Escrito por Friedrich Engels en Londres el 14 de abril de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 177, del 17 de abril de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 184-188), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. El mismo asunto, con otra redacción, se trató en un editorial en inglés del New-York Daily Tribune del 30 de abril de 1855 («Napoleon’s Apology» en The Eastern Question). Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 14 de abril. El público, incluso en Francia, parece haber descubierto los misterios del sitio de Sebastopol. Por eso Luis Bonaparte, en su calidad de rédacteur en chef del Moniteur, ha vuelto a soltar un largo editorial sobre el asunto. Con él se quieren alcanzar varios fines: en general, consolar al público del fracaso de la empresa; en particular, quitar de los hombros del sucesor de Napoleón la responsabilidad del fiasco; en concreto, responder al panfleto de Bruselas.1 En ese estilo mitad confidencial, mitad solemne, característico del hombre que escribe a la vez para los campesinos franceses y para los gabinetes europeos, se da una especie de historia de la campaña con supuestas razones para cada paso. El documento es en extremo impolítico, porque es débil e insuficiente sin medida. Con todo, la pressure from without2 debe de ser alarmantemente fuerte para que Bonaparte tenga que salir de este modo a la palestra y defenderse a sí mismo.

Tras una introducción pesada, se da a conocer una parte de las instrucciones que recibió St-Arnaud3 al comenzar la campaña y se explica por qué las tropas aliadas fueron llevadas primero a Galípoli. Los rusos, se dice, podían cruzar el Danubio por Ruse y, rodeando las líneas de Varna y de Shumla, pasar los Balcanes y marchar sobre Constantinopla. De todas las razones que debían abogar por el desembarco en Galípoli, esta es la peor. En primer lugar, Ruse es una fortaleza y no una ciudad abierta, como parece imaginar el ilustre editor del Moniteur. Esto recuerda el gazapo histórico que el Moniteur cometió hace poco en su necrología del emperador Nicolás,4 en la que, entre otras cosas, confunde el tratado de Adrianópolis con el tratado de Küçük Kaynarca.5 En cuanto al peligro de semejante marcha de flanco rusa, cabe recordar que un ejército turco de 60.000 hombres, firmemente establecido entre cuatro fuertes fortalezas, no podía dejarse atrás impunemente sin destacar un cuerpo fuerte para mantenerlo ocupado; que esta marcha de flanco exponía a los rusos, en los desfiladeros de los Balcanes, a la suerte de Dupont en Bailén y de Vandamme en Kulm,6 y que en el mejor de los casos solo habrían podido llevar 25.000 hombres a Adrianópolis. Quien considere peligroso para Constantinopla un ejército semejante puede salir de su error con las obras del comandante Moltke sobre la guerra ruso-turca de 1828-1829.7 Sigamos escuchando. Si Constantinopla no estaba en peligro, los aliados debían adelantar algunas divisiones hasta Varna para rechazar cualquier intento de sitiar Silistra. Hecho esto, se ofrecían otras dos operaciones: desembarcar cerca de Odesa o apoderarse de Crimea. Ambas debían considerarlas los generales aliados sobre el terreno. Las instrucciones terminan con algunos sanos consejos militares en forma de máximas y apotegmas:

«Estad siempre informados de lo que hace el enemigo. Mantened juntas vuestras tropas, no las dividáis; pero si tenéis que dividirlas, disponedlo de modo que podáis reunirlas de nuevo en un punto dado en veinticuatro horas, etc.».

Todo esto son, en efecto, reglas de conducta muy valiosas, pero tan terriblemente trilladas, tan indescriptiblemente vulgares, que hay que concluir enseguida que St-Arnaud pasaba a los ojos de su amo por un perfecto ignorante, puesto que necesitaba tan buenos consejos. Y de pronto las instrucciones se interrumpen inesperadamente así:

«¡Tiene usted toda mi confianza, mariscal! Vaya, porque estoy seguro de que bajo su experta dirección el águila francesa conquistará nueva gloria».

En cuanto al punto principal, la expedición de Crimea, Bonaparte confiesa que era su plan favorito y que más tarde envió a St-Arnaud un segundo paquete de instrucciones al respecto. Pero niega haber elaborado el plan en detalle y haberlo enviado al cuartel general. Según él, los generales tenían libertad para preferir el desembarco cerca de Odesa. Como prueba se reproduce un pasaje de estas nuevas instrucciones. Bonaparte propone en él un desembarco en Feodosia (Kaffa), en atención al fondeadero seguro y espacioso que ofrecería a las flotas, que habrían de formar siempre la base de operaciones del ejército. Qué es una base de operaciones ya había intentado explicárselo al famoso mariscal en la primera instrucción del modo más prolijo y elemental. Desde este punto —Kaffa— el ejército debía marchar sobre Simferópol, arrojar a los rusos sobre Sebastopol, ante cuyas murallas se libraría probablemente una batalla, y finalmente sitiar Sebastopol. ¡«Desgraciadamente», los generales aliados no siguieron este plan! Esta circunstancia «desgraciada» es tanto más afortunada cuanto que permite a Bonaparte sacudirse toda la responsabilidad del enojoso asunto y echarla sobre los hombros de los generales. El plan de desembarcar con 60.000 hombres en Kaffa y marchar desde allí sobre Sebastopol es, en efecto, original. Tomando como regla general que la fuerza ofensiva de un ejército en país enemigo disminuye por lo menos en la misma proporción en que aumenta la distancia a su base de operaciones, ¿cuántos hombres habrían llevado los aliados a Sebastopol tras una marcha de más de 120 millas? ¿Cuántos habría habido que dejar en Kaffa? ¿Cuántos para ocupar y fortificar los puntos intermedios? ¿Cuántos para proteger los convoyes y limpiar el país? No se habrían podido concentrar ni 20.000 hombres bajo las murallas de una fortaleza que requiere el triple de esa cifra para su simple bloqueo. Si Bonaparte va alguna vez él mismo a la guerra y la hace según estos principios, la misma familia representará en todo caso el antagonismo más asombroso de la historia militar.8 En cuanto al fondeo seguro en Kaffa, todo marinero del mar Negro sabe, y toda carta náutica muestra, que Kaffa es una rada abierta, protegida solo contra los vientos del norte y del oeste, mientras que las tormentas más peligrosas del mar Negro amenazan con vientos del sudeste y del sudoeste. Así, por ejemplo, la tormenta del 14 de noviembre.9 Si las flotas hubieran estado entonces fondeadas en Kaffa, sin duda habrían sido arrojadas contra la costa de sotavento.

Llega ahora la parte más difícil de la obra. Luis Bonaparte, según cree, se ha quitado felizmente de encima la responsabilidad que el panfleto de Bruselas le echa. Pero no cabe sacrificar a Raglan y a Canrobert.10 En consecuencia, para demostrar la competencia de dichos generales, se traza un esbozo del arte de sitiar. Este esbozo, sin embargo, solo sirve para mostrar cómo no debe tomarse Sebastopol, porque termina asegurando que todas esas reglas eran inaplicables a Sebastopol.

«Por ejemplo», se dice, «en un sitio ordinario, en el que se ataca un frente, la longitud de la última paralela sería de unos 300 metros y la longitud total de las trincheras no pasaría de 4.000 metros. Aquí, en cambio, la extensión de la paralela es de 3.000 metros y la longitud lineal total de las trincheras, de 41.000 metros».

Cierto, pero esa es precisamente la cuestión: ¿por qué se ha preferido esta enorme extensión del ataque, cuando todas las circunstancias imponían la mayor concentración posible del fuego en uno o dos puntos determinados? La respuesta es:

«Sebastopol no es como cualquier otra fortaleza. Solo tiene un foso poco profundo, sin escarpas de mampostería, y esas obras de defensa están sustituidas por abatidas y empalizadas. Así, nuestro fuego solo podía hacer poco efecto en los parapetos de tierra».

Como esto no puede haberse escrito para el mariscal St-Arnaud, que quizá se lo hubiera creído, tiene que haberse escrito exclusivamente para uso y provecho del campesinado francés, porque cualquier suboficial del ejército francés se reirá de semejante galimatías. Las empalizadas, si no están en el fondo de un foso o al menos fuera de la vista del enemigo, son muy pronto derribadas a metralla. Las abatidas pueden incendiarse. Tienen que estar al pie del glacis, a unas 60-80 yardas de los parapetos, porque si no estorban el fuego de los cañones. De dónde iba a salir en este país sin árboles la madera para estas abatidas —árboles largos tendidos en el suelo, con las ramas aguzadas vueltas hacia el enemigo, y el conjunto firmemente trabado—, eso lo calla el Moniteur.11 Que las empalizadas sean un progreso respecto a las escarpas de mampostería es sin duda una novedad; porque estas defensas de madera pueden incendiarse con mucha facilidad y permiten así un asalto en cuanto se ha reducido al silencio a los cañones del enemigo.

Por último, nos enteramos de que la exposición que acabamos de examinar ha de demostrar que los generales aliados hicieron lo posible, más aún, más de lo que cabía esperar de ellos en las circunstancias dadas, más aún, que incluso se cubrieron de gloria. ¡Mala cosa para la gloria que hay que demostrar, y que se demuestra así! Si los señores generales no pudieron cercar Sebastopol, si no pudieron expulsar al ejército ruso de observación, si todavía no están en Sebastopol, bueno, eso se debe solo a que no eran bastante fuertes. En efecto, no lo son. Pero si no lo eran, ¿quién es responsable de este mayor de todos los errores? Nadie más que Bonaparte. Esa es la conclusión necesaria a la que llevaba el editorial del Moniteur. Qué impresión ha causado en París lo muestra el siguiente extracto de la carta del corresponsal en París del Times, por lo demás tan servil:

«Algunas personas consideran este artículo un mero prefacio a la evacuación total de Crimea. En un círculo legitimista se dice: nos hicieron esperar una guerra a lo Napoleón, pero parece que ahora vamos a tener una paz a lo Luis Felipe. Por otro lado, en el ánimo de la clase trabajadora del Faubourg Saint-Antoine predominan impresiones de tipo parecido. Interpretan el artículo como una abierta confesión de debilidad impotente».

  1. El folleto De la conduite de la guerre d'Orient, publicado anónimamente en Bruselas a comienzos de 1855 y atribuido al príncipe Napoleón (Jérôme), primo del emperador, que criticaba la dirección de la expedición de Crimea. ↩

  2. «Presión desde fuera», la de la opinión pública. ↩

  3. Armand-Jacques Leroy de Saint-Arnaud (1798-1854), mariscal, ministro de la Guerra tras el golpe de 1851 y comandante en jefe francés en Oriente hasta su muerte, poco después de la batalla del Alma. ↩

  4. El zar Nicolás I murió el 2 de marzo de 1855. ↩

  5. El tratado de Adrianópolis (1829) puso fin a la guerra ruso-turca de 1828-1829; el de Küçük Kaynarca (1774), a la de 1768-1774. ↩

  6. El general Pierre Dupont capituló con su cuerpo de ejército ante los españoles en Bailén en julio de 1808; el general Dominique Vandamme fue rodeado y capturado con su cuerpo en Kulm (Bohemia) en agosto de 1813. ↩

  7. Helmuth von Moltke, Der russisch-türkische Feldzug in der europäischen Türkei 1828 und 1829 (Berlín, 1845). ↩

  8. Es decir, el sobrino frente al tío, Napoleón I. En la versión del New-York Daily Tribune (The Eastern Question, Londres, 1897, p. 539) la frase dice: «puede ir encargando ya alojamiento en el hotel Mivart de Londres, porque nunca volverá a ver París». ↩

  9. La tormenta del 14 de noviembre de 1854, que hundió o dañó numerosos barcos aliados ante Balaklava y Eupatoria. ↩

  10. Fitzroy Somerset, lord Raglan (1788-1855), y François Canrobert (1809-1895), comandantes en jefe británico y francés en Crimea. ↩

  11. En la versión del New-York Daily Tribune sigue aquí esta frase: «La falta de escarpas de mampostería no tiene nada que ver con lo prolongado del sitio, pues, según la descripción del propio Moniteur, solo entran en juego cuando se han establecido las baterías de brecha en lo alto del glacis, una posición de la que los aliados están todavía lejos» (The Eastern Question, p. 540). ↩