Escrito en inglés por Karl Marx y publicado como editorial en el New-York Daily Tribune, núm. 4364, del 14 de abril de 1855. Buena parte del texto coincide con «La comisión investigadora [y su trabajo]», escrito para la Neue Oder-Zeitung. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 165-168), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Tenemos ahora ante nosotros el informe de más de una docena de sesiones de la famosa comisión nombrada por la Cámara de los Comunes para investigar el estado del ejército británico en Crimea. Se ha interrogado a testigos de las más diversas esferas sociales, del duque de Cambridge para abajo, y sus declaraciones coinciden de modo asombroso. Todas las ramas de la administración han pasado revista, y de todas se ha comprobado que no solo eran deficientes, sino que estaban en un estado escandaloso. El estado mayor del ejército, el departamento médico, el departamento de suministros, la Intendencia, el servicio de transportes, la administración de los hospitales, la policía sanitaria y disciplinaria, la policía portuaria de Balaklava, todos han sido condenados juntos sin una sola voz en contra.
Pero, por malo que fuera cada departamento considerado en sí mismo, toda la gloria del sistema solo se desplegó en el contacto y la cooperación de todos. Los reglamentos estaban tan bien dispuestos que, en cuanto entraron en vigor, al desembarcar las primeras tropas en Turquía, nadie sabía dónde empezaba o dónde terminaba su autoridad, ni a quién dirigirse para cualquier asunto; y por eso cada cual, por saludable miedo a la responsabilidad, echaba todo de sus hombros a los de algún otro. Bajo este sistema, los hospitales fueron escenarios de una brutalidad abominable. La negligencia y la indolencia se hicieron sentir del peor modo sobre los enfermos y heridos a bordo de los transportes y después de su llegada a destino. Los hechos descubiertos son increíbles; en realidad, nada más espantoso ocurrió en la retirada de Moscú. Y, sin embargo, estas cosas sucedieron de verdad en Scutari, a la vista de Constantinopla, una gran ciudad con todos los recursos de actividad y de comodidades materiales. No ocurrió en una retirada precipitada, con los cosacos pisando los talones de los fugitivos y cortándoles los suministros, sino a consecuencia de una campaña en parte victoriosa, en una plaza a salvo de cualquier ataque enemigo, en el gran depósito central donde Gran Bretaña había acumulado sus provisiones para su ejército. Y los autores de todos estos horrores y atrocidades no son bárbaros de corazón duro. Son, todos y cada uno, caballeros británicos de buena cuna, bien educados y apacibles, de disposición filantrópica y religiosa. A título personal estaban sin duda dispuestos y deseosos de hacerlo todo; en su posición oficial su deber era contemplar fríamente, y de brazos cruzados, todas estas atrocidades, conscientes de que el caso no figuraba en ninguno de los reglamentos de Su Majestad que les concernían. Antes perezcan mil soldados que infringir los reglamentos de Su Majestad. Y, como Tántalo, los soldados tuvieron que morir a la vista, y hasta al olor, de las comodidades que podían salvarles la vida. Ningún hombre sobre el terreno tuvo la energía de romper la red de la rutina, de actuar bajo su propia responsabilidad, como exigían las necesidades, y a despecho de los reglamentos. Solo una persona se atrevió a hacerlo, y fue una mujer, miss Nightingale.1 Una vez que se aseguró de que las cosas necesarias estaban almacenadas, escogió a unos cuantos mozos robustos y cometió un verdadero robo con fractura en los almacenes de la reina. Las viejas que ejercían la autoridad en Constantinopla y en Scutari eran cobardes hasta un grado que parecería increíble si no tuviéramos su propia confesión abierta. A uno de ellos, el doctor Andrew Smith,2 durante un tiempo jefe de los hospitales, se le preguntó si en Constantinopla no había fondos para comprar o no había mercado para procurarse muchas de las cosas necesarias.
«¡Oh, sí!», respondió. «Pero, después de cuarenta años de rutina y de fatigas en casa, le aseguro a usted que durante algunos meses apenas pude hacerme a la idea de que tenía realmente fondos puestos a mi libre disposición».
Las descripciones más negras de la situación que se han dado tanto en los periódicos como en los discursos parlamentarios quedan muy por debajo de la realidad tal como se nos presenta ahora. Algunos de los hechos más indignantes ya se habían puesto sobre el tapete, pero incluso estos aparecen ahora con una luz todavía más sombría. Aunque el cuadro dista mucho de estar completo, podemos ver lo suficiente de él para juzgar el conjunto. Aparte de las enfermeras enviadas allí, no hay en este cuadro un solo rasgo atenuante. Un grupo es tan malo y tan estúpido como el otro, y si la comisión tiene en su informe el valor de expresar lo que dicen las pruebas, se verá en apuros para encontrar en la lengua inglesa palabras lo bastante fuertes para expresar su condena.
Ante estas revelaciones es imposible reprimir un violento sentimiento de indignación y de desprecio, no solo hacia los culpables inmediatos, sino sobre todo contra el gobierno que organizó esta expedición y que tuvo la desvergüenza de declarar ficciones los hechos que saltaban a la vista. ¿Dónde está ahora esa gran coalición «de todos los talentos», esa pléyade de estadistas con cuya llegada al poder debía amanecer la edad de oro sobre Inglaterra? Whigs y peelitas, russellistas y palmerstonianos, irlandeses e ingleses, liberal-conservadores y conservador-liberales, todos han traficado y chalaneado entre sí, y cada uno de los que fueron puestos en un cargo resultó ser una vieja o un tonto espantoso. Estos estadistas estaban tan seguros de que la máquina que han manejado durante treinta años funcionaría de maravilla que ni siquiera enviaron allí a una persona con poderes extraordinarios para circunstancias imprevistas; ¡bajo un gobierno que funciona bien no pueden darse, naturalmente, circunstancias imprevistas! Estos ministros británicos, subalternos por naturaleza y por costumbre, puestos de repente en puestos de mando, han traído a Inglaterra la mayor vergüenza. Ahí está el viejo Raglan, que toda su vida fue el primer funcionario de Wellington;3 un hombre al que nunca se le permitió actuar bajo su propia responsabilidad, un hombre educado para hacer exactamente lo que se le mandaba hasta que cumplió sesenta y cinco años; ¡y a este hombre se le nombra de repente para mandar un ejército contra el enemigo y decidir todas las cuestiones en el acto y por sí mismo! Y bonito embrollo ha armado. La veleidad, el desánimo, la falta completa de confianza en sí mismo, de firmeza y de iniciativa caracterizan cada uno de sus pasos. Sabemos ahora con qué pusilanimidad se comportó en el consejo de guerra en que se decidió la campaña de Crimea. ¡Dejarse remolcar por un fanfarrón pelagatos como Saint-Arnaud,4 al que el viejo Wellington habría hecho callar para siempre con una seca palabra irónica! Luego, esa medrosa marcha sobre Balaklava, su impotencia en el sitio y durante los sufrimientos del invierno, cuando no supo hacer nada mejor que esconderse. Luego está lord Hardinge,5 de carácter igual de subalterno, que manda el ejército aquí en el país. Aunque es un viejo soldado, de su administración y de la manera en que la defiende en la Cámara de los Lores podría deducirse que nunca ha salido de sus cuarteles o de su oficina. Decir que no entiende en absoluto las necesidades más importantes de un ejército en campaña, o que ha sido demasiado perezoso para recordarlas, es la opinión más favorable que puede tenerse de su caso. Luego vienen los secretarios de Peel: Cardwell, Gladstone, Newcastle, Herbert y tutti quanti. Son caballeros bien educados y de buen aspecto, cuyos modales elegantes y cuya delicadeza de sentimientos no les permiten tratar nada con rudeza, ni siquiera obrar con una apariencia de decisión en los asuntos de este mundo. «Tomar en consideración» es su giro favorito. Lo toman todo en consideración. Quieren tomar en consideración cada asunto. Toman en consideración a cada uno, con la esperanza de que, por esa toma en consideración, cada uno los tome en consideración a ellos. Todo en ellos tiene que ser redondo y liso. Nada les repugna más que las formas angulosas que denotan fuerza y energía.
Estos caballeros apacibles, amantes de la verdad y piadosos, negaron desvergonzadamente todos los informes procedentes del ejército de que la mala dirección lo estaba arruinando, porque estaban convencidos a priori de la perfección de su gobierno y tenían la mejor autoridad para esos desmentidos; y cuando el asunto siguió adelante con insistencia, y cuando los informes oficiales del teatro de la guerra los obligaron incluso a admitir partes de esas afirmaciones, sus desmentidos siguieron sonando con aspereza y enojo. Su oposición a la moción de Roebuck para una investigación es el ejemplo más escandaloso de obstinación pública en la falsedad. El Times de Londres, Layard, Stafford6 y hasta su propio colega Russell los acusan de mentir, pero ellos se mantienen en lo dicho. La Cámara de los Comunes entera, con una mayoría de dos tercios, los acusó de mentir, pero ellos siguieron manteniéndose en lo dicho. Ahora están convictos ante la comisión de Roebuck, pero, que sepamos, siguen manteniéndose en lo dicho. Pero su obstinación se ha convertido ahora en un asunto de poca importancia. La verdad, revelada al mundo en toda su terrible realidad, llevará inevitablemente a una reforma del sistema y de la administración del ejército británico.
Florence Nightingale (1820-1910), que llegó a Scutari en noviembre de 1854 al frente de un grupo de enfermeras y reorganizó los hospitales militares británicos. ↩
Andrew Smith (1797-1872), médico militar, director general del departamento médico del ejército británico. ↩
FitzRoy Somerset, lord Raglan (1788-1855), comandante en jefe británico en Crimea, había sido durante décadas secretario militar del duque de Wellington. ↩
Armand Jacques Leroy de Saint-Arnaud (1798-1854), mariscal de Francia, comandante en jefe francés en Oriente hasta su muerte, en septiembre de 1854. ↩
Henry Hardinge, vizconde Hardinge (1785-1856), comandante en jefe del ejército británico desde 1852. ↩
Augustus Stafford O'Brien (1811-1857), diputado tory, que visitó los hospitales de Scutari y del Bósforo y denunció su estado en la Cámara de los Comunes. ↩