Editorial publicado sin firma en el New-York Daily Tribune, n.º 4305, 5 de febrero de 1855, p. 4; atribuido a Friedrich Engels por la MEGA² (I/14), que lo fecha en enero de 1855. Traducido del original del periódico (Biblioteca del Congreso, Chronicling America) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés.
La escandalosa mala gestión y la fatal falta de un sistema racional que caracterizan a la Oficina de Guerra británica y han arruinado al ejército británico en Crimea son bien conocidas de nuestros lectores, pero probablemente pocos de ellos leen los grandes periódicos de Londres con la atención suficiente para saber que muestran una falta semejante de conocimientos y de juicio y una organización igual de defectuosa. Hasta el Júpiter Tonante de todos ellos, The Times, está tan mal provisto en su sección militar que a menudo se convierte en órgano de burdos disparates y delirios, que se evitarían sin falta si en su numerosa y bien pagada redacción hubiera un escritor competente en esa clase de asuntos. Un ejemplo reciente es tan interesante y tan ilustrativo del sistema general de ese periódico que lo comentaremos con algún detalle.
Sir Howard Douglas, en su ensayo sobre la campaña de Crimea publicado hace poco, pese a toda su parcialidad hacia el comandante en jefe y al cuidado que su posición oficial le exige al expresar sus opiniones, se ve obligado a llegar a la conclusión de que la expedición tiene que acabar en un completo fracaso. Esto se publicó en Londres a mediados del mes pasado y, naturalmente, se escribió unas dos semanas antes. Ahora bien, antes de que se escribiera, The Times había lanzado un vigoroso y prolongado ataque contra la administración del ejército, la Oficina de Guerra y lord Raglan, y se presentaba ante el público como el vencedor de una gran contienda pública. Entonces, al parecer, el gobierno, para acallar esta oposición repentina e incómoda, tuvo la cobardía de comprarla con una noticia: ¡Sebastopol iba a ser tomada al asalto tras cuarenta horas de cañoneo! Cuando este sorprendente anuncio llegó a América, no pudimos menos que considerarlo un canard sin fundamento, y el veterano Douglas era evidentemente de la misma opinión, pues no añadió a su crítica ninguna posdata que la matizara, como habría tenido que hacer si hubiera creído posible semejante asalto. Pero el «Tonante» de Londres, el «periódico rector del universo», se tragó el anzuelo con avidez y sin vacilar. The Times sabía de buena fuente que Sebastopol iba a ser asaltada. The Times lo sabía todo, en efecto; solo que, para que los rusos no se enteraran, no iba a contar todo lo que sabía; en todo caso, el gran acontecimiento debía producirse más o menos cuando publicaba esta información. The Times no tenía ninguna duda de que Sebastopol había caído. Quien tenga curiosidad, que consulte la colección de ese periódico del 26 al 31 de diciembre.
Ahora bien, en ese mismo momento tanto los despachos de los generales aliados en Crimea como la correspondencia de la prensa bastaban sobradamente para mostrar que semejante asalto habría sido una locura. Raglan y Canrobert, viendo cómo se les deshacían los ejércitos y sin esperanza de recibir a tiempo refuerzos más allá de cierta cantidad, pudieron haber decidido en algún momento que, en determinadas circunstancias —si mejoraba el tiempo, si podían traerse cañones y municiones suficientes y si otras cosas eran favorables—, preferirían el riesgo de un asalto a la certeza de perder a sus hombres lenta pero seguramente por las enfermedades. Pudieron haberse considerado tales eventualidades; se ha hecho en campañas anteriores, aunque en la mayoría de los casos la intención no se llevó a cabo por faltar las condiciones de su ejecución. Pero convertir una mera intención, sujeta a ciertas eventualidades, en un plan de campaña efectivo, en algo decidido, eso solo podía ocurrírsele al gobierno francés, necesitado de dinero en aquel momento, y al gobierno británico, necesitado de apoyo de la clase que fuera para su tambaleante edificio. Ambos gobiernos publicaron a la vez la noticia del inminente asalto a Sebastopol. Iba a efectuarse antes de que acabara diciembre. Y The London Times fue lo bastante imprudente e ignorante para creérselo y para hacer que sus lectores —o al menos la masa de ellos— se lo creyeran también. Puede que sea un principio de ese periódico dar crédito a cualquier noticia que reciba un día antes que sus competidores, pero en un caso como este habría sido igual de conveniente examinar la información antes de hacer tanto alarde de ella.