Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 29 de junio de 1855 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4439, del 12 de julio de 1855, con el título «From Sebastopol». El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 332-337), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW; la fecha añadida, la de su publicación, lo distingue del editorial del mismo título del 28 de mayo de 1855. Se corrigen dos erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Contra lo que esperaba el público, el correo del Pacific, que llegó ayer por la mañana, no trae ningún informe detallado sobre la derrota de los aliados ante Sebastopol el 18 de junio. Tenemos, es verdad, algunas cifras escuetas sobre el número de muertos y heridos en esa batalla, que comentamos brevemente más abajo. Pero, en lugar de los despachos esperados, tenemos por lo menos el informe detallado del general Pélissier sobre la conquista del Mamelón y de las canteras. Sin embargo, ni siquiera este es de tal naturaleza que muestre con mucha exactitud la línea de la política militar del hombre que manda ahora de hecho las 200.000 tropas aliadas de Crimea. Tenemos que creer más en las pruebas negativas que en las positivas si queremos llegar a una conclusión sobre este asunto. Para adivinar lo que Pélissier piensa hacer, no tenemos que mirar tanto a lo que hace como a lo que deja de hacer. Pero volvamos a la toma del Mamelón; presenta algunos rasgos que merecen examen.

El 6 y el 7 de junio se dedicaron a un cañoneo en toda la línea de las baterías aliadas. Pero, mientras que en el ataque de la izquierda (del bastión del Mástil1 al bastión de la Cuarentena) ese cañoneo quedó en mera demostración, en el ataque de la derecha (del Redán al monte Sapún) iba en serio. Aquí las obras exteriores rusas se sometieron a un fuego especialmente violento. Cuando su fuego pareció suficientemente silenciado y sus defensores suficientemente debilitados, se ordenó el asalto para la noche del 7. Los franceses tenían que tomar dos posiciones distintas, que formaban dos mesetas separadas por una hondonada; los ingleses, una meseta con una hondonada a cada lado. La manera en que los dos ejércitos se prepararon para el asalto fue característica de sus aptitudes y tradiciones propias. Los franceses emplearon cuatro divisiones, dos para cada ataque. Así, se concentraron dos divisiones contra el Mamelón Verde (reducto Kamchatka) y otras dos contra el monte Sapún;2 cada ataque, con dos brigadas en columnas separadas al frente para el asalto y dos brigadas en reserva. Dieciocho batallones tenían, pues, que cargar y dieciocho que apoyar: en total, por lo menos 28.000 a 30.000 hombres. Esta disposición concuerda por completo con los reglamentos y las tradiciones del ejército francés, que en las grandes cargas ataca siempre en columnas, y a veces en columnas algo pesadas. Los ingleses, formados del mismo modo, habrían requerido dos divisiones para la parte del trabajo que les tocaba: dos brigadas para el ataque y dos para la reserva. Pero, fieles a su propio sistema, destacaron para la carga unos 1.000 hombres, o unos dos batallones, apenas la mitad de una brigada francesa. Tenían sin duda fuertes reservas, pero aun así no emplearon más que un hombre donde los franceses habrían gastado tres. Es una consecuencia, en parte, del sistema británico de atacar en líneas en lugar de en columnas y, en parte, de la gran tenacidad del soldado británico en las posiciones defensivas. Ni siquiera esos 1.000 soldados británicos se lanzaron todos a la vez; primero cargaron 200 y tomaron las obras rusas; luego se enviaron como refuerzo otros 200; el resto siguió de la misma manera; y después 1.000 soldados británicos, una vez establecidos en la posición rusa, la sostuvieron contra seis ataques sucesivos y bajo el fuego continuo de frente y de enfilada de las obras rusas. Al amanecer, más de la mitad de ellos estaban muertos o heridos; pero el lugar era suyo, y algunos habían perseguido aquí y allá a los rusos hasta el Redán. Fue un hecho de armas que no habrían podido lograr 1.000 franceses. Pero la resistencia pasiva del soldado británico bajo el fuego apenas conoce límites, y cuando, como aquella noche, la refriega toma la forma de su diversión favorita, el boxeo callejero, está en su elemento y se pondrá a repartir golpes a uno contra seis con el mayor gusto del mundo.

En cuanto al ataque francés, el general Pélissier nos da largas enumeraciones de las brigadas y regimientos que intervinieron en él, y tiene para cada uno de ellos una palabra de elogio; pero sus explicaciones sobre las posiciones respectivas y las líneas de ataque de cada columna son del todo confusas, mientras que su relato del curso de la acción es casi ininteligible, y falta por completo una indicación de las pérdidas. Comparando este boletín oficial con otros informes, podemos deducir que los franceses tomaron el Mamelón al primer empuje, siguieron a los rusos que se retiraban hasta el bastión de Malájov, penetraron aquí y allá, fueron rechazados por los rusos, volvieron a perder el Mamelón, se situaron detrás de él en un semicírculo y, tras un nuevo ataque, se adueñaron finalmente de él. Al otro lado del barranco del Carenaje3 se tomó el reducto Volinsk con pocas pérdidas; la lucha por el reducto Selenguinsk, que está detrás de él, fue más seria, pero no comparable a la del Mamelón. A consecuencia del número exagerado de tropas que Pélissier lanzó sobre los puntos atacados y de las pesadas columnas que los franceses debieron de formar así, sus pérdidas tienen que haber sido muy considerables. El hecho de que no se diera ningún informe oficial sobre ellas basta para probarlo. Deberíamos suponer que 1.500 a 2.000 hombres no son cifras exageradas.

Los rusos se encontraban en circunstancias peculiares. No podían guarnecer esas obras exteriores con mucha gente, porque eso los habría expuesto a una aniquilación segura por la artillería enemiga aun antes de que se intentara el asalto. Así, solo podían tener un mínimo de defensores en esos reductos y tenían que confiar en el fuego dominante de su artillería desde Malájov y el Redán, así como en la acción de sus reservas en la fortaleza. Tenían dos batallones, unos 800 hombres, en el Mamelón. Pero, una vez tomados los reductos, nunca volvieron a ellos para establecerse de verdad. Descubrieron que un ejército sitiado puede perder muy deprisa una posición, pero no recuperarla con facilidad. El reducto del Mamelón era además de construcción tan complicada, con traveses y blindajes que formaban una especie de casamatas improvisadas, que su guarnición, aunque bien cubierta contra la artillería, estaba casi indefensa contra un asalto, pues cada compartimento apenas bastaba para alojar un cañón y un hombre que lo sirviera. En cuanto la pieza quedaba desmontada, la infantería destinada a defender la obra contra un asalto no tenía espacio para una posición desde la que pudiera actuar sobre las columnas de asalto con un fuego simultáneo en masa. Dividida en pequeños destacamentos, sucumbió al ímpetu de los atacantes y demostró de nuevo que, donde no puede combatir en grandes masas, la infantería rusa no iguala a los franceses en inteligencia ni en golpe de vista rápido, ni a los ingleses en desesperado coraje de bulldog.

Al combate del 7 siguió una pausa de diez días, durante la cual se terminaron y enlazaron trincheras, se señalaron emplazamientos de baterías y se trajeron cañones y municiones. Al mismo tiempo se hicieron dos reconocimientos hacia el interior del país. El primero, hacia Baidar, a 12 millas de Balaklava, en el camino de la costa sur, no fue más que preliminar; el segundo, contra Aitodor, 6 millas más allá de Chorgun, sobre el Chórnaya, se hizo en la dirección correcta. Aitodor está en la zona elevada que conduce al valle del alto Belbek, el único lugar, como hace tiempo hicimos constar, por donde puede rodearse con eficacia la posición rusa de Inkerman. Pero enviar allí una columna de reconocimiento y no seguir ese paso pisándole los talones con la ocupación de la zona por la fuerza y el comienzo inmediato de las operaciones, ¿qué significa sino avisar al enemigo de por qué lado está amenazado? Puede ser que el terreno en torno a Aitodor resultara inaccesible, aunque lo dudamos; y aun en ese caso, con esta maniobra quedaba demasiado clara la intención de una marcha de flanco para rodear al enemigo. Si esa marcha de flanco pudiera servir solo de ataque simulado, estaría bien; pero estamos convencidos de que hay que convertirla en el movimiento principal, y por eso no debería señalarse antes de que los aliados tengan de verdad la intención de emprenderla.

Pero, en lugar de proseguir esta débil demostración en campo abierto, el general Pélissier intentó algo muy distinto. El 18 de junio, el día de Waterloo, vio a las tropas inglesas y francesas marchar hombro con hombro para asaltar las líneas rusas del ataque de la derecha. Los ingleses atacaron el Redán; los franceses, Malájov. Así había de vengarse Waterloo; pero, por desgracia, la cosa salió mal. Ambos fueron rechazados tras una carnicería terrible. Las listas oficiales dan sus pérdidas en unos 5.000, pero, por la conocida falta de veracidad de las cifras francesas, nos inclinamos a calcularlas un 50 por ciento más altas. Como no se conocen detalles, los rasgos tácticos de esta batalla tienen que dejarse por completo de lado por ahora. Lo que podemos considerar ahora es su naturaleza estratégica y política.

Toda la prensa de Europa considera a Pélissier un hombre que no quiere que se le mande por telégrafo desde París y que actúa firmemente decidido según su propio criterio. Hemos tenido razones para dudar de esta clase particular de obstinación; y el hecho de que intentara vengar Waterloo «generosamente», es decir, con una victoria común de franceses e ingleses, confirma por completo nuestra duda. La idea de semejante hazaña solo podía venir de Su Majestad el emperador de los franceses, el gran amante de los aniversarios, el hombre que no puede dejar pasar ningún año el 2 de diciembre4 sin intentar algún truco extraordinario; el hombre que declaró ante la Cámara de los Pares que su vocación especial era vengar Waterloo.5 No puede caber duda de que Pélissier tenía las órdenes más estrictas de celebrar la batalla de Waterloo con un aniversario brillante. La manera en que lo ejecutó es la única parte del asunto de la que es responsable.

El asalto a las líneas del reducto de Karabélnaya, estamos más convencidos que nunca, tiene que considerarse un grave error. Pero, mientras no conozcamos a fondo al hombre, seguiremos concediendo a Pélissier el beneficio de todas las circunstancias que, a esta distancia del campo de batalla, puedan permitir una duda. Ahora bien, puede ser que las condiciones sanitarias en el Quersoneso Heracleótico, una cuestión sobre la que hace tiempo que venimos llamando la atención, sean tan malas que sería sumamente deseable terminar deprisa las operaciones en este pedacito de tierra. Las exhalaciones de los cadáveres en putrefacción de 25.000 hombres y 10.000 caballos son de tal naturaleza que actúan peligrosamente sobre la salud del ejército durante el verano. De las demás inmundicias allí acumuladas no queremos ni hablar. Quizá Pélissier piense que en poco tiempo es posible expulsar a los rusos del lado sur, destruir por completo la plaza, dejar solo a unos pocos hombres para custodiarla y salir luego a campo abierto con un ejército fuerte. Hacemos esta suposición porque preferimos ver en los actos de un viejo soldado por lo menos algunos motivos razonables. Pero, si es así, ha calculado mal la fuerza de la plaza. Dijimos antes que todo intento de proseguir resueltamente el éxito del día 7 contra la ciudad misma se vería frustrado; los acontecimientos han confirmado nuestra opinión. Dijimos que la llave de Sebastopol estaba al norte de Inkerman; el combate del 18 parece probarlo.

Estamos, pues, dispuestos a admitir que el general Pélissier se dejó guiar por consideraciones perfectamente lógicas al preferir un asalto a Karabélnaya a un avance en campo abierto; pero tenemos que admitir al mismo tiempo que los hombres que están sobre el terreno son muy propensos a convertir hechos menores en premisas de sus conclusiones, y que el fracaso del 18 parece probar que Pélissier cedió a esa debilidad; pues, si aferrarse con tenacidad a una empresa emprendida muestra fuerza de carácter, muestra a la vez debilidad de intelecto seguirla por caminos tortuosos solo porque se empezó una vez. Pélissier tendría razón si intentara tomar Sebastopol a toda costa; pero se equivoca evidentemente si no ve que el camino más corto hacia Sebastopol pasa por Inkerman y que el ejército ruso que está allí defiende esa posición.

Si los aliados no se cuidan mucho de sacar provecho de su superioridad, se encontrarán en poco tiempo en una situación muy desagradable. Rusia sentía desde hacía tiempo la necesidad de reforzar sus fuerzas en Crimea. La puesta al completo de los batallones de reserva del ejército regular y el reclutamiento y la organización de la opolchénie6 en 200 batallones, y sobre todo la reducción del ejército de observación frente a Austria a 180.000 hombres, con el resto licenciado o estacionado en el interior del Imperio, le dan ahora ocasión de hacerlo. En consecuencia, se ha formado en Odesa un ejército de reserva, de cuyos efectivos unos 25.000 hombres estarían estacionados en Nikoláyev, a 12-15 jornadas de marcha de Sebastopol. También dos divisiones de granaderos estarían en marcha desde Volinia. Hacia mediados de julio, y quizá antes, los rusos pueden haber recuperado, por tanto, su superioridad numérica, a menos que sus tropas que están ahora frente a los aliados sufran entretanto derrotas decisivas. Sabemos, en efecto, que otros 50.000 franceses marchan hacia Tolón y Marsella para embarcar; pero llegarán sin duda demasiado tarde y no podrán hacer mucho más que llenar los huecos que la batalla y la enfermedad (que vuelve a aparecer ahora en el campo aliado) causan en las filas.

Las operaciones en el mar de Azov han destruido a los rusos una fuente de abastecimiento; pero, como el Dniéper es mucho más que el Don la puerta natural de los distritos cerealistas rusos, no cabe duda de que hay grandes cantidades de grano en Jersón, más de las que necesitan los rusos de Crimea para alimentarse. Por eso el transporte a Simferópol no es muy difícil. Quien espere de la expedición de Azov un efecto serio e inmediato sobre el abastecimiento de Sebastopol está muy equivocado.

Aunque la balanza se ha inclinado desde hace algún tiempo a favor de los aliados, puede ahora volver al equilibrio o incluso inclinarse en su contra. La campaña de Crimea dista mucho de estar decidida si los rusos actúan sin demora.

  1. Flagstaff Bastion en la MEW: el bastión n.º 4 de los rusos. ↩

  2. La MEW dice «Berg Sapun» (monte Sapún); los dos reductos atacados por esta segunda columna fueron el Selenguinsk y el Volinsk, llamados por los aliados las Obras Blancas. ↩

  3. El Kilen-balka, que desemboca en la bahía del Carenaje, al este del arrabal de Karabélnaya. ↩

  4. Aniversario de la coronación de Napoleón I (1804), de la batalla de Austerlitz (1805) y del golpe de Estado de Luis Bonaparte (1851). ↩

  5. En su defensa ante la Cámara de los Pares, que lo juzgó en 1840 por la intentona de Boulogne, Luis Bonaparte dijo: «Represento ante vosotros un principio, una causa y una derrota: el principio es la soberanía del pueblo; la causa, la del Imperio; la derrota, Waterloo». ↩

  6. La milicia rusa. ↩