Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 2 de noviembre de 1855 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4548, del 16 de noviembre de 1855. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 567-572), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Cuando se declaró la guerra entre las potencias occidentales y Rusia, la prensa anglofrancesa opinaba que a Rusia no le faltarían soldados, pero que pronto padecería falta de dinero. Las dificultades financieras, se calculaba, debilitarían su poder militar y entorpecerían los desplazamientos de aquellos millones de soldados que Rusia, según se decía, podía enviar en cualquier momento contra sus enemigos. Pero ¿qué pasó en realidad? Aunque Rusia estaba supuestamente desterrada de todas las grandes bolsas europeas, contrató un empréstito sin la menor dificultad; su papel moneda, pese a repetidas emisiones adicionales, conserva su crédito, y sus tropas reciben víveres en marcha y la población les proporciona los medios de transporte de una manera que sería imposible en cualquier otro país menos puramente agrario. Aunque sus puertos están bloqueados, hasta ahora ha sabido sortear todos aquellos escollos financieros en los que, según la firme convicción de los sabios de Londres, iba a naufragar. En cambio, en lo que toca a las inagotables reservas de hombres, las cosas se presentan de muy distinta manera. ¿Qué ha conseguido Rusia, mientras Inglaterra, con el reclutamiento voluntario en el país y en el extranjero, había logrado llevar poco a poco su ejército de Crimea a unos 40.000 hombres, y Francia, solo para el año en curso, había podido llamar a filas a 140.000 hombres en lugar de 80.000 y enviar ya a Oriente un ejército lo bastante numeroso para hacer más hazañas de las que Pélissier podía inventarle? Para todo el territorio sujeto a la conscripción se decretaron dos levas generales, que suponían por término medio diez hombres por cada mil almas masculinas; luego siguió una leva general para la opolchenie1 de veintitrés hombres por cada mil almas, y ahora se ha decretado de nuevo una leva general para la línea de diez hombres por cada mil almas. La leva media en tiempo de paz es de unos cinco hombres por mil en una mitad del imperio; la otra mitad da los reclutas al año siguiente. Así pues, la media anual es de dos hombres y medio por cada mil almas para todo el imperio (salvo, naturalmente, las gobernaciones en que no se aplica la conscripción). Pero los dos años de guerra han hecho necesarias ya levas que abarcan en total cincuenta y tres hombres por cada mil almas, o sea, cerca del dos y medio por ciento de toda la población, masculina y femenina; es decir, que en cada uno de los dos años la leva ha sido diez veces mayor que el reclutamiento regular de tiempo de paz. Si suponemos que Francia ha reclutado para su ejército durante los dos años de guerra 300.000 hombres en total, lo que sin duda es exagerado, eso supondría, con una población de 36 millones, cinco sextos de uno por ciento en dos años, o cinco doceavos de uno por ciento en un año, es decir, justamente la sexta parte de la cifra que Rusia ha tenido que meter en su ejército. Es verdad que en Rusia se llama al servicio militar en tiempo de paz cada año cerca de un noveno de uno por ciento de toda la población, y en Francia dos novenos de uno por ciento; pero como el tiempo efectivo de servicio en Rusia es más del doble que en Francia, esa circunstancia queda más que compensada.

Por todas partes nos enteramos de que en Rusia se deja sentir esta sangría continua de la población masculina apta, mientras que en Francia apenas se nota. Sobre todo en Polonia, según se informa, faltan brazos para cultivar la tierra; otra prueba de este hecho es el gran descontento de la nobleza porque se la despoja de la parte más valiosa de sus siervos. El nombramiento de un aristócrata de pura cepa, Lanskói,2 como ministro del Interior, y su circular a la nobleza en que dice que el emperador Alejandro le garantiza por un ucase todos sus derechos y privilegios, muestran lo seriamente inquieta que está la corte por estos síntomas de descontento entre los propietarios de siervos.

Lo más notable de estos reclutamientos tan repetidos, sin embargo, es que el aumento efectivo, numérico, que con ellos obtiene el ejército es insignificante. Si se parte de que el número total de almas masculinas sujetas a la conscripción es de 22 millones, lo que sin duda es poco, en dos años se han llamado a filas nada menos que 660.000 hombres para la línea y 560.000 para la opolchenie. De esta última, sin embargo, solo se ha movilizado una parte, que quizá llegue a 200.000 hombres, de modo que la sangría efectiva de población masculina apta asciende a unos 860.000 hombres. A ellos pueden sumarse los soldados de la reserva, que estaban de permiso durante los últimos cinco o diez años de su tiempo de servicio y fueron llamados antes de que estallara la guerra; pero como la mayoría se incorporó ya en 1853, no los contaremos aquí.

Aunque estas reservas forman los batallones quinto y sexto de cada regimiento de infantería, y aunque los 660.000 reclutas se han incorporado en parte a los cuatro primeros batallones de línea de cada regimiento y en parte a los batallones de la segunda reserva (séptimo y octavo) recién formados en esos regimientos, las distintas unidades distan mucho todavía de haber alcanzado su plena fuerza. La prueba más interesante de ello la da una orden dictada en Nikoláyev por el comandante del ejército del Sur, el general Lüders.3 Anuncia que, por orden del emperador, 23 druzhinas de la opolchenie (23.000 hombres) asignadas al ejército del Sur han de incorporarse a las tropas de línea y entrar en los batallones tercero y cuarto de cada regimiento. Ahora bien, esta medida no puede significar otra cosa sino que los regimientos que forman el ejército del Sur han mermado tanto en número que el grueso de los soldados de los batallones tercero y cuarto se ha pasado a los batallones primero y segundo y su lugar han de ocuparlo los hombres de la opolchenie. Dicho de otro modo, hasta que la opolchenie los completara, los cuatro batallones de esos regimientos apenas tenían la fuerza de dos batallones completos. Si tales pérdidas se han producido en un ejército cuya mayor parte no ha estado nunca frente al enemigo y del que ninguna unidad ha entrado en combate desde Silistra, ¡qué pérdidas no habrá habido en Crimea y en Asia! Así vemos de golpe el estado real del ejército ruso, y la conjetura que ello nos permite hacer sobre su desgaste explica cómo es posible que los dos tercios de millón de hombres incorporados al ejército no se traduzcan en un aumento visible de su número.

Pero ¿cómo se produjo este desgaste enorme y desproporcionado? En primer lugar, por las tremendas marchas que los reclutas han de hacer desde sus lugares de origen hasta las capitales de sus gobernaciones, de allí a los puntos de distribución y por último a sus regimientos, sin contar las marchas que esos regimientos tienen que hacer después. No es poca cosa para un recluta ir a pie de Perm a Moscú, de Moscú a Vilna y por último de Vilna a Odesa o Nikoláyev. Si estas marchas interminables se aceleran además por la voluntad suprema de un hombre como Nicolás, que fija la hora de llegada lo mismo que la de partida y castiga toda desviación de sus órdenes; si se lleva a brigadas, divisiones y cuerpos de ejército a toda prisa de un extremo a otro del imperio sin consideración por los hombres que hay que dejar atrás por enfermedad y agotamiento; si una marcha de Moscú a Perekop ha de hacerse a la velocidad de una marcha forzada corriente, que en ningún otro lugar se prolonga más de dos días, con ello queda explicada una gran parte de este desgaste. Pero a este esfuerzo extraordinario de las fuerzas físicas del soldado se suma el desbarajuste que nace necesariamente de la notoria mala administración de todas las secciones de la autoridad militar rusa, sobre todo de la intendencia. A ello se añade el método de hacer que en marcha, en la medida de lo posible, alimenten a los soldados los habitantes de la región por la que pasa la línea de marcha: un método muy útil si se organiza bien en un país exclusivamente agrario, pero que se vuelve ilusorio y causa las mayores dificultades allí donde, como en Rusia, la intendencia y los jefes se enriquecen con malversaciones robando las provisiones que entrega el campesinado. Por último, se suman los terribles errores de cálculo que tienen que producirse necesariamente cuando ejércitos dispersos por una extensión tan enorme de territorio han de moverse según órdenes dadas desde un centro, y se espera de ellos que las cumplan con la regularidad de un reloj, mientras que todos los supuestos en que se basan esas órdenes son engañosos y poco fiables. No es la espada ni la bala del enemigo, no es la enfermedad, inevitable en muchas partes del sur de Rusia, ni siquiera es la necesidad de largas marchas lo que diezma así al ejército ruso; son las circunstancias particulares en que el soldado ruso es reclutado, instruido, puesto en marcha, tratado, alimentado, vestido, alojado y mandado, y en que combate, las que explican el terrible hecho de que casi todo el ejército ruso tal como existía en 1853 haya desaparecido ya de la faz de la tierra sin causar a sus adversarios más de un tercio de las pérdidas que él mismo ha sufrido.

La orden del día del general Lüders es notable además por otra circunstancia. Reconoce abiertamente que los hombres de la opolchenie no están en absoluto preparados para ser llevados contra el enemigo. Conjura a los soldados veteranos a que no se burlen de estas tropas jóvenes ni las menosprecien por su torpeza con las armas; la orden confiesa que apenas están instruidas e introduce un cambio en el reglamento de instrucción que ha de contar por fuerza con la aprobación expresa del emperador. No se debe «exasperar» a los hombres con una instrucción de parada inútil. Solo se han de ejercitar con ellos los movimientos más indispensables: el manejo del arma, la carga y el disparo del fusil, el tiro al blanco, los movimientos en columna y en orden abierto; todo lo demás se declara instrucción de parada inútil. Así, un general ruso, con la aprobación expresa del emperador, condena dos tercios de todo el reglamento de instrucción ruso como cosa inútil que no sirve más que para inspirar al soldado aversión a sus deberes, ¡y ese reglamento era precisamente la obra de la que tan orgulloso había estado el difunto emperador Nicolás!

Los «soldados jóvenes», de cuyos gestos y andares se dice que provocaban la risa de sus camaradas, no se llamarían reclutas en ningún otro país. Llevan ya de seis a diez meses sobre las armas y, sin embargo, son tan torpes como si acabaran de dejar el arado. Tampoco se puede decir que las largas marchas que han tenido que hacer no les hayan dejado tiempo para instruirse. Napoleón, en sus últimas campañas, incorporaba a sus reclutas a sus batallones respectivos tras quince días de instrucción y los enviaba luego a España, Italia y Polonia; se les instruía durante la marcha, tanto marchando como al llegar a los alojamientos, y cuando, tras seis u ocho semanas de marcha, se incorporaban al ejército, se esperaba que estuvieran aptos para el servicio activo. Napoleón nunca dio a sus reclutas más de tres meses de instrucción para hacerse soldados; incluso en 1813, cuando tuvo que crear un ejército nuevo, cuadros nuevos y todo lo demás, llevó a sus reclutas a los campos de batalla de Sajonia tres meses después de que llegaran a sus puntos de concentración, y sus adversarios supieron pronto lo que era capaz de hacer con aquellos «reclutas sin desbastar». ¡Qué diferencia entre la capacidad de adaptación del francés y esta pesadez torpe del ruso! ¡Qué certificado de incapacidad para los oficiales de esta opolchenie rusa! Y, sin embargo, Lüders afirma que casi todos esos oficiales han servido en la línea y muchos de ellos han olido la pólvora.

También la limitación de la instrucción a los movimientos más indispensables muestra lo que Lüders espera de sus nuevos refuerzos. Solo se ejercitarán el orden abierto y el movimiento en columnas; nada de despliegue en línea, nada de formación de columnas fuera de la línea. El soldado ruso es, en efecto, el menos apto para los movimientos en línea, pero no es más apto para el combate en orden abierto. Su fuerza es el combate en orden cerrado, en una formación en la que los errores groseros de los oficiales al mando causen el menor desorden y la menor perturbación en la marcha general de la batalla y en la que el instinto de cohesión de la masa, valiente pero pasiva, pueda compensar esos errores. Los soldados rusos se apiñan, como los caballos salvajes de la estepa perseguidos por los lobos, en una masa informe, inmóvil e ingobernable, y mantienen su posición hasta que los esfuerzos supremos de las fuerzas enemigas los dispersan. Pero, con todo, las formaciones en línea son necesarias en muchas circunstancias, y hasta los rusos recurren a ellas, aunque con mesura. ¿Qué será, pues, de un ejército que no sabe formar en línea en absoluto o que, una vez puesto en línea con grandes dificultades, no puede volver a formar en columna sin confundirlo todo?

  1. La milicia rusa, formada por siervos movilizados para la guerra y organizada en druzhinas de unos mil hombres. ↩

  2. Serguéi Lanskói (1787-1862), ministro del Interior desde 1855. ↩

  3. Alexandr Lüders (1790-1874), general ruso, jefe del ejército del Sur, en Besarabia y la costa del mar Negro. ↩