Escrito por Karl Marx en Londres el 1 de junio de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 253, del 4 de junio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 263-265), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 1 de junio. Si Gladstone engaña con la apariencia de profundidad, Palmerston1 engaña con la apariencia de superficialidad. Sabe esconder con arte su verdadera intención bajo frases de efecto unidas con holgura y bajo concesiones de lugar común a la opinión del momento. Su discurso de primer ministro lleva ya ocho días ante el público. La prensa diaria y la semanal lo han aireado, escrutado y criticado. Sus enemigos dicen que, después de haber usado durante meses el lenguaje del viejo Aberdeen,2 le pareció oportuno volver a hablar una noche el lenguaje del viejo Palmerston. Dicen: el noble lord responde de sí mismo; pero ¿quién responde del noble lord? Declaran que su discurso es un número de prestidigitación, en cuanto consigue eludir toda declaración precisa sobre su política y adoptar una forma tan elástica y aérea que es imposible sujetarlo por ningún lado. Sus amigos, al contrario, no vacilan en declarar que el viento que empleó en su retórico juego de órgano es la música misma. Captó desde el principio con acierto la situación en que tenía que presentarse ante la Cámara y ante el país. ¿A quiénes tengo enfrente? Por un lado, a los que creen que no hemos sido bastante enérgicos en la conducción de la guerra, pero, por el otro, a los que tratan de empujar al país a unas condiciones de paz ignominiosas; por un lado, a los que nos reprochan haber entrado en negociaciones inútiles con Austria, que paralizan la guerra, pero, por el otro, a los que creen que en esas negociaciones no fuimos bastante lejos y que las hicimos fracasar con exigencias exageradas.

Así se situó a sí mismo como el hombre del justo medio. Rechazó los ataques de los hombres de la guerra remitiéndolos a los hombres de la guerra. El giro contra los hombres de la paz absoluta le dio entonces ocasión para estallidos bien calculados de calor patriótico, de energía muy proclamada y de todas las palabras valientes con que tantas veces ha embaucado a los «niais».3 Halagó el orgullo nacional enumerando los grandes medios de que dispone Inglaterra: esa fue su única respuesta a la acusación de que es incapaz de manejar grandes medios.

«El noble lord», dijo Disraeli,4 «le recordaba al advenedizo que quería ganarse a su amante con su riqueza: tengo una casa de campo, tengo una casa en la ciudad, tengo una galería de pinturas, tengo una magnífica bodega».

Así, Inglaterra tendría una flota del Báltico y una flota en el mar Negro y una renta anual del Estado de 80 millones de libras esterlinas, etc. Sin embargo, entre todas las nimiedades retóricas en que se perdió el discurso de Palmerston, consiguió deslizar una declaración precisa a la que podrá volver más tarde, en la ocasión oportuna, para proclamarla regla de su política sancionada por la Cámara. Ningún periódico inglés la ha destacado, pero el arte de la oratoria de Palmerston ha consistido desde siempre precisamente en esconder su propia intención y en arrastrarla fuera de la memoria de los oyentes en la corriente lisa y poco profunda de su fraseología. Pero, como a diferencia de un Russell no le importa solo el éxito del momento, como calcula el futuro, no se contenta con los recursos oratorios del momento, sino que pone con cuidado los cimientos de sus operaciones posteriores. La declaración a que nos referíamos dice literalmente:

«Estamos empeñados en grandes operaciones en el mar Negro; creemos y esperamos que tendremos éxito, y creemos que el éxito nos llevará a obtener las condiciones que Inglaterra, Francia y Austria, en el estado actual de la disputa, han creído justo exigir».

Así pues, por mucho que se extiendan las operaciones en el mar Negro, la base diplomática de la guerra sigue siendo la misma. Sea cual sea el éxito militar, el éxito final está determinado de antemano y limitado a los llamados «cuatro puntos». Y esto lo declara Palmerston después de que Layard,5 pocas horas antes, hubiera arrancado a los cuatro puntos su máscara rusófila. Pero Palmerston desvió la atención de la crítica de Layard; evitó entrar en la verdadera cuestión, en el valor de los fines y objetivos ostensibles de la guerra, defendiendo frente a Gladstone la segunda mitad del tercer punto y alabando el medio punto como un todo.

Merece mención un incidente que interrumpió el discurso de Palmerston. Un santurrón inglés, lord Robert Grosvenor,6 le predicó penitencia porque hablaba de éxitos de las armas y discutía las probabilidades de la guerra sin tener en cuenta el favor y la gracia del Altísimo, sin «mencionar» siquiera «el nombre de Dios». Así atraía sobre su nación un castigo del cielo. Palmerston hizo penitencia al instante, se golpeó el pecho y demostró que también él, en caso de necesidad, sabía predicar y poner los ojos en blanco tan bien como lord Robert Grosvenor. Pero el incidente parlamentario tuvo un complemento popular. Los vecinos de Marylebone (un distrito de Londres) habían convocado un gran mitin en la escuela de Cowper Street para protestar contra el «proyecto de ley para la supresión del comercio en domingo». Como se trataba aquí de sus electores, lord Ebrington7 y lord Robert Grosvenor se presentaron como defensores del proyecto, que ellos mismos habían llevado al Parlamento. Pero, en lugar de confiar en la protección y la gracia de Dios, habían apostado por precaución una docena de aplaudidores pagados y alborotadores en distintos puntos del mitin. El secreto se descubrió pronto, y los vecinos agarraron en el acto a los agentes a sueldo de la beatería y los despacharon a la calle. Los «nobles lores», incapaces de hacer frente a los silbidos, gruñidos y pitidos que entonces estallaron, volvieron a sentarse azorados. En cuanto abandonaron la reunión, una multitud «no pagada» siguió sus carruajes con inequívocas muestras de burla pecaminosa y de dureza de corazón.

  1. Henry John Temple, vizconde de Palmerston (1784-1865), primer ministro desde febrero de 1855. ↩

  2. George Hamilton Gordon, conde de Aberdeen (1784-1860), primer ministro del gabinete de coalición de 1852 a enero de 1855. ↩

  3. «Bobos» (en francés). ↩

  4. Benjamin Disraeli (1804-1881), jefe de los tories en la Cámara de los Comunes. ↩

  5. Austen Henry Layard (1817-1894), arqueólogo y diputado radical, crítico de la conducción de la guerra. ↩

  6. Lord Robert Grosvenor (1801-1893), diputado whig por Middlesex, autor del proyecto de ley de 1855 que prohibía el comercio en domingo en Londres. ↩

  7. Hugh Fortescue, vizconde de Ebrington (1818-1905), diputado whig por Marylebone. ↩