Escrito por Karl Marx en Londres el 21 de marzo de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 141, del 24 de marzo de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 141-145), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 21 de marzo. En la sesión de ayer de la Cámara de los Lores, lord Lyndhurst, el viejo colega de Liverpool y de Castlereagh,1 presentó su moción, anunciada hacía tiempo, «sobre la relación de Prusia con la conferencia de Viena». Dos circunstancias, observó, habían dado últimamente un nuevo interés a esta cuestión: el mensaje del emperador de Rusia moribundo a la corte prusiana y el manifiesto de Alejandro II, en el que promete completar la política de Pedro, de Catalina, de Alejandro y de su padre. Cómo entendía la propia Rusia la política prusiana podía verse en los siguientes extractos de un despacho secreto que Pozzo di Borgo2 dirigió a Nesselrode3 poco antes de que estallara la guerra de 1828-1829.4 Dice allí, entre otras cosas:
«Si Rusia recurriera a medidas coercitivas contra Turquía, hay todas las razones para creer que Prusia no se opondría a ella en modo alguno, sino que, al contrario, la actitud de Prusia, a la vez libre y amistosa, actuará como un obstáculo poderoso sobre los demás Estados y los llevará a aceptar resultados acordes con la dignidad y los intereses de Rusia. Será necesario hacer partícipe de esta confianza, en cierta medida, al gabinete de Berlín y convencerlo de que el papel que asignamos a Prusia contribuirá a aumentar la feliz intimidad entre los dos soberanos y las dos cortes».
¿Era posible, exclama Lyndhurst, anticipar con un espíritu más profético la dirección que ha seguido la corte prusiana en los últimos seis o doce meses? Prusia había firmado, ciertamente, los protocolos del 5 de diciembre, del 13 de enero y del 9 de abril.5 El fin de esos protocolos era lograr la evacuación de los Principados del Danubio y obtener garantías que protegieran la independencia del sultán y la integridad de Turquía. ¿Había obrado la corte prusiana conforme a ese fin? Con ocasión del empréstito de 30 millones de táleros para operaciones militares, el barón Manteuffel6 había declarado que Prusia había expresado su opinión sobre la política rusa en los protocolos mencionados en el sentido de que se había cometido una gran injusticia, pero que no se consideraba obligada a ir más allá y a participar activamente. ¿Era ese el lenguaje de una gran nación? ¿Y no estaba Prusia expresamente obligada a proteger a Turquía por los tratados de 1840 y 1841?7 El barón Manteuffel había añadido que la independencia de Alemania o los intereses alemanes no estaban implicados en la disputa y que, por tanto, Prusia no estaba obligada a hacer ningún sacrificio. Pero el propio barón Manteuffel había hecho constar lo contrario en otro documento. Por lo demás, una vez que el zar se hubiera apoderado de Constantinopla, sería superfluo seguir hablando de independencia alemana y de intereses alemanes. Tendrían entonces que sucumbir a una potencia preponderante. Tras aludir además a la destitución del ministro de la Guerra Bonin, a la retirada del embajador Bunsen de Londres8 y a que se impidió un mensaje de respuesta de las Cámaras prusianas al discurso del trono, lord Lyndhurst llega «al segundo acto de este drama político». Pasado un tiempo considerable, Austria había juzgado oportuno exigir a Rusia la evacuación de los Principados del Danubio. Esta exigencia se redactó y se envió a Berlín para que la firmara. De Berlín se enviaron a Viena contrapropuestas, del todo insuficientes, pero que hacían perder tiempo, porque había que comunicarlas a los aliados para que las examinaran. Rusia, entretanto, había evacuado los Principados, pero manteniendo ocupada una parte por razones militares, y había declarado que se mantendría por completo a la defensiva. Prusia se había retirado entonces de la confederación, porque Rusia había satisfecho todas las pretensiones razonables. Desde ese momento, Prusia había hecho todo lo posible por frustrar los planes de Austria. Con este fin había hecho propuestas, en gran parte con éxito, a la Dieta federal y a los distintos Estados alemanes. Al mismo tiempo, Rusia agradeció públicamente a dos Estados alemanes su negativa a unirse a los aliados. Él (Lyndhurst) llegaba ahora al tercer y último acto del drama. Los aliados habían fijado una reunión en Viena para el 8 de agosto, a fin de decidir qué se exigiría a Rusia como base de toda negociación preliminar. Se había avisado de ello a Prusia de la manera habitual, y el aviso se había repetido más de una vez. Prusia no se había negado expresamente a asistir, pero de hecho no se había presentado en la conferencia. A consecuencia de su ausencia, los aliados, en lugar de redactar un protocolo, habían firmado una nota que establecía los cuatro puntos como base de las negociaciones futuras. Estos cuatro puntos se habían presentado luego a Rusia para que los aceptara, y Rusia se había negado. Prusia, por su parte, publicó e hizo circular un documento en el que ponía objeciones a los cuatro puntos. Asimismo siguió impidiendo, en la Dieta federal y en las distintas cortes alemanas, que los pequeños Estados alemanes se adhirieran a los aliados. Concluido el tratado del 2 de diciembre, se comunica a Prusia que se ha dejado lugar para su adhesión. Prusia se negó a adherirse, pero se declaró dispuesta a concertar por separado tratados parecidos con Francia e Inglaterra. Desde el momento en que estas aceptaron la propuesta, había exigido, en distintas negociaciones y distintas propuestas, innumerables modificaciones que con seguridad Francia e Inglaterra tenían que rechazar. Cuando él (Lyndhurst) hablaba de Prusia, se refería a la Prusia oficial. Sabía que la nación prusiana, en su gran mayoría, tenía sentimientos antirrusos. Era incomprensible que Prusia, tras haberse negado a adherirse al tratado del 2 de diciembre, pudiera exigir que se la admitiera en las negociaciones de Viena. Esperaba que las potencias aliadas no admitieran con ningún pretexto a un representante prusiano. Si ocurría lo contrario, Rusia tendría en el congreso de Viena dos votos en lugar de uno. La diplomacia prusiana había permanecido inalterable desde Federico el Grande. Recordaba 1794, la época inmediatamente anterior y posterior a la batalla de Austerlitz,9 etc.
Lord Clarendon: se limitaría a llenar algunas lagunas respecto a las comunicaciones que había habido entre Inglaterra y Prusia. Después de que el gabinete ruso rechazara las condiciones de los aliados, se convocó una conferencia de los respectivos plenipotenciarios, que, sin embargo, no pudo celebrarse porque el representante del gobierno prusiano no quiso asistir. Más tarde, es verdad, el embajador prusiano en Londres le había declarado que su gobierno daría a su plenipotenciario en Viena la autorización requerida. Pero él (Clarendon) había declarado: «Es demasiado tarde». La correspondencia entre Prusia y Austria había servido a Rusia. Antes de la firma del tratado del 2 de diciembre ya se había invitado a Prusia a adherirse, pero en vano. Prusia había exigido que se la admitiera sin condiciones en la nueva conferencia, porque era una continuación de la conferencia anterior, que no había terminado y de la que ella en modo alguno se había retirado. Respecto a esto último, el gobierno inglés se remitió al hecho de que en una ocasión anterior no se había podido celebrar ninguna conferencia porque Prusia no quiso asistir, aunque se le rogó repetidamente. La nueva conferencia tampoco era en modo alguno una continuación de la antigua, porque, cuando Austria pidió en octubre y noviembre a Francia e Inglaterra que la reanudaran, se le respondió que había pasado el tiempo de los protocolos y las conferencias, pero que, si Austria contraía con ellas un compromiso de guerra, verían si la paz era factible. Esto había llevado al tratado del 2 de diciembre. Después se había estado dispuesto a concertar tratados especiales con Prusia.
«Pero permitir a Prusia reclamar todos los privilegios sin compartir ningún peligro, admitirla sin condiciones en una conferencia que puede terminar en la paz, pero también llevar a una guerra en mayor escala, sin que declare cuáles son sus intenciones o su política, sin que contraiga con nosotros una unión inmediata o eventual, sin saber si viene a la conferencia como neutral, como enemiga o como amiga, eso es absolutamente imposible».
Las misiones especiales que Prusia había enviado después habían sido acogidas en Londres y en París con igual cordialidad, pero hasta ahora no habían conducido a nada. Con todo, él no consideraba rotas las negociaciones. Hacía solo tres días se habían hecho nuevas propuestas. Por desgracia, sin embargo, las conferencias de Viena se habían abierto mientras Prusia seguía excluida por su propio acto. Una gran potencia como Prusia no debía encerrarse en el más estrecho aislamiento alemán. Se había protestado repetidas veces contra esta actitud. La respuesta constante era que la paz era la política de Prusia. Pero su política no era en realidad «ni europea, ni alemana, ni rusa», sino más apta para contrariar a Austria que para tener en jaque a Rusia. Pese a todo, Prusia no podía permanecer mucho tiempo aislada en cuanto estuvieran en juego grandes intereses europeos. No podía ponerse del lado de Rusia en contradicción con el sentimiento nacional de Prusia y de Alemania. Sabía muy bien que, del lado de Rusia contra Austria, caería en la dependencia de la primera. No quería ponerse del lado de Austria. Al contrario, había adoptado una actitud poco amistosa hacia Austria.
«Digo, por tanto, que Prusia se encuentra en una posición aislada y falsa. Esto puede ser satisfactorio para sus enemigos, pero lo lamentan profundamente sus aliados y los patriotas de su propia población».
No se ahorraría ningún esfuerzo, aseguró por último, para ganar la cooperación de Prusia.
En la Cámara de los Comunes, lord William Graham interpeló al primer ministro:
«si el embajador austriaco había pedido a lord Clarendon una aclaración sobre las palabras pronunciadas por sir Robert Peel en su reelección, según las cuales ninguna solución de la cuestión de Oriente sería satisfactoria sin el restablecimiento de Polonia y de Hungría».
Lord Palmerston, en lugar de responder a esta pregunta, empezó por felicitarse de que sir Robert Peel hubiera aceptado un puesto en su administración. En cuanto a Hungría, Austria sabía desde hacía tiempo que Inglaterra consideraría su separación del Imperio una gran desgracia europea, porque el Imperio, como cuerpo de conjunto en el centro de Europa, era un elemento esencial del equilibrio de poder. En cuanto a Polonia —(una pequeña pausa en la respuesta de Palmerston y la curiosa manera en que reanudó su discurso provocaron aquí risas considerables)—, opinaba que el reino de Polonia, tal como estaba constituido ahora y tal como se poseía ahora, era una amenaza permanente para Alemania. Pero las estipulaciones sobre una nueva configuración de Polonia no formaban parte de los puntos que se negociaban actualmente en Viena. Con todo, Inglaterra y Francia se habían reservado añadir, según las circunstancias o los acontecimientos de la guerra, a los cuatro puntos sobre cuya base se negociaba ahora otras estipulaciones que les parecieran esenciales para la seguridad futura de Europa.
John Singleton Copley, lord Lyndhurst (1772-1863), lord canciller en gobiernos tories; Robert Jenkinson, conde de Liverpool (1770-1828), primer ministro de 1812 a 1827, y Robert Stewart, vizconde Castlereagh (1769-1822), su ministro de Asuntos Exteriores. ↩
Carlo Andrea Pozzo di Borgo (1764-1842), diplomático corso al servicio de Rusia, embajador en París y en Londres. Sus despachos, hallados por los insurrectos polacos de 1830-1831, se publicaron en el Portfolio de David Urquhart. ↩
Karl Robert Nesselrode (1780-1862), ministro de Asuntos Exteriores de Rusia de 1816 a 1856. ↩
La guerra ruso-turca de 1828-1829, terminada con la paz de Adrianópolis. ↩
Protocolos de la conferencia de Viena de las cuatro potencias (Austria, Prusia, Inglaterra y Francia) del 5 de diciembre de 1853 y del 13 de enero y el 9 de abril de 1854. ↩
Otto von Manteuffel (1805-1882), presidente del gobierno y ministro de Asuntos Exteriores de Prusia de 1850 a 1858. ↩
El tratado de Londres del 15 de julio de 1840, firmado por Prusia con Inglaterra, Rusia y Austria contra Mehmet Alí, y el tratado de los Estrechos del 13 de julio de 1841. ↩
Eduard von Bonin (1793-1865), ministro de la Guerra de Prusia, destituido en mayo de 1854; Christian Karl Josias von Bunsen (1791-1860), embajador prusiano en Londres, retirado el mismo año. Ambos eran partidarios de las potencias occidentales. ↩
En 1794 Prusia, subvencionada por Inglaterra para la guerra contra la Francia revolucionaria, desvió sus tropas a Polonia y en 1795 firmó la paz por separado en Basilea; en 1805 se mantuvo al margen de la tercera coalición, y tras la batalla de Austerlitz (2 de diciembre de 1805) firmó con Napoleón el tratado de Schönbrunn. ↩