Escrito por Karl Marx en Londres el 5 de junio de 1855 y publicado en la Neue Oder-Zeitung (Breslau), núm. 261, del 8 de junio de 1855. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 11 (Berlín, 1961, pp. 266-269), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW, que añadió el subtítulo. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 5 de junio. La Asociación para la Reforma Administrativa1 se ha apuntado una victoria en Bath. Su candidato, el señor Tite,2 ha sido elegido diputado por gran mayoría frente al candidato tory. Esta victoria, conquistada en el terreno del país «legal»,3 la celebran hoy los periódicos liberales como un gran acontecimiento. Los boletines del poll4 se publican con no menos ostentación que los boletines sobre los éxitos incruentos en el mar de Azov. ¡Bath y Kerch!5 es la consigna del día. Lo que la prensa calla, periódicos reformistas y antirreformistas, ministeriales y de la oposición, tories, whigs y radicales, son las derrotas y los desengaños que la Asociación para la Reforma Administrativa ha sufrido en los últimos días en Londres, en Birmingham y en Worcester. Cierto que esta vez la lucha no se desarrolló en el terreno acotado de un cuerpo electoral privilegiado. Ni sus resultados eran como para provocar gritos de triunfo en el bando de los adversarios de los reformadores de la City.
El primer mitin de verdad público (es decir, sin tarjetas de entrada) que celebró la Asociación para la Reforma en Londres tuvo lugar el miércoles pasado en Marylebone. Frente a las resoluciones de los reformadores de la City, un cartista presentó la enmienda
«de que la aristocracia del dinero representada por los hombres de la City es tan mala como la aristocracia de la tierra; de que, con el pretexto de reformas, solo aspira a encaramarse a Downing Street a espaldas del pueblo para repartirse allí cargos, sueldos y dignidades con los oligarcas; de que la Carta, con sus cinco puntos, es el único programa del movimiento popular».
El presidente del mitin, uno de los iluminados de la City, planteó una serie de escrúpulos: primero, si debía someter a votación la enmienda; luego, si debía votar primero la resolución o la enmienda; por último, cómo debía hacer la votación. El público, cansado de sus vacilaciones, consideraciones tácticas y maniobras antipáticas, lo declaró incapaz de seguir presidiendo, llamó a Ernest Jones6 a ocupar la presidencia en su lugar y votó luego, por mayoría abrumadora, contra la resolución y a favor de la enmienda. En Birmingham, la asociación de la City había organizado un mitin público en el ayuntamiento, presidido por el alcalde. Frente a su resolución se presentó una enmienda parecida a la de Londres. El alcalde, sin embargo, se negó en redondo a someter la enmienda a votación si no se sustituía la palabra «Carta» por otra menos escandalosa. Si no, abandonaría la presidencia. En lugar de la palabra «Carta» se puso, pues: «sufragio universal y voto secreto». Con esta redacción modificada, la enmienda salió adelante por una mayoría de diez votos. En Worcester, donde los reformadores de la City habían organizado un mitin público, la victoria de los cartistas y la derrota de los administrativos fue aún más completa. Aquí se proclamó la «Carta» sin más.
El éxito, sumamente desagradable, de esos grandes mítines de Londres, Birmingham y Worcester ha decidido a los administrativos a hacer circular, en todas las ciudades grandes y populosas, peticiones para que las firmen personas de ideas afines, en lugar de apelar públicamente a la vox populi. Las múltiples relaciones de los notables de la City con los comerciantes del Reino Unido y la influencia de esos señores sobre sus dependientes, almaceneros y «pequeños» amigos de negocios les permitirán sin duda llenar de nombres esas peticiones muy calladamente, a espaldas del mundo, y enviarlas luego a la «honorable Cámara» con la etiqueta: Voz del pueblo de Inglaterra. Su único error consiste en creer que van a intimidar al Gobierno con firmas así mendigadas, intrigadas y conseguidas a hurtadillas. El Gobierno ha visto con irónica satisfacción cómo los administrativos han sido expulsados a silbidos del theatrum mundi. Sus órganos callan de momento, en parte porque de lo contrario tendrían que registrar los éxitos del cartismo, en parte porque la clase gobernante ya acaricia la idea de ponerse a la cabeza de los «administrativos» si el movimiento popular se volviera importuno. Se reservan un «malentendido» para el momento de semejante peligro: el malentendido de considerar algún día a los administrativos portavoces de las masas. Tales malentendidos constituyen la gracia principal del desarrollo «histórico» de Inglaterra, y nadie está más familiarizado con su manejo que los liberales whigs.
La Carta es un documento muy lacónico y, además de la exigencia del sufragio universal, solo contiene los cinco puntos siguientes, otras tantas condiciones de su ejercicio: 1) voto secreto (con bolas); 2) ninguna condición de propiedad para los diputados; 3) retribución de los diputados; 4) parlamentos anuales; 5) distritos electorales iguales. Después de los experimentos que socavaron el sufragio universal en Francia en 1848, los continentales tienden fácilmente a subestimar la importancia y el significado de la Carta inglesa. Pasan por alto que en Francia la sociedad se compone en dos tercios de campesinos y en algo más de un tercio de habitantes de las ciudades, mientras que en Inglaterra más de dos tercios viven en las ciudades y menos de un tercio en el campo. En Inglaterra, los resultados del sufragio universal tienen que estar, pues, en la misma relación inversa con sus resultados en Francia que la ciudad y el campo en los dos países. Así se explica el carácter diametralmente opuesto que ha tomado la exigencia del sufragio universal en Francia y en Inglaterra. Allí era la reivindicación de los ideólogos políticos, a la que cualquier persona «culta» podía sumarse en mayor o menor medida, según sus convicciones. Aquí forma la ancha línea divisoria entre la aristocracia y la burguesía, por un lado, y las clases populares, por el otro. Allí pasa por una cuestión política; aquí, por una cuestión social. En Inglaterra la agitación por el sufragio universal ha recorrido una evolución histórica antes de convertirse en el shibbolet7 de la masa. En Francia se introdujo primero y después empezó su curso histórico. En Francia fracasó la práctica del sufragio universal; en Inglaterra, su ideología. En los primeros decenios de este siglo, con sir Francis Burdett, con el mayor Cartwright, con Cobbett,8 el sufragio universal tenía todavía por completo el carácter idealista indeterminado que lo convertía en piadoso deseo de todos los sectores de la población que no pertenecían directamente a las clases gobernantes. Para la burguesía no era en realidad más que una expresión excéntrica y generalizadora de lo que obtuvo con la reforma parlamentaria de 1831.9 Todavía después de 1838 la exigencia del sufragio universal no había tomado en Inglaterra su carácter real y específico. Prueba de ello: Hume y O'Connell10 firmaron la Carta. En 1842 desaparecieron las últimas ilusiones. Lovett11 hizo entonces un último intento, vano, de formular el sufragio universal como reivindicación común de los llamados radicales y de las masas populares. Desde ese momento ya no hay duda sobre el sentido del sufragio universal. Ni tampoco sobre su nombre. Es la Carta de las clases populares y significa la conquista del poder político como medio para realizar sus necesidades sociales. El sufragio universal, que en Francia fue en 1848 consigna de fraternidad general, se entiende por eso en Inglaterra como grito de guerra. Allí el contenido inmediato de la revolución fue el sufragio universal; aquí el contenido inmediato del sufragio universal es la revolución. Si se recorre la historia del sufragio universal en Inglaterra, se verá que se despoja de su carácter idealista en la misma medida en que se desarrolla aquí la sociedad moderna con sus infinitas contradicciones, contradicciones como las que engendra el progreso de la industria.
Junto a los partidos oficiales y semioficiales, y junto a los cartistas, se hace notar todavía en Inglaterra una camarilla de «sabios», tan descontentos del Gobierno y de las clases dominantes como de los cartistas. ¿Qué quieren los cartistas?, exclaman. Elevar y ampliar la omnipotencia parlamentaria convirtiéndola en poder del pueblo. No rompen con el parlamentarismo: lo elevan a una potencia superior. ¡Lo verdadero es romper con el sistema representativo! Un sabio de Oriente,12 David Urquhart,13 está a la cabeza de esta camarilla. David quiere volver a la common law (el derecho consuetudinario) de Inglaterra. Quiere reducir a sus límites la statute law (la ley escrita). Quiere localizar en lugar de centralizar. Quiere desenterrar de entre los escombros «las viejas y auténticas fuentes del derecho de la época anglosajona». Entonces brotarán por sí solas y regarán y fecundarán la tierra de alrededor. Pero David es por lo menos consecuente. David quiere reducir también la moderna división del trabajo y la concentración del capital a la antigua situación anglosajona o, mejor aún, oriental. Escocés de las Tierras Altas de nacimiento, circasiano adoptivo y turco por libre elección, es capaz de condenar la civilización con todas sus llagas y, de vez en cuando, incluso de juzgarla. Pero no es insulso como esos sublimes que separan las formas modernas del Estado de la sociedad moderna, que fantasean sobre la autonomía local junto con la concentración de los capitales, sobre la singularidad individual junto con una división del trabajo que desindividualiza. David es un profeta vuelto hacia atrás,14 extasiado de anticuario ante la vieja Inglaterra. Por eso tiene que encontrar en regla que la nueva Inglaterra pase de largo y lo deje plantado, por mucha convicción y apremio con que grite: «¡David Urquhart es el único hombre que puede salvaros!». Así lo hizo hace pocos días en un mitin en Stafford.
La Administrative Reform Association, fundada en mayo de 1855 por comerciantes y banqueros de la City de Londres tras los desastres de la guerra de Crimea, para reclamar que los cargos públicos se dieran por mérito y no por favor aristocrático. ↩
William Tite (1798-1873), arquitecto, autor de la Bolsa de Londres, diputado liberal por Bath desde 1855. ↩
Calco del francés pays légal: el conjunto de los que tienen derecho a voto bajo el sufragio censitario. ↩
El escrutinio. ↩
Kerch, en el extremo oriental de Crimea, fue ocupada sin lucha el 24 de mayo de 1855 por la expedición aliada que abrió el mar de Azov a las flotas anglo-francesas. ↩
Ernest Jones (1819-1869), poeta y dirigente cartista, amigo de Marx y Engels. ↩
Santo y seña (Jueces 12, 5-6). ↩
Sir Francis Burdett (1770-1844), John Cartwright (1740-1824) y William Cobbett (1763-1835), radicales que reclamaron la reforma del Parlamento a comienzos del siglo XIX. ↩
La reforma electoral, presentada en 1831 y aprobada en 1832, que dio el voto a la burguesía industrial. ↩
Joseph Hume (1777-1855), diputado radical, y Daniel O'Connell (1775-1847), jefe del movimiento irlandés por la derogación de la Unión. ↩
William Lovett (1800-1877), uno de los redactores de la Carta del Pueblo, que en 1842 colaboró con la Complete Suffrage Union de los radicales burgueses. ↩
Alusión a los Reyes Magos, los «sabios de Oriente» (Mateo 2, 1). ↩
David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista tory, turcófilo, que denunciaba a Palmerston como agente de Rusia. ↩
La expresión es de Friedrich Schlegel, que llamó al historiador «un profeta vuelto hacia atrás». ↩