Escrito por Karl Marx en Londres el 29 de mayo de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 249, del 1 de junio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 257-262), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW, que añadió el subtítulo. Se corrige una errata de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 29 de mayo. La elocuencia de Gladstone1 nunca había encontrado una expresión más completa y exhaustiva que en su speech del jueves por la noche.2 Pulida suavidad, profundidad vacía, unción no sin ingrediente venenoso, pata de terciopelo no sin garra, distinciones escolásticas y distingos menudos, questions y quaestioniculae,3 todo el arsenal del probabilismo4 con su conciencia casuística y sus reservas sin conciencia, sus motivos sin escrúpulos y sus escrúpulos motivados, humilde pretensión de superioridad, intriga virtuosa, sencillez llena de cláusulas, Bizancio y Liverpool.5 El discurso de Gladstone giró menos en torno a la cuestión de la guerra o la paz entre Inglaterra y Rusia que en torno a la indagación de por qué Gladstone, miembro hasta hace poco de un ministerio beligerante, se ha convertido ahora en el Gladstone del partido de la paz a cualquier precio. Analizó, escudriñó en todas direcciones los límites de su propia conciencia, y exigió, con modestia característica, que el Imperio británico se moviera dentro de los límites de la conciencia gladstoniana. Su discurso tuvo por ello un tinte diplomático-psicológico que, si metía conciencia en la diplomacia, metía todavía más diplomacia en la conciencia.

La guerra contra Rusia fue en su origen justa, pero hemos llegado ahora al punto en que su continuación se vuelve pecaminosa. Desde el comienzo de los disturbios de Oriente hemos ido subiendo poco a poco nuestras exigencias. Nos movíamos con nuestras condiciones en una línea ascendente, mientras Rusia ha ido bajando desde la altura de su intransigencia. Al principio Rusia reclamaba no solo un protectorado espiritual, sino también temporal, sobre los cristianos griegos de Turquía. No quería renunciar a ninguno de los antiguos tratados, y ni siquiera evacuar las provincias del Danubio más que eventualmente. Se negaba a asistir a ningún congreso de las potencias en Viena y emplazaba al enviado turco a San Petersburgo o al cuartel general ruso. Ese era el lenguaje de Rusia todavía el 2 de febrero de 1854. ¡Qué distancia de las exigencias de entonces de las potencias occidentales a los cuatro puntos!6 Y todavía el 26 de agosto de 1854 declaraba Rusia que nunca aceptaría los cuatro puntos sino tras una lucha larga, desesperada y funesta. ¡Qué distancia, de nuevo, de ese lenguaje de Rusia en agosto de 1854 a su lenguaje de diciembre de 1854, en el que prometía aceptar los cuatro puntos «sin reservas»! Esos cuatro puntos forman el nudo hasta el que pueden subir nuestras exigencias y bajar las concesiones de Rusia. Lo que está más allá de esos cuatro puntos está más allá de la moral cristiana. ¡Pues bien! Rusia ha aceptado el primer punto; ha aceptado el segundo; no ha rechazado el cuarto, porque no se ha discutido. Solo queda, pues, el tercer punto, o sea, solo ¼, y ni siquiera el tercer punto entero, sino solo la mitad del tercer punto, o sea, solo ⅛ de diferencia. El tercer punto consta, en efecto, de dos partes: n.º 1, la garantía del territorio turco; n.º 2, la reducción del poder ruso en el mar Negro. Con el n.º 1 Rusia se declara más o menos conforme. Solo queda, pues, la segunda mitad del tercer punto. Y también aquí Rusia no se declara contra la limitación de su superioridad naval; solo se declara contra nuestro método de llevarla a efecto. Las potencias occidentales han propuesto un método; Rusia propone no uno, sino dos métodos distintos, de modo que también aquí lleva ventaja a las potencias occidentales. En cuanto al método propuesto por las potencias occidentales, hiere el honor del Imperio ruso. Pero no hay que herir el honor de un imperio sin reducir su poder. Por otra parte, no hay que reducir su poder, porque con ello se hiere su honor. Opiniones distintas sobre el «método», un punto de diferencia de ⅛, que, en consideración a los «métodos», ha de tasarse en 1/32: ¿y por eso ha de sacrificarse medio millón más de hombres? Hay que declarar, al contrario, que hemos alcanzado los fines de la guerra. ¿Hemos de continuarla, entonces, por el mero prestigio, por la gloria militar? Nuestros soldados se han cubierto de gloria. Si, pese a ello, Inglaterra ha caído en descrédito en el continente,

«por el amor de Dios», exclamó el honorable caballero, «no venguéis ese descrédito con sangre humana; borradlo enviando al extranjero información más exacta».

Y, en efecto, ¿por qué no «rectificar» a los periódicos extranjeros? Nuevos éxitos de las armas aliadas, ¿a qué conducen? Obligan a Rusia a una resistencia más tenaz. ¿Derrotas de los aliados? Soliviantan a los londinenses y a los parisinos y obligan a un ataque más audaz. ¿A qué conduce, pues, hacer la guerra por la guerra? Al principio Prusia, Austria, Francia e Inglaterra estaban unidas en sus exigencias frente a Rusia. Prusia ya se ha retirado. Si se va más lejos, también Austria se retirará. Inglaterra quedaría aislada con Francia sola.

Si Inglaterra continúa la guerra por razones que ninguna otra potencia comparte, salvo Francia, «la autoridad moral de su posición quedaría muy debilitada y minada».

En cambio, con una paz con Rusia, aunque pierda el prestigio, que es de este mundo, fortalece su «autoridad moral», a la que no roen ni la polilla ni el orín.7 Y además, ¿qué se quiere, si no se quiere el método de Rusia para cumplir la segunda mitad del tercer punto? ¿Se quiere desmembrar el Imperio ruso? Imposible sin provocar una «guerra de las nacionalidades». ¿Quiere Austria, puede Francia apoyar una guerra de las nacionalidades? Si Inglaterra emprende una «guerra de las nacionalidades», tiene que emprenderla sola; es decir, «no la emprenderá en absoluto». No es posible, por tanto, nada, salvo no exigir nada que Rusia no haya concedido.

Ese fue el discurso de Gladstone, si no en la letra, sí en el espíritu. Rusia ha cambiado de lenguaje: prueba de que ha cedido en el fondo. Para el honorable puseyista8 el lenguaje es el único fondo. También él ha cambiado de lenguaje. Ahora pronuncia jeremiadas sobre la guerra; «todo el dolor de la humanidad se apodera de él».9 Pronunciaba apologías cuando se encarnizaba contra el comité de investigación10 y encontraba en regla que se entregara a un ejército inglés a todos los sufrimientos de la muerte por hambre y de la peste. ¡Desde luego! Entonces el ejército se sacrificaba por la paz. El pecado empieza cuando se sacrifica por la guerra. Acierta, sin embargo, cuando demuestra que el Gobierno inglés nunca tomó en serio la guerra contra Rusia; acierta cuando demuestra que ni el actual Gobierno inglés ni el actual Gobierno francés pueden ni quieren hacer una guerra seria contra Rusia; acierta cuando demuestra que los pretextos de la guerra no valen un tiro de pólvora. Solo olvida que esos «pretextos» son suyos y de sus antiguos colegas, mientras que la «guerra» misma se la impuso el pueblo inglés. La dirección de la guerra no fue para ellos más que un pretexto para paralizarla y conservar sus puestos. Y de la historia y la metamorfosis de los falsos pretextos con que hicieron la guerra concluye con acierto que pueden hacer la paz con pretextos igual de falsos. Solo en un punto está en desacuerdo con sus viejos colegas. Él está out, ellos están in.11 Un falso pretexto bueno para el exministro no es un falso pretexto bueno para el ministro, aunque la salsa que vale para el ganso valga también para la gansa.12

Esta tremenda confusión de conceptos de Gladstone dio a Russell13 la señal tan esperada. Se levantó y pintó de negro a Rusia, donde Gladstone la había pintado de blanco. Pero Gladstone estaba out y Russell estaba in. Después de soltar a voces todos los lugares comunes conocidos, y verdaderos pese a su trivialidad, sobre los planes rusos de conquista del mundo, fue al grano, al grano de Russell. Nunca, declaró, se había degradado tan por completo una gran cuestión nacional como lo había hecho Disraeli. Y, en efecto, ¿puede degradarse más una gran cuestión nacional, más aún, una cuestión de alcance histórico universal, que identificándola con el pequeño Johnny, con Johnny Russell? Solo que no era en realidad culpa de Disraeli que Europa contra Rusia figurara, al comienzo y al final de este primer periodo de la guerra, como Russell contra Nesselrode.14 Curiosas vueltas dio el hombrecillo cuando llegó a los cuatro puntos. Por un lado, tenía que demostrar que sus condiciones de paz guardaban proporción con los terrores rusos que acababa de desplegar. Por otro, tenía que demostrar que, fiel a su promesa voluntaria y no provocada a Títov y a Gorchakov,15 había propuesto las condiciones «que mejor armonizaban con el honor de Rusia». Demostró, pues, por un lado, que Rusia solo existe nominalmente como potencia naval y que, por tanto, puede muy bien permitir una limitación de ese poder puramente imaginario. Demostró, por otro, que la marina que la propia Rusia ha hundido es temible para Turquía y, por tanto, para el equilibrio europeo, y que, por consiguiente, «la segunda mitad del tercer punto» formaba un gran todo. A más de uno su adversario lo acorrala entre los dos cuernos de un dilema. Russell se ensartó él solo en ambos cuernos. De su talento diplomático dio nuevas pruebas. De la alianza activa de Austria no había nada que esperar, porque una batalla perdida tendría que llevar a los rusos hasta Viena. Así anima a uno de los aliados.

«Nuestro sentimiento es», prosiguió, «que la intención de Rusia es apoderarse de Constantinopla y reinar allí, puesto que Turquía se encuentra evidentemente en camino de la decadencia; y no dudo de que Rusia abriga la misma opinión sobre las intenciones de Francia e Inglaterra en el desmembramiento de ese país».

Solo le faltó añadir: «Pero se equivoca. No Inglaterra y Francia, sino solo Inglaterra ha de apoderarse de Constantinopla». Así animó el gran diplomático a Austria a tomar partido; así reveló a Turquía cuál es la opinión, y por cierto «evidente», de sus salvadores, sus amigos de partido. Un progreso, sin embargo, ha hecho como táctico parlamentario. En julio de 1854, cuando fanfarroneaba sobre la toma de Crimea, se dejó desconcertar por Disraeli hasta el punto de comerse por su propia boca sus heroicas palabras antes de la votación de la Cámara. Esta vez aplazó ese proceso de autodevoración, la retractación de su anunciada lucha universal contra Rusia, hasta después de consumada la votación. ¡Un gran progreso, este!

Su discurso contiene además dos ilustraciones históricas: su comiquísima descripción de las negociaciones con el emperador Nicolás sobre el tratado de Kainarca16 y un esbozo de la situación alemana. Ambas merecen mención en extracto. Russell, como recordará el lector, había reconocido de antemano el protectorado de Rusia, apoyado en el tratado de Kainarca. El enviado inglés en San Petersburgo, sir Hamilton Seymour,17 se mostró más difícil, más escéptico. Hizo ante el Gobierno ruso unas indagaciones cuya historia Russell tiene la ingenuidad de contar como sigue:

«Sir Hamilton Seymour pidió al difunto emperador de Rusia que tuviera la bondad de mostrarle la parte del tratado en que se fundaban sus pretensiones. Su Majestad Imperial dijo: “No voy a mostrarle el artículo concreto del tratado en que se funda mi pretensión (al protectorado). Vaya usted al conde Nesselrode; él lo hará”. Hamilton Seymour acudió, pues, con su petición al conde Nesselrode. El conde Nesselrode respondió que no estaba familiarizado con los artículos del tratado e invitó a Hamilton a dirigirse al barón Brunnow,18 o a su Gobierno a dirigirse a este, y el barón les diría en qué parte del tratado se fundaba la pretensión del emperador. Creo que el barón Brunnow nunca intentó mostrar semejante artículo en el tratado».

De Alemania contó el noble lord:

«En Alemania, Rusia está unida por matrimonio con muchos de los pequeños príncipes. Muchos de esos príncipes, lamento tener que decirlo, gobiernan con gran miedo a la supuesta disposición revolucionaria de sus súbditos. Y por eso confían en la protección de sus ejércitos. Pero ¿quiénes son esas fuerzas armadas? Sus oficiales están seducidos y corrompidos por la corte rusa. La corte rusa reparte entre ellos órdenes, condecoraciones y recompensas, y en ciertos casos Rusia da dinero con regularidad para pagar sus deudas, de modo que Alemania, que debería ser la sede de la independencia, que debería ir a la cabeza en la protección de Europa contra la dominación rusa, lleva años minada y despojada de su independencia a fuerza de halagos, de artes rusas y de dinero ruso».

Y para ir delante de Alemania como columna de fuego19 y despertarla al «imperativo categórico», al deber ser,20 Russell se erigió en la Conferencia de Viena en portavoz «del honor y la dignidad de Rusia» y le hizo oír el orgulloso lenguaje del inglés libre e independiente.

  1. William Ewart Gladstone (1809-1898), peelita, canciller del Exchequer en el gabinete de coalición de Aberdeen y, durante unas semanas, en el primero de Palmerston, del que dimitió en febrero de 1855. ↩

  2. El 24 de mayo de 1855, en el debate de la moción de Disraeli que censuraba la ambigüedad del Gobierno en la cuestión de la guerra y la paz; la moción fue rechazada al día siguiente. ↩

  3. «Cuestiones y cuestioncillas»: el diminutivo latino parodia la jerga escolástica. ↩

  4. Doctrina de la teología moral casuística, asociada a los jesuitas, según la cual es lícito seguir una opinión probable aunque la contraria sea más probable. ↩

  5. Gladstone nació en Liverpool, hijo de un rico comerciante; «Bizancio» alude a su teología sutil. ↩

  6. Las condiciones de paz que las potencias occidentales y Austria presentaron a Rusia en agosto de 1854: protectorado colectivo de las potencias sobre los Principados del Danubio en lugar del ruso, libre navegación del Danubio, revisión del tratado de los Estrechos de 1841 «en interés del equilibrio europeo» (con la limitación del poder ruso en el mar Negro) y renuncia de Rusia al protectorado sobre los súbditos cristianos del sultán. Fueron la base de la Conferencia de Viena de marzo a junio de 1855. ↩

  7. Mateo 6, 19-20. ↩

  8. Partidario de Edward Bouverie Pusey (1800-1882), cabeza del movimiento de Oxford, que acercaba la Iglesia anglicana al catolicismo; Gladstone pertenecía a la corriente de la High Church. ↩

  9. Eco de Goethe, Fausto, primera parte, escena «Cárcel»: «Der Menschheit ganzer Jammer faßt mich an» («Todo el dolor de la humanidad se apodera de mí»). ↩

  10. El comité especial de la Cámara de los Comunes que, a propuesta de John Arthur Roebuck, investigó desde febrero de 1855 el estado del ejército ante Sebastopol; la votación de la moción de Roebuck, en enero, derribó el gabinete de Aberdeen. ↩

  11. Out: fuera del Gobierno, en la oposición; in: en el Gobierno. ↩

  12. Proverbio inglés: what is sauce for the goose is sauce for the gander, lo que vale para uno vale para el otro. ↩

  13. Lord John Russell (1792-1878), jefe de los whigs, ministro de las Colonias en el gabinete de Palmerston y plenipotenciario británico en la Conferencia de Viena de 1855. ↩

  14. Karl Robert von Nesselrode (1780-1862), ministro de Asuntos Exteriores de Rusia. ↩

  15. Vladímir Títov y el príncipe Alexandr Gorchakov, representantes de Rusia en la Conferencia de Viena. ↩

  16. El tratado de paz ruso-turco de Küçük Kaynarca (1774), en el que Rusia fundaba su pretensión de proteger a los cristianos ortodoxos del Imperio otomano. ↩

  17. Sir George Hamilton Seymour (1797-1880), embajador británico en San Petersburgo de 1851 a 1854. ↩

  18. Philipp von Brunnow (1797-1875), embajador de Rusia en Londres hasta la ruptura de 1854. ↩

  19. Éxodo 13, 21. ↩

  20. El imperativo categórico de la ética de Kant, que se expresa en el Sollen, el deber ser. ↩