Escrito por Karl Marx en Londres el 2 de marzo de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 109, del 6 de marzo de 1855. Buena parte del texto coincide con «La crisis en Inglaterra», escrito para el New-York Daily Tribune. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 95-97), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 2 de marzo. Mientras la Constitución británica fracasaba en el detalle en cada punto en que la guerra la ha puesto a prueba, en el interior se rompía el ministerio de coalición, el más constitucional de cuantos ministerios puede mostrar la historia inglesa. Cuarenta mil soldados británicos murieron a orillas del mar Negro, ¡víctimas de la Constitución británica! Oficiales, estado mayor, Intendencia, departamento médico, servicio de transportes, Almirantazgo, Horse Guards,1 Intendencia de Artillería, ejército y marina, todos se han hundido y han arruinado su propia estima ante el mundo; ¡pero todos tuvieron la satisfacción de saber que no habían hecho más que cumplir con su deber a los ojos de la Constitución británica! El Times dijo más verdad de lo que sospechaba cuando, refiriéndose a esta bancarrota general, exclamó: «Es la propia Constitución británica la que está sometida a juicio». Ha sido juzgada y declarada culpable.
Pero ¿qué es esta Constitución británica? ¿Consiste su esencia en el régimen representativo y en la limitación del poder ejecutivo? Estos rasgos no la distinguen ni de la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica ni de la constitución de las innumerables sociedades anónimas inglesas que entienden «su negocio». La Constitución británica no es, en realidad, más que un compromiso prescrito, caduco y anticuado entre la burguesía, que no oficialmente, pero de hecho, domina en todas las esferas decisivas de la sociedad burguesa, y la aristocracia terrateniente, que gobierna oficialmente. Al principio, tras la «gloriosa» revolución de 1688, solo una sección de la burguesía —la aristocracia financiera— quedó incluida en el compromiso. La ley de reforma de 18312 admitió otra sección, la millocracy,3 como la llaman los ingleses, es decir, los grandes dignatarios de la burguesía industrial. La historia de la legislación desde 1831 es la historia de las concesiones hechas a la burguesía industrial, desde la nueva ley de pobres hasta la derogación de las leyes de cereales, y desde la derogación de las leyes de cereales hasta el impuesto de sucesiones sobre la propiedad territorial.4
Si la burguesía —aunque solo la capa más alta de las clases medias— fue así reconocida en general como la clase dominante, también en lo político, esto ocurrió, sin embargo, con una sola condición: que todo el aparato de gobierno en todos sus detalles, incluso el departamento ejecutivo del poder legislativo, es decir, la elaboración propiamente dicha de las leyes en las dos Cámaras del Parlamento, siguiera asegurado a la aristocracia terrateniente. Hacia 1830 la burguesía prefirió renovar el compromiso con la aristocracia terrateniente a un compromiso con la masa del pueblo inglés. Ahora bien, la aristocracia, que, sometida a ciertos principios establecidos por la burguesía, reina en exclusiva en el gabinete, el Parlamento, la administración, el ejército y la marina, esta mitad de la nación británica, la relativamente más importante, se ve obligada precisamente ahora a firmar su propia sentencia de muerte y a confesar ante los ojos de todo el mundo que ya no tiene vocación para gobernar Inglaterra. ¡Véanse si no los intentos de galvanizar sus cadáveres! Se forma un ministerio tras otro para disolverse después de un régimen de pocas semanas. La crisis es permanente; el gobierno, solo provisional. Toda acción política está suspendida, y cada uno confiesa que ya no piensa más que en engrasar lo suficiente la máquina política para que no se pare del todo. La propia Cámara de los Comunes no se reconoce en los ministerios creados a su propia imagen.
En medio de esta impotencia general no solo hay que hacer la guerra, sino combatir a un adversario más peligroso incluso que el emperador Nicolás. Ese adversario es la crisis comercial e industrial, que desde septiembre pasado crece cada día en violencia y en universalidad. Su mano de hierro ha cerrado de golpe la boca a los superficiales apóstoles del librecambio que llevaban años predicando que, desde la derogación de las leyes de cereales, los mercados saturados y las crisis sociales habían quedado desterrados para siempre al reino de las sombras del pasado. Los mercados saturados están aquí, y ahora nadie clama más alto contra la falta de prudencia que impidió a los fabricantes limitar la producción que los mismos economistas que hace apenas cinco meses enseñaban con infalibilidad dogmática que nunca se podía producir demasiado.
En forma crónica la enfermedad se manifestó ya en tiempos de la huelga de Preston.5 Poco después, la saturación del mercado norteamericano hizo estallar la crisis en los Estados Unidos. La India y China, aunque saturadas, siguieron, igual que California y Australia, sirviendo de desagüe a la superproducción. Como los fabricantes ingleses ya no podían vender su mercancía en el mercado interior sin hacer bajar los precios, recurrieron al peligroso expediente de enviar ellos mismos su mercancía en consignación al extranjero, sobre todo a la India, China, Australia y California. Este subterfugio permitió al comercio seguir adelante durante un tiempo con menos trastornos que si las mercancías se hubieran lanzado de una vez al mercado. Pero en cuanto llegaron a su destino fijaron allí en el acto los precios, y hacia finales de septiembre el efecto se dejó sentir aquí en Inglaterra.
La crisis cambió entonces su carácter crónico por uno agudo. Las primeras casas que se hundieron fueron las de los estampadores de algodón, entre ellas firmas antiguas y establecidas de Manchester y sus alrededores. Luego les tocó el turno a los armadores y a los comerciantes de Australia y California, después a las casas de China y, por último, a las de la India. A todos les llegó el turno; la mayoría sufrió duramente, muchos tuvieron que suspender sus negocios, y para ninguna de estas ramas del comercio ha pasado el peligro. Al contrario, crece sin cesar. También quedaron afectados los fabricantes de seda; su industria está reducida de momento a casi nada, y las localidades donde se ejerce sufren la mayor miseria. Ahora les toca el turno a los hiladores y fabricantes de algodón. Algunos de ellos han sucumbido ya, y buena parte tendrá que compartir su suerte. Ya vimos que los hiladores de hilo fino solo trabajan ya jornada reducida, y los hiladores de hilo grueso recurrirán pronto al mismo medio. Una parte de ellos trabaja ya solo algunos días por semana. ¿Cuánto tiempo podrán aguantarlo?
Unos meses más, y la crisis alcanzará en los distritos fabriles el nivel de 1842, si no lo supera. Pero en cuanto sus efectos se dejen sentir de modo general entre las clases trabajadoras, volverá a empezar el movimiento político que durante seis años ha dormitado más o menos entre esas clases y solo había dejado los cuadros para una nueva agitación. El conflicto entre el proletariado industrial y la burguesía volverá a empezar en el mismo momento en que el conflicto entre la burguesía y la aristocracia alcance su punto culminante. Caerá entonces la máscara que hasta ahora ha ocultado al extranjero los rasgos reales de la fisonomía política de Gran Bretaña. Con todo, solo quien desconozca la riqueza de este país en material humano y en recursos materiales dudará de que saldrá victorioso y rejuvenecido de la gran crisis que se avecina.
El cuartel general del ejército británico en Londres, sede del comandante en jefe; por extensión, el mando supremo del ejército. ↩
La ley de reforma electoral se presentó en 1831 y se aprobó en 1832; amplió el derecho de voto a la clase media urbana y redistribuyó los escaños en favor de las ciudades industriales. ↩
Juego de palabras inglés con mill («fábrica») y aristocracy: la aristocracia de los fabricantes. ↩
La nueva ley de pobres de 1834 sustituyó el socorro a domicilio por el encierro en los asilos de trabajo (workhouses); las leyes de cereales se derogaron en 1846; el impuesto de sucesiones sobre la propiedad inmueble lo introdujo Gladstone en 1853. ↩
La huelga y el cierre patronal de los tejedores de algodón de Preston, de agosto de 1853 a mayo de 1854. ↩