Escrito por Karl Marx en Londres el 27 de enero de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 49, del 30 de enero de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 8-11), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 27 de enero. El tono y la fisonomía de la sesión de ayer de la Cámara de los Comunes indicaban exactamente el grado al que ha descendido el Parlamento inglés.
Al empezar la sesión, hacia las 4 de la tarde, la Cámara estaba abarrotada, porque se esperaba una escena, un escándalo: la explicación de lord Russell sobre su dimisión. En cuanto terminó el debate personal y empezó el debate de fondo, sobre la moción de Roebuck, los indignados patriotas corrieron a comer; la Cámara se vació, y algunas voces gritaban: «¡A votar, a votar!». Se produjo una pausa inquietante, hasta que se levantó el ministro de la Guerra, Sidney Herbert,1 y dirigió una larga y bien construida exposición a los bancos vacíos. Luego, poco a poco, los diputados saciados volvieron paseando a sus asientos. Cuando Layard empezó su discurso, hacia las nueve y media, había unos 150 diputados presentes. Cuando lo terminó, más o menos una hora antes de que se levantara la Cámara, esta estaba otra vez llena. Pero el resto de la sesión se pareció en todo a una siesta parlamentaria.
Lord John Russell, cuyos méritos pueden reducirse todos a uno solo, la rutina en la táctica parlamentaria, no pronunció su discurso, como es habitual en tales ocasiones, desde la mesa del presidente, sino desde el tercer banco detrás de los asientos ministeriales, donde tienen su trono los whigs descontentos. Habló en voz baja y ronca, arrastrando las palabras, maltratando como siempre la pronunciación inglesa, a menudo en peligrosa lucha con las reglas de la sintaxis. (Nota bene: No hay que confundir en modo alguno los discursos tal como figuran en los periódicos con los discursos tal como se pronuncian.) Si los retóricos corrientes suplen un contenido malo con una buena exposición, Russell intentaba disculpar un contenido malo con una exposición peor. Su manera de hablar era como una disculpa de lo que decía.
¡Y de hecho la disculpa era necesaria! El lunes pasado, dijo, todavía no había pensado en dimitir, pero el martes, en cuanto Roebuck anunció su moción, la encontró inevitable. Esto recuerda al lacayo que no tenía nada contra la mentira, pero sentía herida su conciencia en cuanto se descubría la mentira. ¿Desde qué punto de vista habría debido combatir la moción de investigación parlamentaria, como era su deber de jefe ministerial de la Cámara? ¡Porque el mal no era bastante grande para requerir una investigación! Nadie podía negar la melancólica situación del ejército ante Sebastopol. No solo era penosa, sino espantosa y desgarradora. ¿O habría debido afirmar ante el Parlamento que su comisión investigadora era inútil porque ya había en marcha mejores medios para remediar el mal? Esta pregunta era resbaladiza, porque Russell, no solo como miembro del ministerio, sino en especial como presidente del Consejo Privado, era directamente responsable de que se tomaran tales medios. Confiesa que consintió en el nombramiento del duque de Newcastle como ministro «supremo» de la Guerra. No puede negar que las medidas de precaución para el aprovisionamiento, el vestido y la asistencia médica del ejército había que tomarlas a más tardar en agosto y septiembre. ¿Qué hizo él durante esa época crítica, según su propia confesión? Viajó por el país, pronunció discursitos ante literary institutions y editó la correspondencia de Charles James Fox.2 Mientras él viajaba por Inglaterra, Aberdeen viajaba por Escocia, y desde agosto no hubo consejo de ministros hasta el 17 de octubre. En ese consejo de ministros lord John, según su propio relato, no propuso nada digno de comunicarse al Parlamento. Lord John se toma luego de nuevo todo un mes para reflexionar, y entonces, el 27 de noviembre, dirige una carta a Aberdeen en la que le propone reunir el cargo de ministro de la Guerra con el de Secretary at War y confiar ambos a lord Palmerston; en otras palabras, destituir al duque de Newcastle. Aberdeen lo rechaza. Russell le escribe otra vez el 28 de noviembre en el mismo sentido. Aberdeen le responde muy acertadamente el 30 de noviembre que toda su propuesta se reduce a sustituir a un hombre por otro, a Newcastle por Palmerston. Pero, añadía, cuando se separó el ministerio de las Colonias del de la Guerra, Russell había concedido de buen grado este último a Newcastle para llevar a uno de sus whigs, sir George Grey, al ministerio de las Colonias. Aberdeen preguntó luego personalmente a Russell si deseaba llevar su propuesta al consejo de ministros. Russell renunció a ello, según dice, «para no romper el ministerio». O sea: primero el ministerio, luego el ejército de Crimea.
Russell confiesa que no se había tomado ninguna medida para remediar el mal. Toda la reforma de la administración de la guerra se limitaba a que el comisariado se había puesto bajo el ministro de la Guerra. A pesar de todo, aunque no se toma ninguna medida para remediarlo, Russell se queda tranquilamente en el ministerio y no hace tampoco ninguna otra propuesta desde el 30 de noviembre de 1854 hasta el 20 de enero de 1855. Ese día, el sábado pasado, Aberdeen comunica a Russell ciertas propuestas de reforma de la administración de la guerra, que este último encuentra insuficientes y contra las que presenta por escrito contrapropuestas. Solo tres días después considera necesario presentar su dimisión, porque Roebuck anuncia su moción y Russell no está dispuesto a compartir la responsabilidad con un gabinete con el que ha compartido cargo y actos. Había oído, declara Russell, que Aberdeen no estaba nada resuelto a nombrar a Palmerston dictador del ministerio de la Guerra. Si era así, él, Curcio,3 se felicitaba de no haber saltado en vano del suelo firme del ministerio a la hueca sima de la oposición. Una vez rodado hasta aquí por la pendiente, nuestro lord John aniquila el último pretexto ostensible de su dimisión declarando: 1.º, que las perspectivas de la guerra no son en modo alguno tales que den motivo al desaliento reinante; 2.º, que Aberdeen es un gran ministro, Clarendon un gran diplomático y Gladstone un gran financiero; 3.º, que el partido whig no se compone de cazadores de cargos, sino de entusiastas patriotas, y por último, que él, Russell, se abstendrá en la votación de la moción de Roebuck, aunque supuestamente ha salido del ministerio porque un patriota no puede alegar nada contra la moción de Roebuck. El discurso de Russell fue recibido con más frialdad aún de la que había puesto en pronunciarlo.
Palmerston se levanta en nombre del ministerio. Su situación era graciosa. Curcio Russell dimite porque Aberdeen no quiere nombrar a Palmerston dictador de la guerra. Bruto Palmerston ataca a Russell porque abandona a Aberdeen en el momento del peligro. A Palmerston le gustó esta situación graciosa. Le sirvió, como suele hacer en los momentos críticos, para disolver con una sonrisa la seriedad de la situación en una farsa. Cuando reprochó a Russell no haber tomado ya en diciembre su heroica decisión, Disraeli, que por lo menos no oculta su alegría por la ruina de la Constitución veneciana,4 se echó a reír a carcajadas, y Gladstone, que hace de la seriedad una especialidad, murmuraba por lo visto todas las fórmulas de oración puseístas5 para no estallar. Palmerston declaró que la aprobación de la moción de Roebuck significaría la caída del ministerio. Si se rechazaba, el gabinete deliberaría sobre su propia reorganización (incluida la dictadura de Palmerston).
¡Gran mago, este Palmerston! ¡Con un pie en la tumba, sabe hacer creer a Inglaterra que es un homo novus que empieza su carrera! ¡Veinte años ministro de la Guerra,6 y conocido como tal solo por su defensa sistemática de los castigos corporales y de la compra de grados en el ejército, puede presentarse como el hombre cuyo solo nombre borra los defectos del sistema! ¡De todos los ministros ingleses el único denunciado repetidas veces en el Parlamento, con especial seriedad en 1848, como agente ruso, puede presentarse como el único hombre capaz de llevar a Inglaterra a la guerra con Rusia! ¡Gran hombre, el Palmerston!
Sobre el debate de la moción de Roebuck, aplazado hasta el lunes por la noche, la próxima vez. Tan hábilmente está planteada que los adversarios del ministerio declararon que votarían a favor aunque era absurda, y los partidarios del ministerio que hablarían a favor aunque votarían en contra. La sesión de la Cámara de los Lores, sin especial interés. Aberdeen no añadió nada a la declaración de Russell, salvo su sorpresa: Russell había sorprendido a todo el gabinete.
Sidney Herbert (1810-1861) era Secretary at War, encargado de la administración y las finanzas del ejército; la conducción de la guerra correspondía al Secretary of State for War, el duque de Newcastle. ↩
Russell publicó desde 1853 los Memorials and Correspondence of Charles James Fox (1749-1806), el jefe whig de la época de la Revolución francesa. ↩
Según la leyenda romana, Marco Curcio se arrojó armado a caballo a una sima abierta en el Foro para salvar a Roma. ↩
Disraeli comparaba el régimen de la oligarquía whig con la oligarquía de la república de Venecia. ↩
De Edward Bouverie Pusey (1800-1882), uno de los jefes del movimiento de Oxford, corriente anglicana de tendencia católica. ↩
Palmerston fue Secretary at War de 1809 a 1828. ↩