Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 8 de mayo de 1855 y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4401, del 28 de mayo de 1855. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 203-209), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW («Aus Sewastopol»), con la fecha de publicación añadida para distinguirlo de otro artículo del mismo título del 12 de julio de 1855. Una versión alemana, con otro comienzo y otro cuarto párrafo, apareció en la Neue Oder-Zeitung (núm. 217) del 11 de mayo de 1855. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

El correo llegado aquí el sábado por la noche con el America1 nos da de nuevo la posibilidad de ofrecer a nuestros lectores una cierta visión de conjunto de la situación militar en Crimea, aunque el carácter todavía contradictorio e impreciso tanto de los partes oficiales como de las correspondencias de prensa no nos facilita la tarea. Está claro que el fracaso de Viena2 fue acompañado en el campamento aliado ante Sebastopol de una mayor vigilancia y actividad, y que el bombardeo, aunque puede decirse que cesó el 24 de abril, no fue precisamente más débil en los días siguientes.3 Con todo, es difícil decir qué ventajas se han conseguido en realidad; un corresponsal afirma incluso que los defensores han evacuado las obras avanzadas rusas, Selenginsk, Volinsk y Kamchatka, así como las trincheras de tiradores ante toda la línea. Como esto es evidentemente lo más favorable que los aliados podían conseguir, supongamos de momento que es cierto. Otros corresponsales informan de que los franceses han tomado al asalto el propio bastión Flagstaff4 y se han atrincherado en él, pero esta noticia no merece crédito. No es más que una exageración necia de la acción del 21 de abril, cuando los franceses, haciendo estallar minas, abrieron una trinchera avanzada ante ese bastión.

Supongamos además que es verdad que los rusos han sido rechazados hasta su línea de defensa original, aunque sigue siendo muy llamativo que falten todavía noticias de la toma del monte Sapun y del Mamelon por los aliados. Pero aun suponiendo que los reductos de esas colinas ya no estén en manos de los rusos, nadie puede negar que estos sacaron de ellos grandes ventajas. Ocuparon el Sapun desde el 23 de febrero y el reducto Mamelon-Kamchatka desde el 12 de marzo hasta finales de abril, y durante ese tiempo las trincheras de los aliados estuvieron enfiladas o expuestas a un fuego continuo de frente, mientras que la llave de toda la posición, el Malájov, quedó completamente protegida por ellos durante los quince días de cañoneo. Después de haberlos aprovechado tan bien, los rusos podían resignarse a perderlos.

No hace falta describir aquí los diversos ataques nocturnos con que los aliados se apoderaron de las trincheras de tiradores y de los contraaproches rusos, como tampoco la salida que emprendieron los rusos para recuperarlos. Esta clase de operaciones no tiene interés táctico, salvo para quienes conocen el terreno por experiencia propia; las deciden principalmente la inteligencia, la audacia y la perseverancia de los oficiales subalternos y de los soldados. En estas cualidades los ingleses y los franceses son superiores a los rusos, y por eso han mantenido bien sus puntos de apoyo en algunos lugares cercanos a las obras rusas. La distancia entre los adversarios se ha reducido aquí y allá al alcance de una granada de mano, es decir, a 20 o 30 yardas del camino cubierto ruso o a 40-60 yardas de la muralla principal. Los rusos afirman que los sitiadores están a 30 sazhen, o 60 yardas, de ella.5 Así ocurre sobre todo ante el bastión Flagstaff, el bastión Central y el Redan, donde el terreno forma ángulos muertos con hondonadas situadas de tal modo que los cañones rusos no pueden apuntarse lo bastante por debajo de la horizontal para que los proyectiles caigan en ellas. Como la artillería rusa no ha sido reducida al silencio ni mucho menos, comunicar con estas hondonadas y transformarlas en un sistema completo de trincheras es cosa muy difícil, y los aliados van a sentir con bastante dureza el fuego de flanco de los rusos. Sin embargo, mientras las baterías de los aliados estén a 400 o 500 yardas por detrás de las trincheras avanzadas, no se ve cómo esperan sostener posiciones tan expuestas contra salidas repentinas y emprendidas con fuerza suficiente; y tras el fracaso reconocido del bombardeo, llevará tiempo poner en juego baterías nuevas y más adelantadas.

Este súbito avance de los aliados hasta el pie mismo de las murallas de la fortaleza contrasta, es cierto, con su inercia e indecisión anteriores, pero está, sin embargo, en perfecta consonancia con ellas. En la dirección de este sitio nunca ha habido ni sistema ni verdadera coherencia; y como un sitio es en esencia una operación sistemática, en la que cada paso conseguido tiene que convertirse enseguida en una nueva ventaja, so pena de resultar inútil, está claro que los aliados lo han llevado según el peor plan imaginable. A pesar de la decepción que se apoderó de los generales aliados cuando vieron por primera vez el escenario, a pesar de los errores cometidos el otoño pasado durante el primer sitio, podrían haber hecho mayores progresos. Dejemos del todo a un lado el lado norte de la ciudad, como hicieron los propios generales aliados. Se habían decidido de una vez para siempre a atacar por separado el lado sur y a correr el riesgo de llegar a un lugar dominado por una fortaleza inaccesible para ellos. Pero aquí se plantea una alternativa: o los generales aliados se sentían lo bastante fuertes para tomar el lado sur, y entonces tienen que admitir ahora que estaban en un error imperdonable; o se sentían demasiado débiles, y entonces ¿por qué no se procuraron refuerzos? No puede negarse ya que en este sitio «memorable y sin precedentes» un error ha seguido a otro. Las penalidades de los cuarteles de invierno parecen haber infundido tanto al ejército como a los generales un espíritu de somnolencia, apatía e inercia invencibles. Cuando en febrero los rusos salieron audazmente de sus líneas y, avanzando, formaron otras nuevas, eso habría debido ser para ellos un acicate suficiente para movilizar toda su energía; pero Canrobert no supo aprovechar esta advertencia tan seria para otro fin que el de enfriar el celo de los zuavos con un ataque que, como sabía de antemano, no podía llevar a nada bueno.6 Se reanudó el trabajo en las trincheras, pero más para formar caminos cubiertos para las columnas de asalto que para acercar las baterías al enemigo. Aun después de pasar seis meses ante la fortaleza, cada acción muestra que no se seguía ningún plan definido, que no se había previsto ningún punto para un ataque general, más aún, que la vieja idea fija de tomar Sebastopol por un golpe de mano seguía dominando en las cabezas de los aliados, contrariaba toda propuesta razonable y frustraba todo intento de proceder con método; y lo poco que se hizo se hizo tres veces más despacio que las operaciones regulares de sitio, sin que la incoherencia y la falta de plan que caracterizaban el conjunto le dieran siquiera la certeza de la victoria que es propia de tales operaciones regulares.

Pero todo se esperaba de la reapertura del fuego. Esa fue la principal excusa de toda vacilación y de toda inacción. Aunque es difícil decir qué se esperaba de este gran acontecimiento —de baterías situadas a 600-1.000 yardas de su objetivo—, el fuego se abrió por fin. Unos 150 disparos por cañón los dos o tres primeros días, luego 120, luego 80, luego 50, finalmente 30, tras lo cual se suspendió el cañoneo. El efecto apenas fue visible, salvo en los cañones inutilizados y los polvorines vaciados de los aliados. Un cañoneo de cinco días con toda su fuerza habría causado más daño a los rusos y abierto a los aliados más posibilidades de éxito que quince días de un fuego que empezó con gran furia y decayó tan deprisa como había empezado. Pero ¿cómo iban a estar los aliados en condiciones de aprovechar esas circunstancias favorables, después de gastar su munición y de quedar inservibles sus cañones? No más que ahora, cuando los rusos están en una situación mucho mejor que entonces, porque ven que el fuego afloja y se ahorran que les caiga encima una granizada de 50.000 proyectiles diarios durante cinco días seguidos. Esta prolongación del cañoneo a costa de debilitar su intensidad es una desviación tan grande e inexplicable de todas las reglas de la guerra que tiene que haber razones políticas detrás. Cuando el fuego de los dos primeros días defraudó las expectativas de los aliados, la necesidad de mantener al menos la apariencia de un cañoneo mientras duraba la conferencia de Viena debió de llevar a este derroche insensato de munición.

Termina el cañoneo, se suspenden las conferencias de Viena, se termina el telégrafo.7 Al mismo tiempo cambia la escena. Llegan órdenes de París de actuar con rapidez y decisión. Se abandona el viejo sistema de ataque; a los rugidos sin resultado de la artillería suceden pequeños asaltos, alojamientos mediante voladuras de minas, combates con fusil y bayoneta. Se ganan puntos avanzados y hasta se sostienen contra una primera salida de los sitiados. Pero si no se levantan baterías a corta distancia de las líneas rusas y no se les hace la vida imposible a los sitiados, no se ha ganado nada. Los puestos avanzados no pueden sostenerse sin grandes pérdidas repetidas a diario y sin combates que vuelven con regularidad y cuyo desenlace es dudoso y vacilante. Y aun suponiendo que se hayan de levantar esas baterías de la segunda y la tercera paralela, y que para abrirlas fuera necesario expulsar primero a los rusos de sus trincheras de tiradores, ¿cuánto tardarán esas nuevas baterías en recibir cañones suficientes para contestar con éxito al fuego de los rusos, que en los dos bombardeos se ha medido de igual a igual con el de los aliados? Cuanto más se acercan las baterías a las obras enemigas, más destructor es el fuego cruzado que puede concentrarse sobre ellas y más limitado el espacio para emplazar cañones; en otras palabras, más se iguala el fuego del ataque al fuego de la defensa, a no ser que este haya sido reducido antes al silencio por las baterías más lejanas, de lo que aquí no hay ni que hablar.

¿Cómo les fue posible entonces a los rusos resistir con tanto éxito los ataques de los aliados? En primer lugar, por los errores y la indecisión de los propios aliados; en segundo lugar, por la valentía de la guarnición y la habilidad del ingeniero que dirige las obras, el coronel Totleben;8 en tercer lugar, por la fuerza natural de la posición. Porque hay que reconocer que la posición es en efecto fuerte. Los malos mapas, que hasta hace muy poco eran los únicos disponibles, representaban Sebastopol como una ciudad situada en la parte baja de una pendiente y dominada por las alturas del fondo; pero los mapas más recientes y mejores demuestran que la ciudad está sobre varias colinas redondeadas y aisladas, separadas de la pendiente de la meseta por barrancos; estas colinas dominan en realidad por igual la ciudad y la meseta. Este carácter del terreno parece justificar por completo la vacilación en tomar la fortaleza al asalto el pasado septiembre; por lo visto les pareció a los generales aliados demasiado imponente, de modo que ni siquiera intentaron obligar al enemigo a mostrar qué fuerzas podía reunir para la defensa. El ingeniero ruso ha sacado de esta ventaja natural todo el partido posible. Dondequiera que Sebastopol tiene una pendiente vuelta hacia la meseta se han levantado dos y hasta tres filas de baterías, una encima de otra, que doblan y triplican la fuerza de la defensa. También en otras fortificaciones se han levantado baterías así (por ejemplo, en la ladera del monte Valérien, cerca de París), pero los ingenieros, que las llaman trampas para granadas, no las aprueban en general. Ofrecen en efecto al sitiador un blanco mayor, cuyas andanadas pueden alcanzar la batería de abajo o la de arriba cuando yerran aquella a la que apuntaban, y por esa razón causarán siempre mayores pérdidas a la defensa. Pero cuando una fortaleza como Sebastopol ni siquiera está cercada, semejante inconveniente no cuenta nada al lado de la enorme fuerza que da al fuego de la defensa. Después de este sitio de Sebastopol creemos que poco puede objetarse a estas trampas para granadas. En fortalezas de primer orden, bien provistas y difíciles de cercar, pueden emplearse con la mayor ventaja donde el terreno las favorezca. Aparte de estas trampas para granadas, los rusos se han apartado también en otros aspectos de la rutina habitual de los ingenieros. Según los anticuados sistemas de fortificación abaluartada, 15 o 17 bastiones habrían sido demasiado pocos para rodear la fortaleza y la habrían defendido muy mal. En lugar de eso, solo hay seis bastiones sobre alturas avanzadas, mientras que las cortinas que los unen están quebradas en líneas en ángulo para poder ofrecer un fuego de flanco independiente del de los bastiones, y desde estos salientes los cañones pesados barren el terreno de delante. Estas cortinas están artilladas casi en toda su longitud, lo que es de nuevo una innovación, porque las cortinas de las fortificaciones abaluartadas ordinarias solo suelen tener uno o dos cañones para casos especiales, y toda la defensa por el fuego se confía a los bastiones y a los revellines. Sin entrar en más detalles técnicos, por lo dicho se verá que los rusos han aprovechado al máximo sus posibilidades y que los aliados, si alguna vez llegan a poseer el bastión Flagstaff o el del Malájov, pueden estar seguros de toparse con una segunda y una tercera línea de defensa, para vencer las cuales tendrán que emplear todo su ingenio.

  1. Vapor correo de la línea Cunard entre Liverpool y América. ↩

  2. La conferencia de Viena, que tras el fracaso de las negociaciones sobre el tercer punto quedó suspendida a finales de abril de 1855. ↩

  3. El segundo bombardeo de Sebastopol, iniciado el 9 de abril de 1855. ↩

  4. Así llamaban los aliados al cuarto bastión ruso, frente a la ciudad. ↩

  5. El sazhen ruso equivalía a 2,13 metros. ↩

  6. El ataque nocturno de los zuavos contra el reducto Selenginsk, en el monte Sapun, del 23 al 24 de febrero de 1855, rechazado con grandes pérdidas. ↩

  7. El cable telegráfico submarino entre Varna y Crimea, que puso en comunicación el cuartel general aliado con Londres y París a finales de abril de 1855. ↩

  8. Eduard Totleben (1818-1884), ingeniero militar ruso, director de las fortificaciones de Sebastopol. ↩