La victoria del Alma quizá se debió a las mismas circunstancias que la derrota de Waterloo.
Pasamos ahora a las noticias más emocionantes sobre la conquista de Sebastopol. La primera comunicación de este acontecimiento llegó a Londres por telégrafo desde Bucarest, fechada allí el 28 de septiembre. Dice que Sebastopol cayó en manos de los aliados tras un ataque combinado por mar y por tierra. Al parecer procede de un vapor francés enviado con esta noticia de Sebastopol a Constantinopla, que se cruzó con otro vapor francés que iba a Varna. Si, como se afirma, la toma de la fortaleza se produjo el 25, la noticia pudo llegar a Varna en la noche del 26 al 27 y transmitirse a Bucarest antes del mediodía del 28: la distancia entre Varna y Bucarest es de algo más de 100 millas, y los correos suelen recorrerla en 24 horas. En esta noticia se basó la alocución de Bonaparte al campamento de Boulogne, que se encontrará en otra columna. Pero resulta que antes del 30 de septiembre no llegó a Bucarest ningún correo. La segunda noticia de la caída de Sebastopol, que está al menos dentro de lo verosímil topográficamente, no está fechada en Bucarest hasta el mismo día en que Bonaparte pronunció su alocución. Este despacho telegráfico, que el Gobierno austriaco recibió el 1 de octubre a las seis de la tarde y que el embajador turco en Londres transmitió al Times el día 3, lo publica ese mismo día el Moniteur con la observación de que
«fue transmitido al Gobierno francés por el señor de Buol, que había encargado al señor de Hübner2 felicitar al emperador de los franceses, en nombre del emperador de Austria, por la gloriosa victoria obtenida por las armas francesas en Crimea».
Hay que mencionar que esta noticia se basa únicamente en el relato verbal de un correo enviado desde Constantinopla a Omer Bajá, que, al no encontrar a Omer Bajá en Bucarest, fue a Silistra, donde Omer Bajá tenía entonces su cuartel general. Según la declaración de este correo, Sebastopol había sido tomada, 18.000 rusos muertos y 22.000 hechos prisioneros, el fuerte Constantino destruido, los demás fuertes con 200 cañones conquistados, seis buques de guerra rusos hundidos, y el príncipe Ménshikov se había retirado con el resto de la escuadra al fondo de la bahía, declarando que antes la volaría que rendirse sin condiciones. Los aliados le habrían dado seis horas para pensarlo. Constantinopla iba a estar iluminada diez días. Después de lo que hemos sabido de las fortalezas rusas de Åland y del éxito de los aliados en el Alma, una rendición de Sebastopol en unos 14 días tenía mucho de verosímil. Pero ¿quién puede imaginarse que un ejército de 50.000 hombres, que tuvo la suerte de salvar casi toda su artillería de una batalla perdida y que lo manda el oficial más audaz que ha aparecido en esta campaña en el lado ruso, quién puede imaginarse que semejante ejército rinda las armas tras el primer ataque a la ciudad? Con todo, esta guerra ha mostrado ya tantas inverosimilitudes y rasgos extraordinarios que deberíamos estar preparados para «ir de sorpresa en sorpresa», como le pasó a Napoleón cuando recibió en 1807 los despachos de Sebastiani3 desde Constantinopla. Los aliados han hecho durante toda la guerra todo lo posible por provocar una catástrofe sin precedentes; ¿por qué no habría querido el destino imponerles un triunfo incomparable? La historia, que siempre encierra un grano de ironía, quizá quiso ofrecer al mundo el extraño espectáculo de alojar en una modesta torre del Bósforo a aquel viejo Rodomonte4 moscovita que hace solo un año abandonó la capital del «hombre moribundo»5 con la orgullosa amenaza de devorar su imperio.6 ¡Qué amargo castigo para el orgulloso y arrogante Ménshikov, instigador e iniciador de la guerra, volver prisionero a Constantinopla!
Si este correo ha dicho la verdad, la historia de la campaña de Crimea puede resumirse en muy pocas palabras: el 14 y el 16 el ejército desembarcó en el Viejo Fuerte sin encontrar resistencia; el 19 se puso en marcha; el 20 ganó la batalla del Alma, y el 25 conquistó Sebastopol.
El próximo vapor que se espera de Liverpool es el Africa, que viene directamente a Nueva York sin tocar en Halifax. Difícilmente podemos esperarlo antes del viernes, y no antes podemos esperar tampoco una certeza absoluta en esta cuestión tan interesante. Entretanto, probablemente convendrá creer en silencio toda la historia de este correo turco, y esperamos que quienes la acojan así no queden tan humillados como nuestro amigo Luis Bonaparte en Boulogne en la misma cuestión. Este caballero imperial, como nuestros lectores pueden ver en otra parte de este periódico, anunció una mañana la noticia en un desfile de tropas, en un estilo bastante melodramático, con las palabras claras y expresas Sevastopol est prise.7 Al decirlo quizá se sintió como un verdadero Napoleón anunciando a sus tropas una gran victoria. Por desgracia para el sobrino, el tío nunca tuvo necesidad de anunciar una victoria; libraba sus propias batallas, y sus soldados, que veían huir al enemigo, no necesitaban confirmación. Mayor desgracia fue, sin embargo, que la comunicación, que Luis Bonaparte no pudo contener, tuvo que ser matizada por la tarde por el subprefecto de Boulogne, que hizo fijar un aviso de que había llegado un despacho que anunciaba la toma de Sebastopol, pero que no se podía garantizar su exactitud. ¡Así corrigió al emperador de los franceses su propio subprefecto de Boulogne! Es igualmente notable que el periódico oficial del Gobierno francés del 3 de octubre no traiga confirmación alguna del gran acontecimiento descrito. Con todo, todavía puede resultar cierto, y esperamos con gran interés noticias fidedignas.
Guillaume-Henri Dufour (1787-1875), general e ingeniero militar suizo, autor de tratados de fortificación. ↩
Joseph Alexander von Hübner (1811-1892), embajador de Austria en París. ↩
Horace Sébastiani (1772-1851), general y diplomático francés, embajador de Napoleón en Constantinopla de 1806 a 1807. ↩
Personaje del Orlando enamorado de Boiardo y del Orlando furioso de Ariosto, prototipo del fanfarrón. ↩
Así llamó Nicolás I al Imperio otomano en sus conversaciones con el embajador británico Seymour a comienzos de 1853. ↩
Ménshikov, enviado en misión extraordinaria a Constantinopla en la primavera de 1853, salió de allí en mayo tras la negativa de la Puerta a reconocer el protectorado ruso sobre los cristianos ortodoxos del Imperio otomano. ↩
En francés en el original: «Sebastopol ha sido tomada». ↩