Editorial publicado sin firma en el New-York Daily Tribune, n.º 4377, 30 de abril de 1855, p. 4; atribuido a Friedrich Engels por la MEGA² (I/14). Traducido del original del periódico (Biblioteca del Congreso, Chronicling America) por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en inglés.
Napoleón III, en su calidad de redactor jefe del Moniteur, ha publicado un largo editorial sobre la expedición de Crimea, cuyas partes importantes hemos publicado debidamente. El propósito de este manifiesto es evidentemente consolar a la nación francesa del fracaso de la empresa, quitar de los hombros imperiales la responsabilidad del mismo y, a la vez, responder al famoso folleto que publicó hace poco el príncipe Napoleón. En ese estilo, mitad familiar y mitad digno, característico del hombre que escribe a la vez para los campesinos franceses y para los gabinetes europeos, se ofrece una especie de historia de la campaña, con las supuestas razones de cada paso. Algunas de esas razones merecen un examen especial.
El aventurero imperial nos informa de que las tropas aliadas fueron llevadas a Galípoli porque, de otro modo, los rusos habrían podido cruzar el Danubio en Rustchuk y, rodeando las líneas de Varna y Shumla, atravesar los Balcanes y marchar sobre Constantinopla. Es la peor razón que se haya dado nunca para el desembarco en Galípoli. En primer lugar, Rustchuk es una fortaleza y no una ciudad abierta, como parece figurarse el ilustre redactor del Moniteur. En cuanto al peligro de semejante marcha de flanco de los rusos, conviene recordar que a un ejército de 60.000 turcos sólidamente establecido entre cuatro fuertes fortalezas no se le podía dejar atrás sin peligro sin dejar un cuerpo considerable para vigilarlo; que tal marcha de flanco habría expuesto a los rusos, en los desfiladeros de los Balcanes, a la suerte de Dupont en Bailén y de Vandamme en Kulm; que en el caso más favorable no habrían podido llevar a Adrianópolis más de 25.000 hombres, y que quien crea que semejante ejército es peligroso para la capital turca puede corregir su opinión leyendo las conocidas observaciones del mayor Moltke sobre la campaña de 1829, reeditadas hace poco en inglés en Londres.
Si no hubiera peligro para Constantinopla, los aliados, según nos enteramos por el Moniteur, debían enviar algunas divisiones a Varna y poner fin a cualquier intento de sitiar Silistria. Hecho esto, se ofrecerían otras dos operaciones: un desembarco cerca de Odesa o la toma de Crimea. Ambas debían discutirlas sobre el terreno los generales aliados. Tales eran las instrucciones a Saint-Arnaud, que terminaban con unos sanos consejos militares en forma de máximas y apotegmas: conozca siempre lo que hace el enemigo; mantenga juntas sus tropas, no las divida bajo ningún concepto; o, si tiene que dividirlas, arrégleselas para poder reunirlas en un punto dado en veinticuatro horas, y así sucesivamente. Reglas de conducta muy valiosas, sin duda, pero tan trilladas y tan vulgares que el lector tiene que concluir en el acto que Saint-Arnaud era, a ojos de su señor, el mayor zopenco e ignorante del mundo. Después de esto, las instrucciones terminan así: «Tiene usted toda mi confianza, mariscal. Vaya, porque estoy seguro de que, bajo su experimentada dirección, las águilas francesas conquistarán nueva gloria».
En cuanto al punto principal, la expedición de Crimea, el señor Bonaparte confiesa que era sin duda una idea predilecta suya y que más tarde envió a Saint-Arnaud otra tanda de instrucciones al respecto. Pero niega haber elaborado el plan en sus detalles y haberlo enviado al cuartel general; según él, los generales seguían pudiendo elegir un desembarco cerca de Odesa. Como prueba de ello se cita un pasaje de sus nuevas instrucciones. En él propone un desembarco en Teodosia (Kaffa), porque ofrece un fondeadero seguro y amplio para las flotas, que han de constituir la base de operaciones del ejército. Lo que es una base de operaciones se lo había explicado a Saint-Arnaud en sus primeras instrucciones, en términos que no dejan duda de que se suponía que el ilustre mariscal no había leído nunca ninguna obra clásica de su profesión. Desde ese punto, Kaffa, el ejército debía marchar sobre Simferópol, empujar a los rusos hasta Sebastopol, ante cuyos muros probablemente se libraría una batalla, y, por último, sitiar Sebastopol. «Por desgracia», este «plan no lo siguieron los generales aliados», circunstancia muy afortunada para el emperador, pues le permite sacudirse la responsabilidad de todo el asunto y dejarla sobre los hombros de los generales.
El plan de desembarcar 60.000 hombres en Kaffa y marchar desde allí sobre Sebastopol es ciertamente original. Tomando como regla general que la fuerza ofensiva de un ejército en país enemigo disminuye en la misma proporción en que aumenta su distancia de la base de operaciones, ¿cuántos hombres habrían llevado los aliados a Sebastopol tras una marcha de más de 120 millas? ¿Cuántos había que dejar en Kaffa? ¿Cuántos para ocupar y fortificar los puntos intermedios? ¿Cuántos para proteger los convoyes y batir el país? Ni 20.000 hombres habrían podido reunirse ante los muros de una fortaleza que requería tres veces ese número solo para cercarla. Si Luis Napoleón va alguna vez él mismo a la guerra y la dirige según este principio, más le vale reservar desde ahora habitación en el Mivart's Hotel de Londres, porque no volverá a ver París.
En cuanto a la seguridad del fondeadero de Kaffa, todo marino del mar Negro sabe, y toda carta muestra, que es una rada abierta, resguardada solo de los vientos del norte y del oeste, mientras que las tormentas más peligrosas del mar Negro vienen del sur y del suroeste. La tormenta del 14 de noviembre es un ejemplo. Si las flotas hubieran estado entonces en Kaffa, habrían sido arrojadas contra una costa de sotavento. De este modo nuestro héroe se libra de la responsabilidad que le echa encima su primo; pero no convendría en absoluto sacrificar a Raglan y a Canrobert. Por eso, para mostrar la habilidad de dichos generales, se da un esbozo muy decente de las operaciones de sitio según Vauban, un esbozo que, por la total ignorancia del asunto que supone en el lector, podría haberse escrito para uso del mariscal Saint-Arnaud. Este esbozo, sin embargo, solo sirve para mostrar cómo no había que tomar Sebastopol, pues termina afirmando que todas esas reglas eran inaplicables a Sebastopol. Por ejemplo: «En un sitio corriente, en el que se ataca un solo frente, la longitud de la última paralela sería de unas 300 yardas y la longitud total de las trincheras no pasaría de 4.000 yardas; aquí la extensión de la paralela es de 3.000 yardas y la longitud lineal total de todas las trincheras es de 41.000 yardas».
Todo esto es bastante cierto, pero la cuestión es por qué se ha adoptado esta enorme extensión del ataque, cuando todas las circunstancias pedían la mayor concentración posible del fuego sobre uno o dos puntos determinados. La respuesta es: «Sebastopol no es como las demás fortalezas. Solo tiene un foso poco profundo, sin escarpas de mampostería, y estas defensas se sustituyen con abatidas y empalizadas; por eso nuestro fuego apenas podía hacer mella en el parapeto de tierra». Si esto no se escribió para Saint-Arnaud, desde luego se escribió solo para los campesinos franceses. Cualquier subteniente del ejército francés tiene que reírse de semejante disparate. Las empalizadas, a menos que estén en el fondo de un foso o al menos fuera de la vista del enemigo, las derriban muy pronto las balas y las granadas. A las abatidas se les puede prender fuego, y tienen que estar al pie del glacis, a unas 60 u 80 yardas del parapeto, pues de lo contrario estorbarían el fuego de los cañones. Además, esas abatidas tienen que ser árboles grandes tendidos en el suelo, con las ramas aguzadas hacia el enemigo y todo ello sólidamente trabado; pero de dónde habrían podido salir semejantes árboles en un país sin bosques como Crimea, el Moniteur no lo dice. La falta de escarpas de mampostería no tiene nada que ver con la prolongación del sitio, pues, según la descripción del propio Moniteur, solo entran en juego cuando se han establecido las baterías de brecha en lo alto del glacis, posición de la que los aliados están aún muy lejos. Que las empalizadas sean una mejora respecto de las escarpas de mampostería es ciertamente una novedad, porque estas murallas de madera pueden destruirse muy fácilmente con fuego de enfilada, aun en el fondo del foso, y permiten así un asalto en cuanto se han acallado los cañones de la defensa.
Para terminar, esta nueva autoridad militar nos dice que todos los hechos muestran que los generales aliados han hecho lo que han podido, que han hecho más de lo que en aquellas circunstancias podía esperarse de ellos y que se han cubierto, en efecto, de gloria. Si no han podido cercar como es debido Sebastopol, si no han podido rechazar al ejército ruso de observación, si aún no están en la plaza, es porque no son bastante fuertes. También esto es cierto; pero ¿quién es responsable de esta, la mayor de todas las faltas? ¿Quién sino Luis Bonaparte? Tal es la conclusión final que todo el público francés sacará inevitablemente de esta explicación prolija, enrevesada, evasiva y ridícula de su emperador.