Escrito por Karl Marx en Londres el 19 de marzo de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 137, del 22 de marzo de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 132-134), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 19 de marzo. Para caracterizar el ánimo de la prensa de aquí contra Prusia, damos dos extractos, uno del Morning Herald, el órgano tory, y otro del Morning Post, el órgano de Palmerston. El Morning Herald observa a propósito del discurso de sir Robert Peel, recién nombrado lord subalterno del Almirantazgo,1 ante sus electores de Portsmouth:

«Sir Robert Peel ha representado con todo acierto el sentir del pueblo inglés al exigir que se empuje a Prusia a una política claramente declarada, o nuestra segunda expedición al Báltico será tan inútil como lo fue la primera. Ya hemos tenido bastantes protocolos, bastantes “puntos”; ya es hora de cortar a Rusia sus recursos y de preparar una reacción en el interior de Rusia».

El Morning Post se hace escribir desde París sobre la misión del general Wedell:2

«El general Wedell ha comunicado sus instrucciones al gabinete de Napoleón. ¿Y cuáles son? El general Wedell cuenta al gobierno francés: 1.º que Su Majestad el rey de Prusia está profundamente afligido por la muerte de su imperial cuñado; 2.º que Prusia está plenamente de acuerdo con las potencias occidentales sobre el protocolo del 28 de diciembre y dispuesta a firmarlo en cualquier forma debida, y que, por tanto, Prusia tiene que ocupar su sitio en el consejo de Viena. Pero resulta que el protocolo del 28 de diciembre no obliga a nadie a nada, sino que es solo un esbozo diplomático para una obra histórica. Y como Prusia se niega a firmar el verdadero tratado de alianza entre Inglaterra, Francia y Austria,3 hay que dar por concluida la misión del señor Wedell».

Es sabido que los soberanos de Tiro y de Cartago aplacaban la ira de los dioses no sacrificándose ellos mismos, sino comprando niños a los pobres para arrojarlos a los brazos ardientes de Moloc. La Inglaterra oficial prescribe al pueblo que se humille ante el Señor, que ayune y haga penitencia por la ignominia que la mala administración de su gobierno anterior ha echado sobre él, por los millones de libras esterlinas que le ha sacado inútilmente y por los miles de vidas que le ha robado sin escrúpulos. Para el próximo miércoles, en efecto, el Consejo Privado ha ordenado un día de penitencia y oración4

«para obtener el perdón de nuestros pecados y elevar del modo más devoto y piadoso nuestras oraciones y súplicas a la divina Majestad, implorando su bendición y su ayuda para nuestras armas y la restauración de la paz para la reina y sus dominios».

Igual que el mariscal de la corte en las ceremonias cortesanas, el arzobispo de Canterbury ha publicado un «formulario» para esta ceremonia religiosa, un formulario que prescribe cómo hay que dirigirse a la divina Majestad. En esta curiosa competencia entre la Iglesia del Estado inglesa y la rusa, que también ha implorado la bendición de Dios para sus armas, la ventaja está evidentemente del lado de esta última.

«Leída por los compatriotas del zar», observa el Leader,5 «la oración prescrita por Canterbury es una oración de cobardes; leída por ingleses, es la oración de hipócritas. Leída por los disidentes,6 es la oración de una secta que quiere dictar a las demás. Leída por la población obrera, es la oración de los ricos, que pertenecen a una sola secta y mantienen esta mascarada en la creencia de que es un medio indirecto de conservarlos en el monopolio del rango y de los cargos. La palabrería untuosa del arzobispo ha soliviantado a la clase obrera en varias partes de este país. Un día de ayuno y humillación es para ella una realidad. Para todas las demás confesiones, salvo la de la pobreza, no significa más que el añadido de huevos y salsa de pescado a la comida ordinaria y el cierre de las tiendas como los domingos. Para el obrero, un día de ayuno significa quedarse sin salario y, por tanto, sin comida».

En una correspondencia anterior dijimos: «El conflicto entre el proletariado industrial y la burguesía volverá a empezar en el mismo momento en que el conflicto entre la burguesía y la aristocracia alcance su punto culminante».7

En el gran mitin que se celebró el viernes pasado en la London Tavern se ha demostrado palpablemente esta frase. Antes del informe sobre este mitin enviamos algunos datos sobre las escaramuzas que se han producido últimamente, dentro y fuera del Parlamento, entre el proletariado y la burguesía. Hace muy poco, los fabricantes de Manchester celebraron mítines en los que se acordó poner en marcha una agitación por la abolición de los «inspectores de fábricas» oficiales, porque esos inspectores no solo se permiten vigilar el cumplimiento de las horas de trabajo legales, sino que encima exigen que en las fábricas se instalen de verdad los dispositivos ordenados por el Parlamento para evitar que la maquinaria cause lesiones o la muerte a los obreros. El inspector de fábricas del sur de Lancashire, el conocido Leonard Horner,8 se ha ganado su particular aversión porque en su último informe insiste en un dispositivo prescrito por la ley en las hilaturas cuyo descuido, como exclamó ingenuamente uno de los fabricantes —miembro, naturalmente, de la Sociedad de la Paz—, «el año pasado solo ha costado la vida a cinco obreros adultos».

Esto fue fuera del Parlamento. En la propia Cámara de los Comunes se rechazó en segunda lectura el proyecto de ley de sir Henry Halford9 que declaraba ilegal el stoppage of wages. El stoppage of wages significa los descuentos sobre el salario nominal, en parte como multa por infringir los reglamentos de fábrica dictados por el patrono y en parte, en las ramas de la industria donde todavía no se ha introducido el sistema moderno, los descuentos en concepto de alquiler, etc., por los telares, etc., prestados a los obreros.

Este último sistema predomina sobre todo en la fabricación de medias de Nottingham, y sir H. Halford demostró que aquí el obrero, en muchos casos, en lugar de ser pagado por su patrono, tiene más bien que pagar a su patrono. Con diversos pretextos se hacen, en efecto, tantos descuentos sobre el salario nominal que el obrero todavía tiene que devolver un sobrante, que el capitalista le apunta en forma de débito. Convertido así en deudor de su patrono, este lo obliga a renovar su contrato en condiciones cada vez más desfavorables, hasta que se convierte en siervo en el pleno sentido de la palabra, aunque sin que, como al siervo, se le garantice al menos la existencia física.

Mientras la Cámara de los Comunes rechazaba en segunda lectura el proyecto de sir H. Halford, que debía poner coto a este abuso, se negaba siquiera a tomar en consideración el proyecto de Cobbett,10 hijo del gran panfletista inglés. Este proyecto se proponía: 1.º sustituir la ley de las diez horas y media de 1850 por la «ley de las diez horas» de 1847;11 2.º hacer «efectiva» la limitación legal de la jornada en las fábricas mediante la parada obligatoria de la maquinaria al final de cada jornada legal.

Mañana, el mitin de la London Tavern.

  1. Sir Robert Peel (1822-1895), tercer baronet, hijo mayor del primer ministro, lord del Almirantazgo en el gabinete Palmerston. ↩

  2. Karl von Wedell, general prusiano, enviado en misión especial a París en marzo de 1855. ↩

  3. El tratado del 2 de diciembre de 1854 entre Austria, Inglaterra y Francia, completado por el protocolo del 28 de diciembre, que interpretaba los cuatro puntos como base de las negociaciones de paz con Rusia. ↩

  4. El día de ayuno y humillación del miércoles 21 de marzo de 1855. ↩

  5. Semanario radical londinense fundado en 1850. ↩

  6. Los protestantes no conformistas, ajenos a la Iglesia de Inglaterra. ↩

  7. Véase «La Constitución británica». ↩

  8. Leonard Horner (1785-1864), geólogo e inspector de fábricas de 1833 a 1859, cuyos informes cita Marx a menudo en El capital. ↩

  9. Sir Henry Halford (1797-1868), diputado tory por Leicestershire. ↩

  10. John Morgan Cobbett (1800-1877), diputado por Oldham, hijo de William Cobbett. ↩

  11. La ley de 1847 limitaba a diez horas la jornada de las mujeres y los adolescentes en las fábricas textiles; la de 1850 la elevó a diez horas y media, pero fijó el intervalo en que podía trabajarse. ↩