Escrito por Karl Marx en Londres el 2 de julio de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 307, del 5 de julio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 341-344), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Se corrigen algunas erratas de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 2 de julio. La manifestación contra el proyecto de ley dominical se repitió ayer en Hyde Park, a mayor escala, con auspicios más amenazadores y consecuencias más serias. La sombría agitación que reina hoy en Londres da fe de ello.

Los carteles que convocaban la repetición del mitin contenían a la vez la invitación a reunirse el domingo a las 10 de la mañana ante la casa del piadoso lord Grosvenor y acompañarlo en su camino a la iglesia. El piadoso señor, sin embargo, había abandonado Londres ya el sábado en un coche particular, para viajar de incógnito. Que por naturaleza está más llamado a hacer mártires a otros que a convertirse él mismo en mártir lo había probado ya su circular en todos los periódicos de Londres, en la que, por un lado, se aferra a su proyecto de ley y, por otro, se esfuerza en mostrar que carece de sentido, de fin y de importancia. Su casa estuvo ocupada todo el domingo no por cantores de salmos, sino por agentes de policía, 200 en total. Lo mismo la de su hermano, el marqués de Westminster,1 famoso por su riqueza.

Sir Richard Mayne,2 el jefe de la policía de Londres, había empapelado el sábado las paredes de Londres con carteles en los que «prohibía» no solo celebrar un mitin en Hyde Park, sino también reunirse allí «en grandes masas» y dar cualquier muestra de aprobación o desaprobación. El resultado de este ukase3 fue que, incluso según el informe de la circular de la policía, ya a las 2 y media 150.000 personas de todas las clases y de todas las edades iban y venían por el parque, y que la masa humana fue creciendo hasta dimensiones que, aun para Londres, eran gigantescas y monstruosas. No solo se presentó Londres en masa; formó de nuevo las filas de gente a ambos lados del camino de carruajes, a lo largo del Serpentine, solo que más espesas y profundas que el domingo pasado. Quien no se presentó fue la haute volée. En total aparecieron quizá 20 coches, la mayoría pequeños gigs y faetones, que pasaron sin ser molestados, mientras que sus hermanos más imponentes, más panzudos, de pescante más alto y más galoneados fueron saludados con los viejos gritos y con la vieja Babel de sonidos, cuyas ondas sonoras hicieron temblar esta vez el aire en una milla a la redonda. Los ukases de la policía quedaron refutados por la reunión de masas y su ejercicio pulmonar de mil bocas. La haute volée había evitado el campo de batalla y con su ausencia había reconocido la soberanía de la vox populi.

Eran ya las 4, y la manifestación parecía a punto de disiparse, por falta de materia, en un inofensivo esparcimiento dominical. Pero esas no eran las cuentas de la policía. ¿Iba a retirarse entre la risa general, echando una melancólica mirada de despedida a sus propios carteles, que se leían en letras grandes a la entrada del parque? Además, estaban presentes sus grandes dignatarios: sir Richard Mayne y los superintendentes Gibs y Walker, a caballo; los inspectores Banks, Darkin y Brennan, a pie. Ochocientos agentes estaban distribuidos estratégicamente, en gran parte escondidos en edificios y emboscadas. Destacamentos más fuertes estaban apostados por estaciones en lugares vecinos, listos para acudir de refuerzo. La vivienda del guarda mayor del parque, el polvorín y los edificios de las sociedades de salvamento, todos situados en un punto donde el camino de carruajes a lo largo del Serpentine se convierte en un sendero hacia los jardines de Kensington, se habían transformado en blocaos improvisados, con fuertes guarniciones de policía, preparados para alojar presos y heridos. En la comisaría de Vine Street, Piccadilly, había coches de punto preparados para ir al campo de batalla y recoger desde allí a los vencidos bajo escolta segura. En suma, la policía había trazado un plan de campaña «más enérgico», como dice el Times, «que ninguno de los que hemos oído en Crimea». La policía necesitaba cabezas ensangrentadas y detenciones para no caer sin transición de lo sublime en lo ridículo. Por eso, en cuanto las filas de gente se aclararon más y las masas se repartieron en distintos grupos, más lejos del camino de carruajes, por los inmensos espacios del parque, sus jefes se plantaron en medio del camino, entre las dos filas, y dieron desde lo alto de sus caballos órdenes solemnes a derecha e izquierda. Supuestamente para proteger a los coches y jinetes que pasaban. Pero como no pasaban coches ni jinetes, y por tanto no había nada que proteger, empezaron, «con falsos pretextos», a hacer sacar de la masa y detener a individuos sueltos, con el pretexto, a saber, de que eran pickpockets (carteristas). Cuando estos experimentos se hicieron más numerosos y el pretexto ya no se sostenía, cuando un solo grito recorrió las masas, los cuerpos de agentes escondidos salieron de sus emboscadas, sacaron de golpe las porras del bolsillo, rompieron cabezas, arrancaron aquí y allá a un individuo de la multitud (en total se detuvo así a 104) y los arrastraron a los blocaos improvisados. El lado izquierdo del camino de carruajes solo está separado del agua del Serpentine por una estrecha franja. Con una maniobra, un oficial de policía empujó con su tropa a los espectadores hasta el borde mismo del elemento líquido y los amenazó con un baño de agua fría. Un individuo, para escapar a la porra policial, cruzó a nado el Serpentine hasta la otra orilla; pero un policía lo persiguió en un bote, lo atrapó y lo trajo de vuelta triunfante.

¡Cómo había cambiado la fisonomía de la escena desde el domingo pasado! En lugar de las carrozas de gala, sucios coches de punto que iban y venían de la comisaría de Vine Street a las cárceles improvisadas de Hyde Park y de aquí a la comisaría. En lugar de los lacayos en el pescante, un agente junto al cochero borracho. En lugar de los elegantes caballeros y damas en el interior de los coches, presos con la cabeza ensangrentada, el pelo revuelto, medio desnudos, con la ropa desgarrada, vigilados por figuras siniestras, sacadas del lumpenproletariado irlandés y metidas a la fuerza a policías de Londres. En lugar de los abanicos que se agitaban, la porra de cuero que silbaba (el truncheon del agente). Las clases dominantes habían mostrado el domingo pasado su fisonomía de moda; esta vez mostraron su fisonomía de Estado. El fondo de los viejos caballeros de sonrisa amable, de los petimetres a la moda, de las viudas distinguidas y achacosas, de las beldades perfumadas de cachemira, plumas de avestruz y guirnaldas de diamantes y flores, era el agente, con el capote impermeable, el grasiento sombrero de hule y el truncheon. Era el reverso de la medalla. El domingo pasado la masa había tenido enfrente a la clase dominante en su manifestación individual. Esta vez se le apareció como poder del Estado, ley, truncheon. Esta vez la resistencia era insurrección, y al inglés hay que calentarlo mucho tiempo y despacio antes de que se insurreccione. De ahí que, en conjunto, la contramanifestación se limitara a silbar, gruñir y abuchear a los vehículos de la policía, a intentos aislados y débiles de liberar a los presos y, sobre todo, a la resistencia pasiva de mantenerse con flema en el campo de batalla.

Característico fue el papel que asumieron en este espectáculo los soldados, en parte de la Guardia, en parte del 66.º regimiento. Estaban muy representados. Doce de ellos, guardias, algunos condecorados con medallas de Crimea, se encontraban en un grupo de hombres, mujeres y niños sobre el que caían las porras de la policía. Un anciano cayó al suelo alcanzado por un golpe. «Los stiffstaffs de Londres» (mote de la policía) «son peores de lo que eran los rusos en Inkerman», gritó uno de los héroes de Crimea. La policía le echó mano. Fue liberado al instante entre el grito de la multitud: «¡Tres hurras por el ejército!». La policía juzgó prudente alejarse. Entretanto había llegado un grupo de granaderos; los soldados formaron una tropa y, rodeados por la masa, al grito de «¡Viva el ejército, abajo la policía, abajo el proyecto dominical!», se pasearon con aire arrogante por el parque arriba y abajo. La policía estaba indecisa cuando apareció un sargento de la Guardia, la increpó en voz alta por su brutalidad, calmó a los soldados y convenció a algunos de ellos de que lo siguieran al cuartel para evitar choques más serios. Pero la mayoría de los soldados se quedó y, en medio del pueblo, dio rienda suelta en términos desmedidos a su rabia contra la policía. La oposición entre la policía y el ejército es antigua en Inglaterra. Este momento, en que el ejército es el «pet child» (el niño mimado) de las masas, no es desde luego el más adecuado para atenuarla.

Un anciano llamado Russell habría muerto hoy a consecuencia de las heridas recibidas; media docena de heridos se encuentran en el hospital de St. George. Durante la manifestación se hicieron de nuevo varios intentos de celebrar mítines parciales. En uno de ellos, junto a Albert Gate, fuera de la parte del parque ocupada inicialmente por la policía, un anónimo arengó a su público más o menos así:

«¡Hombres de la vieja Inglaterra! ¡Despertad, levantaos de vuestro sueño o caed para siempre! Resistid al Gobierno todos los domingos. Id contra el proyecto de la Iglesia como habéis hecho hoy. No temáis reclamar los derechos que os corresponden; sacudid más bien las cadenas de la opresión y la tiranía oligárquicas. Si no, seréis aplastados sin remedio. ¿No es una vergüenza que los habitantes de esta gran metrópoli, la mayor del mundo civilizado, hayan de entregar sus libertades en manos de un lord Grosvenor o de un hombre como lord Ebrington?4 Su señoría siente la necesidad de llevarnos a la iglesia a empujones y de hacernos religiosos por ley del Parlamento. Es una empresa vana. ¡Quiénes somos nosotros y quiénes son ellos! Mirad la guerra actual. ¿No se hace a costa y con la sangre de las clases productivas? ¿Y qué hacen las improductivas? La echan a perder».

Al orador y al mitin, naturalmente, los interrumpió la policía.

En Greenwich, cerca del Observatorio, los londinenses celebraron también un mitin de 10.000 a 15.000 personas. También lo interrumpió la policía.

  1. Richard Grosvenor, marqués de Westminster (1795-1869), uno de los mayores propietarios de suelo de Londres. ↩

  2. Sir Richard Mayne (1796-1868), comisario jefe de la Policía Metropolitana de Londres. ↩

  3. Decreto del zar; aquí, orden arbitraria. ↩

  4. Hugh Fortescue, vizconde de Ebrington (1818-1905), diputado whig por Marylebone, que apoyaba el proyecto de Grosvenor. ↩