Editorial publicado sin firma en el New-York Daily Tribune, n.º 4349, 28 de marzo de 1855, p. 4; la MEGA² (I/14) lo recoge en su apéndice de textos dudosos (Dubiosa) como posiblemente de Karl Marx. Traducido del original del periódico (Biblioteca del Congreso, Chronicling America) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés.

La muerte del emperador Nicolás, con sus consecuencias inmediatas y previsibles, se impone a todas las demás noticias traídas por el Atlantic. Como The Tribune anunció a sus lectores que ocurriría, contra la opinión de casi todos los periódicos de esta ciudad, cuando llegó la noticia la semana pasada, Alejandro II ha asumido tranquilamente la herencia de su padre. Los escritores europeos especulan sobre el rumbo que seguirá el nuevo emperador en el ominoso conflicto pendiente. Hasta ahora, sin embargo, y de acuerdo con lo que dijimos la semana pasada, los pocos actos públicos de Alejandro muestran que se propone seguir el mismo rumbo que su predecesor. El manifiesto a la nación, del que los periódicos europeos solo publican la parte más interesante, declara que el nuevo zar hará todo lo que esté en su mano para mantener a Rusia en la alta posición que ocupa y que continuará la política de Pedro, de Catalina, de Alejandro y de su difunto padre. Semejante declaración es muy natural en boca de un nuevo soberano, pero sería absurdo sacar de ella conclusiones sobre sus actos futuros. Tales palabras no son ni de guerra ni de paz, y hacen falta otros indicios para juzgar sus intenciones. Uno de ellos es que no siente ninguna simpatía por los ingleses; otro, el nombramiento del conde Rüdiger como ministro de la Guerra, en lugar del príncipe Dolgorukov, que ocupó ese puesto con el difunto zar y era su favorito. Son los únicos cambios que se conocen hasta ahora entre los altos dignatarios del Imperio, y siguieron casi inmediatamente a la muerte de Nicolás. Vemos en ellos una prueba de que el nuevo emperador se prepara para lo peor y para proseguir enérgicamente la guerra si la conferencia de Viena fracasa.

Como dijimos hace tiempo, Nicolás tenía la costumbre de dirigir personalmente todos los movimientos de sus ejércitos y el destino y el emplazamiento de sus tropas. En una palabra, era su propio ministro de la Guerra. El príncipe Dolgorukov, hombre de capacidad secundaria y sin ninguna experiencia militar, era un buen secretario, laborioso y exacto en la ejecución de las órdenes, pero incapaz de concebir por sí solo ningún plan, ni de combinar u organizar con energía nuevos recursos. El actual emperador, inexperto él mismo en asuntos militares y que nunca les ha dedicado realmente mucho tiempo, ha compensado sus propias deficiencias al nombrar ministro de la Guerra al conde Rüdiger. Este ministro es uno de los generales más antiguos de Rusia: sirvió con distinción en grados inferiores durante las campañas contra los franceses, como general contra los turcos en 1828-29 y como comandante de un cuerpo en la campaña de Polonia de 1831, y finalmente contribuyó más que nadie a poner fin a la invasión de Hungría, al rendírsele Görgey. Pasa de los setenta años, pero es activo, muy enérgico y militar hasta la médula, y goza de gran consideración tanto en el ejército como en San Petersburgo. Nicolás lo estimaba mucho, y siempre ha sido uno de los favoritos del actual emperador. Personalmente está más bien en malas relaciones con el príncipe Paskévich y con el príncipe Gorchakov, antiguo comandante en el Danubio y ahora en Crimea. El conde Rüdiger ha representado al partido alemán, pero no hay que confundirlo con un partido de la paz. Los alemanes al servicio militar de Rusia son más belicosos que los propios rusos. La guerra es para ellos el único medio de distinguirse y de ascender a posiciones elevadas. Rüdiger desciende de una antigua familia de las provincias bálticas, como casi todos los alemanes al servicio de Rusia. Estos nobles descendientes de los antiguos caballeros teutónicos han conservado todas las tradiciones guerreras y el carácter aristocrático de sus antepasados, y todos ellos prefieren entrar en el ejército, porque la guerra es para ellos un objeto de ambición a la vez que un atractivo. La elevación de Rüdiger, por tanto, aunque sea alemán, daría un impulso nuevo y poderoso a los preparativos de guerra.

En el resto del continente todo está en suspenso, o los enredos diplomáticos son tan grandes como siempre. Las negociaciones separadas entre Prusia y los dos aliados occidentales no han avanzado. Hasta el momento Prusia no ofrece ninguna concesión a los aliados y sigue empeñada en mantener la independencia de sus movimientos; y, por otro lado, parece que el tono, perentorio al principio, que empleaba el ministro francés con el gabinete de Berlín se ha suavizado.

Parece que Francia e Inglaterra no tendrían inconveniente en que Prusia permaneciera neutral si no impidiera a las demás potencias alemanas ponerse del lado de Austria. En Fráncfort, sede de la Dieta alemana, el antagonismo entre Prusia y Austria es tan activo como siempre. Cada una se opone a todo proyecto que presenta la otra para movilizar el ejército. Baviera interviene continuamente como mediadora; y en la gran cuestión del nombramiento de un comandante en jefe del ejército federal alemán —dignidad que Austria desea que se confiera a Francisco José y a la que Prusia nunca se someterá—, Baviera propone que las fuerzas respectivas de las dos potencias queden al mando de sus propios generales y que solo los demás contingentes federales se pongan bajo un comandante federal. Esto, en cuanto a la unidad alemana.

Es evidente que el Atlantic no podía traer ninguna noticia de las conferencias de Viena, que ni siquiera habían empezado, a pesar de que el nuevo zar había confirmado los poderes del príncipe Gorchakov y del señor Títov. El vapor de la Cunard, que se espera de un día para otro, arrojará muy probablemente más luz sobre estos oscuros asuntos.