Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4353, del 2 de abril de 1855. Traducido del original inglés según The Eastern Question (Londres, 1897, pp. 521-525), que lo atribuye a Marx, cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11, Berlín, 1961, pp. 124-127), que da la autoría, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de ambas ediciones. Buena parte del texto coincide con «Crítica de la conducción francesa de la guerra», escrito para la Neue Oder-Zeitung. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Publicamos hace unos días algunos extractos interesantes del folleto que acaba de sacar el príncipe Napoleón,1 que sin duda nuestros lectores habrán considerado debidamente. Ese folleto revela el hecho llamativo e importantísimo de que la expedición de Crimea fue una invención original del propio Luis Bonaparte; que la elaboró en todos sus detalles sin comunicársela a nadie, y que la envió de su puño y letra a Constantinopla para evitar las objeciones del mariscal Vaillant.2 Sabido todo esto, buena parte de los flagrantes desatinos militares relacionados con esta expedición se explican por las necesidades dinásticas de su autor. En el consejo de guerra de Varna hubo que imponer la expedición a los almirantes y generales, y Saint-Arnaud3 lo hizo apelando del modo más directo a la autoridad del «Emperador», mientras que este potentado, en correspondencia, tachaba públicamente de «consejos tímidos» todas las opiniones contrarias. Una vez en Crimea, Saint-Arnaud adoptó de buen grado la propuesta, verdaderamente tímida, de Raglan4 de marchar sobre Balaklava, porque llevaba directamente, si no a las puertas de Sebastopol, al menos a algún sitio cerca de ellas. Los esfuerzos frenéticos por activar el sitio, aun sin medios suficientes; el afán de abrir fuego, que hizo descuidar a los franceses la solidez de sus obras hasta tal punto que el enemigo silenció sus baterías en un par de horas; el consiguiente agotamiento de las tropas en las trincheras, del que ahora está probado que contribuyó tanto como cualquier otra cosa a la destrucción del ejército británico; el cañoneo irreflexivo e inútil del 17 de octubre al 5 de noviembre; el abandono de todas las obras defensivas, e incluso de una ocupación suficiente de la cresta que da al Chernaya, que acabó en las pérdidas de Balaklava y de Inkerman:5 todo esto queda ahora tan claramente explicado como pueda desearse. La dinastía Bonaparte tenía que tomar Sebastopol a cualquier precio y en el plazo más breve, y los ejércitos aliados tenían que hacerlo. Canrobert,6 si tenía éxito, sería nombrado mariscal de Francia, conde, duque, príncipe, lo que quisiera, con poderes ilimitados para cometer «irregularidades» en asuntos financieros; si tenía mala suerte, sería un traidor al Emperador y tendría que ir a reunirse en el exilio con sus antiguos camaradas Lamoricière, Bedeau y Changarnier.7 Y Raglan tenía lo justo de vieja como para ceder ante su interesado colega.
Todo esto, sin embargo, no es más que el rasgo menos importante de las consecuencias que acarrea este plan de operaciones imperial. Nueve divisiones francesas, equivalentes a treinta y un batallones,8 se han empeñado en este asunto sin esperanza. Los mayores esfuerzos, los sacrificios más pródigos no han conseguido nada; Sebastopol está más fuerte que nunca; las trincheras francesas, según sabemos ahora de fuentes auténticas, están todavía a sus buenas cuatrocientas yardas de las obras rusas, y las británicas al doble de esa distancia. El general Niel,9 enviado por Bonaparte para examinar las obras de sitio, declara que no hay que pensar en un asalto; ha trasladado el punto principal de ataque del lado francés al británico, con lo que no solo ha retrasado el sitio, sino que ha dirigido el ataque principal contra un arrabal que, aun si se toma, sigue separado de la ciudad por la ensenada del puerto interior. En una palabra, se recurre a un expediente tras otro, a una treta tras otra, para mantener, no la esperanza, sino la mera apariencia de una esperanza de éxito. Y cuando las cosas han llegado a este punto, cuando es inminente una guerra general en el continente, cuando se prepara una nueva expedición al Báltico —una expedición que esta temporada tiene que hacer algo y, por tanto, ha de ser mucho más fuerte en tropas de tierra que la de 1854—, en este momento la obstinación empuja a Luis Bonaparte a empeñar cinco divisiones más de infantería en este cenagal de Crimea, donde los hombres, y hasta regimientos enteros, desaparecen como por encanto. Y, como si eso no bastara, ha decidido ir allí él mismo y ver cómo sus soldados llevan a cabo el asalto final.
Esta es la situación a la que el primer experimento estratégico de Luis Bonaparte ha reducido a Francia. El hombre que, con alguna razón, cree que está destinado a ser un gran capitán y a acercarse en cierta medida al fundador de su dinastía resulta, desde el primer momento, una pieza de incapacidad presuntuosa y nada más. Con una información muy escasa, traza el plan de la expedición a unas 3.000 millas del lugar, lo elabora en sus detalles y lo envía en secreto, sin consultar a nadie, a su general en jefe, quien, aunque solo está a unos cientos de millas del punto de ataque, ignora igualmente la naturaleza de los obstáculos y la fuerza de la resistencia que probablemente encontrará. Comenzada la expedición, un desastre sigue a otro; hasta la victoria es peor que estéril, y el único resultado obtenido es la destrucción del propio ejército expedicionario. Napoleón, en sus mejores días, nunca se habría empeñado en semejante empresa. En un caso así solía encontrar algún expediente nuevo, llevar de repente sus tropas a un nuevo punto de ataque y, con una maniobra brillante coronada por el éxito, hacer que incluso una derrota pasajera pareciera no ser más que una contribución a la victoria final. ¿Y si se hubiera obstinado hasta el final en Aspern?10 Solo en la época de su decadencia, cuando el rayo de 1812 había quebrantado su confianza en sí mismo, su fuerza de voluntad se convirtió en obstinación ciega y, como en Leipzig,11 se aferró hasta el final a posiciones que su juicio militar tenía que decirle que eran completamente falsas. Pero aquí está precisamente la diferencia entre los dos emperadores: lo que fue el final de Napoleón es el comienzo de Luis Napoleón.
Es muy probable que Luis Bonaparte tenga el firme propósito de ir a Crimea y tomar Sebastopol. Puede aplazar su partida, pero nada que no sea la paz quebrantará su resolución. En efecto, su destino personal está ligado a esta expedición, que es su primera empresa militar. Pero puede decirse que el día en que de verdad se ponga en camino empezará la cuarta y mayor revolución francesa. Todo el mundo en Europa lo siente; todo el mundo se lo desaconseja. Un escalofrío recorre las filas de la clase media francesa cuando se menciona esta partida a Crimea. Pero el héroe de Estrasburgo12 es inflexible. Jugador toda su vida, jugador acostumbrado últimamente a las apuestas más altas, se lo juega todo a la única carta de su «estrella» contra las probabilidades más espantosas. Además, sabe muy bien que las esperanzas de la burguesía de escapar a la crisis reteniéndolo en París son completamente vanas. Esté él allí o no, es el destino del Imperio francés, el destino del orden social existente, el que sigue acercándose a su decisión en las trincheras ante Sebastopol. Si allí tiene éxito contra toda esperanza, con su presencia salvará, al menos en la opinión de Europa, la barrera que separa a un salteador de caminos de un héroe; si fracasa, su Imperio está perdido en cualquier caso. Que cuenta con la posibilidad de semejante desenlace lo muestra el hecho de que se lleva consigo a su rival y presunto heredero, el joven Jérôme Bonaparte,13 con la librea de teniente general.
Por el momento, esta expedición de Crimea no sirve a nadie mejor que a Austria. Este cenagal, que drena cuerpo de ejército tras cuerpo de ejército las fuerzas de Francia y de Rusia, tiene que dejar a Austria, si la lucha ante Sebastopol dura unos meses más, como árbitro principal del continente, donde sus 600.000 bayonetas siguen disponibles en una masa compacta para echarlas como peso aplastante en la balanza. Pero por suerte hay un contrapeso a esta supremacía austriaca. En el momento en que Francia vuelva a lanzarse por la vía revolucionaria, esta fuerza austriaca se disolverá en sus elementos discordantes. Alemanes, húngaros, polacos, italianos, croatas, quedarán libres del lazo forzado que los ata, y en lugar de las alianzas y antagonismos indeterminados y fortuitos de hoy, Europa volverá a dividirse en dos grandes campos con banderas distintas y objetivos nuevos. Entonces la lucha será solo entre la Revolución democrática, por un lado, y la Contrarrevolución monárquica, por otro.
De la conduite de la guerre d'Orient («Sobre la dirección de la guerra de Oriente»), folleto anónimo publicado en Bruselas en 1855 y atribuido al príncipe Napoleón (Jérôme Napoléon Bonaparte, 1822-1891), primo de Napoleón III, que había mandado una división en Crimea. ↩
Jean-Baptiste Philibert Vaillant (1790-1872), mariscal de Francia, ministro de la Guerra desde marzo de 1854. ↩
Armand Jacques Leroy de Saint-Arnaud (1798-1854), mariscal de Francia, comandante en jefe francés en Oriente hasta su muerte, en septiembre de 1854. ↩
FitzRoy Somerset, lord Raglan (1788-1855), comandante en jefe británico en Crimea. ↩
Batallas de Balaklava (25 de octubre) y de Inkerman (5 de noviembre de 1854). El Chernaya es el río que desemboca en la bahía de Sebastopol. ↩
François Certain de Canrobert (1809-1895), sucesor de Saint-Arnaud al frente del ejército francés en Crimea. ↩
Christophe Léon Louis Juchault de Lamoricière, Marie-Alphonse Bedeau y Nicolas Changarnier, generales de la guerra de Argelia, detenidos en el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 y desterrados. ↩
Así en la edición de 1897; la MEW dice «ochenta y uno», cifra que corresponde a nueve divisiones de nueve batallones. ↩
Adolphe Niel (1802-1869), general de ingenieros, enviado a Crimea en enero de 1855. ↩
En la batalla de Aspern-Essling (21-22 de mayo de 1809), el archiduque Carlos de Austria rechazó a Napoleón, que se retiró a la isla de Lobau y seis semanas después venció en Wagram. ↩
En la batalla de Leipzig (16-19 de octubre de 1813), la «batalla de las naciones», los aliados derrotaron a Napoleón. ↩
El 30 de octubre de 1836 Luis Bonaparte intentó sublevar la guarnición de Estrasburgo para hacerse con el poder; fracasó y fue deportado a América. ↩
El príncipe Napoleón, el supuesto autor del folleto citado al principio, hijo de Jérôme Bonaparte, el antiguo rey de Westfalia; era el heredero presunto mientras Napoleón III no tuviera hijos. ↩