Escrito en inglés por Karl Marx el 11 de enero de 1855 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 4297, del 26 de enero de 1855. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 616-621), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

La crisis comercial inglesa, cuyos síntomas de alarma se señalaron hace ya mucho en nuestras columnas, se ha convertido ahora en un hecho que proclaman en voz alta las más altas autoridades en la materia, las circulares anuales publicadas por las cámaras de comercio británicas y por las principales casas comerciales del reino; al mismo tiempo, las quiebras extensas, las fábricas que trabajan jornada reducida y las tablas de exportación en descenso expresan lo mismo. Según los últimos «Informes sobre comercio y navegación» oficiales, el valor declarado de los artículos de exportación registrados en el mes que terminó el 5 de diciembre fue:

185218531854
libraslibraslibras
6.033.0307.628.7605.771.772
Disminución en 1854261.2581.856.988

No hay por qué asombrarse de los librecambistas profesionales de Gran Bretaña, que se esfuerzan por demostrar que la crisis actual no es el resultado natural del sistema inglés moderno ni corresponde a las crisis que se han producido a intervalos periódicos casi desde fines del siglo XVIII, sino que tiene que proceder de circunstancias accidentales y extraordinarias. Según los dogmas de su escuela, las crisis comerciales dejaron de entrar en consideración una vez que la legislación británica abolió las leyes cerealistas y adoptó los principios del libre cambio. Ahora tienen no solo precios altos del grano con una cosecha abundante, sino también una crisis comercial. Al mercado mundial se sumaron California y Australia, trayendo consigo un torrente de oro, mientras el telégrafo eléctrico convertía a toda Europa en una sola bolsa y los ferrocarriles y los vapores multiplicaban por cien los medios de comunicación y las posibilidades de intercambio. Si había que poner a prueba su panacea, no habrían podido esperar circunstancias más favorables que las que caracterizan el periodo de 1849 a 1854 en la historia del comercio y del tráfico.

No han cumplido sus promesas, y ahora, naturalmente, la guerra tiene que servirle de chivo expiatorio al libre cambio, igual que la revolución en 1848. Sin embargo, no pueden negar que las complicaciones de Oriente retrasaron en cierto grado el vuelco, al actuar como freno del espíritu de empresas temerarias y al convertir una parte del capital sobrante en los empréstitos emitidos recientemente por la mayoría de las potencias europeas; que algunas ramas del comercio, como el del hierro, el del cuero y el de la lana, recibieron cierto apoyo por la demanda extraordinaria de estos productos provocada por la guerra; y, por último, que en otras ramas, como la navegación, el comercio del glasto, etc., en las que ideas exageradas sobre el efecto de la guerra favorecieron la especulación a ambos lados del Atlántico, solo se abrió un mercado parcial a la tendencia general, ya dominante, al exceso de comercio. Su argumento principal, sin embargo, se reduce a que la guerra ha causado precios altos para todas las clases de grano y a que esos precios altos produjeron la crisis.

Ahora bien, se recordará que el precio medio del grano fue más alto en 1853 que en 1854. Si esos precios altos no fueron responsables de la prosperidad imprevista de 1853, tampoco pueden serlo del estancamiento de 1854. El año 1836, pese a sus bajos precios del grano, se caracterizó por un estancamiento comercial; tanto 1824 como 1853 fueron años de prosperidad extraordinaria, a pesar de los precios altos que dominaban para todos los alimentos. La verdad es que, aunque los precios altos del grano pueden paralizar la prosperidad industrial y comercial al restringir el mercado interior, el mercado interior, en un país como Gran Bretaña, nunca puede inclinar la balanza si todos los mercados exteriores no están ya desesperadamente saturados. Por eso, en un país así, los precios altos del grano tienen que agravar y prolongar el estancamiento, que, sin embargo, no pueden producir. Además, no hay que olvidar que, según el verdadero dogma de la escuela de Manchester, los precios altos del grano, cuando se producen por vía natural y no por aranceles protectores, leyes prohibitivas y escalas móviles,1 pierden su influencia desfavorable e incluso pueden resultar beneficiosos al favorecer a los granjeros. Como no puede negarse que las dos grandes malas cosechas de 1852 y 1853 fueron acontecimientos naturales, los librecambistas se vuelven hacia el año 1854 y afirman que la guerra de Oriente, que actuó como un arancel protector, causó precios altos pese a una cosecha abundante. Si dejamos ahora a un lado la influencia general de los precios del cereal panificable sobre la industria, se plantea la pregunta de qué influencia ha ejercido la guerra actual sobre esos precios.

La importación rusa de trigo y harina constituye aproximadamente el 14 por ciento de la importación total del Reino Unido; como la importación total solo supone el 20 por ciento de su consumo total, Rusia aporta poco más del 2½ por ciento de él. Según los últimos informes oficiales, que solo se refieren a los nueve primeros meses de 1853, las importaciones totales de trigo en Gran Bretaña fueron de 3.770.921 quarters, de los cuales 773.507 procedían de Rusia y 209.000 de Valaquia y Moldavia. La importación total de harina fue de 3.800.746 quintales,2 de los cuales 64 los suministró Rusia y nada en absoluto los Principados. Así estaban las cosas antes de estallar la guerra. Durante los meses correspondientes de 1854, la importación de trigo directamente de los puertos rusos fue de 505.000 quarters, frente a 773.507 en 1853, y de los Principados del Danubio de 118.000, frente a 209.000, lo que da una merma de 359.507 quarters. Si se tiene en cuenta que la cosecha de 1854 fue excelente y la de 1853 muy mala, nadie afirmará que semejante déficit haya podido ejercer una influencia apreciable sobre los precios. Por el contrario, vemos en los informes oficiales de las ventas semanales de trigo del país en el mercado inglés, informes que solo se refieren a una pequeña parte del total de las transacciones del país, que en 1854, en los meses de octubre y noviembre, se vendieron 1.109.148 quarters, frente a 758.061 en los meses correspondientes de 1853: más que la merma que supuestamente ha causado la guerra con Rusia. Podemos señalar también que la guerra con Rusia no habría reducido la importación de trigo, ni siquiera en la pequeña cantidad en que realmente se redujo, si el gabinete inglés no hubiera provocado que se echaran a perder grandes cantidades de trigo turco en los graneros de los Principados al bloquear, por estupidez o por traición, Sulina, en la desembocadura del Danubio, cortándose así su propio suministro de víveres. Como casi dos tercios de la importación de harina extranjera de Londres procedían de los Estados Unidos, hay que reconocer que la caída del suministro norteamericano en el último trimestre de 1854 fue para el comercio de víveres un acontecimiento mucho más importante que la guerra con Rusia. Si se nos pregunta cómo se producen los altos precios del grano en Gran Bretaña con una buena cosecha, responderemos que en el curso de 1853 se señaló más de una vez en la Tribune el hecho de que las ilusiones librecambistas provocaron las mayores desviaciones y errores en las operaciones del comercio británico de grano al empujar los precios por debajo de su nivel natural durante los meses de verano, cuando solo su subida habría asegurado los suministros necesarios y pedidos suficientes para las compras futuras. Así ocurrió que las importaciones de los meses de julio, agosto, septiembre y octubre de 1854 solo alcanzaron 750.000 quarters, frente a 2.132.000 en los meses correspondientes de 1853. Además, apenas cabe dudar de que, a consecuencia de la abolición de las leyes cerealistas, se han convertido en pastos superficies tan grandes de tierra cultivable en Gran Bretaña que hasta una cosecha abundante resultaría relativamente insuficiente con el nuevo sistema.

«En consecuencia», por citar una circular de la cámara de comercio de Hull, «el Reino Unido entra en el año 1855 con existencias muy pequeñas de trigo extranjero y con precios casi tan altos como a comienzos de 1854, mientras que hasta la primavera depende casi enteramente de los suministros de sus propios agricultores».

La razón del estancamiento comercial inglés de 1854, que difícilmente alcanzará su verdadera amplitud antes de la primavera de este año, está en los pocos rasgos numéricos siguientes: la exportación de productos y manufacturas británicos, que en 1846 sumó en total 57.786.000 libras esterlinas, alcanzó en 1853 el enorme valor de 98.000.000. De esos 98.000.000 de 1853, Australia, que en 1842 había comprado menos de un millón y en 1850 unos tres millones, consumió cerca de quince millones, mientras que los Estados Unidos, que en 1842 solo habían consumido 3.582.000 libras y en 1850 algo menos de 15.000.000, necesitaban ahora la enorme suma de 24.000.000. La repercusión necesaria de la crisis norteamericana sobre el comercio inglés y los mercados australianos, desesperadamente saturados, no necesitan más explicación. En 1837 la crisis norteamericana siguió pisándole los talones a la crisis inglesa de 1836, mientras que ahora la crisis inglesa sigue las huellas de la norteamericana; pero en ambos casos la crisis puede atribuirse a la misma causa: al efecto funesto del sistema industrial inglés, que lleva a la sobreproducción en Gran Bretaña y a la sobreespeculación en todos los demás países. Los mercados de Australia y de los Estados Unidos, que dependen de Inglaterra en medida aproximadamente igual, no son excepciones: son solo la expresión más alta del estado general del mercado mundial.

«¡El hecho de unos mercados exteriores saturados y de unas ventas sin beneficio, salvo algunas excepciones, salta a la vista!», se lamenta una circular de Manchester sobre el comercio del algodón. «La mayoría de los mercados exteriores», dice otra circular sobre el comercio de la seda, «los tradicionales mercados de salida de nuestra sobreproducción, gemían bajo el efecto del exceso de comercio». «La producción aumentó enormemente», se nos dice en un informe sobre el comercio de estambre de Bradford, «y las mercancías encontraron salida durante un tiempo en los mercados extranjeros. Se hicieron muchos negocios irregulares con consignaciones temerarias de mercancías al extranjero, y apenas necesitamos señalar que los resultados fueron en general de lo más insatisfactorios».

Y así podríamos citar una montaña de circulares comerciales de primer orden que nos han llegado con el Pacific.

La revolución española y el activo contrabando que la siguió en ese territorio han creado un mercado extraordinario para los productos británicos. El mercado de Levante parece ser, a causa de los temores provocados por la guerra de Oriente, el único que no se ha sobrecargado; pero, según oímos, hace unos tres meses Lancashire se puso a reparar lo que se había descuidado en ese terreno, y precisamente ahora se nos informa de que también Constantinopla gime bajo las cantidades abrumadoras de artículos de algodón, de lana, de metal y de cuchillería y de toda clase de mercancías británicas. China es el único país del que puede decirse que los acontecimientos políticos han tenido una influencia apreciable en el desarrollo del estancamiento comercial.

«Las esperanzas puestas en el aumento gradual de nuestro comercio de exportación con China», dice una casa comercial de Manchester, «se han visto destruidas casi por completo, y la rebelión que se extiende actualmente en ese país, que al principio se consideró favorable al tráfico con el extranjero, parece haberse organizado ahora para la devastación del país y la ruina total del comercio. El comercio de exportación con China, del que en otro tiempo se esperaba una gran expansión, ha cesado casi por completo».

Nuestros lectores recordarán tal vez que, cuando la revolución china3 empezó a adquirir dimensiones más serias, predijimos el efecto catastrófico del que hoy se quejan las casas exportadoras inglesas.

Aunque negamos toda relación entre la guerra y la crisis comercial, cuyos síntomas eran ya visibles antes de que se pensara en la guerra, comprendemos naturalmente que la guerra puede agravar peligrosamente la dura prueba que Gran Bretaña tiene que pasar ahora. La continuación de la guerra significa un aumento de los impuestos, y los impuestos crecientes no son sin duda un remedio para unos ingresos menguantes.

  1. Las leyes cerealistas inglesas, abolidas en 1846, gravaban la importación de grano con derechos que variaban según el precio interior (escala móvil). ↩

  2. En la correspondencia de Marx para la Neue Oder-Zeitung del 12 de enero de 1855 sobre la crisis industrial y comercial, la misma cifra figura como 3.890.746 quintales. ↩

  3. La rebelión Taiping, iniciada en 1851. Marx la trató en «La revolución en China y en Europa» (New-York Daily Tribune, 14 de junio de 1853). ↩