Escrito por Karl Marx en Londres el 18 de julio de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 335, del 21 de julio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 365-367), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 18 de julio. A la tempestuosa, alborotada y ruidosa sesión nocturna de la Cámara de los Comunes del 16 de julio siguió por fuerza una reacción de cansancio, flojedad y abatimiento. El ministerio, familiarizado con los secretos de la patología parlamentaria, contaba con este desánimo para impedir toda votación sobre la moción de Roebuck,1 y no solo la votación, sino el debate mismo. Ningún miembro del ministerio habló antes de medianoche, poco antes del cierre de la sesión, aunque por un momento se produjo en la Cámara una pausa que invitaba a los ministros a dar explicaciones, y pese a los repetidos requerimientos desde todos los lados de la Cámara. El gabinete persistió en un silencio estoico y dejó al representante del marqués de Exeter, al representante de lord Ward y a otros suplentes semejantes de los pares entre los Comunes la tarea de hundir a la honorable Cámara en ese cieno tedioso que Dante convierte en su Infierno en residencia eterna de los indolentes.2 Había dos enmiendas a la moción de Roebuck, la enmienda del general Peel y la del coronel Adair,3 presentadas ambas por militares, y ambas resueltas en marchas de flanco. La enmienda de Peel pide que la Cámara vote la «cuestión previa», es decir, ni a favor ni en contra de la moción principal, rechazando toda respuesta a la pregunta de Roebuck. El coronel Adair pide que se apruebe la «política que concibió la expedición a Sebastopol» y que se exhorte a «perseverar en esa política». Para, pues, la censura de Roebuck por la mala ejecución con un elogio del buen origen de la expedición de Crimea.

El gabinete se abstuvo de toda declaración sobre cuál de las enmiendas hacía suya como ministerial. Parecía querer tomarle el pulso a la Cámara para refugiarse, o bien con el general Peel en una pregunta sin respuesta, o bien con el coronel Adair en una respuesta sin pregunta. Por fin la Cámara pareció sumida en aquel duermevela que Palmerston acechaba. Entonces adelantó al miembro más insignificante del gabinete, sir Charles Wood,4 que declaró ministerial la enmienda de Peel. Palmerston, apoyado por el grito de «¡A votar! ¡A votar!» en los bancos amigos, se levantó y «esperó que la Cámara llegara enseguida a una decisión». Creía haber «burkeado» a Roebuck5 y haberlo privado hasta del honor de un «gran debate», de un torneo parlamentario. Pero no fue solo Disraeli quien se opuso a la votación. Bright,6 con esa seriedad maciza que lo distingue, se levantó:

«El gobierno había querido evidentemente escamotear la cuestión planteada, y por eso se había abstenido de toda declaración hasta medianoche. El asunto era el más importante que jamás se hubiera presentado a la Cámara de los Comunes. Si el debate duraba una semana entera, eso solo podía redundar en beneficio del país».

Palmerston, obligado así a aceptar el aplazamiento del debate, tuvo que abandonar su plan de campaña original. Ha sufrido una derrota.

El discurso de Roebuck tuvo el gran mérito de la brevedad. Resumió con sencillez y claridad, no como abogado, sino como juez, como correspondía al presidente de la comisión de investigación, los motivos de su sentencia. Tuvo que luchar, evidentemente, con la misma dificultad que impide a la flota aliada entrar en el puerto de Sebastopol: con los barcos hundidos,7 los Aberdeen, Herbert, Gladstone, Graham, etc. Solo por encima de ellos podía llegar hasta Palmerston y los demás miembros supervivientes del gabinete de coalición. Le cerraban el acceso al gabinete actual. Roebuck trató de deshacerse de ellos con cumplidos. Newcastle y Herbert merecían elogio por su celo en el cargo, y lo mismo Graham. Lo que por lo demás hubieran pecado por falta de discernimiento quedaba castigado con su expulsión de Downing Street. Solo se trataba de alcanzar a los pecadores impunes. Esa era la verdadera intención de su moción. A Palmerston lo atacó en especial, no solo como cómplice, sino en particular como administrador de la milicia. Roebuck, para encajar su moción en los límites parlamentarios tradicionales, le quitó evidentemente la punta. Los argumentos de los padrinos ministeriales fueron de tan escasa sustancia que la forma soporífera en que se desarrollaron resultó francamente benéfica. Las declaraciones de los testigos están incompletas, clamaban unos. Nos amenazáis con el ostracismo, otros. El asunto es ya antiguo, opinaba lord Cecil.8 ¿Por qué no condenar a posteriori a sir R[obert] Peel? Cada miembro del gabinete es responsable en general de los pasos del gabinete, pero ninguno en particular. Así el «liberal» Phillimore.9 ¡Ponéis en peligro la alianza francesa, os constituís en jurado sobre el emperador de los franceses! Así Lowe (del Times)10 y, a su zaga, sir James Graham. Graham, como hombre de conciencia pura, se declara a sí mismo descontento con la pura negativa del general Peel. Insiste en un «culpable» o «inocente» de la Cámara. No se conforma con el not proven (no probado) con que los tribunales escoceses despachan los casos criminales dudosos. ¿Queréis de verdad restablecer la caduca y antiparlamentaria «acusación» (impeachment)? La prensa, la opinión pública, tiene la culpa de todo. Obligó a los ministros a la expedición, a destiempo, con medios insuficientes. ¡Si condenáis al ministerio, condenad a la Cámara de los Comunes, que lo respaldaba! Por último, la apología de sir Charles Wood. Si el propio Roebuck disculpa a Newcastle, a Herbert y a Graham, ¿cómo puede acusarnos a nosotros? No éramos nada, y no somos responsables de nada. Así Wood, en su «sentimiento que nada traspasa».11

  1. La moción de John Arthur Roebuck (1801-1879), diputado radical, que censuraba a todos los miembros del gabinete de coalición de Aberdeen cuya política había llevado a los desastres del ejército en Crimea. ↩

  2. En el canto VII del Infierno, los perezosos y los iracundos yacen sumergidos en el fango de la laguna Estigia. ↩

  3. El general Jonathan Peel (1799-1879), hermano de sir Robert Peel, diputado tory. ↩

  4. Sir Charles Wood (1800-1885), primer lord del Almirantazgo. ↩

  5. De William Burke, asesino de Edimburgo ahorcado en 1829, que ahogaba a sus víctimas para vender los cadáveres: «burkear», ahogar en silencio. ↩

  6. John Bright (1811-1889), fabricante de Lancashire, uno de los jefes de la escuela de Manchester y adversario de la guerra. ↩

  7. En septiembre de 1854 los rusos hundieron parte de su flota a la entrada de la bahía de Sebastopol para cerrarla a los barcos aliados. ↩

  8. Lord Robert Cecil (1830-1903), entonces joven diputado conservador, más tarde marqués de Salisbury y primer ministro. ↩

  9. Robert Joseph Phillimore (1810-1885), jurista y diputado. ↩

  10. Robert Lowe (1811-1892), diputado whig y editorialista del Times. ↩

  11. «Nichts durchbohrendes Gefühl»: parodia de «das allesdurchbohrende Gefühl seines Nichts», «el sentimiento de su nada, que todo lo traspasa», del drama de Schiller Cábala y amor. ↩