Escrito por Karl Marx en Londres el 25 de junio de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 295, del 28 de junio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 322-327), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 25 de junio. Vieja e histórica es la enseñanza de que las potencias sociales caducas, todavía nominalmente en posesión de todos los atributos del poder después de que su razón de ser se haya podrido hace tiempo bajo sus pies, y que siguen vegetando porque entre los herederos ha estallado ya la disputa por la toma de posesión de la herencia antes de que se imprima la esquela y se abra el testamento, se recogen una vez más antes de la última agonía, pasan de la defensiva a la ofensiva, desafían en lugar de esquivar y tratan de sacar las conclusiones más extremas de premisas que no solo están puestas en cuestión, sino ya condenadas. Así ahora la oligarquía inglesa. Así la Iglesia, su hermana gemela. Innumerables son los intentos, dentro de la Iglesia del Estado, alta y baja, de reorganizarse, los intentos de entenderse con los disidentes1 y formar así un poder compacto frente a la masa profana de la nación; en rápida sucesión, las medidas de coacción religiosa. El piadoso conde de Shaftesbury, antes conocido como lord Ashley,2 hizo constar con lamentos en la Cámara de los Lores que solo en Inglaterra 5 millones de personas están alejadas no solo de la Iglesia, sino del cristianismo. Compelle intrare,3 responde la Iglesia del Estado. Deja a lord Ashley y a otros santurrones disidentes, sectarios y sobreexcitados semejantes que le saquen del fuego las castañas que ella piensa comerse.
La primera medida de coacción religiosa fue la Beer Bill,4 que cerraba todos los lugares públicos de esparcimiento los domingos, salvo de 6 a 10 de la noche. Se coló de matute en una Cámara poco concurrida al final de la legislatura, después de que los piadosos compraran el apoyo de los grandes taberneros de Londres garantizándoles la continuación del sistema de licencias, es decir, del monopolio de los grandes capitales. Luego vino la Sunday Trading Bill,5 que acaba de pasar en tercera lectura por los Comunes y cuyas cláusulas se han debatido una a una en el comité de toda la Cámara. En esta nueva medida de coacción se aseguró de nuevo el voto del gran capital, porque solo los pequeños tenderos comercian en domingo y el gran almacén está perfectamente dispuesto a quitar de en medio por vía parlamentaria la competencia dominical de las pequeñas tiendas. En ambos casos, conspiración de la Iglesia con el monopolio del capital, pero en ambos casos leyes penales religiosas contra las clases bajas para tranquilizar la conciencia de las clases distinguidas. La Beer Bill tocaba tan poco a los clubes aristocráticos como la Sunday Trading Bill toca a las ocupaciones dominicales distinguidas. La clase obrera recibe su salario a última hora del sábado; solo para ella existe, por tanto, el comercio dominical. Solo ella se ve obligada a hacer sus pequeñas compras en domingo. Solo contra ella va dirigido, pues, el nuevo proyecto de ley. En el siglo XVIII decía la aristocracia francesa: para nosotros Voltaire, para el pueblo la misa y el diezmo. En el siglo XIX dice la aristocracia inglesa: para nosotros la frase beata, para el pueblo la práctica cristiana. Los santos clásicos del cristianismo mortificaban su cuerpo por la salvación del alma de la masa; los santos modernos e instruidos mortifican el cuerpo de la masa por la salvación de su propia alma.
Esta alianza de una aristocracia disoluta, decadente y ávida de placeres con la Iglesia, apoyada en los sucios cálculos de ganancia de los magnates de la cerveza y de los grandes comerciantes monopolistas, provocó ayer en Hyde Park una manifestación de masas como Londres no había vuelto a ver desde la muerte de Jorge IV, «el primer caballero de Europa».6 Fuimos espectadores de principio a fin, y no creemos exagerar si aseguramos que ayer empezó en Hyde Park la revolución inglesa. Las últimas noticias de Crimea fueron un fermento esencial de esta manifestación «no parlamentaria», «extraparlamentaria» y «antiparlamentaria».
Lord Robert Grosvenor,7 el autor del proyecto de ley sobre el comercio dominical, había respondido a la objeción de que su ley solo iba dirigida contra las clases pobres y no contra las ricas con estas palabras:
«La aristocracia se abstiene de ocupar en gran escala a sus criados y a sus caballos los domingos».
En los últimos días de la semana pasada podía leerse en todas las paredes de Londres el siguiente cartel en letras grandes, procedente de los cartistas:
«Nuevo proyecto de ley dominical para la supresión de los periódicos, del afeitado, del tabaco, de la comida y la bebida y de toda clase de alimento y esparcimiento, corporal o espiritual, que el pueblo pobre disfruta todavía por el momento. Un mitin al aire libre de artesanos, obreros y de los “órdenes inferiores” de la capital se celebrará en Hyde Park el domingo por la tarde para ver con qué religiosidad observa la aristocracia el sabbat y cuánto cuidado pone en no hacer trabajar a sus criados y a sus caballos ese día. Véase el discurso de lord Robert Grosvenor. El mitin está convocado a las 3 en la orilla derecha del Serpentine (riachuelo de Hyde Park), hacia los jardines de Kensington. ¡Venid! ¡Y traed con vosotros a vuestras mujeres y familias! ¡Para que se aprovechen del ejemplo que dan sus “mejores”!».
Hay que saber, en efecto, que lo que es Longchamp8 para los parisinos lo es para la haute volée inglesa el camino de Hyde Park a lo largo del Serpentine: el lugar donde por la tarde, sobre todo los domingos, pasan revista a sus carrozas de gala y a sus galas y hacen caracolear a sus caballos, seguidos de enjambres de lacayos. Por el cartel anterior se verá cómo la lucha contra la clerigalla adopta el mismo carácter que toda lucha seria en Inglaterra, el carácter de lucha de clases de los pobres contra los ricos, del pueblo contra la aristocracia, de los órdenes «inferiores» contra los «mejores».
A las 3 se habían reunido en el lugar anunciado, en la orilla derecha del Serpentine, en las inmensas praderas de Hyde Park, unas 50.000 personas, que, con los que fueron llegando también desde la orilla izquierda, crecieron poco a poco hasta por lo menos 200.000. Se veían grupos menores empujados de un punto a otro. Los agentes de policía, apostados en gran número, trataban evidentemente de quitar a los convocantes del mitin lo que pedía Arquímedes para sacar al mundo de sus goznes: un punto de apoyo firme. Por fin un grupo mayor se plantó, y Bligh, el cartista, se constituyó en presidente sobre una pequeña elevación en medio del grupo. Apenas había empezado su arenga cuando el inspector de policía Banks, a la cabeza de 40 agentes que blandían sus porras, le declaró que el parque era propiedad privada real y que allí no se podía celebrar ningún mitin. Tras algunos parlamentos, en los que Bligh trató de demostrarle que los parques eran propiedad del público y en los que Banks replicó que tenía orden terminante de detenerlo si persistía en su propósito, Bligh, entre el tremendo rugido de la masa que los rodeaba, exclamó:
«La policía de Su Majestad declara que Hyde Park es propiedad privada real y que Su Majestad no quiere prestar al pueblo su suelo para sus mítines. Trasladémonos, pues, a Oxford Market».
Con el grito irónico de «God save the Queen!» el gentío se deshizo para peregrinar a Oxford Market. Pero entretanto Finlen,9 miembro del comité central cartista, se había lanzado hacia un árbol apartado; las masas lo siguieron y lo encerraron en un instante en un círculo tan estrecho y apretado que la policía renunció a intentar llegar hasta él.
«Seis días a la semana nos tienen esclavizados, y el Parlamento quiere robarnos todavía el poco de libertad del séptimo. Quieren hacer penitencia, no en sí mismos, sino en nosotros, estos oligarcas y capitalistas coaligados con curas que ponen los ojos en blanco, por el asesinato sin conciencia con que han sacrificado en Crimea a los hijos del pueblo».
Dejamos el grupo para acercarnos a otro, donde un orador, tendido cuan largo era en el suelo, arengaba en esta posición horizontal a su auditorio. De pronto resonó por todas partes: «¡Al camino de carruajes, a las carrozas!». Entretanto ya había empezado el insulto a los coches y a los jinetes. Los agentes de policía, que recibían continuamente refuerzos de la ciudad, echaban a los paseantes del camino de carruajes. Contribuyeron así a formar a ambos lados del camino espesas filas de gente, desde Apsley House, subiendo por Rotten Row a lo largo del Serpentine, hasta los jardines de Kensington, más de un cuarto de hora de extensión. El público se componía en unos ⅔ de obreros y en ⅓ de miembros de la clase media, todos con mujeres e hijos. Los actores a su pesar, elegantes caballeros y damas, «comunes y lores» en altas carrozas de gala, con criados galoneados delante y detrás, y algunos caballeros entrados en años, acalorados por el oporto, a caballo, esta vez no pasaron revista. Pasaron por baquetas. Una Babel de todos los sonidos burlones, provocadores y malsonantes, en que ninguna lengua es tan rica como la inglesa, los envolvió pronto por ambos lados. Como el concierto era improvisado, faltaban instrumentos. El coro tuvo que valerse de sus propios órganos y limitarse a la música vocal. Y fue un concierto diabólico de sonidos que gruñían, siseaban, silbaban, carraspeaban, refunfuñaban, rezongaban, graznaban, chillaban, gemían, matraqueaban, chirriaban y rechinaban. Una música para volver locos a los hombres y hacer cobrar conciencia a las piedras. A ello se sumaba una extraña mezcla de estallidos de genuino humor inglés a la antigua y de rabia hirviente largo tiempo contenida. «Go to the church!» (¡Id a la iglesia!) era el único sonido articulado que se podía distinguir. Una lady sacó del coche, conciliadora, un prayerbook (libro de oraciones) encuadernado con ortodoxia. «Give it to read to your horses!» (¡Dádselo a leer a vuestros caballos!), devolvió atronador el eco de mil voces. Cuando los caballos se espantaban, se encabritaban, coceaban o se desbocaban y amenazaban la vida de su elegante carga, el griterío de burla se alzaba más fuerte, más amenazador, más implacable. Nobles lores y ladies, entre otros la condesa Granville, esposa del ministro y presidente del Consejo Privado, se vieron obligados a apearse y a hacer uso de sus propios pies. Cuando pasaban a caballo caballeros entrados en años cuyo atuendo, sobre todo el sombrero de ala ancha, proclamaba especiales pretensiones de perfección en la fe, todos los sonidos de rabia se apagaban, como a una orden, en una risa inextinguible. A uno de esos caballeros se le acabó la paciencia. Como Mefistófeles, hizo un gesto indecente: sacó la lengua al enemigo. «He is a wordcatcher! a parliamentary man! He fights with his own weapons!» (¡Es un cazapalabras, un parlamentario, lucha con sus propias armas!), resonó por un lado del camino. «He is a Saint! he is psalm singing!» (¡Es un santo, canta salmos!), fue la antistrofa desde el otro lado. Entretanto, el telégrafo eléctrico metropolitano había anunciado a todas las comisarías que era inminente un motín en Hyde Park y las había destinado al teatro de la guerra. A breves intervalos, un destacamento de policía tras otro marchaba, pues, entre las dos filas de gente desde Apsley House hasta los jardines de Kensington, recibido cada vez con la canción popular:
«Where are gone the geese?
Ask the police!»
(¿Adónde han ido los gansos?
¡Preguntad a la policía!),
en alusión a un notorio robo de gansos que cometió hace poco un agente en Clerkenwell. Tres horas duró este espectáculo. Solo unos pulmones ingleses son capaces de semejante tour de force. Durante la representación se oía en los distintos grupos: «¡Esto no es más que el comienzo!», «¡Es el primer paso!», «¡Los odiamos!», etc. Mientras en las caras de los obreros se leía la rabia, nunca antes habíamos visto reflejarse en las fisonomías de las clases medias una sonrisa tan complacida y satisfecha. Poco antes del final aumentó la violencia de la manifestación. Se blandieron bastones contra las carrozas, y la disonancia infinita de sonidos encontró palabras en el grito: «You rascals!» (¡Granujas!). Celosos cartistas, hombres y mujeres, recorrieron las masas durante las tres horas y les repartieron hojas impresas en las que se leía en letras grandes:
«¡Reorganización del cartismo! Se celebrará un gran mitin público en el Instituto Literario y Científico de Friar Street, Doctors' Commons, el próximo martes 26 de junio, para elegir delegados a una conferencia para la reorganización del cartismo en la capital. Sin tarjetas de entrada».
La prensa de Londres trae hoy, por término medio, solo un breve informe sobre el suceso de Hyde Park. Todavía no hay editoriales, con excepción del Morning Post de lord Palmerston.
«Un espectáculo», dice, «vergonzoso y peligroso en grado sumo ha tenido lugar en Hyde Park, una abierta violación de la ley y de la decencia, una injerencia ilegal mediante la fuerza física en la libre acción del poder legislativo. La escena no debe repetirse el próximo domingo, como se ha amenazado».
Pero al mismo tiempo declara al «fanático» lord Grosvenor único autor «responsable» del desorden y provocador de la «justa irritación del pueblo». ¡Como si el Parlamento no hubiera aprobado en tres lecturas el proyecto de ley de lord Grosvenor! ¿Acaso también él ha influido «mediante la fuerza física en la libre acción del poder legislativo»?
Los protestantes que no pertenecen a la Iglesia anglicana: metodistas, baptistas, congregacionalistas, etc. ↩
Anthony Ashley Cooper (1801-1885), lord Ashley y desde 1851 conde de Shaftesbury, evangélico y filántropo tory. ↩
«Oblígalos a entrar» (Lucas 14, 23). ↩
La ley de 1854 que restringía la apertura de tabernas y cervecerías en domingo. ↩
El proyecto de ley de 1855 que prohibía el comercio en domingo en Londres. ↩
Jorge IV, rey de Gran Bretaña de 1820 a 1830, a quien sus aduladores llamaban así. ↩
Lord Robert Grosvenor (1801-1893), diputado whig por Middlesex. ↩
El paseo del bosque de Boulogne, en París, donde la buena sociedad exhibía sus coches y sus modas. ↩
Bligh y Finlen eran dirigentes cartistas de Londres. ↩